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El santo que no muere
Para la época, puede considerarse que el ritmo de crecimiento de la Orden Franciscana en Europa rompió todos los records existentes
Primera parte
San Francisco de Asís es, quizás, uno de los santos más conocido y que más seguidores tiene. Desde los inicios de su apostolado en los primeros años del siglo XIII, gran cantidad de personas quisieron seguirlo e imitar su forma de vida, a pesar de su austeridad y sacrificio. Por ejemplo, en el año 1221, doce años después de fundada la Orden de los Hermanos Menores, se llevó a cabo el conocido Capítulo de las Esteras, al que convocaron a frailes y novicios y que reunió a alrededor de tres mil hermanos. Para la época, puede considerarse que el ritmo de crecimiento de la Orden Franciscana en Europa rompió todos los records existentes, y, a la fecha, sigue siendo un paradigma de desarrollo. ¿Qué tenía el hermano Francisco para haber logrado tal hazaña espiritual? En éste y el siguiente artículo analizaremos brevemente posibles respuestas a esta pregunta.
La época en que se desenvuelve es la Edad Media, cuya característica esencial fue la unidad cultural cristiana que se manifestaba como una unidad de fe (época teocrática), de lengua (latín), de arte (Gótico) y de método (la didáctica). El feudalismo era el sistema social imperante, en el que se establecía una jerarquización completamente rígida. Los valores de la época se fundamentaban en una moral utilitaria por la que se buscaba un beneficio inmediato, producto de tal sistema social. La nobleza, junto con la Iglesia, regía y orientaban las sociedades, con lo que los nobles se impregnaban de ideales éticos y religiosos; pero el pueblo, que se integraba en su mayoría por servidores bajo la tutela de los nobles --los señores feudales-- o de los monasterios, eran personas rudas y analfabetas. La burguesía, clase intermedia entre la nobleza y el pueblo, surgió principalmente del comercio y de las incipientes industrias basadas en los gremios artesanales.
La manifestación más característica de Francisco se remachó con una lectura del Evangelio según Mateo (10, 9-10), por la que abrazaría definitivamente la más radical vivencia de la pobreza. Esta forma de vida la anunciaba, según sus biógrafos, desde 1205 --el año decisivo de su vida--, cuando en una de tantas fiestas a las que asistía en su juventud se quedó como en éxtasis, de manera que sus amigos, al verlo inmóvil y perdido, se asustaron. Al volver en sí, le preguntaron jovialmente: “¿En qué pensabas, Francisco?, ¿en casarte?”, a lo que él contestó en tono misterioso: “Sí, con la mujer más hermosa que os podáis imaginar”. Se refería a la Dama Pobreza.
En el invierno de ese mismo año enfrentó a su padre, Pietro Bernardoni, quien lo denunciara antes las autoridades de Asís por robar piezas de tela de su tienda y dinero, que entregó a los pobres. El obispo convenció a Francisco para devolver lo suyo a su padre, y entonces Francisco se despojó de todas sus ropas y dinero, y delante de todos lo devolvió y le dijo: “Ya no diré más padre mío, Pedro de Bernardone, sino solamente Padre Nuestro que estás en los cielos”. Nacía el hermano Francisco.
Uno de los sucesos más significativos en la vida del Pobrecillo es el conocido como el beso al leproso. Lo que más repugnaba a Francisco eran los leprosos; no soportaba siquiera verlos. Pero el Señor le reveló que si quería conocer su voluntad, tenía que cambiar al máximo y comprobar cómo lo amargo se le volvería dulce, y lo dulce, amargo. Así, un día en el otoño de 1205, se cruzó con un leproso y, haciendo un esfuerzo terrible para vencerse a sí mismo, se le acercó, lo abrazó y lo besó, tras lo cual experimentó una enorme dulzura en su alma.
