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El verdadero camino
Embebidos en aquellos paisajes y lo cautivante del paraje, no nos dimos cuenta de que se aproximaba una fuerte tormenta
Hace ya un buen número de años, tuve una experiencia que, recordándola el día de hoy, me sirve de punto de partida para la reflexión de este domingo.
Pues bien, un grupo de jóvenes fuimos de paseo a la playa, y como nos gustaba explorar lugares inhabitados, nos internamos en un lugar de la costa con una vegetación muy densa y variada. Para circular en automóvil había una vereda del ancho del auto. Era fascinante el recorrido porque, aparte de la flora tan abundante que daba un toque de misterio, se dejaba ver una variedad de aves hermosas, y se escuchaban, tanto de ellas como de otros animales, sonidos que antes no habíamos escuchado.
Pues resultó que, embebidos en aquellos paisajes y lo cautivante del paraje, no nos dimos cuenta de que se aproximaba una fuerte tormenta, que anunciaba la cercanía de un huracán a la zona. Por otro lado, como siempre, el tiempo pasó sin darnos cuenta y empezó a obscurecer. Obviamente, en ese momento decidimos regresar y así lo hicimos, pero en el trayecto de vuelta, con la preocupación por la tormenta y la escasa luz que iluminaba el atardecer, al llegar a una bifurcación del camino, no teníamos la seguridad de cuál lado era el correcto a seguir. Uno de mis amigos me señalaba --yo iba manejando-- con mucha seguridad “el de la derecha”, y al preguntarle en qué se basaba, me respondió que alguna vez hacía tiempo había andado por ahí.
En ese momento pasó por nuestro lado un hombre que tenía pinta de trabajador y, efectivamente, nos señaló el camino de la izquierda.
Agradecidos nos retiramos y por dicha vereda entroncamos con la carretera y regresamos al apartamento, por cierto en medio de un verdadero chubasco. Al día siguiente nos enteramos de que en un tramo del camino que era el equivocado, más o menos a la hora en que hubiéramos pasado por ahí, se suscitó un enorme deslave, desgajándose parte de un cerro y cubriendo de tierra y piedras unos ranchos del lugar y varios vehículos que estaban en ellos o iban circulando.
¿Qué fue, con mucha seguridad, lo que evitó que fuéramos víctimas de aquella desgracia? Yo lo atribuyo, desde luego, a la mano de Dios, pero también a que le preguntamos a la persona correcta, ya que era de por ahí y conocía bien el rumbo y los senderos; y así mismo, a que le creímos, es decir, a que le tuvimos fe a él y a sus instrucciones, a pesar de la insistencia de mi amigo de que tomáramos el sendero alterno.
Este relato --cierto, pero muy humano-- nos puede servir para reflexionar cómo así sucede en nuestra vida espiritual, que, para nosotros los cristianos, es un camino hacia la santidad, ya que esta es la vocación a la que Dios nos ha llamado desde siempre y la meta hacia la cual hemos de caminar; llamado que Dios nos hace especialmente, al consagrarnos a Él en nuestro Bautismo.
Jesús no sólo nos señala el camino correcto y nos proporciona lo necesario, por medio de su Espíritu, para no desviarnos y llegar sanos y salvos a dicha meta, sino que --como Él mismo se autoproclamó-- Él mismo es el Camino que nos lleva al Padre.
Sin embargo, aun reconociéndonos cristianos y afirmando que tenemos fe en Jesucristo, es un hecho que muchas veces estamos muy lejos de profesar la auténtica y verdadera fe en Él, aquella que nos lleva no sólo a creer en la existencia de Él, del Padre y del Espíritu Santo (“los demonios también creen y tiemblan”, afirma el apóstol Santiago en Stgo. 2, 19).
La genuina fe en Él implica, además de creer que Él existe, que es un Dios todopoderoso, eterno, creador y amo del universo, creerle y creer en su Palabra; es decir, aceptar lo que nos revela y, lógicamente, obedecerle, poniéndola en práctica y cumpliendo al pie de la letra su voluntad. Esto nos lleva a confiar total y absolutamente en Él y su sabiduría, para depender en todo de Él, de esa sabiduría y en su sabiduría, de su Providencia, y abandonar nuestra vida en sus manos; y entonces si, no sólo iremos por el camino correcto de santificación, sino que veremos sus maravillas, fruto de su tierno y generoso amor de Padre que nos tiene.
Como lo señala el pasaje evangélico de hoy, un paralítico, por su fe y la de los que lo llevaron cargando hasta Jesús, es sanado no sólo físicamente, sino también espiritualmente: “Al ver la fe de aquella gente, Jesús dijo al paralítico: ‘Hijo, se te perdonan sus pecados”. Y ello no queda allí. Ante la incredulidad de muchos y para mostrarles que sí tenía autoridad para sanarlo espiritualmente, perdonándole sus pecados, le dice: “Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”.
El próximo miércoles dará inicio el tiempo de Cuaresma, que, como sabemos, es un tiempo especial de conversión, y esta es la prueba más fehaciente de nuestra fe.
