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El pecado social
El cuarto pecado, provocar injusticia social, encuentra su raíz en la Doctrina Social de la Iglesia
Antes de continuar con el análisis del heptálogo conviene insistir en que el pecado social es, de acuerdo con el Beato Juan Pablo II, “la acumulación y la concentración de pecados personales; esto es, el pecado social es una consecuencia del actuar de las personas individuales. Con esto en mente procedamos a ver lo relacionado con el tercer pecado social: contaminar el medio ambiente.
Siguiendo una definición de diccionario, la contaminación es la alteración nociva del estado natural de un medio como consecuencia de la introducción de agentes (contaminantes) que no deberían existir en tal medio, por lo que su presencia causa inestabilidad, desorden, daño o malestar en un ecosistema, en el medio ambiente físico o en un ser vivo. El contaminante puede ser una sustancia química (desde partículas de carbón hasta gases tóxicos como amoniaco), sonido (contaminación auditiva) o luz (contaminación visual). La contaminación siempre será una alteración negativa del estado natural del medio y, por lo general, se genera como consecuencia de la actividad humana.
Respecto a esto, entre la comunidad científica no hay consenso sobre si algunos procesos naturales, como las erupciones volcánicas, puedan provocar una verdadera contaminación, ya que en estos casos, las nuevas condiciones pueden ser nocivas, nunca se introduce un agente extraño o ajeno al medio, ni tampoco cambian las condiciones normales o naturales; no obstante, sí existe cierto acuerdo para considerar como contaminación por una sustancia natural si se exceden los niveles habituales.
No creo necesario abundar en el tema puesto que ha sido y sigue siendo largamente discutido. Sabemos de problemas asociados y, en especial, del especialmente grave que tiene que ver con el calentamiento global, el efecto invernadero y los problemas de salud pública. Y como lo ha señalado Juan Pablo II, este asunto no es más que el resultado de la suma de todas y cada una de las acciones individuales que todos hemos realizado. ¿Qué podemos hacer, también individualmente, para paliar los nocivos efectos de la contaminación (y dejar de cometer este pecado)? Simple; entre otras cosas, no dejar luces encendidas que no se utilizan, afinar regularmente los vehículos de transporte motorizado y utilizarlos racionalmente, no tirar basura (desde el chicle masticado y su envoltura, hasta bolsas colmadas en la vía pública), utilizar racionalmente el agua. Muchas empresas y negocios podrían dejar de imprimir tantos y tantos volantes con lo que abaratarían sus costos de operación y reducirían la tala de árboles. Lo más importante sería concientizar a los niños sobre esto y enseñarles a poner la basura en su lugar. Muchas más acciones pueden realizarse; todo es cuestión de sentido común.
El cuarto pecado, provocar injusticia social, encuentra su raíz en la Doctrina Social de la Iglesia. El concepto de justicia social se incorpora definitivamente en 1931 en la encíclica Quadragesimoanno del Papa Pío XI con las palabras: “A cada cual, por consiguiente, debe dársele lo suyo en la distribución de los bienes, siendo necesario que la partición de los bienes creados se revoque y se ajuste a las normas del bien común o de la justicia social, pues cualquier persona sensata ve cuán gravísimo trastorno acarrea consigo esta enorme diferencia actual entre unos pocos cargados de fabulosas riquezas y la incontable multitud de los necesitados”. De esta manera es fácil entender el concepto de injusticia social. Ejemplos de ella son no tener acceso igualitario al agua limpia, ni a los servicios de salud o a la educación. Así, toda aquella acción que contribuya a agrandar la brecha entre pobres y necesitados es un pecado social. Y aquí podríamos incluir pecados de omisión, puesto que todo lo que no hacemos para aminorar tal brecha, es una contribución a la injusticia social. Es probable que el egoísmo, tanto como la codicia, sean vicios que favorecen las actitudes y acciones que acrecientan la injusticia social. Cabe recordar las palabras de N.S. Jesucristo: “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16, 24); es decir, una condición para ganar el reino de Dios --y alcanzar la verdadera felicidad-- es despojarse de todo egoísmo (negarse a sí mismo). Y de acuerdo con Sócrates, “Es peor cometer una injusticia que padecerla porque quien la comete se convierte en injusto y quien la padece no”. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara@up.edu.mx
Siguiendo una definición de diccionario, la contaminación es la alteración nociva del estado natural de un medio como consecuencia de la introducción de agentes (contaminantes) que no deberían existir en tal medio, por lo que su presencia causa inestabilidad, desorden, daño o malestar en un ecosistema, en el medio ambiente físico o en un ser vivo. El contaminante puede ser una sustancia química (desde partículas de carbón hasta gases tóxicos como amoniaco), sonido (contaminación auditiva) o luz (contaminación visual). La contaminación siempre será una alteración negativa del estado natural del medio y, por lo general, se genera como consecuencia de la actividad humana.
