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El milagro de Dios, la revelación de su poder
Desde el principio, el núcleo de la predicación de los apóstoles fue la resurrección de Cristo
¿En qué consiste la redención, quién la da y quién la recibe? La respuesta es: Cristo resucitó. Los que le sigan resucitarán con Él.
Desde el principio, el núcleo de la predicación de los apóstoles fue la resurrección de Cristo.
El primer sermón en la historia de la Iglesia lo predicó San Pedro en la fiesta de Pentecostés, ante una multitud --unos tres mil-- reunida en la plaza, y el tema fue: “Dios resucitó a Jesús”.
Este Pedro ya no era el discípulo cobarde que --por miedo a unos soldados que se calentaban junto al fuego, y a una criada parlanchina--, negó tres veces que conocía a Jesús Nazareno. Ahora, a voz en cuello, fuerte y clara, les dice que Jesús resucitó y vive.
Él y los otros diez compañeros serían intrépidos testigos del hecho insólito y maravilloso, porque lo vieron, lo oyeron y hasta tocaron al Señor Jesús vuelto a la vida.
“Los apóstoles atestiguaban con gran poder la resurrección del Señor Jesús”. Así da noticia el evangelista San Lucas en Hechos 2, 32. Sus palabras eran tan firmes, porque hablaban de algo vivamente experimentado.
“Al anochecer de aquel día,
estando cerradas las puertas
de la casa... se presentó Jesús”
La palabra empeñada de que reconstruiría el templo al tercer día, estaba ahora cumplida.
Los apóstoles --que, amedrentados, todavía no salían de su asombro por los luctuosos acontecimientos de los tres días pasados--, encerrados, temerosos, no se atrevían a dar la cara.
A esos apocados, Jesús les tenía reservada su aparición de ese atardecer y la de ocho días después, para que lo vieran y escucharan, y se sentaran con Él a comer un poco de pescado asado. Así les habría de dar a entender que era Él en persona y no un fantasma. Y les mostró las manos laceradas por los clavos y el costado herido por una lanza, como signos de identidad, para que no dudaran de que era Él, resucitado.
Les dijo: “La paz sea con ustedes”
Éste era un saludo muy común entre los israelitas; pero ahora, en la boca del Maestro tenía un profundo significado, porque les deseaba que ya pasadas aquellas terribles horas, volviera la paz a sus corazones.
Es el mismo saludo del Pueblo de Dios, de la Iglesia. Es el saludo del sacerdote en la celebración de la Santa Misa, que luego con afecto se dan todos en la asamblea cristiana.
Este saludo impone perdón, amor, interés y deseo de abrirse hacia los demás.
En este tiempo de marcado individualismo, de encerrarse cada uno en su torre de marfil a veces por el temor en tiempos de inseguridad, es una oportunidad de dar, de servir, de mostrar afecto a los demás.
Tras un saludo, un deseo sincero de paz es sembrar, y tal vez broten frutos: la paz en los corazones.
“Como el Padre me ha enviado,
así también los envío yo”
Cristo, el enviado del Padre, en ese momento solemne envía a los once discípulos. La Iglesia, desde ese atardecer y hasta el día de hoy, y en adelante, siempre ha estado en manos de “los enviados”. Es una sociedad jerárquica, y quienes van predicando a Cristo resucitado son discípulos y son misioneros. Discípulos, siempre atentos a escuchar el mensaje del Divino Maestro, y misioneros dispuestos, enviados a llevarlo a los demás.
Los Obispos de América Latina y del Caribe reunidos en Aparecida, Brasil, en el mes de mayo de 2007, renovaron sus métodos y tomaron un nuevo impulso en su compromiso de evangelizar, para que los pueblos sigan creciendo y madurando en su fe, para ser luz del mundo y testigos de Cristo resucitado, no sólo de palabra, sino con la propia vida.