Escuchemos siempre a Jesucristo y tengamos fe en Él, no en tantos falsos “maestros” que con espurias doctrinas nos alejan de Él y de su salvación.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx
Pues bien, un grupo de jóvenes fuimos de paseo a la playa, y como nos gustaba explorar lugares inhabitados, nos internamos en un lugar de la costa con una vegetación muy densa y variada. Para circular en automóvil había una vereda del ancho del auto. Era fascinante el recorrido porque, aparte de la flora tan abundante que daba un toque de misterio, se dejaba ver una variedad de aves hermosas, y se escuchaban, tanto de ellas como de otros animales, sonidos que antes no habíamos escuchado.
Pues resultó que, embebidos en aquellos paisajes y lo cautivante del paraje, no nos dimos cuenta de que se aproximaba una fuerte tormenta, que anunciaba la cercanía de un huracán a la zona. Por otro lado, como siempre, el tiempo pasó sin darnos cuenta y empezó a obscurecer. Obviamente, en ese momento decidimos regresar y así lo hicimos, pero en el trayecto de vuelta, con la preocupación por la tormenta y la escasa luz que iluminaba el atardecer, al llegar a una bifurcación del camino, no teníamos la seguridad de cuál lado era el correcto a seguir. Uno de mis amigos me señalaba --yo iba manejando-- con mucha seguridad “el de la derecha”, y al preguntarle en qué se basaba, me respondió que alguna vez hacía tiempo había andado por ahí.
En ese momento pasó por nuestro lado un hombre que tenía pinta de trabajador y, efectivamente, nos señaló el camino de la izquierda.
Agradecidos nos retiramos y por dicha vereda entroncamos con la carretera y regresamos al apartamento, por cierto en medio de un verdadero chubasco. Al día siguiente nos enteramos de que en un tramo del camino que era el equivocado, más o menos a la hora en que hubiéramos pasado por ahí, se suscitó un enorme deslave, desgajándose parte de un cerro y cubriendo de tierra y piedras unos ranchos del lugar y varios vehículos que estaban en ellos o iban circulando.
¿Qué fue, con mucha seguridad, lo que evitó que fuéramos víctimas de aquella desgracia? Yo lo atribuyo, desde luego, a la mano de Dios, pero también a que le preguntamos a la persona correcta, ya que era de por ahí y conocía bien el rumbo y los senderos; y así mismo, a que le creímos, es decir, a que le tuvimos fe a él y a sus instrucciones, a pesar de la insistencia de mi amigo de que tomáramos el sendero alterno.
Este relato --cierto, pero muy humano-- nos puede servir para reflexionar cómo así sucede en nuestra vida espiritual, que, para nosotros los cristianos, es un camino hacia la santidad, ya que esta es la vocación a la que Dios nos ha llamado desde siempre y la meta hacia la cual hemos de caminar; llamado que Dios nos hace especialmente, al consagrarnos a Él en nuestro Bautismo.
Jesús no sólo nos señala el camino correcto y nos proporciona lo necesario, por medio de su Espíritu, para no desviarnos y llegar sanos y salvos a dicha meta, sino que --como Él mismo se autoproclamó-- Él mismo es el Camino que nos lleva al Padre.
Sin embargo, aun reconociéndonos cristianos y afirmando que tenemos fe en Jesucristo, es un hecho que muchas veces estamos muy lejos de profesar la auténtica y verdadera fe en Él, aquella que nos lleva no sólo a creer en la existencia de Él, del Padre y del Espíritu Santo (“los demonios también creen y tiemblan”, afirma el apóstol Santiago en Stgo. 2, 19).
La genuina fe en Él implica, además de creer que Él existe, que es un Dios todopoderoso, eterno, creador y amo del universo, creerle y creer en su Palabra; es decir, aceptar lo que nos revela y, lógicamente, obedecerle, poniéndola en práctica y cumpliendo al pie de la letra su voluntad. Esto nos lleva a confiar total y absolutamente en Él y su sabiduría, para depender en todo de Él, de esa sabiduría y en su sabiduría, de su Providencia, y abandonar nuestra vida en sus manos; y entonces si, no sólo iremos por el camino correcto de santificación, sino que veremos sus maravillas, fruto de su tierno y generoso amor de Padre que nos tiene.
Como lo señala el pasaje evangélico de hoy, un paralítico, por su fe y la de los que lo llevaron cargando hasta Jesús, es sanado no sólo físicamente, sino también espiritualmente: “Al ver la fe de aquella gente, Jesús dijo al paralítico: ‘Hijo, se te perdonan sus pecados”. Y ello no queda allí. Ante la incredulidad de muchos y para mostrarles que sí tenía autoridad para sanarlo espiritualmente, perdonándole sus pecados, le dice: “Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”.
El próximo miércoles dará inicio el tiempo de Cuaresma, que, como sabemos, es un tiempo especial de conversión, y esta es la prueba más fehaciente de nuestra fe.
Escuchemos siempre a Jesucristo y tengamos fe en Él, no en tantos falsos “maestros” que con espurias doctrinas nos alejan de Él y de su salvación.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx