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El poeta de la vida
Jaime Sabines cumple este año 90 años de su nacimiento y 17 de su partida
GUADALAJARA, JALISCO (20/MAR/2016).- Marzo es un buen mes para conmemorar a Jaime Sabines: el poeta nació un 25 de marzo de 1926 en Tuxtla Gutiérrez (Chiapas), y murió un 19 de marzo de 1999, en la capital del país. Este año se cumplen 90 años de su nacimiento y 17 de su partida, razón para retomar su obra, que aunque breve en número y extensión de sus libros, sí es copiosa en versos memorables.
Al acabar su educación media superior, Sabines se mudó a la Ciudad de México, donde comenzó a estudiar medicina, pero muy pronto se dio cuenta de que la ciencia no era para él, ya que su sino estaba en las letras. Por no decepcionar a su padre demoró su deserción de la Escuela Nacional de Medicina. Su progenitor era un inmigrante libanés, de formación militar, mientras que su madre pertenecía a una de las familias acomodadas del Estado, incluso con un ex gobernador entre sus familiares.
Tras matricularse en la Facultad de Filosofía y Letras, el poeta entró en contacto con el círculo cultural mexicano de mitades del siglo XX. Dos de sus maestros fueron los escritores Julio Torri y Agustín Yáñez, además de conocer a otros protagonistas de la literatura nacional como Emilio Carballido, Rosario Castellanos o Ramón Xirau. Aquella etapa en la capital del país terminó con el regreso del autor a Chiapas, donde trabajó como comerciante: “La actividad más antipoética”, comentó a la postre. Este golpe de la realidad al asumirse poeta pero en un trabajo cotidiano le sirvió para dejar atrás la idea del artista en el topus uranus del arte.
A finales de los cincuenta retornó a la Ciudad de México. De vuelta trabajó junto con su hermano en la fábrica de alimentos que abrió, hasta 1976, cuando Sabines se convirtió en diputado Federal por su natal Chiapas. Sumado a ese trienio, Jaime retomó la política en 1988 en el Congreso de la Unión (por el DF): en ambos casos fue respaldado por el PRI, hecho que le valió críticas de sus detractores.
Otro factor que despertó las críticas y descalificaciones de los lectores “cultos” fue su “aparente sencillez”, como la ha calificado Rogelio Guedea. La inmediatez de la realidad que poetiza Sabines generan la apariencia de una poesía superficial, pero nada más alejado de la realidad: el acto del poeta es retomar, retratar esos instantes de la vida y los sentimientos para captar su importancia y profundidad. El también poeta y crítico literario Guedea ha afirmado: “Su poesía es sencilla, pero no es simplista ni facilista. La gente cree que por ser sencilla no tiene profundidad, pero no es así”.
La poesía, un acto de descubrimiento
De alguna manera, Sabines fue la antípoda poética de Octavio Paz, el patriarca de las letras nacionales de la época. Por ello, mientras que el Nobel mexicano estaba rodeado de escritores e intelectuales, Jaime evadía los círculos intelectuales y sus prácticas habituales. Sobre la otra poesía supuestamente más intelectual, el poeta chiapaneco se expresó de manera esquiva, al afirmar que no le agradaba que la poesía se tratara con guantes. Para él, los versos eran parte de la vida diaria.
Debido a su carácter intimista, la obra de Sabines guarda una estrecha relación con su vida personal. La muerte de su padre supuso el duelo habitual, pero también un motivo para crear. En su poema “Algo sobre la muerte del mayor Sabines”, Jaime asumió la tradición hispánica de las elegías que Jorge Manrique escribiera tras el fallecimiento de su progenitor, con sus célebres “Coplas por la muerte de su padre”. El fallecimiento de su madre también le inspiró el poema “Doña Luz”. Dichos versos no quiso plasmarlos de la misma forma con la que había hecho por la muerte de su padre, un lustro antes.
Más que crear, el escritor identificaba el oficio poético como un acto de descubrimiento. Esta manera de ver la escritura incluía el ejercicio de las letras como un fluir constante, en el que no se detenía a corregir. Según declaró en numerosas ocasiones, sus poemas tal como los leemos ahora fueron concebidos en primera instancia... justo así: no hubo “tallereadas” o adendas posteriores.
