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El silencio de la Generosidad

-Nuestra sociedad altamente mediática nos dicta que lo que no se anuncia y publica en los medios, o no se grita para que todos se enteren, no sólo no cuenta, sino que no existe, no basta con hacer el bien, aun cuando éste sea abundante. Para la sociedad de hoy pareciera que es más importante hacer poco o casi nada, pero anunciarlo mucho.

REFLEXIONANDO LA FE

EL DESEO DE DIOS


“El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar”.

Esta declaración, que expresa el Catecismo de la Iglesia Católica, que aún hoy en muchos contextos culturales parece totalmente compartida, casi obvia, podría percibirse más bien como un desafío en la cultura secularizada. Muchos de nuestros contemporáneos, de hecho, podrían argumentar que no tienen ningún deseo de Dios. Para amplios sectores de la sociedad, Él ya no es el esperado, el deseado, sino más bien una realidad que deja indiferentes, ante la cual ni siquiera hay que hacer el esfuerzo de pronunciarse. En realidad, lo que hemos definido como “el deseo de Dios” no ha desaparecido por completo y se asoma aún hoy en día, en muchos sentidos, en el corazón del hombre.

El hombre, en definitiva, sabe bien lo que no le sacia, pero no puede adivinar o definir lo que le haría experimentar aquella felicidad que lleva en el corazón la nostalgia. No se puede conocer a Dios sólo por la voluntad del hombre. Desde este punto de vista sigue el misterio: el hombre es buscador del Absoluto, un buscador que da pequeños pasos de incertidumbre.

Y, sin embargo, ya la experiencia misma del deseo, del “corazón inquieto”, como le llama San Agustín, es muy significativa. Ésta nos dice que el hombre es, en el fondo, un ser religioso, un “mendigo de Dios.” Podemos decir con las palabras de Pascal: “El hombre supera infinitamente al hombre”. Los ojos reconocen los objetos cuando son iluminados por la luz. De ahí el deseo de conocer la misma luz que hace brillar las cosas del mundo y que, con ellas, enciende el sentido de la belleza.

No se trata, por lo tanto, de ahogar el deseo que está en el corazón del hombre, sino de liberarlo, para que pueda alcanzar su verdadera altura. Cuando en el deseo se abre la ventana hacia Dios, esto ya es un signo de la presencia de la fe en el alma, fe que es una gracia de Dios.

ENTREGA


No puede haber una auténtica generosidad sin una entrega, pero no hemos de olvidar o reducir, según sea el caso, que la generosidad no está en el simple desprendernos de algo que nos sobra o que fácilmente podemos restituir, la generosidad esencialmente es una entrega, y particularmente una donación de sí mismo. No sólo es dar, es darnos.

De una manera heroica se nos presentan en las lecturas de hoy, dos casos muy semejantes: dos viudas que en medio de su miseria y gran necesidad dan sin medida dándose a sí mismas. Una desprendiéndose no sólo de su último puñado de harina, sino de lo que éste se significaba, su único sustento, sin el cual sólo le esperaba la muerte. Y la otra, la del evangelio, no sólo se desprendió de algo, lo dio todo, cuanto tenía, que le significaba su fortaleza, y unido a esto, sin la esperanza de poder obtener más.

La generosidad a la que estamos invitados —y casi obligados por nuestra fe, siendo coherentes— no se reduce a dar unas cuantas monedas o ciertas cosas que más que generosidad pareciera un modo muy económico y sencillo de sacar todas esas cosas que ya no necesitamos en casa, a la mano que se tiende a nuestro paso, no, la generosidad es darnos, para saber dar no lo que nos sobra, sino lo que se requiere, aun a aquel que no ha sido capaz de pedir, pero que verdadera y urgentemente necesita.

SILENCIOSA


San Vicente de Paul decía que “el bien no hace ruido”, para referirse a lo silencioso o desapercibido que puede pasar, para la gran mayoría el bien que realizan algunos, pero si esos cuantos se equivocan en algo o escandalizan con su obrar, todos lo sabrán, aun aquellos que ni siquiera sabían que éstos existían.

Las dos ya mencionadas viudas de los textos de este domingo, pasaron desapercibidas en el trajín de sus respectivas comunidades, pero ante los ojos paternos de Dios fueron reconocidas, no por la magnificencia de su obrar, sino por la generosidad de su entrega: “Yo les aseguro que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos. Porque los demás han echado de lo que les sobraba; pero ésta, en su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir”.

La generosidad o se aprende en el silencio del hogar o difícilmente se arraigara en nuestras vidas, la generosidad como entrega no llega como las canas, con el simple paso de los años, debe ser enseñada y practicada para que se convierta en virtud y así una nuestra cotidiana manera de vivir. José Luis Martín Descalzo, sacerdote y prodigo escritor español, narra en una de sus obras con simpática narrativa, que él aprendió a ser los brazos de la Divina Providencia, por esmerada enseñanza de su madre, quien en tiempos de la guerra civil, lo mandaba a hurtadillas a repartir porciones de aceite a las familias más necesitadas, lo que comenzó como un juego se convirtió en una autentica escuela de generosidad silenciosa.

COMO CRISTO


El perfecto ejemplo de generosidad lo tenemos en Cristo, como hoy de manera especial nos lo presenta la segunda lectura: “Cristo se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos”.

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA

De los Reyes 17, 10-16


“La tinaja de harina no se vaciará, la vasija de aceite  no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra”

SEGUNDA LECTURA

Hebreos 9, 24-28  

“Cristo se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos”

EVANGELIO

San Marcos 12, 38-44


“Esa pobre viuda ha echado más que todos. Porque los demás han echado de lo que les sobraba; pero ésta, en su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir”

DESDE LAS LETRAS

En el camino

Amado Nervo

-No temas, Cristo Rey, si descarriado

tras locos ideales he partido:

ni en mis días de lágrimas te olvido,

ni en mis horas de dicha te he olvidado.

En la llaga crüel de tu costado

quiere formar el ánima su nido,

olvidando los sueños que ha vivido

y las tristes mentiras que ha soñado.

A la luz del dolor, que ya me muestra

mi mundo de fantasmas vuelto escombros,

de tu místico monte iré a la falda,

con un báculo: el tedio, en la siniestra;

con andrajos de púrpura en los hombros,

con el haz de quimeras a la espalda.

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