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El largo invierno de Damasco
La guerra en Siria es inminente, pero Obama busca justificación, credibilidad y legitimidad, caminos que paradójicamente lo conducen a Moscú
GUADALAJARA, JALISCO (08/SEP/2013).- Surgió el concepto de ‘guerra justa’, que proponía que la guerra solamente se justificaría cuando cumple con ciertas condiciones previas: si se libra como último recurso o en defensa propia; si la fuerza utilizada es proporcional y, en la medida posible, si no se somete a civiles a la violencia”. Estas palabras son parte del discurso del presidente Barack Obama cuando recibió el Premio Nobel de la Paz en Oslo, hace cuatro años.
Ante la más que inminente intervención de Estados Unidos en Siria, Obama se puede convertir en el primer galardonado con el Premio Nobel de la Paz que declara una guerra. Pero, como dice el presidente y líder de las fuerzas armadas de los Estados Unidos, valdría la pena discutir: ¿se justifica una guerra? ¿Es el último recurso que tiene la comunidad internacional para frenar al régimen despótico de Bashar al Asad? ¿Se puede asegurar que no se someterá a la sociedad civil a violencia?
¿Guerra justa?
Justificar una guerra no es una empresa sencilla. A diferencia de lo que pensó alguna vez Carl Von Clausewitz de que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, las intervenciones han demostrado que la alternativa militar es la sepultura de la política. La guerra no es la extirpación de un cáncer antidemocrático y autoritario, que es sustituido por la instalación de un régimen de libertades e igualdad. Por lo regular, las intervenciones militares, no sólo en Medio Oriente, sino también en América Latina o el Lejano Oriente, han dejado a su paso caos, inestabilidad y ajustes de cuentas internos. Si no, ¿cómo explicarnos que al día de hoy Iraq y Afganistán, precisamente los dos países donde Estados Unidos intervino en la última década, son los países que presentan los índices más altos de ataques terroristas y yihadistas? ¿Cómo explicar que ni Iraq ni Afganistán han logrado construir regímenes democráticos sólidos, y han tenido que seguir la “Doctrina Petraeus” de negociar con los radicales en busca de una solución a un conflicto civil inacabable?
La invasión a Siria le da vida al fantasma de Iraq. Revisar los periódicos, la prensa y las declaraciones de aquellos días, hace un símil casi fidedigno con el presente. Un régimen debilitado (más el sirio que el iraquí), la presunción de haber violado la normativa internacional en materia de armamento y una comunidad internacional dubitativa ante las pruebas mostradas por Estados Unidos. Al igual que en 2003, Estados Unidos se columpia entre la unilateralidad y las instituciones internacionales, entre su capacidad de coerción y sus “habilidades morales” para encabezar una coalición que dote de legitimidad a la intervención en Siria. Las democracias europeas reculan. El Parlamento de Inglaterra no considera suficientes las pruebas mostradas por Estados Unidos. La Asamblea Nacional Francesa tampoco logra los consensos y el presidente Francois Hollande, desde el Elíseo, apoya la intervención decididamente, aunque su popularidad política no se encuentra en su mejor momento. Las encuestas tampoco respaldan la intervención: según un sondeo publicado por Le Parisien, 64% de los franceses se oponen a la intervención, un nivel de rechazo similar al de los ingleses (66%).
Entre el “derecho a proteger” y la soberanía
El escenario no es fácil. Siria está atrapada en una guerra civil que ha cobrado más de 100 mil vidas en 20 meses. La violencia del régimen contra su población es comparable con la Guerra de Kosovo en 1999 y con el conflicto interno libio que provocó que Estados Unidos interviniera en una coalición con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Y a pesar de que la historia arroja muchos ejemplos donde la “pasividad” de Occidente resultó en masacres lamentables, el diagnóstico sobre lo que puede ocurrir en Damasco sigue siendo incierto. Para los catastrofistas, entre ellos los “halcones” del Departamento de Defensa que apoyan una acción total en suelo sirio más que una intervención limitada como han señalado el propio Obama y su secretario de Estado John Kerry, no intervenir podría convertir a Siria “en un baño de sangre” que alcance dimensiones similares a Ruanda en 1994, donde en 100 días murieron más de 500 mil Tutsis.
Por el otro lado, existen voces que llaman a la mesura y asoman la posibilidad de que sin intervenir el régimen de Al Asad caiga ante las presiones de los rebeldes. La información no es clara, los periodistas ya no existen en la Siria convulsa de Bashar.