Estéticamente, Sabines retomó los preceptos del movimiento literario romanticismo y con un tono a veces nostálgico pero siempre cotidiano habló de los grandes temas: la vida, la muerte y el amor. En este último rubro, Jaime Sabines encontró en Josefa Rodríguez al amor de su vida, que le acompañó desde su juventud hasta su muerte.
Entre sus lecturas de cabecera, Sabines tenía a la Biblia como uno de los grandes libros de la humanidad. Pero no como un texto religioso que rige la vida de los creyentes, sino como una pieza que compila una tradición creadora. Prueba de ello es su poema en prosa “Adán y Eva”: una serie de textos que narran el encuentro mítico entre la mujer y el hombre, tomados desde un punto de vista arquetípico. Una introducción a la Biblia la tuvo Sabines a través de su padre, igualmente: no por la formación religiosa, pero sí por su fuerza poética.
El poeta, al rememorar a su papá, comentaba que gracias a él conoció a temprana edad “El cantar de los cantares”; aunque señalaba que no era un hombre de letras, ya que no poseía una gran cultura literaria, pero sí tenía esos referentes por la tradición. Julio Sabines, el padre de Jaime, pasó su infancia en Líbano antes de emigrar: allí también abrevó de los cuentos de “Las mil y una noches”, que heredó a sus hijos muchos años después.
Su obra cosechó varios premios nacionales, entre ellos el prestigioso Premio Xavier Villaurrutia, el Premio Nacional de Ciencias y Artes (en la categoría de Lingüística y Literatura) y el Premio Mazatlán de Literatura, además de la Medalla Belisario Domínguez. Pero más allá de su palmarés, el gran halago que recibió en vida fue la lectura, aceptación y el aplauso del público. Múltiples fueron sus sesiones de lectura en voz alta, pero sin duda, la más emblemática tuvo lugar a los pocos días después de cumplir 70 años, con el recinto de Bellas Artes como telón de fondo. El suceso fue registrado en audio y video, en documentos que dan cuenta del lleno que tuvo el lugar.
El disco que compila su lectura se ha convertido también en una antología personal, con una veintena de poemas entrañables como “Los amorosos”, “Me encanta Dios”, “Tía Chofi” o “Qué costumbre tan salvaje”.
Los últimos años del autor los pasó de forma convaleciente, por una fractura de fémur que le provocó la decaída de su salud. Múltiples operaciones, achaques de la edad, innumerables visitas a doctores, hospitales y el descubrimiento del cáncer lo hicieron avistar el ocaso.
Al acabar su educación media superior, Sabines se mudó a la Ciudad de México, donde comenzó a estudiar medicina, pero muy pronto se dio cuenta de que la ciencia no era para él, ya que su sino estaba en las letras. Por no decepcionar a su padre demoró su deserción de la Escuela Nacional de Medicina. Su progenitor era un inmigrante libanés, de formación militar, mientras que su madre pertenecía a una de las familias acomodadas del Estado, incluso con un ex gobernador entre sus familiares.
Tras matricularse en la Facultad de Filosofía y Letras, el poeta entró en contacto con el círculo cultural mexicano de mitades del siglo XX. Dos de sus maestros fueron los escritores Julio Torri y Agustín Yáñez, además de conocer a otros protagonistas de la literatura nacional como Emilio Carballido, Rosario Castellanos o Ramón Xirau. Aquella etapa en la capital del país terminó con el regreso del autor a Chiapas, donde trabajó como comerciante: “La actividad más antipoética”, comentó a la postre. Este golpe de la realidad al asumirse poeta pero en un trabajo cotidiano le sirvió para dejar atrás la idea del artista en el topus uranus del arte.
A finales de los cincuenta retornó a la Ciudad de México. De vuelta trabajó junto con su hermano en la fábrica de alimentos que abrió, hasta 1976, cuando Sabines se convirtió en diputado Federal por su natal Chiapas. Sumado a ese trienio, Jaime retomó la política en 1988 en el Congreso de la Unión (por el DF): en ambos casos fue respaldado por el PRI, hecho que le valió críticas de sus detractores.
Otro factor que despertó las críticas y descalificaciones de los lectores “cultos” fue su “aparente sencillez”, como la ha calificado Rogelio Guedea. La inmediatez de la realidad que poetiza Sabines generan la apariencia de una poesía superficial, pero nada más alejado de la realidad: el acto del poeta es retomar, retratar esos instantes de la vida y los sentimientos para captar su importancia y profundidad. El también poeta y crítico literario Guedea ha afirmado: “Su poesía es sencilla, pero no es simplista ni facilista. La gente cree que por ser sencilla no tiene profundidad, pero no es así”.
