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En el matrimonio: amor, respeto, igualdad, indisolubilidad

Un día le preguntan: “¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer?”. Jesús no contestó ni con un sí ni con un no, sino que dejó en sus palabras una gran enseñanza

     A Jesús, porque tiene la sabiduría divina y es Maestro, las multitudes lo buscan para escucharlo, y sus enemigos, los fariseos, le formulan preguntas a veces sinceras, a veces capciosas, con la intención de sorprenderlo en error o en contradicción.
     Un día le preguntan: “¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer?”. Jesús no contestó ni con un sí ni con un no, sino que dejó en sus palabras siguientes una gran enseñanza, para rescatar la dignidad de la persona humana, el hombre y la mujer, y la unión de los dos como medio para prolongar, continuar la vida humana en una sociedad pequeña --sólo caben dos-- natural y con una gran misión: traer seres humanos a la vida.
     “¿Qué es lo que Moisés les ha ordenado?”, les preguntó Jesús. “He aquí la ley. En el libro del Deuteronomio (24, 1) está escrito así: “‘Si un hombre toma una mujer y después de haber cohabitado con ella, viniere a ser mal vista por él por algún vicio notable, hará una escritura de repudio y la pondrá en manos de la mujer y la despedirá de su casa’”.
     Y Jesús les dijo: “Si Moisés les dio esta ley, fue por la dureza del corazón de ustedes”.

Nueva ley para los cristianos

     Hombre y mujer, ambos son hijos de Dios por el bautismo --una dignidad que no tenían los judíos--, y sujetos a una nueva ley que no es la de Moisés, sino la de Cristo, ley de amor que conduce al verdadero amor entre el hombre y la mujer.
     En este siglo --con la constante publicidad del falso amor, del sexualismo en todo-- es difícil descubrir el anhelo de un auténtico amor. Sin embargo, a pesar de todos los excesos, o quizá por ellos, el hombre siempre busca su verdadera imagen, y ésta se halla modelada según Dios, en el verdadero amor.
     Por eso el hombre busca otro ser, de su misma naturaleza y diferente en el sexo, para tener la ayuda y el complemento en su vida, y así se realiza plenamente.

     Adquiere su máxima y cabal expresión ese encuentro entre el varón y la mujer, en la institución llamada matrimonio y en la familia. De ahí la justa revalorización del cuerpo y de la sexualidad entre ellos, logrando los dos la responsabilidad, el verdadero amor mutuo, el consiguiente respeto y la dignidad igual de varón y mujer.

En el matrimonio entre cristianos,
unidad e indisolubilidad

     Ante el espectáculo tan frecuente de matrimonios con sus promesas caducas, fugaces y con las dolorosas secuelas de los divorcios, en esta sociedad que más gusta de opiniones que de principios, no queda otro camino que dar una profunda y no precipitada preparación a quienes aspiran al matrimonio. Alguien escribió: “Si te vas a echar al mar, reza una vez; si te vas a casar, reza tres veces”.
     Algunas parejas llegan al matrimonio más atraídas por mero deseo. Don Miguel de Cervantes Saavedra escribió esta redondilla:

“El amor es infinito
si se funda en ser honesto,
y aquel que se acaba presto
no es amor, sino apetito”.

     A otros --y singularmente a las jóvenes-- les seduce el día de la boda, con el bellísimo vestido albo, la fiesta, los regalos, el viaje lejano; mas después llega la rutina de preparar la mesa, fregar la loza, asear la casa, lavar la ropa y muchos etcéteras, y se desmoralizan.

Carácter sagrado del
matrimonio y la familia

     Todos los obispos reunidos en el Concilio Vaticano II (1962-1965), en la Constitución Pastoral “Gaudium et Spes” (Gozo y Esperanza) dedican todo un capítulo a la Dignidad del Matrimonio y de la Familia. Inicia con esta frase:
     “El bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana, está estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar.
     “Si con la ayuda de la imaginación se pudiera encontrar un pueblo donde todas las familias vivieran en armonía, sería casi el cielo en la tierra.
     “Sin embargo, la dignidad de esta institución no brilla en todas partes con el mismo esplendor, puesto que está oscurecida por la poligamia, la epidemia del divorcio, el llamado amor libre y otras deformaciones” (G.S. No. 47).      

 
Todo verdadero amor
exige autenticidad

     Nada hay más pernicioso que la mentira. ¿Me amas de verdad? ¿me amas de veras? El egoísmo y la pasión mienten. Amor es donación, es entrega total  mutua. Lo mismo que exige debe dar, y esto se logra cuando siempre y en todo están el uno para el otro. Todo es tan total, que son “dos en una sola carne” y no admite ni regatear ni compartir. Así lo quiso Dios desde el principio.
     Y si es amor, debe serlo para siempre. No debe haber amor conyugal a prueba, temporal. “Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre”.
     El verdadero amor es fecundo, y el fruto natural es el hijo.
     Decidirse a emprender esta maravillosa aventura, es recorrer juntos “dos en una carne” los caminos de la vida, y vivirla en generosa fecundidad de buenas obras. Es una vocación sagrada para toda la vida, con un alegre inicio ante el altar y con la corona de los hijos, los nietos y los hijos de los nietos.

“Dejen que los niños
 se acerquen a mí”

     Después de una profunda explicación sobre el matrimonio y la familia, ante la pregunta insidiosa de los fariseos, ahora sigue un tema grato. “De los niños es el Reino de los cielos”, y esto es una enseñanza para los adultos. Que éstos se despojen de la codicia, la soberbia y la lujuria e imiten por virtud, no por tontería, sino verdadera sabiduría, a los niños.
     Por virtud fue un niño de perpetua sonrisa, el Papa Juan XXIII. Su trayectoria en servicio de Cristo en la Iglesia fue brillante y de clarividencia. Idea suya fue el Concierto Vaticano II, y en todas las tareas a él encomendadas en su larga vida sacerdotal, siempre fue sabio y prudente, y en todo conservó la bondad, la sencillez de niño.
     Santa Teresa del Niño Jesús --llamada “Santa Teresita” para distinguirla de Santa Teresa de Ávila, sabia fundadora-- con inspiración divina encontró como camino de santidad la infancia espiritual, y así se dejó conducir por la voluntad de Dios.

     Ser niño espiritualmente es confiar, es esperar, es amar. Sencillos e inocentes, pero por virtud, es no complicarse con todas esas triquiñuelas del demonio, el mundo y la carne.
     Alguien, hombre de letras y tenido por sabio, decía que de los muchos canales que asomaban en su aparato de televisión prefería los de caricaturas, porque así no se angustiaba ni se asustaba ante tanta violencia, ni quería ser testigo desde su silla de tanto alarde de carne y más carne. Que mejor reía con risa de niño. Pero no sólo reír, sino sentir, pensar, actuar con un interior limpio, todavía no estragado o limpiado por virtud.

Pbro. José R. Ramírez     

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