Respecto a esto, entre la comunidad científica no hay consenso sobre si algunos procesos naturales, como las erupciones volcánicas, puedan provocar una verdadera contaminación, ya que en estos casos, las nuevas condiciones pueden ser nocivas, nunca se introduce un agente extraño o ajeno al medio, ni tampoco cambian las condiciones normales o naturales; no obstante, sí existe cierto acuerdo para considerar como contaminación por una sustancia natural si se exceden los niveles habituales.
No creo necesario abundar en el tema puesto que ha sido y sigue siendo largamente discutido. Sabemos de problemas asociados y, en especial, del especialmente grave que tiene que ver con el calentamiento global, el efecto invernadero y los problemas de salud pública. Y como lo ha señalado Juan Pablo II, este asunto no es más que el resultado de la suma de todas y cada una de las acciones individuales que todos hemos realizado. ¿Qué podemos hacer, también individualmente, para paliar los nocivos efectos de la contaminación (y dejar de cometer este pecado)? Simple; entre otras cosas, no dejar luces encendidas que no se utilizan, afinar regularmente los vehículos de transporte motorizado y utilizarlos racionalmente, no tirar basura (desde el chicle masticado y su envoltura, hasta bolsas colmadas en la vía pública), utilizar racionalmente el agua. Muchas empresas y negocios podrían dejar de imprimir tantos y tantos volantes con lo que abaratarían sus costos de operación y reducirían la tala de árboles. Lo más importante sería concientizar a los niños sobre esto y enseñarles a poner la basura en su lugar. Muchas más acciones pueden realizarse; todo es cuestión de sentido común.
El cuarto pecado, provocar injusticia social, encuentra su raíz en la Doctrina Social de la Iglesia. El concepto de justicia social se incorpora definitivamente en 1931 en la encíclica Quadragesimoanno del Papa Pío XI con las palabras: “A cada cual, por consiguiente, debe dársele lo suyo en la distribución de los bienes, siendo necesario que la partición de los bienes creados se revoque y se ajuste a las normas del bien común o de la justicia social, pues cualquier persona sensata ve cuán gravísimo trastorno acarrea consigo esta enorme diferencia actual entre unos pocos cargados de fabulosas riquezas y la incontable multitud de los necesitados”. De esta manera es fácil entender el concepto de injusticia social. Ejemplos de ella son no tener acceso igualitario al agua limpia, ni a los servicios de salud o a la educación. Así, toda aquella acción que contribuya a agrandar la brecha entre pobres y necesitados es un pecado social. Y aquí podríamos incluir pecados de omisión, puesto que todo lo que no hacemos para aminorar tal brecha, es una contribución a la injusticia social. Es probable que el egoísmo, tanto como la codicia, sean vicios que favorecen las actitudes y acciones que acrecientan la injusticia social. Cabe recordar las palabras de N.S. Jesucristo: “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16, 24); es decir, una condición para ganar el reino de Dios --y alcanzar la verdadera felicidad-- es despojarse de todo egoísmo (negarse a sí mismo). Y de acuerdo con Sócrates, “Es peor cometer una injusticia que padecerla porque quien la comete se convierte en injusto y quien la padece no”. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara@up.edu.mx