Suplementos
Es bueno revisar nuestra fe
Dios está siempre allí, escuchando cualquier plegaria sincera y dando respuesta a todas las oraciones que llegan a su corazón
Leyendo y releyendo el Evangelio que hoy se nos propone meditar, me impactó la frase final que dice: “Cuando vuelva el Señor, ¿encontrará todavía fe sobre la tierra?".
Es un hecho que la fe es la puerta para entrar a los ámbitos de la salvación, pero nosotros no tenemos claro qué es esa fe de la cual se nos habla tan frecuentemente.
A veces pensamos que es aquello que se nos pide creer algo, entendámoslo o no; a veces nos referimos a una actitud tonta de credulidad ingenua, que dice sí a todo lo que no sabe dar una explicación...
Pero la fe que el Señor espera de cada uno de nosotros está a veces tan lejos de lo que nosotros pensamos que es una verdadera fe... La verdadera fe es la actitud amorosa y serena de la persona que pone su confianza en el amor misericordioso de Dios.
Es algo semejante al comportamiento del niño pequeño con respecto a sus padres. Sabe que con ellos está seguro, que en sus manos tendrá todo lo bueno y mejor para crecer y vivir; tiene la certeza de que su amor no fallará nunca. A pesar de que muchas veces al ir creciendo, la fe humana en los padres se desmorona, la fe en Dios es firme como una roca inconmovible.
Pero nosotros con frecuencia nos comportamos como veletas, vamos de aquí para allá escuchando fábulas, dando oídos a cuanta teoría fantasiosa se nos presenta y robándole a Dios el amor que le debemos sólo a Él.
Eso sí, cuando queremos algo, cuando nos vemos en algún peligro, cuando sentimos alguna amenaza, entonces sí, elevamos los ojos al cielo y la plegaria surge espontánea para pedir, suplicar a Dios que nos dé lo que necesitamos o que nos libre del peligro.
Y Dios está siempre allí, escuchando cualquier plegaria sincera y dando respuesta a todas las oraciones que llegan a su corazón.
Es por eso que la invitación de hoy es muy oportuna para que dediquemos un tiempo especial a revisar nuestra actitud de fe, y consecuentemente ver cómo anda nuestra esperanza, porque a veces parece que creemos más en el horóscopo y que esperamos más de la lotería...
Con frecuencia nuestras devociones se orientan más a lo folklórico que a lo fundamental, a lo exteriorista que a lo que late y vive en el corazón.
Es triste ver más concurrido el altar donde se venera la imagen de un santo, que el Sagrario donde está Jesucristo vivo y presente en la Eucaristía.
Es lamentable ver que hay personas que se dedican a creer con más fervor en la “santa muerte”, que en prepararse para tener una “muerte santa”.
De una auténtica fe, sana y bien fundada, va a surgir espontáneamente una esperanza hermosa, y como fruto brotará el amor traducido en oración pura y sencilla, desdoblada en alabanza y agradecimiento, no tan sólo limitada a pedir y pedir cosas que no son divinas, cosas que a lo mejor ni nos convienen porque no están en la línea de lo bueno y lo santo, porque a menudo se quedan en el ámbito de lo puramente humano y material, o en aquello que en vez de acercarnos más a Dios, va a ser causa de alejamiento.
Si pido a Dios que me ayude en mis negocios, pero no pierdo la oportunidad de estafar a los demás, eso no funciona.
Si oro porque quiero un buen trabajo, y luego lo saboteo cuanto puedo, hago lo menos posible o no le pongo empeño, eso tampoco funciona.
Por eso es bueno recordar que no se puede jugar con dos barajas: de una parte pidiéndole a Dios su apoyo y su auxilio, y por otro lado dándole al maligno la adhesión y el crédito que Dios espera...
Porque pedir a Dios lo bueno, implica el compromiso de hacer el bien y de no actuar mal.
Decir frecuentemente: “Señor, yo creo, pero aumenta mi fe”, es el principio de una oración sencilla que, si parte del corazón, se eleva hasta el cielo y llega a Dios, que ciertamente escucha a quien le habla con sinceridad, y sin duda Él nos dará lo más importante: su amor y la salvación que es en definitiva lo que deseamos y esperamos.
