Suplementos
El óbolo de la viuda
¿Somos indiferentes ante las necesidades ajenas?
1) Para saber
A partir del personaje de la pobre viuda del Evangelio, que deposita dos monedas de poco valor en el cepo del templo, siendo las últimas que le quedaban, el Papa Benedicto XVI señala que ese gesto que realizó se ha convertido en proverbial, tomando ahora “el óbolo de la viuda” como un sinónimo de la generosidad de quien da sin reservas lo poco que posee.
Ese acto de la viuda que lo da a todo, se da a sí misma y se pone en las manos de Dios para los demás, contiene una gran enseñanza, pues expresa la característica fundamental de quienes constituyen a la Iglesia: la entrega completa de sí al Señor y al prójimo.
Esa entrega de uno mismo la llevó a su culmen el Hijo de Dios, cuando se entregó por nosotros en la cruz. Es tan valioso ese sacrificio, que Dios ha querido perpetuarlo en la Iglesia en cada santa misa que se celebra: “en esa única oblación se condensa todo el amor del Hijo de Dios hecho hombre”.
2) Para pensar
El Papa subraya la necesidad que tiene el miembro de la Iglesia, de amar con obras, sin quedarse indiferente ante las necesidades ajenas. Al respecto hay una parábola que ilustra esta obligación.
Se cuenta que ya no quedaba sitio en el infierno y aún había una larga fila de personas esperando para entrar. Salió el demonio enojado y gritó: “Ya está todo lleno, queda un solo sitio. ¿Quién es el peor de todos ustedes?”. Nadie habló, pues no querían entrar. Entonces se dirigió a uno con cara de inocente y le preguntó: “Y usted, ¿qué ha hecho?”. Respondió el individuo: “Yooo? Nada”. El demonio le gritó: “¡Cómo que nada!”. El individuo, asustado, dijo: “Sí, nada. A lo largo de mi vida he presenciado muchas barbaridades: guerras, desastres naturales, masacres, soledad y abandono, faenatismo radical, violencia, hambre, pobreza, explotación de menores, corrupción y otras cosas peores... pero yo nunca hice nada”. El demonio le vuelve a preguntar: “Pero, ¿es cierto que usted vio todo y no hizo nada para evitarlo? Entonces, ¡el puesto es para usted! Pase al infierno”.
Entre las frases célebres de Mahatma Gandhi se encuentra la siguiente: “Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala, es el silencio de la gente buena”.
Es indudable que hay males, pero hemos de contribuir con el bien. Como decía San Josémaría Escrivá de Balaguer: “Hay que ahogar el mal en la abundancia del bien”.
3 ) Para vivir
El Papa Benedicto XVI recordaba las siguientes palabras de su antecesor Paulo VI, hablando sobre su amor por la Iglesia: “Podría decir que siempre la he amado, y que por ella, no por otra cosa, me parece haber vivido. Quisiera comprenderla totalmente, en su historia, en su designio divino, en su designio final, en sus sufrimientos, en las debilidades y las miserias de tantos de sus hijos, en sus aspectos menos simpáticos y en el esfuerzo perenne de fidelidad, de amor, de perfección y de caridad. Quisiera abrazarla, saludarla, amarla en cada ser que la compone, en cada obispo y sacerdote que la asiste y la guía, en cada alma que la vive y la ilustra”.
Apunta el Papa Benedicto XVI: “¿Qué se puede añadir a palabras tan altas e intensas?”.
Procuremos también amar a nuestra madre Iglesia con obras.
articulosdog@gmail.com
A partir del personaje de la pobre viuda del Evangelio, que deposita dos monedas de poco valor en el cepo del templo, siendo las últimas que le quedaban, el Papa Benedicto XVI señala que ese gesto que realizó se ha convertido en proverbial, tomando ahora “el óbolo de la viuda” como un sinónimo de la generosidad de quien da sin reservas lo poco que posee.
Ese acto de la viuda que lo da a todo, se da a sí misma y se pone en las manos de Dios para los demás, contiene una gran enseñanza, pues expresa la característica fundamental de quienes constituyen a la Iglesia: la entrega completa de sí al Señor y al prójimo.
Esa entrega de uno mismo la llevó a su culmen el Hijo de Dios, cuando se entregó por nosotros en la cruz. Es tan valioso ese sacrificio, que Dios ha querido perpetuarlo en la Iglesia en cada santa misa que se celebra: “en esa única oblación se condensa todo el amor del Hijo de Dios hecho hombre”.
2) Para pensar
El Papa subraya la necesidad que tiene el miembro de la Iglesia, de amar con obras, sin quedarse indiferente ante las necesidades ajenas. Al respecto hay una parábola que ilustra esta obligación.
Se cuenta que ya no quedaba sitio en el infierno y aún había una larga fila de personas esperando para entrar. Salió el demonio enojado y gritó: “Ya está todo lleno, queda un solo sitio. ¿Quién es el peor de todos ustedes?”. Nadie habló, pues no querían entrar. Entonces se dirigió a uno con cara de inocente y le preguntó: “Y usted, ¿qué ha hecho?”. Respondió el individuo: “Yooo? Nada”. El demonio le gritó: “¡Cómo que nada!”. El individuo, asustado, dijo: “Sí, nada. A lo largo de mi vida he presenciado muchas barbaridades: guerras, desastres naturales, masacres, soledad y abandono, faenatismo radical, violencia, hambre, pobreza, explotación de menores, corrupción y otras cosas peores... pero yo nunca hice nada”. El demonio le vuelve a preguntar: “Pero, ¿es cierto que usted vio todo y no hizo nada para evitarlo? Entonces, ¡el puesto es para usted! Pase al infierno”.
Entre las frases célebres de Mahatma Gandhi se encuentra la siguiente: “Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala, es el silencio de la gente buena”.
Es indudable que hay males, pero hemos de contribuir con el bien. Como decía San Josémaría Escrivá de Balaguer: “Hay que ahogar el mal en la abundancia del bien”.
3 ) Para vivir
El Papa Benedicto XVI recordaba las siguientes palabras de su antecesor Paulo VI, hablando sobre su amor por la Iglesia: “Podría decir que siempre la he amado, y que por ella, no por otra cosa, me parece haber vivido. Quisiera comprenderla totalmente, en su historia, en su designio divino, en su designio final, en sus sufrimientos, en las debilidades y las miserias de tantos de sus hijos, en sus aspectos menos simpáticos y en el esfuerzo perenne de fidelidad, de amor, de perfección y de caridad. Quisiera abrazarla, saludarla, amarla en cada ser que la compone, en cada obispo y sacerdote que la asiste y la guía, en cada alma que la vive y la ilustra”.
Apunta el Papa Benedicto XVI: “¿Qué se puede añadir a palabras tan altas e intensas?”.
Procuremos también amar a nuestra madre Iglesia con obras.
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