Sin embargo, más que los escenarios políticos y sociales, Obama entiende que la credibilidad de Estados Unidos como potencia global se encuentra en juego. Hace unos meses, cuando la prensa internacional e incluso periódicos como The New York Times, pedían una explicación por la pasividad de Estados Unidos ante la barbarie desatada por ambos bandos en Damasco, Obama fue muy claro al señalar que su intención no era involucrarse en el conflicto, pero “utilizar armas químicas sería la línea roja que el régimen no debe cruzar (The game-changer)”. Para Washington, no intervenir en este conflicto significaría perder credibilidad en negociaciones paralelas: el desarme nuclear de Corea del Norte, la endeble situación iraní (que con el nuevo presidente abre nuevas ventanas de negociación), la protección de Israel, el histórico conflicto palestino-israelí y la crisis política que vive en Egipto. Siria se convierte en un espacio donde coexisten fuerzas trasnacionales, desde los aliados del régimen hasta fuerzas Yihadistas y terroristas que podrían estar detrás de la insurrección.
A pesar de que John Kerry señala que las pruebas de que el régimen de Al Asad utilizó armamento químico contra su población son indebatibles, en Naciones Unidas las dudas siguen presentes. La inspección de la ONU en territorio sirio sí encontró huellas contundentes que sustentan la existencia de uso de armamento prohibido. Sin embargo, todavía no resulta claro que los rebeldes sirios no las hayan utilizado también. En el reporte del organismo multilateral, se desprende que existen altas posibilidades de que ambos bandos hayan dispuesto de armamento químico y, con ello, violado la Convención sobre Armas Químicas de Naciones Unidas de 1993. Y es que esta guerra civil siria va mucho más allá que la maniquea interpretación de “buenos” y “malos”, donde el régimen es el dictador despiadado y los rebeldes la oposición democrática, plural y libre. Ni Estados Unidos, ni las potencias occidentales, están seguros de que la oposición sea un aliado de confianza. O como dijo Iñaki Gabilondo en su comentario editorial en El País: “Estados Unidos desearía que perdieran los dos bandos”.
Siempre que una potencia ha intervenido en Medio Oriente el desastre ha sido mayúsculo. Desde los años de la Unión de Repúblicas Soviéticas y Socialistas (URSS) en Afganistán hasta las recientes incursiones de Estados Unidos, la complejidad étnica, política y social de la región descuadra los moldes institucionales de Occidente. Ante esto, Obama ha propuesto al Congreso, que ya ha expresado su apoyo incluso en el bando republicano, una intervención corta, precisa y contundente. El objetivo es desmantelar el complejo de armamento químico y biológico, aunque los efectos secundarios todavía son incalculables. Organismos multilaterales y asociaciones de la sociedad civil globales le han pedido mesura a Washington, ya que los efectos sociales y ambientales de una intervención de este tipo son inciertos.
La legitimidad pasa por Moscú
Rusia ha constituido históricamente la oposición más fuerte a una intervención de Occidente en Siria. Para Moscú, Damasco es parte de su “espacio vital” y de su área de influencia geopolítica. Permitir que Estados Unidos transite con comodidad por el corredor sirio-turco significa también doblar las manos en otros espacios importantes para los rusos, particularmente la franja de naciones de la ex URSS que se encuentran entre Rusia y Europa Occidental. La remembranza de la Rusia imperial y poderosa, ese mensaje tan nítido en los discursos de Vladimir Putin, sigue viva en el Kremlin. Sin embargo, a últimas fechas, y tras oponerse reiteradamente a la intervención en el seno del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas donde tiene “derecho de veto”, Moscú ha mandado el mensaje de que “si las pruebas de uso de armamento químico son contundentes, Rusia no se opondrá a la acción militar”. Lo que no sabemos es el grado de contundencia que reclama el Kremlin, ya que hasta hoy han calificado todas las pruebas como insuficientes.
Como ante cualquier guerra, el mundo parece dividirse en dos. La justificación, y no necesariamente la guerra, es la línea de separación entre ambas posturas. Es difícil para aquéllos que defienden “el derecho a proteger” (The Right To Protect principle), que estipula la obligación de que las naciones democráticas antepongan los derechos humanos a la soberanía nacional, cerrar los ojos ante la masacre que ha provocado el régimen de Al Asad en Siria. Sin embargo, también es complicado no ver en esta intervención, aunque limitada y coyuntural, la semilla de un nuevo Iraq, inestable, acosado por el yihadismo y sin avances democráticos.
Si nos remontamos a la campaña electoral de 2008, donde Barack Obama se convirtió en el presidente número 44 de la historia de los Estados Unidos, encontramos argumentos que ilustran con claridad que una cosa es ser candidato y otra tomar decisiones como presidente ya en el Despacho Oval de la Casa Blanca. Estos días de espera entre el hallazgo de las pruebas de uso de armamento químico por parte del régimen y la aprobación del Congreso, significan un compás de espera en busca de legitimidad pública. Obama requiere una coalición plural, avalada por Naciones Unidas y los congresos nacionales, y ahí necesariamente implica que Obama se siente en la mesa con Rusia y China para buscar respaldo. Paradójicamente, en el marco de la Cumbre del G20 en San Petersburgo, Estados Unidos precisa de una justificación democrática, y ésa sólo la puede encontrar en la poco democrática Rusia de Putin. Tal parece que los caminos hacia Damasco pasan obligatoriamente por Moscú.
