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¿Es México un país de clases medias?

La discusión enfrenta a ese país pujante y dinámico que retrata la comentocracia liberal mexicana en contra de la representación del México pobre, rural y atrasado de la izquierda

GUADALAJARA, JALISCO (30/JUN/2013).- La explosión de las clases medias es un fenómeno mundial innegable. De Norte a Sur y de Oriente a Poniente, el mundo está en presencia de la “rebelión de las clases medias”, parafraseando uno de los grandes libros del filósofo español José Ortega y Gasset. Las manifestaciones en Brasil, Turquía o en España, son en gran medida exigencias de una clase media atrapada en una crisis profunda de expectativas. En los últimos 25 años, cerca de 500 millones de personas en el mundo se han sumado a las nuevas clases medias, sobre todo en los países en vías de desarrollo, solamente China ha aportado 200 millones de nuevos clasemedieros. Sin embargo, el mundo continúa siendo en gran medida un hogar de pobres, con alta polarización de la riqueza y apenas un esbozo de una clase media que asoma tímidamente en los estudios que ha publicado el Banco Mundial en los últimos años. ¿Es México parte de esta revolución de las clases medias? ¿Se agotó la narrativa del México pobre?

Existe toda una mitología asociada con las clases medias. Para los liberales, las clases medias son el sujeto político democrático, protector de las libertades y garante de la moderación como signo del sistema político. Para los marxistas, las clases medias son la “pequeña burguesía”, acomodaticia y sin ningún contenido revolucionario. Poco menos que un sujeto antiético. Y para los conservadores, la clase media es la perversión de los valores tradicionales, esa clase adicta al consumo y maravillada con el estilo de vida americano y eternamente aspiracional. Hasta hace poco la clase media se perdía entre el elogio al proletariado o el campesino (en el caso mexicano) y la fascinación con la acumulación desmedida del neoliberalismo surgido de las ruinas del modelo de desarrollo estabilizador. La clase media es más un invento reivindicado por la socialdemocracia europea, particularmente de los países nórdicos, que una referencia propia de América Latina.

En México, el debate sobre las clases medias se dinamizó a partir de la publicación del libro Clasemediero de Luis Rubio y Luis de la Calle. Según los autores, los padrones de consumo y la consolidación  de un mercado dinámico de entretenimiento o el acceso al crédito han moldeado la constitución de una nueva clase media en México, que se define más que en términos cuantitativos, a partir de una “aspiración” y de una “identidad”. Esta aproximación, defendida por otros analistas y académicos como Jorge Castañeda o Héctor Aguilar Camín, fue duramente criticada desde la izquierda política. “La naturaleza ideológica de este planteamiento queda desnuda cuando Rubio y De la Calle aclaran que ser “clasemediero” de ninguna manera implica disponer de una cómoda situación económica. Es decir, los pobres también pueden ser de la “clase media”, siempre y cuando “actúen” como integrantes de ésta y entren al juego del consumismo individualista y privatizador impuesto por el vecino del Norte”, señaló John Ackerman, colaborador cercano de Andrés Manuel López Obrador.

En números


No cabe duda que en el imaginario de la comentocracia y la opinión pública se dibujan “dos Méxicos” que en cierto sentido podrían llegar a ser contradictorios: el México estancado en la pobreza y con una clase media en evaporación; y ese país donde la clase media crece gracias a la estabilidad y la ortodoxia macroeconómica. Pero ¿Qué dicen las cifras? Según el último estudio publicado por el INEGI, 39.16% de los mexicanos pertenece objetivamente a la clase media; 59.13% a la clase baja y solamente 1.71% a la clase alta. Es decir, en el México de hoy existen cerca de 67 millones de personas con alto grado de vulnerabilidad, de las cuales más de la mitad ya se encuentran en condición de pobreza. Por el otro lado, 44 millones de mexicanos viven en una clase media incipiente, pero que ha crecido en la última década. Esta clase media tiene características que son interesantes: es básicamente urbana, tiene computadora, abona mil 600 pesos al mes a tarjetas de crédito, hay al menos un integrante asalariado en la familia, la cabeza del hogar tiene al menos la preparatoria, el jefe del hogar está casado y los hijos asisten a una escuela pública.