El episodio del leproso conduce a una reflexión para los hombres de aquí y ahora. Todos y todas tenemos algún “leproso” en nuestras vidas; para todos hay algo que nos es extremadamente difícil aceptar o dejar. El egoísmo, la soberbia, la vanidad y la codicia pueden ser normas de vida que nos repugna abandonar, mientras que la generosidad, la humildad, la modestia, la moderación y todas las demás virtudes cristianas pueden ser nuestros leprosos; pero el ejemplo de san Francisco ha de servir para comprender que es posible vencernos y que nuestra recompensa será grande en la tierra, pues seremos capaces de experimentar la paz y la felicidad que sólo una vida virtuosa puede ofrecer. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara(arroba)up.edu.mx
San Francisco de Asís es, quizás, uno de los santos más conocido y que más seguidores tiene. Desde los inicios de su apostolado en los primeros años del siglo XIII, gran cantidad de personas quisieron seguirlo e imitar su forma de vida, a pesar de su austeridad y sacrificio. Por ejemplo, en el año 1221, doce años después de fundada la Orden de los Hermanos Menores, se llevó a cabo el conocido Capítulo de las Esteras, al que convocaron a frailes y novicios y que reunió a alrededor de tres mil hermanos. Para la época, puede considerarse que el ritmo de crecimiento de la Orden Franciscana en Europa rompió todos los records existentes, y, a la fecha, sigue siendo un paradigma de desarrollo. ¿Qué tenía el hermano Francisco para haber logrado tal hazaña espiritual? En éste y el siguiente artículo analizaremos brevemente posibles respuestas a esta pregunta.
La época en que se desenvuelve es la Edad Media, cuya característica esencial fue la unidad cultural cristiana que se manifestaba como una unidad de fe (época teocrática), de lengua (latín), de arte (Gótico) y de método (la didáctica). El feudalismo era el sistema social imperante, en el que se establecía una jerarquización completamente rígida. Los valores de la época se fundamentaban en una moral utilitaria por la que se buscaba un beneficio inmediato, producto de tal sistema social. La nobleza, junto con la Iglesia, regía y orientaban las sociedades, con lo que los nobles se impregnaban de ideales éticos y religiosos; pero el pueblo, que se integraba en su mayoría por servidores bajo la tutela de los nobles --los señores feudales-- o de los monasterios, eran personas rudas y analfabetas. La burguesía, clase intermedia entre la nobleza y el pueblo, surgió principalmente del comercio y de las incipientes industrias basadas en los gremios artesanales.
La manifestación más característica de Francisco se remachó con una lectura del Evangelio según Mateo (10, 9-10), por la que abrazaría definitivamente la más radical vivencia de la pobreza. Esta forma de vida la anunciaba, según sus biógrafos, desde 1205 --el año decisivo de su vida--, cuando en una de tantas fiestas a las que asistía en su juventud se quedó como en éxtasis, de manera que sus amigos, al verlo inmóvil y perdido, se asustaron. Al volver en sí, le preguntaron jovialmente: “¿En qué pensabas, Francisco?, ¿en casarte?”, a lo que él contestó en tono misterioso: “Sí, con la mujer más hermosa que os podáis imaginar”. Se refería a la Dama Pobreza.
En el invierno de ese mismo año enfrentó a su padre, Pietro Bernardoni, quien lo denunciara antes las autoridades de Asís por robar piezas de tela de su tienda y dinero, que entregó a los pobres. El obispo convenció a Francisco para devolver lo suyo a su padre, y entonces Francisco se despojó de todas sus ropas y dinero, y delante de todos lo devolvió y le dijo: “Ya no diré más padre mío, Pedro de Bernardone, sino solamente Padre Nuestro que estás en los cielos”. Nacía el hermano Francisco.
Uno de los sucesos más significativos en la vida del Pobrecillo es el conocido como el beso al leproso. Lo que más repugnaba a Francisco eran los leprosos; no soportaba siquiera verlos. Pero el Señor le reveló que si quería conocer su voluntad, tenía que cambiar al máximo y comprobar cómo lo amargo se le volvería dulce, y lo dulce, amargo. Así, un día en el otoño de 1205, se cruzó con un leproso y, haciendo un esfuerzo terrible para vencerse a sí mismo, se le acercó, lo abrazó y lo besó, tras lo cual experimentó una enorme dulzura en su alma.
El episodio del leproso conduce a una reflexión para los hombres de aquí y ahora. Todos y todas tenemos algún “leproso” en nuestras vidas; para todos hay algo que nos es extremadamente difícil aceptar o dejar. El egoísmo, la soberbia, la vanidad y la codicia pueden ser normas de vida que nos repugna abandonar, mientras que la generosidad, la humildad, la modestia, la moderación y todas las demás virtudes cristianas pueden ser nuestros leprosos; pero el ejemplo de san Francisco ha de servir para comprender que es posible vencernos y que nuestra recompensa será grande en la tierra, pues seremos capaces de experimentar la paz y la felicidad que sólo una vida virtuosa puede ofrecer. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara(arroba)up.edu.mx