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¿En qué Dios creemos?

¿Realmente creo en el Dios de Jesucristo, quien es un Padre amoroso, bondadoso, misericordioso?

     Hace unos días --y a propósito de la noticia de confirmación del viaje de S.S. Benedicto XVI a México y posteriormente a Cuba, y de la posibilidad de que en este último país el Papa se entreviste con el ex presidente y ex dictador Fidel Castro--, en un conocido noticiero televisivo, el periodista que lo conducía presentó un fragmento de una entrevista que dicho conductor le hiciera hace ya varios años a este hombre, al tiempo que hacía alusión a que en ese día se cumplían 50 años de que el Papa Juan XXIII lo excomulgara. El señor Castro, a pregunta expresa acerca de cuál era su relación con Dios, respondió que ninguna, y agregó, palabras más, palabras menos, que “ a él no le habían enseñado a conocer a Dios --a pesar de haber estudiado en un colegio de religiosos--; que le habían mostrado a un Dios justiciero y  vengativo, amenazándolo constantemente con el infierno, y no un Dios de amor”.

     El primer pensamiento que pasó por mi mente fue: “Cuando se quiere realmente conocer a Dios, son necesarios dos pasos: pedírselo, y recurrir a todas las fuentes de conocimiento de Él, comenzando con su Palabra, que es lo mismo que la Biblia, y no tanto buscar culpables, para echarles la culpa de algo que de lo que el propio individuo es responsable”.

     Fue un pensamiento fugaz, puesto que en ningún momento fue mi intención  juzgarlo ni pensar que debería coincidir con mi pensamiento; y porque, además, éste me llevó a la siguiente reflexión que hoy quiero compartirles, estimados y respetados lectores, particularmente aquellos que comparten la misma fe en Jesucristo que yo profeso.

     Inicié la reflexión preguntándome --y yo te invitaría a ti, hermano(a) que lees estas letras, a que también te cuestionaras: “¿Cuál es el rostro del Dios en quien yo realmente creo, que les manifiesto a los demás? Y por lo tanto: ¿En qué Dios creo? ¿Realmente creo en el Dios de Jesucristo, quien es un Padre amoroso, bondadoso, misericordioso; un Padre que todo lo perdona, que quiere lo mejor para sus hijos, y por ello permanece cercano a ellos, para estar al pendiente de lo que necesitan para alcanzar la vida plena, y otorgárselos?”.        

     “O soy de aquellos que piensan y creen en un Dios lejano, inalcanzable; un Dios todopoderoso, omnisciente, omnipresente --o sea, que todo lo puede, todo lo sabe, está presente en todo lugar--, y que por lo tanto es imposible de establecer una relación ya no digamos estrecha con Él, sino ni siquiera ni un diálogo respetuoso?

     “¿O tal vez la imagen de Dios que yo tengo y que incide en mi vida y mi comportamiento, es la de un eterno policía que nomás está pendiente de los pecados en que nosotros incurrimos, para hacer caer todo el peso de su ley divina, y que está acumulando todos los que cometemos para que --cuando estemos frente a él, cara a cara--, los refriegue en nuestras narices, y --con cierto disfrute de una inexistente sed de desquite o venganza-- condenarnos eternamente enviándonos al lugar del castigo sempiterno, el infierno?

     “¿Ese es el Dios que yo doy a conocer a los demás con mis palabras y mis acciones; es decir, un Dios que no existió, ni existe, ni existirá? ¿Un Dios con un rostro totalmente desfigurado, representado tan falsa como sacrílegamente, producto de imágenes que aprendí de personas que tal vez sufrieron la misma carencia y la misma desgracia?”.

     Si esto es así, hagamos un alto urgente y pidámosle al Señor que su Espíritu nos muestre en lo profundo de nuestro corazón el verdadero rostro de Dios. Tomemos nuestra Biblia, la que nos revela y nos describe de manera maravillosa quién es Él, al decirnos que “Dios es amor” (1 Jn 4, 16); “Así te habla Yavé, que te ha creado, te ha formado. No temas, porque yo te he rescatado; te he llamado por tu nombre, tú eres mío” (Is 43, 1). “Con amor eterno y  gratuito te he amado” (Jer 31, 3): “Cual la ternura de un padre para con sus hijos, así de tierno es Yavé para quienes le buscan (Sal 103, 13) “¿Podría una madre olvidarse del hijo de sus entrañas? Pues aunque así sucediera, Yo de ti nunca me podré olvidar” (Is 49, 15) Y como culmen: “Miren qué amor tan singular nos ha tenido el Padre: que no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos. Por eso el mundo no nos conoce. Por eso el mundo no nos conoce, porque no lo conoció a Él” (1a. Jn 3, 1). Todo ello nos lleva a un conocimiento por la fe.

     Pero el conocimiento completo y profundo se alcanza por medio de un encuentro personal con Él, el cual puedes vivir en un retiro a propósito, en la comunión en la Eucaristía o también en este momento, si tú, aunque te falte fe, mirando en tu imaginación a Jesús niño --como nos lo presenta el pasaje evangélico de la fiesta de la Epifanía que hoy celebramos--, le dices a Él, que “es el rostro visible del Dios invisible”: “Jesús, quiero, necesito conocerte; concédeme ese gran Dios de descubrirte tal cual eres, para amarte y luego servirte, mostrándole al mundo tu verdadero rostro, tu verdadero ser, tu verdadero plan de salvación y santificación que tienes para los que te reconocen y te aceptan en su corazón y en tu vida”.

Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx

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