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En pos de la Esperanza
La esperanza es lo único que hace posible una relación con el futuro
Este año, conforme se nos ha anunciado, empezaremos a vivir un “Año de Fe”; por eso insistimos en preparar un ambiente propicio… por eso seguiremos insistiendo en ahondar sobre la esperanza, para llegar a descubrir en dónde está el secreto de esa actitud que nos ayuda a vivir e incluso a renacer.
Hoy transcribo un extracto de un libro llamado “Virtudes para adviento y Navidad”, porque no es el caso de repetir lo que ya está escrito.
La esperanza es lo único que hace posible una relación con el futuro. Es el nexo entre lo que ya pasó con lo que todavía no se ha realizado.
Todo ser humano que vive en este mundo necesita de la esperanza para poder vivir verdaderamente.
Quienes no saben lo que anhelan, lo que esperan o lo que buscan en la vida, transcurren como seres empequeñecidos, sin horizontes y sin motivación para levantarse, sin poder caminar y hacer algo interesante a su paso por este mundo.
Pero no engañemos con esperancitas diminutas, inmediatas o mezquinas que nada tienen que ver con la auténtica y definitiva ESPERANZA, que implica la vida en su totalidad y en su más genuina hondura. La esperanza tiene muchos niveles, muchos grados y reviste formas variadísimas.
Si nos hemos quedado en pequeñeces intranscendentes que no nos levantan un palmo del polvo, no vamos a pretender que nuestra vida se eleve por el infinito espacio que surcan las aves mayores.
Si pedimos a Dios insustancialidades, no esperaremos que se nos dé lo más auténtico.
Si pusimos la razón de nuestra esperanza en banalidades, ¿cómo vamos a esperar recibir un bloque de solidez?
Si no quisimos alzar la mirada para ver más allá de un horizonte limitado, no esperemos recibir un reino abierto hasta los más altos confines de los cielos.
Importante es también no confundir la esperanza con la ambición, ni identificarla con las ilusiones fantasiosas de logros estériles.
Un día, cuando nuestros más legítimos anhelos tengan su cumplimiento, a cada uno se le va a dar en la proporción de lo que supo cultivar. En ese momento cada uno va a lograr una plenitud a la medida de todas sus esperanzas.
No nos engañemos. Ni quien cree que todo lo tiene, ni el arrogante, ni el satisfecho, ni el que piensa que lo consigue todo con dinero, ni los autosuficientes, ni los altaneros, ni los convencidos de su verdad, son capaces de cultivar la auténtica esperanza que logra recibir el premio de Dios.
Tampoco nos ilusionemos que los desconfiados, perezosos, indolentes, aquellos que se figuran que lo merecen todo por su linda cara, o aquellos que buscan que los otros les hagan la parte que a ellos les corresponde, ni los irresponsables, ni los indecisos o los instalados, ninguno de estos recibirá el don de la esperanza, porque ellos mismos la están secando en su raíz.
En cambio, quien decide orientar su vida hacia el futuro y vivir la tensión a veces angustiante de construir un futuro mejor para sí mismo y para los demás, sin limitaciones, sin racismos o condiciones, a esa persona sí le será fácil encontrar la esperanza en todo su esplendor.
El que se pone incondicionalmente en manos de Dios y se vuelve disponible para cumplir su voluntad, un día, sin buscarlo ni pensarlo, descubrirá que en lo más íntimo de su ser se ha abierto un hueco, como una burbuja de vacío que es preciso llenar con algo más grande que todo lo material, que todo lo humano, que todo lo visible.
Allí, en ese vacío que toma forma de anhelo, podrá reconocer la autenticidad de una esperanza insaciable que nada ni nadie podrá colmar, pero que le bastará el más leve rayo de luz divina para que la plenitud se perciba como posible.
Aquellos que han sabido correr el riesgo de vivir la Esperanza, son los que pueden tener el privilegio de ser tomados por la mano de Dios y ser conducidos por Él, paso a paso hacia el futuro.
Oración
Esperanza sin sombras, espera laboriosa, incansable...
Quiero saber que vives, Señor, que estás muy cerca…
Cuando Tú estés presente, el miedo,
el desaliento, la derrota se alejarán de mí.
Yo sé que entonces podré romper la indiferencia
y lograré ponerme en pie.
Ese día dejaré la indolencia y empezaré a vivir.
Entonces podré también gritar al viento
que oí tu nombre y que reconocí tu voz,
que escuché tus Palabras y entendí lo que hablabas.