La poesía, un acto de descubrimiento
De alguna manera, Sabines fue la antípoda poética de Octavio Paz, el patriarca de las letras nacionales de la época. Por ello, mientras que el Nobel mexicano estaba rodeado de escritores e intelectuales, Jaime evadía los círculos intelectuales y sus prácticas habituales. Sobre la otra poesía supuestamente más intelectual, el poeta chiapaneco se expresó de manera esquiva, al afirmar que no le agradaba que la poesía se tratara con guantes. Para él, los versos eran parte de la vida diaria.
Debido a su carácter intimista, la obra de Sabines guarda una estrecha relación con su vida personal. La muerte de su padre supuso el duelo habitual, pero también un motivo para crear. En su poema “Algo sobre la muerte del mayor Sabines”, Jaime asumió la tradición hispánica de las elegías que Jorge Manrique escribiera tras el fallecimiento de su progenitor, con sus célebres “Coplas por la muerte de su padre”. El fallecimiento de su madre también le inspiró el poema “Doña Luz”. Dichos versos no quiso plasmarlos de la misma forma con la que había hecho por la muerte de su padre, un lustro antes.
Más que crear, el escritor identificaba el oficio poético como un acto de descubrimiento. Esta manera de ver la escritura incluía el ejercicio de las letras como un fluir constante, en el que no se detenía a corregir. Según declaró en numerosas ocasiones, sus poemas tal como los leemos ahora fueron concebidos en primera instancia... justo así: no hubo “tallereadas” o adendas posteriores.
Estéticamente, Sabines retomó los preceptos del movimiento literario romanticismo y con un tono a veces nostálgico pero siempre cotidiano habló de los grandes temas: la vida, la muerte y el amor. En este último rubro, Jaime Sabines encontró en Josefa Rodríguez al amor de su vida, que le acompañó desde su juventud hasta su muerte.
Entre sus lecturas de cabecera, Sabines tenía a la Biblia como uno de los grandes libros de la humanidad. Pero no como un texto religioso que rige la vida de los creyentes, sino como una pieza que compila una tradición creadora. Prueba de ello es su poema en prosa “Adán y Eva”: una serie de textos que narran el encuentro mítico entre la mujer y el hombre, tomados desde un punto de vista arquetípico. Una introducción a la Biblia la tuvo Sabines a través de su padre, igualmente: no por la formación religiosa, pero sí por su fuerza poética.
El poeta, al rememorar a su papá, comentaba que gracias a él conoció a temprana edad “El cantar de los cantares”; aunque señalaba que no era un hombre de letras, ya que no poseía una gran cultura literaria, pero sí tenía esos referentes por la tradición. Julio Sabines, el padre de Jaime, pasó su infancia en Líbano antes de emigrar: allí también abrevó de los cuentos de “Las mil y una noches”, que heredó a sus hijos muchos años después.
Su obra cosechó varios premios nacionales, entre ellos el prestigioso Premio Xavier Villaurrutia, el Premio Nacional de Ciencias y Artes (en la categoría de Lingüística y Literatura) y el Premio Mazatlán de Literatura, además de la Medalla Belisario Domínguez. Pero más allá de su palmarés, el gran halago que recibió en vida fue la lectura, aceptación y el aplauso del público. Múltiples fueron sus sesiones de lectura en voz alta, pero sin duda, la más emblemática tuvo lugar a los pocos días después de cumplir 70 años, con el recinto de Bellas Artes como telón de fondo. El suceso fue registrado en audio y video, en documentos que dan cuenta del lleno que tuvo el lugar.
El disco que compila su lectura se ha convertido también en una antología personal, con una veintena de poemas entrañables como “Los amorosos”, “Me encanta Dios”, “Tía Chofi” o “Qué costumbre tan salvaje”.
Los últimos años del autor los pasó de forma convaleciente, por una fractura de fémur que le provocó la decaída de su salud. Múltiples operaciones, achaques de la edad, innumerables visitas a doctores, hospitales y el descubrimiento del cáncer lo hicieron avistar el ocaso.