Ante la más que inminente intervención de Estados Unidos en Siria, Obama se puede convertir en el primer galardonado con el Premio Nobel de la Paz que declara una guerra. Pero, como dice el presidente y líder de las fuerzas armadas de los Estados Unidos, valdría la pena discutir: ¿se justifica una guerra? ¿Es el último recurso que tiene la comunidad internacional para frenar al régimen despótico de Bashar al Asad? ¿Se puede asegurar que no se someterá a la sociedad civil a violencia?
¿Guerra justa?
Justificar una guerra no es una empresa sencilla. A diferencia de lo que pensó alguna vez Carl Von Clausewitz de que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, las intervenciones han demostrado que la alternativa militar es la sepultura de la política. La guerra no es la extirpación de un cáncer antidemocrático y autoritario, que es sustituido por la instalación de un régimen de libertades e igualdad. Por lo regular, las intervenciones militares, no sólo en Medio Oriente, sino también en América Latina o el Lejano Oriente, han dejado a su paso caos, inestabilidad y ajustes de cuentas internos. Si no, ¿cómo explicarnos que al día de hoy Iraq y Afganistán, precisamente los dos países donde Estados Unidos intervino en la última década, son los países que presentan los índices más altos de ataques terroristas y yihadistas? ¿Cómo explicar que ni Iraq ni Afganistán han logrado construir regímenes democráticos sólidos, y han tenido que seguir la “Doctrina Petraeus” de negociar con los radicales en busca de una solución a un conflicto civil inacabable?
La invasión a Siria le da vida al fantasma de Iraq. Revisar los periódicos, la prensa y las declaraciones de aquellos días, hace un símil casi fidedigno con el presente. Un régimen debilitado (más el sirio que el iraquí), la presunción de haber violado la normativa internacional en materia de armamento y una comunidad internacional dubitativa ante las pruebas mostradas por Estados Unidos. Al igual que en 2003, Estados Unidos se columpia entre la unilateralidad y las instituciones internacionales, entre su capacidad de coerción y sus “habilidades morales” para encabezar una coalición que dote de legitimidad a la intervención en Siria. Las democracias europeas reculan. El Parlamento de Inglaterra no considera suficientes las pruebas mostradas por Estados Unidos. La Asamblea Nacional Francesa tampoco logra los consensos y el presidente Francois Hollande, desde el Elíseo, apoya la intervención decididamente, aunque su popularidad política no se encuentra en su mejor momento. Las encuestas tampoco respaldan la intervención: según un sondeo publicado por Le Parisien, 64% de los franceses se oponen a la intervención, un nivel de rechazo similar al de los ingleses (66%).
Entre el “derecho a proteger” y la soberanía
El escenario no es fácil. Siria está atrapada en una guerra civil que ha cobrado más de 100 mil vidas en 20 meses. La violencia del régimen contra su población es comparable con la Guerra de Kosovo en 1999 y con el conflicto interno libio que provocó que Estados Unidos interviniera en una coalición con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Y a pesar de que la historia arroja muchos ejemplos donde la “pasividad” de Occidente resultó en masacres lamentables, el diagnóstico sobre lo que puede ocurrir en Damasco sigue siendo incierto. Para los catastrofistas, entre ellos los “halcones” del Departamento de Defensa que apoyan una acción total en suelo sirio más que una intervención limitada como han señalado el propio Obama y su secretario de Estado John Kerry, no intervenir podría convertir a Siria “en un baño de sangre” que alcance dimensiones similares a Ruanda en 1994, donde en 100 días murieron más de 500 mil Tutsis.
Por el otro lado, existen voces que llaman a la mesura y asoman la posibilidad de que sin intervenir el régimen de Al Asad caiga ante las presiones de los rebeldes. La información no es clara, los periodistas ya no existen en la Siria convulsa de Bashar.
Sin embargo, más que los escenarios políticos y sociales, Obama entiende que la credibilidad de Estados Unidos como potencia global se encuentra en juego. Hace unos meses, cuando la prensa internacional e incluso periódicos como The New York Times, pedían una explicación por la pasividad de Estados Unidos ante la barbarie desatada por ambos bandos en Damasco, Obama fue muy claro al señalar que su intención no era involucrarse en el conflicto, pero “utilizar armas químicas sería la línea roja que el régimen no debe cruzar (The game-changer)”. Para Washington, no intervenir en este conflicto significaría perder credibilidad en negociaciones paralelas: el desarme nuclear de Corea del Norte, la endeble situación iraní (que con el nuevo presidente abre nuevas ventanas de negociación), la protección de Israel, el histórico conflicto palestino-israelí y la crisis política que vive en Egipto. Siria se convierte en un espacio donde coexisten fuerzas trasnacionales, desde los aliados del régimen hasta fuerzas Yihadistas y terroristas que podrían estar detrás de la insurrección.