La Iglesia que camina y participa de los gozos y esperanzas, de las penas y alegrías de sus hijos, envía, como envió Cristo a sus apóstoles, a los agentes de la Buena Nueva --sacerdotes, religiosos y laicos--, a ser testigos en el siglo XXI de que Cristo resucitó y vive.
“Reciban al Espíritu Santo,
a los que les perdonen los pecados,
les serán perdonados”
Porque Cristo es amor, es misericordia, se hizo hombre para buscar a los pecadores con el propósito de perdonarlos, quiso dejar el perdón de los pecados en sus discípulos misioneros.
Frente al mal que genera violencia, está el cristianismo que no acepta rencor ni venganza, y para siempre transmite Cristo el poder de perdonar los pecados, en esos hombres deslumbrados, atónitos ante el privilegio de ser los primeros humanos en ver el prodigio de su triunfo sobre la muerte.
Como regalo de Pascua, el Señor dejó en su Iglesia naciente el sacramento del perdón, de la reconciliación. Han pasado veinte siglos y ante los apóstoles y los sucesores de los apóstoles han desfilado multitudes de pecadores, con el rostro compungido de sentirse culpables y tristes, al llegar de rodillas a mostrar su condición de reos, y se han levantado alegres al sentirse perdonados: “Vete en paz y no peques más”.
Cristo aceptó el sufrimiento con su pasión y muerte, para que desapareciera el pecado. El sacramento de la penitencia es morir al pecado para resucitar a una nueva vida, a la gracia.
Donde mejor se descubre a Cristo es en su infinita misericordia. Así se manifiesta con el pueblo de la Nueva Alianza. La Iglesia toma el deber, la misión de llevar a todos la misericordia, el amor, el perdón.
Tomás sólo cree lo que toca
Tomás --ausente del Cenáculo al atardecer del primer domingo--, incrédulo de todo lo que había oído, necesitaba ver y tocar para creer. Es como más de algún hombre de este siglo XXI: existencialista, no quiere vivir de ilusiones. Les dijo a sus compañeros apóstoles: “Si no veo en sus manos las huellas de los clavos, si no meto mi dedo por el agujero de los clavos y no toco con mi mano la herida del costado, no creeré”. En el fondo su actitud era de cobardía.
Así muchos hombres ahora tienen miedo a abrirse a la fe, a la esperanza, a la dicha. Ante la certeza del sufrimiento y de la muerte, ante la conciencia de su propia limitación, de su contingencia y de la brevedad de su paso en el tiempo, el miedo los lleva a mejor no pensar, o a pedir evidencia cuando no es posible, porque la razón se doblega siempre en el campo de la fe.
La solución personal, que nada tiene de solución, es declarar que no cree en nada ni en nadie. Pero el que dice que no cree en nada ya está creyendo que no cree; es también tener miedo de ser engañado.
Sufre el que dice que no cree, y sufrir por no creer es ya de alguna manera sufrir por creer.
La incredulidad es dolorosa. Tomás, por su incredulidad, sufría; y el Señor, misericordioso, quiso y pudo quitarle su sufrimiento al concederle tocar con sus dedos las huellas de los clavos en las manos y poner su mano dentro de la herida de lanza. “Trae acá tu mano y métela en mi costado”.
Algunos artistas con sus pinceles han plasmado esta escena: Tomás ha caído de rodillas. De la boca del antes incrédulo ha brotado como borbollón un grito, una confesión de fe, fuerte y humilde:
“¡Señor mío y Dios mío!”
Tomás se sintió transportado a una altura a la que nadie había llegado. Deslumbrado, anonadado, confesó en su grito que a quien había tocado era su Señor y su Dios.
Dichoso Tomás, a quien a se le concedió su deseo, pero más dichosos los que jamás han visto y sin embargo han creído.
Dichosos los que no han obligado a Cristo a dejarse ver para creer en Él.
En esta actualidad Cristo estará presente en el testimonio que den los que, sin ver, han creído. Muchos han llegado a Cristo por el testimonio de los buenos cristianos.