Si comparamos a esta clase media “a la mexicana” con los estudios sobre clases medias que hace la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) o el Banco Mundial, es cierto que es un segmento de la población que no sería considerado clase media en otras naciones europeas. Lo que deja claro el estudio del INEGI  es que sigue siendo un problema metodológico la construcción de un concepto de clase media que sea universalmente aceptado, tanto en Suecia como en México o en Haití.

Sin embargo, los datos también dejan en claro que el crecimiento de la clase media en México es claro, pero a paso muy lento. Si bien, las cifras destacan este aumento de población en los segmentos medios, las razones de este crecimiento provocan posiciones encontradas. Para algunos, el aumento de las clases medias tiene que ver más con una dinámica demográfica (hogares con más de un integrante trabajando y la reducción de la tasa de natalidad) que con factores económicos como crecimiento o un mejor poder adquisitivo. Para otros, el aumento de 4% de la clase media en una década, se explica por la estabilidad macroeconómica mexicana. Con inflación baja y estabilidad política, los mexicanos se han podido favorecer de la ampliación en el mercado de crédito o incluso del acceso a vivienda o al entretenimiento. Para otros, la ampliación de las capas medias obedece a patrones de consumo y a un mercado de publicidad, mercadotecnia y oportunidades de consumo que han permitido que la clase media tenga acceso a bienes que antes no podía: televisiones, lavadoras o refrigeradores. Es decir, la clase media se construye todos los días en los anuncios de televisión, en los programas de radio y en la publicidad comercial. También existe la idea que la clase media en México no se expande por un mercado dinámico o por mejores opciones laborales, sino por una transición política que infló las burocracias nacionales y locales. O mejor dicho, una clase media de burócratas bien pagados.

Todas estas interpretaciones tienen en parte razón, pero es necesario agregar dos eslabones más a este análisis. Por un lado, a pesar de que en México sí ha habido un crecimiento de las clases medias con todo y el magro desempeño económico de los últimos años, el país sigue estando muy lejos de la “explosión” que se ha vivido América Latina en los últimos tres lustros. De acuerdo con datos del Banco Mundial, México está muy lejos de países como Costa Rica, Brasil o incluso Ecuador que han sabido utilizar el “boom” de las exportaciones para ampliar considerablemente la clase media. Sólo en Brasil, durante los ocho años de Luis Inácio “Lula” Da Silva, 31 millones de brasileños se sumaron a esta expansión de la clase media. Es cierto, Brasil sigue sin ser considerado un país de clase media; pero Chile ya lo es, también Uruguay e incluso Argentina. El segundo elemento es que la débil red de protección social en México hace que la clase media sea coyuntural, poco sólida y con alta vulnerabilidad. A diferencia de las clases medias constituidas en los estados de bienestar europeos a base de seguridad, educación y salud pública universal, en México la clase media carece de esa red de protección que permite dotar de estabilidad a su condición. Una familia mexicana tiene altas posibilidades de caer rápidamente a la clase baja con pequeñas fluctuaciones de la economía.  

Detrás de los datos, las tendencias, variaciones y estimaciones, chocan dos narrativas políticas que se disputan la construcción de la imagen del México del siglo XXI. No queda duda que el México del siglo XX fue una construcción desde el poder, desde el régimen. La construcción de ese México profundo, rural, colectivista, amable y subdesarrollado que podemos encontrar en la literatura, el arte o en las políticas públicas, dominó la idea del país durante los años del PRI hegemónico. Ante esta idea, ahora emerge con fuerza la concepción de un México de “clases medias” que se entretienen en el cine y que no dudan en tener tarjeta de crédito. Un México que abraza el individualismo, el mercado y el consumo como formas legítimas de aspiración y desarrollo personal. ¿México pobre? ¿México de clases medias? Creo que ambas posturas tienen algo de razón.

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