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En dónde buscamos seguridades
Nos falta el elemento principal para lograr lo que queremos y lo que verdaderamente vale la pena: nos falta la confianza
“No teman”, dice el Señor una y otra vez, invitando al desprendimiento total y a la confianza ilimitada en su Palabra, que nos ofrece bienes más consistentes y duraderos que aquellos que llevamos en la chequera.
Pero a los habitantes de este siglo tan progresista, en que nos parece tocar el cielo con las manos, nos falta el elemento principal para lograr lo que queremos y lo que verdaderamente vale la pena: nos falta la confianza.
Hay veces que vamos por la vida --como dicen algunos-- sin confiar ni en nuestra sombra.
No confiamos en Dios, ni siquiera en nosotros mismos y menos aún en nuestros semejantes y en aquellos que conviven con nosotros, con los que deberíamos vivir unidos, solidarios, dándonos la mano, ayudándonos y confortándonos mutuamente.
Y desde el Evangelio la Palabra del Señor Jesús es clara y concisa, fe y confianza van de la mano y con ellas podemos tener la certeza de no ir solos, de poder lograr nuestros objetivos, siempre y cuando éstos no sean fruto de malas intenciones.
Pero nosotros seguimos empeñados en cerrar los ojos en vez de permanecer alertas, velando diligentemente y cumpliendo con fidelidad el propio deber, para recibir al Señor nuestro Dios en ese momento sublime en que llega a acompañarnos, a consolarnos, a darnos la mano para hacernos salir de nuestra oscuridad y miedo, con lo cual recibiremos elogio a nuestro actuar, y no castigo por la pereza y la negligencia con las cuales llevamos a cabo la misión confiada.
No obstante, a pesar de su promesa, de la infinidad de veces que hemos constatado su actitud hacia nosotros, a menudo nos comportamos insensatamente, como aquellos siervos malos que se quedan al frente de una rica empresa y no saben administrarla.
Y seguimos con miedo, con el temor que paraliza y que amordaza la vida. Seguimos buscando como única prioridad, las seguridades monetarias y firmezas humanas perecederas, que la primera ráfaga de viento se las lleva.
Si no nos decidimos a cambiar, a volver los ojos a Nuestro Señor Jesucristo, la vida seguirá siendo perennemente así, porque son endebles los elementos en los cuales pretendemos apoyarnos.
Seguiremos empeñados en volver a aquello que un día nos encandiló, pero que no tenía consistencia, olvidando que el Señor Jesús está allí, esperando que nos acerquemos a Él, porque es precisamente Él quien puede darnos certezas verdaderas, seguridades que no fallan.
Bien podemos reflexionar en aquello que nos dice que nadie puede servir a dos amos, porque le va a fallar a uno de ellos, y que servir a Dios y al dinero son polos opuestos que nunca podrán llevarse bien. También hay que considerar que Dios es muy celoso y que no le convence compartir nuestra vida y nuestro corazón con su enemigo.
Jesús nos enseña viva y literalmente todas las cosas. Basta leer con atención la página que hoy nos propone la liturgia, para darnos cuenta de que la única y auténtica verdad que nos puede salvar está en su Evangelio.
Sólo sus palabras son palabras de vida eterna, que nos ayudan a cambiar, a dar un paso firme en lo que verdaderamente nos puede reportar alegría y dar felicidad auténtica y duradera.
Ay de nosotros si vamos a buscar felicidad en otros lados; regresaremos entonces con la decepción profunda en las manos y perderemos la oportunidad que Dios nos da, de hacer de nuestra vida algo muy hermoso.
María Belén Sánchez Bustos fsp
Pero a los habitantes de este siglo tan progresista, en que nos parece tocar el cielo con las manos, nos falta el elemento principal para lograr lo que queremos y lo que verdaderamente vale la pena: nos falta la confianza.
Hay veces que vamos por la vida --como dicen algunos-- sin confiar ni en nuestra sombra.
No confiamos en Dios, ni siquiera en nosotros mismos y menos aún en nuestros semejantes y en aquellos que conviven con nosotros, con los que deberíamos vivir unidos, solidarios, dándonos la mano, ayudándonos y confortándonos mutuamente.
Y desde el Evangelio la Palabra del Señor Jesús es clara y concisa, fe y confianza van de la mano y con ellas podemos tener la certeza de no ir solos, de poder lograr nuestros objetivos, siempre y cuando éstos no sean fruto de malas intenciones.
Pero nosotros seguimos empeñados en cerrar los ojos en vez de permanecer alertas, velando diligentemente y cumpliendo con fidelidad el propio deber, para recibir al Señor nuestro Dios en ese momento sublime en que llega a acompañarnos, a consolarnos, a darnos la mano para hacernos salir de nuestra oscuridad y miedo, con lo cual recibiremos elogio a nuestro actuar, y no castigo por la pereza y la negligencia con las cuales llevamos a cabo la misión confiada.
No obstante, a pesar de su promesa, de la infinidad de veces que hemos constatado su actitud hacia nosotros, a menudo nos comportamos insensatamente, como aquellos siervos malos que se quedan al frente de una rica empresa y no saben administrarla.
Y seguimos con miedo, con el temor que paraliza y que amordaza la vida. Seguimos buscando como única prioridad, las seguridades monetarias y firmezas humanas perecederas, que la primera ráfaga de viento se las lleva.
Si no nos decidimos a cambiar, a volver los ojos a Nuestro Señor Jesucristo, la vida seguirá siendo perennemente así, porque son endebles los elementos en los cuales pretendemos apoyarnos.
Seguiremos empeñados en volver a aquello que un día nos encandiló, pero que no tenía consistencia, olvidando que el Señor Jesús está allí, esperando que nos acerquemos a Él, porque es precisamente Él quien puede darnos certezas verdaderas, seguridades que no fallan.
Bien podemos reflexionar en aquello que nos dice que nadie puede servir a dos amos, porque le va a fallar a uno de ellos, y que servir a Dios y al dinero son polos opuestos que nunca podrán llevarse bien. También hay que considerar que Dios es muy celoso y que no le convence compartir nuestra vida y nuestro corazón con su enemigo.
Jesús nos enseña viva y literalmente todas las cosas. Basta leer con atención la página que hoy nos propone la liturgia, para darnos cuenta de que la única y auténtica verdad que nos puede salvar está en su Evangelio.
Sólo sus palabras son palabras de vida eterna, que nos ayudan a cambiar, a dar un paso firme en lo que verdaderamente nos puede reportar alegría y dar felicidad auténtica y duradera.
Ay de nosotros si vamos a buscar felicidad en otros lados; regresaremos entonces con la decepción profunda en las manos y perderemos la oportunidad que Dios nos da, de hacer de nuestra vida algo muy hermoso.
María Belén Sánchez Bustos fsp