En este mundo violento, incrédulo y desesperado, en el que muchos buscan sin saber siquiera lo que buscan, la solución, la respuesta, es Cristo resucitado.
Pbro. José R. Ramírez
Desde el principio, el núcleo de la predicación de los apóstoles fue la resurrección de Cristo.
El primer sermón en la historia de la Iglesia lo predicó San Pedro en la fiesta de Pentecostés, ante una multitud --unos tres mil-- reunida en la plaza, y el tema fue: “Dios resucitó a Jesús”.
Este Pedro ya no era el discípulo cobarde que --por miedo a unos soldados que se calentaban junto al fuego, y a una criada parlanchina--, negó tres veces que conocía a Jesús Nazareno. Ahora, a voz en cuello, fuerte y clara, les dice que Jesús resucitó y vive.
Él y los otros diez compañeros serían intrépidos testigos del hecho insólito y maravilloso, porque lo vieron, lo oyeron y hasta tocaron al Señor Jesús vuelto a la vida.
“Los apóstoles atestiguaban con gran poder la resurrección del Señor Jesús”. Así da noticia el evangelista San Lucas en Hechos 2, 32. Sus palabras eran tan firmes, porque hablaban de algo vivamente experimentado.
“Al anochecer de aquel día,
estando cerradas las puertas
de la casa... se presentó Jesús”
La palabra empeñada de que reconstruiría el templo al tercer día, estaba ahora cumplida.
Los apóstoles --que, amedrentados, todavía no salían de su asombro por los luctuosos acontecimientos de los tres días pasados--, encerrados, temerosos, no se atrevían a dar la cara.
A esos apocados, Jesús les tenía reservada su aparición de ese atardecer y la de ocho días después, para que lo vieran y escucharan, y se sentaran con Él a comer un poco de pescado asado. Así les habría de dar a entender que era Él en persona y no un fantasma. Y les mostró las manos laceradas por los clavos y el costado herido por una lanza, como signos de identidad, para que no dudaran de que era Él, resucitado.
Les dijo: “La paz sea con ustedes”
Éste era un saludo muy común entre los israelitas; pero ahora, en la boca del Maestro tenía un profundo significado, porque les deseaba que ya pasadas aquellas terribles horas, volviera la paz a sus corazones.
Es el mismo saludo del Pueblo de Dios, de la Iglesia. Es el saludo del sacerdote en la celebración de la Santa Misa, que luego con afecto se dan todos en la asamblea cristiana.
Este saludo impone perdón, amor, interés y deseo de abrirse hacia los demás.
En este tiempo de marcado individualismo, de encerrarse cada uno en su torre de marfil a veces por el temor en tiempos de inseguridad, es una oportunidad de dar, de servir, de mostrar afecto a los demás.
Tras un saludo, un deseo sincero de paz es sembrar, y tal vez broten frutos: la paz en los corazones.
“Como el Padre me ha enviado,
así también los envío yo”
Cristo, el enviado del Padre, en ese momento solemne envía a los once discípulos. La Iglesia, desde ese atardecer y hasta el día de hoy, y en adelante, siempre ha estado en manos de “los enviados”. Es una sociedad jerárquica, y quienes van predicando a Cristo resucitado son discípulos y son misioneros. Discípulos, siempre atentos a escuchar el mensaje del Divino Maestro, y misioneros dispuestos, enviados a llevarlo a los demás.
Los Obispos de América Latina y del Caribe reunidos en Aparecida, Brasil, en el mes de mayo de 2007, renovaron sus métodos y tomaron un nuevo impulso en su compromiso de evangelizar, para que los pueblos sigan creciendo y madurando en su fe, para ser luz del mundo y testigos de Cristo resucitado, no sólo de palabra, sino con la propia vida.
La Iglesia que camina y participa de los gozos y esperanzas, de las penas y alegrías de sus hijos, envía, como envió Cristo a sus apóstoles, a los agentes de la Buena Nueva --sacerdotes, religiosos y laicos--, a ser testigos en el siglo XXI de que Cristo resucitó y vive.