María Belén Sánchez fsp
Es un hecho que la fe es la puerta para entrar a los ámbitos de la salvación, pero nosotros no tenemos claro qué es esa fe de la cual se nos habla tan frecuentemente.
A veces pensamos que es aquello que se nos pide creer algo, entendámoslo o no; a veces nos referimos a una actitud tonta de credulidad ingenua, que dice sí a todo lo que no sabe dar una explicación...
Pero la fe que el Señor espera de cada uno de nosotros está a veces tan lejos de lo que nosotros pensamos que es una verdadera fe... La verdadera fe es la actitud amorosa y serena de la persona que pone su confianza en el amor misericordioso de Dios.
Es algo semejante al comportamiento del niño pequeño con respecto a sus padres. Sabe que con ellos está seguro, que en sus manos tendrá todo lo bueno y mejor para crecer y vivir; tiene la certeza de que su amor no fallará nunca. A pesar de que muchas veces al ir creciendo, la fe humana en los padres se desmorona, la fe en Dios es firme como una roca inconmovible.
Pero nosotros con frecuencia nos comportamos como veletas, vamos de aquí para allá escuchando fábulas, dando oídos a cuanta teoría fantasiosa se nos presenta y robándole a Dios el amor que le debemos sólo a Él.
Eso sí, cuando queremos algo, cuando nos vemos en algún peligro, cuando sentimos alguna amenaza, entonces sí, elevamos los ojos al cielo y la plegaria surge espontánea para pedir, suplicar a Dios que nos dé lo que necesitamos o que nos libre del peligro.
Y Dios está siempre allí, escuchando cualquier plegaria sincera y dando respuesta a todas las oraciones que llegan a su corazón.
Es por eso que la invitación de hoy es muy oportuna para que dediquemos un tiempo especial a revisar nuestra actitud de fe, y consecuentemente ver cómo anda nuestra esperanza, porque a veces parece que creemos más en el horóscopo y que esperamos más de la lotería...
Con frecuencia nuestras devociones se orientan más a lo folklórico que a lo fundamental, a lo exteriorista que a lo que late y vive en el corazón.
Es triste ver más concurrido el altar donde se venera la imagen de un santo, que el Sagrario donde está Jesucristo vivo y presente en la Eucaristía.
Es lamentable ver que hay personas que se dedican a creer con más fervor en la “santa muerte”, que en prepararse para tener una “muerte santa”.
De una auténtica fe, sana y bien fundada, va a surgir espontáneamente una esperanza hermosa, y como fruto brotará el amor traducido en oración pura y sencilla, desdoblada en alabanza y agradecimiento, no tan sólo limitada a pedir y pedir cosas que no son divinas, cosas que a lo mejor ni nos convienen porque no están en la línea de lo bueno y lo santo, porque a menudo se quedan en el ámbito de lo puramente humano y material, o en aquello que en vez de acercarnos más a Dios, va a ser causa de alejamiento.
Si pido a Dios que me ayude en mis negocios, pero no pierdo la oportunidad de estafar a los demás, eso no funciona.
Si oro porque quiero un buen trabajo, y luego lo saboteo cuanto puedo, hago lo menos posible o no le pongo empeño, eso tampoco funciona.
Por eso es bueno recordar que no se puede jugar con dos barajas: de una parte pidiéndole a Dios su apoyo y su auxilio, y por otro lado dándole al maligno la adhesión y el crédito que Dios espera...
Porque pedir a Dios lo bueno, implica el compromiso de hacer el bien y de no actuar mal.
Decir frecuentemente: “Señor, yo creo, pero aumenta mi fe”, es el principio de una oración sencilla que, si parte del corazón, se eleva hasta el cielo y llega a Dios, que ciertamente escucha a quien le habla con sinceridad, y sin duda Él nos dará lo más importante: su amor y la salvación que es en definitiva lo que deseamos y esperamos.
María Belén Sánchez fsp