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Encarar la vida según la voluntad de Dios

La vida de cada uno es un asunto personal, y cada quien le ha de dar rumbo, dirección

     La vida de cada uno es un asunto personal, y cada quien le ha de dar rumbo, dirección. No es nada más despertar cada mañana “a lo que salga”; no es comer, dormir, consumir, divertirse, crecer y multiplicarse; no es ir sin sentido y sorprenderse cuando otros llegan al final que a él también le espera.
     La vida es para algo. Se quiera o no se quiera, la vida tiene un final, como tuvo un principio. Celebran algunos su cumpleaños, felices porque han sido testigos treinta, cuarenta, ochenta veces, de primaveras, veranos, otoños e inviernos.
     Mas después de todo eso está la interrogante: ¿para qué vivir la vida eterna? Y la respuesta de todo hombre es “alcanzar la otra vida”, a la que quienes han puesto su esperanza en Cristo le llaman la salvación.
     Una imagen es la del navío sacudido por las olas, azotado por las tormentas, y que se salva porque llegó al puerto. Otra imagen es la del cansado peregrino que, después de largas fatigas, llega y “descansa en paz”.
Dios creó y crea a todos los hombres eternos, para que sean eternamente felices. Y Dios “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”.
     La vida es así: búsqueda de la felicidad y lucha para alcanzar la salvación.
En el evangelio de este domingo, San Marcos narra que un joven se acercó corriendo, se arrodilló ante Cristo y le hizo esta pregunta:

“Maestro bueno, ¿qué debo hacer
 para alcanzar la vida eterna?”

     Cristo le contestó: “Ya sabes los Mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, no cometerás fraudes, honrarás a tu padre y a tu madre...”.
     El joven repuso: “Maestro, todo esto lo he cumplido desde mi juventud”.
Era, sin duda, un buen israelita, uno de esos señalados por los demás como “un buen hombre”.
     Cierto: los Mandamientos son un camino seguro para llegar a la vida eterna. Por eso Cristo le señala esa dirección.
      Los Mandamientos expresan la voluntad de Dios, y contra ella nada vale el naturalismo o el individualismo, éste tan frecuente en el siglo XXI, porque hay individuos que se constituyen a sí mismos en norma abierta entre el bien y el mal, lo bueno o lo malo de las acciones.
     Mas hay la voluntad expresa de Dios, la ley positiva, el código de diez reglas, síntesis del amor de Dios para el hombre y camino para amar a Dios y al prójimo, amor hecho cumplimiento con la acción.
     El Maestro vio con mirada de predilección a aquel hombre inquieto, y lo invitó a subir a la más alta cumbre, a ser perfecto.

“Sólo te falta una cosa:
ve, vende lo que tienes y dalo
a los pobres, y tendrás
un tesoro en el cielo”

     El joven bajó la vista y se fue triste. Tal vez dándole la vuelta a su pensamiento, concluyó que él no era como lo veían los demás, “un hombre bueno”, porque tenía el corazón apegado a sus riquezas. Allí estaba su corazón, y no se sintió con fuerzas para desprenderse de su tesoro. Allí donde estaba ese tesoro estaba su corazón. Tal vez llegaban a sus oídos estas palabras: “No tendrás otro dios delante de mí...”.
     Hay fiebre por el oro de las minas, fiebre por el oro en los negocios, fiebre por el oro en la bolsa, en los bancos. La codicia es insaciable. Dante Alighieri la representó con una loba que nunca se sacia. En las edades del hombre, otras pasiones se apagan y ésta, la del oro, cada vez crece más.
     Las guerras, los crímenes y muchas maldades de los hombres, como robos, fraudes, engaños, son manifestaciones de esa sed de tener y más tener. Hay quienes afirman: tanto vales cuanto tienes, y viven agobiados por tener o por conservar, retener, lo que tienen.

¿Son malas las riquezas?

     Los bienes materiales por sí no son buenos ni malos. La riqueza no es un bien absoluto supremo entre los valores humanos.
     La riqueza es un bien, pero es un bien peligroso, porque a veces endurece el corazón del hombre y lo vuelve insensible ante las necesidades, las carencias, los sufrimientos de los que no tienen ni lo indispensable.
     Muchas víctimas ha cobrado la codicia, y si la paz está ausente en las familias o en los pueblos, a la codicia se ha de culpar.
     Por ese apego enfermizo al dinero, Cristo dejó una imagen dura:

“¡Qué difícil será para los ricos
entrar en el Reino de Dios!”

     La condenación que Cristo hace a la riqueza, no se refiere de modo directo a la riqueza cuantitativamente considerada, sino al apego del hombre a ella. Cristo condena la pasión de apegarse, de adherir el corazón a las riquezas. Es el amor a las riquezas a veces tan cruel, que lleva hasta una idolatría. Es servicio a Mammón, dios de Sina, dios de la codicia o moneda de mala ley, o eso tan actual llamado “dinero mal habido”.
     Cristo completa el pensamiento con una imagen: “Es más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja, a que un rico entre en el Reino de los Cielos”.
“Los discípulos se asombraron”, no porque ellos fueran ricos, sino porque les pareció muy dura esa declaración, y “se preguntaban unos a otros: entonces, ¿quién habría de salvarse? Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo:

“Para los hombres es imposible,
pero no para Dios,
porque para Él todo es posible”

   Así, la misericordia de Dios se adelanta y abre la ventana de la esperanza. Con dinero o sin él, lo que vale ante Dios es un apegar el corazón a lo que se posee, sea mucho, sea poco, porque con ese criterio cristiano hay ricos- pobres: libres interiormente ante sus bienes, y hay pobres-ricos: tienen poco y el corazón apegado a ese poco. Éstos no son capaces de luchar por la justicia, por el amor, por la paz, porque su corazón está entrampado en lo que tienen.
Se debe luchar por la subsistencia, por tener lo necesario, mas no esclavizarse por el dinero.

“Nosotros lo hemos dejado
todo y te hemos seguido”

     Esta frase de Pedro manifiesta una dosis de vanidad o propia complacencia: nosotros sí hemos sido capaces de dejar todo para después, ya “ligeros de equipaje”, andar en Tu compañía.
     El maestro, comprensivo, tal vez se sonrió porque esa pregunta era de ingenuidad. Pero no se había de quedar sin respuesta, y así la dio: “Recibirán el ciento por uno, y en el futuro la Vida Eterna”.
     Desde Pedro y sus compañeros hasta los seguidores de Cristo en veinte siglos, que los ha habido en gran número, y los que aún en este siglo XXI lo han dejado todo por haber oído la invitación de Cristo a seguirlo, todos han sido y serán generosamente recompensados, premiados.
     Seguir a Cristo libres ya de las ataduras temporales y pasajeras, es encontrar la verdadera libertad.
     Se cumplen los ochocientos años ahora, de aquel momento en que un joven hijo de Pedro Bernardone, el rico de Asís, renunció a todo para declararse hijo de Dios y desposarse voluntariamente con su “hermana”, la pobreza.
     Estaba en la mitad de su vida, veintidós años, y en los otros veintidós entonó siempre el cántico del amor y la alegría. Era libre y todo le hablaba de Dios, y en Dios encontró algo que valía cien veces más de lo que había dejado. Él, Francisco “el pobrecillo de Asís”, y muchos más, han encontrado en Cristo la verdadera libertad.

Pbro. José R. Ramírez            

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