“Reciban al Espíritu Santo,
a los que les perdonen los pecados,
les serán perdonados”
Porque Cristo es amor, es misericordia, se hizo hombre para buscar a los pecadores con el propósito de perdonarlos, quiso dejar el perdón de los pecados en sus discípulos misioneros.
Frente al mal que genera violencia, está el cristianismo que no acepta rencor ni venganza, y para siempre transmite Cristo el poder de perdonar los pecados, en esos hombres deslumbrados, atónitos ante el privilegio de ser los primeros humanos en ver el prodigio de su triunfo sobre la muerte.
Como regalo de Pascua, el Señor dejó en su Iglesia naciente el sacramento del perdón, de la reconciliación. Han pasado veinte siglos y ante los apóstoles y los sucesores de los apóstoles han desfilado multitudes de pecadores, con el rostro compungido de sentirse culpables y tristes, al llegar de rodillas a mostrar su condición de reos, y se han levantado alegres al sentirse perdonados: “Vete en paz y no peques más”.
Cristo aceptó el sufrimiento con su pasión y muerte, para que desapareciera el pecado. El sacramento de la penitencia es morir al pecado para resucitar a una nueva vida, a la gracia.
Donde mejor se descubre a Cristo es en su infinita misericordia. Así se manifiesta con el pueblo de la Nueva Alianza. La Iglesia toma el deber, la misión de llevar a todos la misericordia, el amor, el perdón.
Tomás sólo cree lo que toca
Tomás --ausente del Cenáculo al atardecer del primer domingo--, incrédulo de todo lo que había oído, necesitaba ver y tocar para creer. Es como más de algún hombre de este siglo XXI: existencialista, no quiere vivir de ilusiones. Les dijo a sus compañeros apóstoles: “Si no veo en sus manos las huellas de los clavos, si no meto mi dedo por el agujero de los clavos y no toco con mi mano la herida del costado, no creeré”. En el fondo su actitud era de cobardía.
Así muchos hombres ahora tienen miedo a abrirse a la fe, a la esperanza, a la dicha. Ante la certeza del sufrimiento y de la muerte, ante la conciencia de su propia limitación, de su contingencia y de la brevedad de su paso en el tiempo, el miedo los lleva a mejor no pensar, o a pedir evidencia cuando no es posible, porque la razón se doblega siempre en el campo de la fe.
La solución personal, que nada tiene de solución, es declarar que no cree en nada ni en nadie. Pero el que dice que no cree en nada ya está creyendo que no cree; es también tener miedo de ser engañado.
Sufre el que dice que no cree, y sufrir por no creer es ya de alguna manera sufrir por creer.
La incredulidad es dolorosa. Tomás, por su incredulidad, sufría; y el Señor, misericordioso, quiso y pudo quitarle su sufrimiento al concederle tocar con sus dedos las huellas de los clavos en las manos y poner su mano dentro de la herida de lanza. “Trae acá tu mano y métela en mi costado”.
Algunos artistas con sus pinceles han plasmado esta escena: Tomás ha caído de rodillas. De la boca del antes incrédulo ha brotado como borbollón un grito, una confesión de fe, fuerte y humilde:
“¡Señor mío y Dios mío!”
Tomás se sintió transportado a una altura a la que nadie había llegado. Deslumbrado, anonadado, confesó en su grito que a quien había tocado era su Señor y su Dios.
Dichoso Tomás, a quien a se le concedió su deseo, pero más dichosos los que jamás han visto y sin embargo han creído.
Dichosos los que no han obligado a Cristo a dejarse ver para creer en Él.
En esta actualidad Cristo estará presente en el testimonio que den los que, sin ver, han creído. Muchos han llegado a Cristo por el testimonio de los buenos cristianos.
En este mundo violento, incrédulo y desesperado, en el que muchos buscan sin saber siquiera lo que buscan, la solución, la respuesta, es Cristo resucitado.
Pbro. José R. Ramírez