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El milagro de la multiplicación de los panes

Mas este milagro tiene un signo: promover la fe

Desde este domingo y cuatro más, la liturgia ofrece como tema de reflexión y motivación el capítulo sexto de San Juan, que pretende una compenetración más intensa de la persona de Cristo.

Con el milagro de la multiplicación de los panes, el Señor pone de manifiesto el inconmensurable poder de Cristo. Él, y sólo Él, fue capaz de un milagro que alcanzaría, que favorecería, no a unas cuantas personas, sino a una multitud de más de cinco mil. Ahí manifestó un poder sobrehumano; allí se manifestó la presencia de Dios enmedio de ellos, con su poder y su amor.

Mas este milagro tiene un signo: promover la fe

Cristo manifiesta su poder, actúa por cuenta propia, su sola bendición basta  para que haya panes para todos.

Es un signo, porque en la vida de Cristo y en su Iglesia también acudirán en los siglos futuros otras multitudes y les regalará siempre el pan del milagro: la Santa Eucaristía. Porque este milagro es el preludio del gran acontecimiento que se realizará la noche del jueves, la Cena del Señor.

San Juan se extiende en presentar con más detalles la preparación del misterio eucarístico, que fue el milagro de la multiplicación de los panes, en todo el capítulo sexto, del que este domingo solamente se toman quince versículos.

Introducción


Jesús atravesó el Mar de Galilea, llamado también Tiberíades. En la orilla lo seguía una gran multitud. Jesús descendió de la barca, subió a la montaña y   se sentó entre sus discípulos. Se aproximaba la Pascua, la fiesta de los judíos.

Preámbulo y comienzo de la acción

San Juan evangelista relata: “Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud se acercaba a Él, y le preguntó a Felipe: ‘¿Dónde compraremos pan para darles de comer?’”.

Esta pregunta es para dejar en claro las limitaciones de los humanos. Ninguno de sus discípulos podrá resolver ese problema: habrá de hacerlo el poder de Dios.

Mas se percibe también que el Señor busca la colaboración de los hombres. En el devenir de la Iglesia, Dios manifiesta su poder y su amor, pero a través de la inteligencia, del amor, de la mano de los hombres. Él bien sabía lo que iba a hacer.

Andrés le dijo: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescados”. Allí estaba la materia para el milagro. Eso bastaba. Como en la Iglesia, la materia es un poco de agua para el bautismo, unción con aceite para los sacramentos, y un poco de pan y un trago de vino para la Eucaristía. Con lo poco y lo pequeño Dios hace grandes cosas: el portento de la gracia, la salvación.

El milagro

“Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó; igual hizo con los pescados. Todos los presentes quedaron satisfechos”.

El pan es alimento esencial. No tener pan es estar expuesto a morir. El pan, por tanto, significa la vida. Con ese milagro Cristo prepara a la humanidad para recibir el pan que es Él mismo, que da la vida, que es vida.

El milagro de la multiplicación de los panes, es la respuesta a todos cuantos andaban vagando “como ovejas sin pastor”; es un llamado a poner de manifiesto la intervención de Dios en la historia de cada hombre, porque Dios ama a todos; y lo más consolador es que conoce a cada uno por su nombre y lo ama con amor eterno.

Dios sabe lo que cada hombre necesita, mas el medio de obtenerlo es buscar a Dios. La solución a las necesidades no es la técnica, no es el llamado “progreso”, ni siquiera lo constituyen los demás hombres. La solución es Cristo, amor y poder a un tiempo.
 
Efectos del milagro

La gente decía: “Éste es el verdadero profeta que había de venir al mundo”. Entonces Jesús, dándose cuenta de que iban a apoderarse de Él para coronarlo rey, prefirió retirarse.

Las esperanzas del pueblo de Israel en el Mesías esperado, eran siempre materiales. Querían un Mesías con la espada en la mano, vencedor en la guerra, para humillar a sus vecinos poderosos y acrecentar el poderío y las riquezas de todos. ¿Qué mejor rey que éste, que les da de comer, que tiene poderes sobrehumanos? Para sus apetencias políticas y materiales, Jesús era el indicado.

Ven el milagro, pero no lo entienden. Desconocen la auténtica misión del Hijo de Dios, que es llevar a los hombres a la verdadera felicidad: la salvación eterna.

Jesús se les perdió de vista. No eran dignos de Él. Por eso se retiró, otra vez, a la montaña.

José R. Ramírez Mercado

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