El pintor contra el vacío
'Redimiendo el vacío' es la exposición del pintor Ismael Vargas
GUADALAJARA, JALISCO (04/SEP/2016).- Ismael Vargas de niño quiso ser torero, arriesgar la vida frente a un burel de más de 500 kilos. Veía arte en la muerte latente. Sin embargo, desistió de ello por cobarde, según sus propias palabras. “En la pintura puedes recuperarte y volver a hacer, en el toreo no, es una cuestión musical, es un ritmo que pasa y no lo puedes recuperar, se va la vida misma en ello”.
Pero el arte de arriesgar, la vida de ser necesario, estaba en él. Vendrían después los impulsos de ser cantante, de ópera para ser más exactos, que se frustraron no por cobardía sino por la falta de potencia en la voz.
Ahora, el niño que quiso ser torero y cantante, es uno de los pintores más reconocidos y más enigmáticos, vuelve a exponer en la ciudad que lo vio nacer en 1947 en el barrio de San Juan de Dios.
Incómodo con las entrevistas, alejado de los reflectores, Vargas recibe a EL INFORMADOR en su casa no para hablar de su exposición, curada por Ricardo Duarte y que lleva el título de “Redimiendo el vacío”, sino para compartir un momento de su vida. Habla de cómo de niño sus hermanas lo incitaban a bailar en las calles de la ciudad y de cómo una ventana en el portón de su casa le abrió un caudal de imaginación que hasta ahora no se detiene, de la metáfora que une al toreo con la pintura y de la pasión que le da la lectura.
Ismael Vargas cuenta que llegó a la pintura de adolescente, aunque el arte está en él desde siempre. Asistió de oyente a la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Guadalajara, donde, según sus propias palabras, “era insoportable, era sangronsísimo”. Aprendió lo suficiente como para desistir de la escolaridad, “pues nadie te enseña a ser feliz”. Por su pasión a la pintura abandonó su casa, vivió en un cuarto, y se refugió en una biblioteca del viejo consulado americano. Ahí descubrió que había otras maneras de plasmar, de transmitir ideas. Se enganchó de la plástica y no pudo dejarla nunca.
“En Guadalajara tuve mi primera exposición en el Patio de los Ángeles. Yo presentaba mis cuadros y Ricardo Yáñez leía poemas. Tuvo éxito, tanto que comenzaron a pedir cuadros míos. Les puse el precio más disparatado que te imagines, los quise vender en dólares. Por supuesto que no vendí ninguno”, sin embargo, el talento se impondría al mercado y la obra de Vargas comenzó a ser adquirida por coleccionistas privados.
“Nunca me planteé si podría vivir de esto, no era necesario, era lo que quería hacer y con eso bastaba”, señala con una sonrisa.
“Redimiendo el vacío”
La exposición, que se inaugura el próximo 8 de septiembre en el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara, está llena de cúmulos, repeticiones, que bien podría pasar por barroca, “barroca tropical” según las propias palabra de Ismael Vargas, remite de inmediato a la mexicanidad, a la exagerada reiteración de temas que van desde luchadores, cráneos, o formas propias de la naturaleza. Sin embargo, no es tan sencillo como parece, y por eso el pintor exige al espectador dejar la pasividad en la entrada del museo para que el mensaje, el que sea, pueda ser recibido.
“El arte es pura emoción, no hay nada que entender. En principio hay que dejarse llevar, pero tampoco es así de simple, te debes dar cuenta que está lleno de connotaciones de todo tipo, connotaciones que en principio no son conscientes y que le corresponde al espectador descifrar, para que el arte pueda ser transformador. Quizá no en ese momento, pero transformará a quien mire una pieza”, menciona.
Ricardo Duarte, el curador de “Redimiendo el vacío”, ha logrado una curaduría que pone de relieve el ludismo de la obra de Ismael, el conocimiento juguetón volcado sobre sus piezas, pero también la enorme carga social que presentan las piezas. Con textos de los escritores Elsa Cross, Élmer Mendoza y Eduardo Antonio Parra, las obras se enmarcan en un contexto tan actual como permanente. Dividida en cuatro núcleos, “Identidad”, “Neopreliquias”, “Paraíso” y “Ritual”, son 24 piezas, 9 esculturas y 15 pinturas (óleos sobre tela de gran formato) las que dan forma a la exposición; obras que no fueron pensadas para ser exhibidas, pero que gracias al curador se podrán admirar.” Yo nunca he pintado para exponer. Mis piezas nacen de una provocación, que puede ser desde una flor hasta un juguete”.
Las piezas de Vargas parecen venir del talento puro, de una intención que no se detiene, pero él mismo desmiente la idea. Rehace mucho sus cuadros, los borra a capricho y comienza de nuevo. Difícil pero necesario. “No te acostumbras a rehacer un cuadro pero tienes que hacerlo, nunca te salen a la primera, o hay montones de cosas que no te gustan y las tienes que cambiar, antes rompía mis cuadros cuando no me salían, o los que quemaba que era lo que más me gustaba: prenderles fuego y verlos arder. Ahora simplemente los borro y pinto encima de ellos. Ya no lucho contra las cosas, dejo que fluyan. Me ha costado años. A lo mejor hay gente talentosísima que no le cuesta nada y hay otros que nos lleva la vida entera. Ya he aprendido a que fluyan mis pinturas y me ha ido bien”.
Sobre la interpretación de su trabajo, del que se ha dicho que ha resignificado la violencia, el niño que quiso ser torero pero que tomó pincel por espada y lienzo por toro, concluye tajante, como dejando una estocada al final de la conversación: “Eso dicen los curadores, yo en ningún momento he pensado en la violencia de los objetos, he pensado en la belleza de la muerte cuando los hago”.
EL INFORMADOR / GERARDO ESPARZA