A pesar de que John Kerry señala que las pruebas de que el régimen de Al Asad utilizó armamento químico contra su población son indebatibles, en Naciones Unidas las dudas siguen presentes. La inspección de la ONU en territorio sirio sí encontró huellas contundentes que sustentan la existencia de uso de armamento prohibido. Sin embargo, todavía no resulta claro que los rebeldes sirios no las hayan utilizado también. En el reporte del organismo multilateral, se desprende que existen altas posibilidades de que ambos bandos hayan dispuesto de armamento químico y, con ello, violado la Convención sobre Armas Químicas de Naciones Unidas de 1993. Y es que esta guerra civil siria va mucho más allá que la maniquea interpretación de “buenos” y “malos”, donde el régimen es el dictador despiadado y los rebeldes la oposición democrática, plural y libre. Ni Estados Unidos, ni las potencias occidentales, están seguros de que la oposición sea un aliado de confianza. O como dijo Iñaki Gabilondo en su comentario editorial en El País: “Estados Unidos desearía que perdieran los dos bandos”.
Siempre que una potencia ha intervenido en Medio Oriente el desastre ha sido mayúsculo. Desde los años de la Unión de Repúblicas Soviéticas y Socialistas (URSS) en Afganistán hasta las recientes incursiones de Estados Unidos, la complejidad étnica, política y social de la región descuadra los moldes institucionales de Occidente. Ante esto, Obama ha propuesto al Congreso, que ya ha expresado su apoyo incluso en el bando republicano, una intervención corta, precisa y contundente. El objetivo es desmantelar el complejo de armamento químico y biológico, aunque los efectos secundarios todavía son incalculables. Organismos multilaterales y asociaciones de la sociedad civil globales le han pedido mesura a Washington, ya que los efectos sociales y ambientales de una intervención de este tipo son inciertos.
La legitimidad pasa por Moscú
Rusia ha constituido históricamente la oposición más fuerte a una intervención de Occidente en Siria. Para Moscú, Damasco es parte de su “espacio vital” y de su área de influencia geopolítica. Permitir que Estados Unidos transite con comodidad por el corredor sirio-turco significa también doblar las manos en otros espacios importantes para los rusos, particularmente la franja de naciones de la ex URSS que se encuentran entre Rusia y Europa Occidental. La remembranza de la Rusia imperial y poderosa, ese mensaje tan nítido en los discursos de Vladimir Putin, sigue viva en el Kremlin. Sin embargo, a últimas fechas, y tras oponerse reiteradamente a la intervención en el seno del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas donde tiene “derecho de veto”, Moscú ha mandado el mensaje de que “si las pruebas de uso de armamento químico son contundentes, Rusia no se opondrá a la acción militar”. Lo que no sabemos es el grado de contundencia que reclama el Kremlin, ya que hasta hoy han calificado todas las pruebas como insuficientes.
Como ante cualquier guerra, el mundo parece dividirse en dos. La justificación, y no necesariamente la guerra, es la línea de separación entre ambas posturas. Es difícil para aquéllos que defienden “el derecho a proteger” (The Right To Protect principle), que estipula la obligación de que las naciones democráticas antepongan los derechos humanos a la soberanía nacional, cerrar los ojos ante la masacre que ha provocado el régimen de Al Asad en Siria. Sin embargo, también es complicado no ver en esta intervención, aunque limitada y coyuntural, la semilla de un nuevo Iraq, inestable, acosado por el yihadismo y sin avances democráticos.
Si nos remontamos a la campaña electoral de 2008, donde Barack Obama se convirtió en el presidente número 44 de la historia de los Estados Unidos, encontramos argumentos que ilustran con claridad que una cosa es ser candidato y otra tomar decisiones como presidente ya en el Despacho Oval de la Casa Blanca. Estos días de espera entre el hallazgo de las pruebas de uso de armamento químico por parte del régimen y la aprobación del Congreso, significan un compás de espera en busca de legitimidad pública. Obama requiere una coalición plural, avalada por Naciones Unidas y los congresos nacionales, y ahí necesariamente implica que Obama se siente en la mesa con Rusia y China para buscar respaldo. Paradójicamente, en el marco de la Cumbre del G20 en San Petersburgo, Estados Unidos precisa de una justificación democrática, y ésa sólo la puede encontrar en la poco democrática Rusia de Putin. Tal parece que los caminos hacia Damasco pasan obligatoriamente por Moscú.