Suplementos
Es hora de conducir al hombre hacia el Reino de Cristo
El Hijo de Dios vino y fundó un reino sobre la base de los doce hombres escogidos, elegidos y enviados por Él
La fiesta de Cristo Rey cierra el año litúrgico de la Iglesia. El próximo domingo ya es primero de adviento e inicia el nuevo año, que no coincide con el año civil.
Durante cincuenta y dos semanas el pueblo cristiano caminó con Cristo; celebró el misterio de Dios-hecho-hombre, Jesucristo, y los misterios de su vida, su pasión, su muerte y su resurrección, y luego la llegada del Espíritu Santo sobre los apóstoles.
Y el culto también a María, la Madre del Señor, su fiel esposo José, los apóstoles, los profetas, los mártires, los confesores y las vírgenes. El culto a todos los santos.
Hoy se recapitula todo en Cristo y en su realeza, porque el Hijo de Dios vino y fundó un reino sobre la base de los doce hombres escogidos, elegidos y enviados por Él.
Y este Reino con veinte siglos de caminar en el tiempo ha reconocido, ha seguido, ha adorado a Cristo como único Rey eterno, inmortal.
Pero el Reino de Cristo no es de este mundo
Mentalidades de este tiempo, mal avenidas generalmente a eso de la monarquía --algo considerado anacrónico--, no aceptan fácilmente la figura de un rey ni su triunfalismo.
Una maestra de catecismo les preguntó a los niños si conocían, si tenían noticia de algún rey, y contestaron unos con los nombres de los reyes de los cuentos, otros con algunos nombres sacados de la historia, y hasta el inquieto del grupo mencionó conocer a cuatro reyes: el de oros, el de copas, el de espadas y el de bastos.
Ahora, cuando los pueblos eligen a sus gobernantes, acá en América no es familiar la persona del rey.
Mas aceptar a Cristo con corona y cetro, sentado en su trono, no implica consecuencias económicas, sociales o políticas.
Porque el Reino de Cristo, como no es de este mundo, es compatible con cualquier régimen donde se manifiesta la verdad y se practique la justicia.
Una de las funciones del rey es regir
Regir no es mandar. Regir es dirigir, conducir, guiar, ponerse al frente de quienes ignoran el camino y llevarlos a la meta de sus deseos, de sus anhelos.
Significa entregarse con amor y servir a quienes rige.
Cristo afirmó ante Poncio Pilato: “Yo soy Rey”, y afirmó también ante la multitud: “Yo soy el Buen Pastor”.
Unidos los dos conceptos, Rey y Pastor, allí está la figura de Cristo que amó a los suyos, que dio la vida por sus ovejas y siempre fue adelante por ser seguido.
Cristo, invisible y presente en este siglo XXI, conoce y ama a cada uno de sus vasallos, a cada una de sus ovejas. Ama a las ovejas descarriadas --los pecadores--, los enfermos, los pobres, y las guía con vigilacia amorosa.
A través de la Iglesia --su Reino--, por medio de sus pastores, los sucesores de los apóstoles, nutre a los fieles --las ovejas-- con el pan de la Palabra y con los sacramentos, presencia y fuerza de Dios para los hombres. Eso es regir.
La Iglesia no ha de parecer ni al absolutismo ni a la dictadura, porque su función no es mandar, sino conducir, y con amor.
El Reino de Cristo está en construcción
No es una realidad ya presente y toda hecha; es una empresa inacabada, que con el empeño del pueblo fiel se lleva adelante.
Los obispos reunidos en el Concilio Vaticano II (1962-1965) así pensaron: “La Iglesia es un redil, cuya única y obligada puerta es Cristo. Es también una grey en la que el mismo Dios se profetizó Pastor y cuyas ovejas, aunque conducidas ciertamente por pastores humanos, son, no obstante, guiadas y alimentadas continuamente por el mismo Cristo, Buen Pastor y Príncipe de los pastores, que dio su vida por las ovejas”. (Lumen Gentium)
Pero esta obra está siempre en proceso de realización. A los cristianos de ahora les corresponde continuar la obra. Quien ha tenido la dicha de formar parte del pueblo de Dios, del rebaño de la Iglesia, por el bautismo tiene que reconocer a Cristo entre los hombres, asistir a éstos en sus necesidades, trabajar por la edificación del Reino hasta que “haya somertido todas las cosas a su Hijo, cuando Dios sea todo en todo”.
Cristo Rey, Alfa y Omega
Alfa es la primera letra y omega la última del alfabeto griego, y en el cirio pascual encendido la vigilia el Sábado Santo quedan cada año grabadas estas dos letras con el mensaje simbólico: Cristo es principio y es fin.
Se encarnó el Verbo de Dios para la salvación de todos, y este es el principio; los hombres se han de encontrar con Cristo para rendirle cuentas de la jornada de la vida, de los talentos encomendados en administración, y esa es omega, es el fin temporal.
Por eso en el evangelio, en esta solemnidad de Cristo Rey, la Palabra es una recordación de rendición de cuentas, Así se cierra el año de la Iglesia, con un final “cuando venga el Hijo del hombre rodeado de su gloria”.
Mientras tanto, obrar el bien en el Reino
De nuevo es bueno volver los ojos a los obispos reunidos en el Concilio Vaticano II y abrir los oídos a las palabras cargadas de sabiduría. Así, en el número 41 de la Constitución Pastoral “Gozo y Esperanza” enseñan: “La Iglesia, al prestar ayuda al mundo y al recibir del mundo múltiple ayuda, sólo pretende una cosa: el advenimiento del Reino de Dios y la salvación de toda la humanidad. Todo el bien que el pueblo de Dios puede dar a la familia humana, al mismo tiempo de su peregrinación en la tierra, deriva del hecho de que la Iglesia es “sacramento universal de salvación, que manifiesta y al mismo tiempo realiza el misterio del amor de Dios al hombre”.
Venga a nosotros tu Reino
Esta es una de las peticiones de la más bella oración. Ahora, pongámonos a trabajar en la construcción del Reino de Dios y a orar con fe, con devoción.
Que desaparezcan los odios, las venganzas, la tiranía, las codicias desenfrenadas.
Que se olvide ese ambiente de violencia e inseguridad en que viven los pueblos y las familias.
Que haya corazones generosos para acoger a los más desvalidos.
Que los migrantes sean reconocidos como hermanos.
Que haya amor donde hay odio.
Y entonces sí, la verdad y la justicia se manifestarán y Cristo reinará en el tiempo y en la tierra.
José J. Ramírez Mercado
Durante cincuenta y dos semanas el pueblo cristiano caminó con Cristo; celebró el misterio de Dios-hecho-hombre, Jesucristo, y los misterios de su vida, su pasión, su muerte y su resurrección, y luego la llegada del Espíritu Santo sobre los apóstoles.
Y el culto también a María, la Madre del Señor, su fiel esposo José, los apóstoles, los profetas, los mártires, los confesores y las vírgenes. El culto a todos los santos.
Hoy se recapitula todo en Cristo y en su realeza, porque el Hijo de Dios vino y fundó un reino sobre la base de los doce hombres escogidos, elegidos y enviados por Él.
Y este Reino con veinte siglos de caminar en el tiempo ha reconocido, ha seguido, ha adorado a Cristo como único Rey eterno, inmortal.
Pero el Reino de Cristo no es de este mundo
Mentalidades de este tiempo, mal avenidas generalmente a eso de la monarquía --algo considerado anacrónico--, no aceptan fácilmente la figura de un rey ni su triunfalismo.
Una maestra de catecismo les preguntó a los niños si conocían, si tenían noticia de algún rey, y contestaron unos con los nombres de los reyes de los cuentos, otros con algunos nombres sacados de la historia, y hasta el inquieto del grupo mencionó conocer a cuatro reyes: el de oros, el de copas, el de espadas y el de bastos.
Ahora, cuando los pueblos eligen a sus gobernantes, acá en América no es familiar la persona del rey.
Mas aceptar a Cristo con corona y cetro, sentado en su trono, no implica consecuencias económicas, sociales o políticas.
Porque el Reino de Cristo, como no es de este mundo, es compatible con cualquier régimen donde se manifiesta la verdad y se practique la justicia.
Una de las funciones del rey es regir
Regir no es mandar. Regir es dirigir, conducir, guiar, ponerse al frente de quienes ignoran el camino y llevarlos a la meta de sus deseos, de sus anhelos.
Significa entregarse con amor y servir a quienes rige.
Cristo afirmó ante Poncio Pilato: “Yo soy Rey”, y afirmó también ante la multitud: “Yo soy el Buen Pastor”.
Unidos los dos conceptos, Rey y Pastor, allí está la figura de Cristo que amó a los suyos, que dio la vida por sus ovejas y siempre fue adelante por ser seguido.
Cristo, invisible y presente en este siglo XXI, conoce y ama a cada uno de sus vasallos, a cada una de sus ovejas. Ama a las ovejas descarriadas --los pecadores--, los enfermos, los pobres, y las guía con vigilacia amorosa.
A través de la Iglesia --su Reino--, por medio de sus pastores, los sucesores de los apóstoles, nutre a los fieles --las ovejas-- con el pan de la Palabra y con los sacramentos, presencia y fuerza de Dios para los hombres. Eso es regir.
La Iglesia no ha de parecer ni al absolutismo ni a la dictadura, porque su función no es mandar, sino conducir, y con amor.
El Reino de Cristo está en construcción
No es una realidad ya presente y toda hecha; es una empresa inacabada, que con el empeño del pueblo fiel se lleva adelante.
Los obispos reunidos en el Concilio Vaticano II (1962-1965) así pensaron: “La Iglesia es un redil, cuya única y obligada puerta es Cristo. Es también una grey en la que el mismo Dios se profetizó Pastor y cuyas ovejas, aunque conducidas ciertamente por pastores humanos, son, no obstante, guiadas y alimentadas continuamente por el mismo Cristo, Buen Pastor y Príncipe de los pastores, que dio su vida por las ovejas”. (Lumen Gentium)
Pero esta obra está siempre en proceso de realización. A los cristianos de ahora les corresponde continuar la obra. Quien ha tenido la dicha de formar parte del pueblo de Dios, del rebaño de la Iglesia, por el bautismo tiene que reconocer a Cristo entre los hombres, asistir a éstos en sus necesidades, trabajar por la edificación del Reino hasta que “haya somertido todas las cosas a su Hijo, cuando Dios sea todo en todo”.
Cristo Rey, Alfa y Omega
Alfa es la primera letra y omega la última del alfabeto griego, y en el cirio pascual encendido la vigilia el Sábado Santo quedan cada año grabadas estas dos letras con el mensaje simbólico: Cristo es principio y es fin.
Se encarnó el Verbo de Dios para la salvación de todos, y este es el principio; los hombres se han de encontrar con Cristo para rendirle cuentas de la jornada de la vida, de los talentos encomendados en administración, y esa es omega, es el fin temporal.
Por eso en el evangelio, en esta solemnidad de Cristo Rey, la Palabra es una recordación de rendición de cuentas, Así se cierra el año de la Iglesia, con un final “cuando venga el Hijo del hombre rodeado de su gloria”.
Mientras tanto, obrar el bien en el Reino
De nuevo es bueno volver los ojos a los obispos reunidos en el Concilio Vaticano II y abrir los oídos a las palabras cargadas de sabiduría. Así, en el número 41 de la Constitución Pastoral “Gozo y Esperanza” enseñan: “La Iglesia, al prestar ayuda al mundo y al recibir del mundo múltiple ayuda, sólo pretende una cosa: el advenimiento del Reino de Dios y la salvación de toda la humanidad. Todo el bien que el pueblo de Dios puede dar a la familia humana, al mismo tiempo de su peregrinación en la tierra, deriva del hecho de que la Iglesia es “sacramento universal de salvación, que manifiesta y al mismo tiempo realiza el misterio del amor de Dios al hombre”.
Venga a nosotros tu Reino
Esta es una de las peticiones de la más bella oración. Ahora, pongámonos a trabajar en la construcción del Reino de Dios y a orar con fe, con devoción.
Que desaparezcan los odios, las venganzas, la tiranía, las codicias desenfrenadas.
Que se olvide ese ambiente de violencia e inseguridad en que viven los pueblos y las familias.
Que haya corazones generosos para acoger a los más desvalidos.
Que los migrantes sean reconocidos como hermanos.
Que haya amor donde hay odio.
Y entonces sí, la verdad y la justicia se manifestarán y Cristo reinará en el tiempo y en la tierra.
José J. Ramírez Mercado