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¿En qué Dios creo?

Es preciso conocer el verdadero rostro de Dios, aquel que Jesucristo vino a revelar al mundo con su propia vida

     Una de las razones por las cuales nuestra fe pudiera no ser auténtica, es la idea, el concepto, la imagen que tengamos de Dios.

     Si a Dios se lo percibe como un Dios lejano, entonces se pensará que, efectivamente, se trata de un Dios ajeno al ser humano, que es indiferente y hasta indolente ante las necesidades de éste, y que cuando a alguien le concede algo, es que “se trata de sus preferidos”; por ende, esa fe será superficial, lleva sólo a creer en que Él existe pero en una esfera extraña a la del ser humano, y por lo tanto, jamás se pondrá confianza en Él, y mucho menos llegará a ser el Señor de la vida de las personas, es decir, quien la dirija y mande en ella.

     O bien, si a Dios se lo conceptúa como un juez implacable, justiciero y hasta vengativo, que dedica su tiempo a fiscalizar y a llevar una cuenta detallada de los pecados, se vivirá albergando en el corazón un indebido y nocivo miedo a Él y a sus decisiones y mandatos. Esto impedirá que todas las acciones sean por amor y toda la conducta se tornará legalista, ya que al enfrentarse con un mundo en el que abundan la anarquía y la rebeldía, se terminará por darle la espalda y perder lo poco de fe que se tiene; y no sólo eso, sino que se caerá en una intolerancia y falta de caridad tales, que la vida será insoportable, tanto para los demás como para la propia persona.

     Otra forma de visualizar a Dios, es como un Dios comerciante, sagaz y ventajoso, el cual, a cambio de conceder lo que se le pide, exige un sacrificio, pagarle un precio muy grande, como puede ser la propia libertad, o hasta la voluntad. Nos convertimos por ello en personas interesadas, aprovechadas, “tranzas”, desprovistas de la más mínima caridad para con los demás, ya que se aman a sí mismas y nada más.

     Finalmente se pudiera tener la falsa imagen de un Dios mago bonachón, el cual debe proveer al ser humano de todo, sin que éste haga el esfuerzo y el trabajo que le corresponde realizar, lo cual produce una tremenda irresponsabilidad ante la vida y ante los demás; pero, eso sí, si no le concede sus peticiones, le reclama, reniega y hasta blasfema, terminando por de esa falacia que se tiene como Dios.

     Es preciso, pues, si se quiere que el Espíritu Santo conserve y acreciente la fe, conocer el verdadero rostro de Dios, aquel que Jesucristo vino a revelar al mundo con su propia vida, sus palabras, su obra y su coherencia, que lo llevó a entregar libre y voluntariamente su vida para morir y resucitar, para salvar a los seres humanos de todos los tiempos. “Él es el rostro visible del Dios invisible”, dice San Pablo en la carta a los colosenses 1, 15.

     Y si se quiere conocer el verdadero rostro de Dios, lo que significa el verdadero ser, o, dicho de otra manera, conocer cómo es y cómo actúa realmente nuestro Dios --para evitar las imágenes falsas y distorsionadas--, es preciso que se reciba y se acepte a Jesús como el único Salvador, Señor y Maestro, requisito indispensable para recibir al Espíritu Santo, a quien el Padre encomendó continuar la obra del mismo Jesús y quien en la oración constante y sin desfallecer, como nos enseña Jesús en el Evangelio de este domingo, nos lo revelara en verdad y a plenitud.

     Ahí se descubrirá que el verdadero Dios no es ni lejano, ni juez implacable, ni comerciante, ni mago; Dios es nuestro Padre, que nos ama infinita, incondicional y personalmente y que quiere lo mejor para nosotros, sus hijos; nos concede mucho de lo que le pedimos, reservándose aquello que definitivamente va en contra de nuestro bien y salvación.

     El mencionado Evangelio de hoy en el que Jesús narra la parábola del juez que no temía a Dios, nos refleja --haciendo la comparación con dicho juez que a pesar de todo hizo justicia-- el ser de Dios al señalar: “¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos si claman a Él día y noche, mientras Él deja que esperen? Yo les aseguro que les hará justicia, y lo hará pronto”.

     Hoy se presenta la oportunidad de preguntarse en qué Dios se cree.

Francisco Javier Cruz Luna

cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx

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