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El valor de la hospitalidad

Jesús entra a donde deseen recibirlo con voluntad libre y gozosa

     Jesús, incansable caminante por los pueblos de Judea, de Galilea y de Samaria, un día pide hospitalidad  y se la dan en casa de Lázaro, Marta y María, sus amigos de Betania. Desde entonces hasta ahora, hay puertas y ventanas cerradas, y hay, por fortuna, puertas y ventanas abiertas de par en par, por personas ansiosas de recibir al Señor en sus corazones.

     “Oh casa con dos puertas que es la mía,
cerca del corazón vasta y sombría,
que he visto, en el desfile de los años,
llena a veces de huéspedes extraños
y otras veces --los más-- casa vacía”.

     El corazón es, lo dice el poeta Enrique González Martínez, esa casa. “Si alguno escucha mi voz y abre sus puertas, yo entraré en él y cenaré yo con él y él conmigo” (Apocalipsis 3, 20)

     Quiere Jesús ser recibido y siempre llega con sus manos colmadas de dones. La sencillez, la pureza de sentimientos, son imán a la mirada de Cristo y llega y se hospeda. “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”, dijo San Pablo en un arranque de entusiasmo.

     Mas es recibido en las casas, es decir en los corazones, donde hay paz. Cuando el Maestro designó otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante de dos en dos, les dijo: “Cuando entren en una casa digan:’Que la paz reine en esta casa’. Y si allí hay gente amante de la paz, el deseo de ustedes se cumplirá; si no, no se cumplirá”.

     Esas son las casas donde es bien recibido el Señor, porque la paz es un aroma, un perfume delicado nacido de la justicia y del amor. Esas son las flores, y esas flores exhalan el ambiente, el aroma, la paz.

Mas Jesús entra a donde deseen recibirlo con voluntad libre y gozosa

     Siempre, en la misteriosa relación hombre-Dios, se manifiesta el misterio de la libertad humana. El hombre, así como es dueño de su inteligencia y ha aprendido con ella mil maneras de abrirse paso en su vida, también, y muy importante, es el que domina su propia voluntad.

     La voluntad le ha dado el privilegio de elegir entre mil caminos, el más atractivo o provechoso para el dictado de su inteligencia; o por desgracia, el que arrastra a una prisión. Es libre para elegir el bien, y cuando deja lo recto por un sendero torcido es un abuso, es decir un mal uso de su voluntad. Mas a pesar de ese y otros muchos riesgos, Dios ha dotado al hombre, porque ningún otro ser viviente, ni las plantas, ni los animales --sujetos aquéllos a leyes fisicoquímicas y éstos a inmutables instintos--, queda.

     Por tanto, el hombre queda como único rey porque en su mano lleva el poder, la libertad para poner su pensamiento, su palabra y sus obras allí donde quiere y como quiere.

     Y así lo ama Dios y así a nada lo obliga; hasta para lo fundamental, en lo trascendente, en el grave negocio de la salvación, entra el misterio de la libertad.  

     San Agustín luchó tres años en una angustia interior, en la búsqueda de una respuesta a las mil inquietudes del mundo de las ideas y del ordenamiento de sus actos. Él confesó que no había camino del mal que sus pies no hubieren recorrido, pero un día primero fue el intelecto. “Nos hiciste para ti, oh Señor, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti”.

     Y cuando ya la voluntad --acto libre-- lo llevó a Cristo, entonces exclamó: “Tarde te conocí, verdad amada”.

     Y volviendo sobre sus pasos y sus luchas, concluyó filosóficamente: “El que te creó a ti sin ti, no te salvará a ti sin ti”.

Mas siempre la iniciativa viene de Dios

     Cuando Cristo entró en Jericó, un hombre importante y rico, Zaqueo, se subió a un árbol para ver al Maestro. Jesús le dirigió una mirada, sin duda cargada de amor, y una frase: “Zaqueo, baja pronto porque hoy quiero hospedarme en tu casa”. La gracia de Dios fue primero, por eso subió. Ese día Zaqueo se convirtió.

     Y así como a Levi el publicano y a Zaqueo, Cristo se presenta con su llamada, a veces insistente, porque Él “no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”.

     En la historia de la Iglesia, en veinte siglos la llamada de Cristo ha llegado a un número infinito de almas. Mas las almas son espirituales, y por tanto invisibles, e invisibles a los ojos han sido, son y serán las puertas de almas abiertas al llamado amoroso de Cristo.

Jesús es el amigo y pide ser recibido

     Uno de los más grandes ingenios de las letras en el Siglo de Oro de España, Lope de Vega, ha expresado quizá su propia experiencia en este bello soneto:  

“¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mis puertas, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno oscuras?

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el hielo frío
pasmó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el ángel me decía:
‘alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía’!

¡Y cuántas, hermosura soberana,
‘mañana le abriremos’ respondía,
para lo mismo responder mañana!”.

     Es la historia de un alma y de muchas almas indecisas o cobardes, que nunca llegan a abrir su corazón a Dios.

Hoy mismo puede ser ese privilegio de recibir a Cristo

    Muchos orgullosos muestran autógrafos y fotografías de héroes --héroes diminutos-- del deporte, de la política, de los espectáculos, y se sienten distinguidos. Son glorias pasajeras. Entrar en trato con Cristo es tan fuerte, que a quien lo ha experimentado le cambia por completo la escala de valores. Un ejemplo luminoso es el de aquel fariseo fanático llamado Saulo de Tarso, perseguidor de los cristianos y posteriormente transformado en San Pablo. Desde el momento de su encuentro con Cristo, él mismo lo dijo, todo lo demás para él era basura.

     Así también las historias conocidas u ocultas de los incontables convertidos que al abrir sus puertas a Cristo, ya no tuvieron gusto para poner sus ojos y su corazón en todo lo que antes los apasionaba.

     Cristo sigue todos los días llamando a las puertas de todos los hombres; sigue hablando. “Hoy, si escuchas su voz, no endurezcas tu corazón”.

La hospitalidad enriquece

     Marta y María experimentaron el privilegio de ser distinguidas con la visita del Maestro y se dispusieron a atenderlo, y recibieron mucho mucho más de lo que dieron.

     Las dos ponen todo su empeño en atender al Señor. María se sienta a sus pies, escuchándolo con atención, y Marta en la cocina prepara la comida. Así corren los minutos y Marta, agobiada, acercándose a Jesús le dijo: “Señor, ¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer?”.

     Tal vez deseaba que María se fuera a la cocina un rato, para ella llegar allí a los pies del Maestro, a escucharlo. Marta y María son las dos actitudes integrales de amor y servicio a Dios.

     San Ignacio de Loyola, gran maestro de vida espiritual, enseña en maravillosa síntesis el camino contemplativo en la acción: convertir el trabajo en oración.

     El amor a Dios y el amor al prójimo han de llegar al ideal de San Benito: “ora et labora” --darle tiempo a la oración y, más aún, elevarse a la contemplación”.

     Cristo lo dijo: “María escogió la mejor parte y nadie se la quitará”.

     Tengamos presente, pues, que más necesaria e importante es la acción.

José R. Ramírez    

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