Y yo, el ciego, volví a mirar la luz del cielo abierto
y en ella tu rostro y contigo el Amor.
María Belén Sánchez, fsp
Hoy transcribo un extracto de un libro llamado “Virtudes para adviento y Navidad”, porque no es el caso de repetir lo que ya está escrito.
La esperanza es lo único que hace posible una relación con el futuro. Es el nexo entre lo que ya pasó con lo que todavía no se ha realizado.
Todo ser humano que vive en este mundo necesita de la esperanza para poder vivir verdaderamente.
Quienes no saben lo que anhelan, lo que esperan o lo que buscan en la vida, transcurren como seres empequeñecidos, sin horizontes y sin motivación para levantarse, sin poder caminar y hacer algo interesante a su paso por este mundo.
Pero no engañemos con esperancitas diminutas, inmediatas o mezquinas que nada tienen que ver con la auténtica y definitiva ESPERANZA, que implica la vida en su totalidad y en su más genuina hondura. La esperanza tiene muchos niveles, muchos grados y reviste formas variadísimas.
Si nos hemos quedado en pequeñeces intranscendentes que no nos levantan un palmo del polvo, no vamos a pretender que nuestra vida se eleve por el infinito espacio que surcan las aves mayores.
Si pedimos a Dios insustancialidades, no esperaremos que se nos dé lo más auténtico.
Si pusimos la razón de nuestra esperanza en banalidades, ¿cómo vamos a esperar recibir un bloque de solidez?
Si no quisimos alzar la mirada para ver más allá de un horizonte limitado, no esperemos recibir un reino abierto hasta los más altos confines de los cielos.
Importante es también no confundir la esperanza con la ambición, ni identificarla con las ilusiones fantasiosas de logros estériles.
Un día, cuando nuestros más legítimos anhelos tengan su cumplimiento, a cada uno se le va a dar en la proporción de lo que supo cultivar. En ese momento cada uno va a lograr una plenitud a la medida de todas sus esperanzas.
No nos engañemos. Ni quien cree que todo lo tiene, ni el arrogante, ni el satisfecho, ni el que piensa que lo consigue todo con dinero, ni los autosuficientes, ni los altaneros, ni los convencidos de su verdad, son capaces de cultivar la auténtica esperanza que logra recibir el premio de Dios.
Tampoco nos ilusionemos que los desconfiados, perezosos, indolentes, aquellos que se figuran que lo merecen todo por su linda cara, o aquellos que buscan que los otros les hagan la parte que a ellos les corresponde, ni los irresponsables, ni los indecisos o los instalados, ninguno de estos recibirá el don de la esperanza, porque ellos mismos la están secando en su raíz.
En cambio, quien decide orientar su vida hacia el futuro y vivir la tensión a veces angustiante de construir un futuro mejor para sí mismo y para los demás, sin limitaciones, sin racismos o condiciones, a esa persona sí le será fácil encontrar la esperanza en todo su esplendor.
El que se pone incondicionalmente en manos de Dios y se vuelve disponible para cumplir su voluntad, un día, sin buscarlo ni pensarlo, descubrirá que en lo más íntimo de su ser se ha abierto un hueco, como una burbuja de vacío que es preciso llenar con algo más grande que todo lo material, que todo lo humano, que todo lo visible.
Allí, en ese vacío que toma forma de anhelo, podrá reconocer la autenticidad de una esperanza insaciable que nada ni nadie podrá colmar, pero que le bastará el más leve rayo de luz divina para que la plenitud se perciba como posible.
Aquellos que han sabido correr el riesgo de vivir la Esperanza, son los que pueden tener el privilegio de ser tomados por la mano de Dios y ser conducidos por Él, paso a paso hacia el futuro.
Oración
Esperanza sin sombras, espera laboriosa, incansable...
Quiero saber que vives, Señor, que estás muy cerca…
Cuando Tú estés presente, el miedo,
el desaliento, la derrota se alejarán de mí.
Yo sé que entonces podré romper la indiferencia
y lograré ponerme en pie.
Ese día dejaré la indolencia y empezaré a vivir.
Entonces podré también gritar al viento
que oí tu nombre y que reconocí tu voz,
que escuché tus Palabras y entendí lo que hablabas.
Y yo, el ciego, volví a mirar la luz del cielo abierto
y en ella tu rostro y contigo el Amor.
María Belén Sánchez, fsp