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El fondo extraviado
El PAN enfrenta hoy su primera elección de dirigente nacional desde que perdió el poder en 2012 y las principales interrogantes de la debacle no se encuentran en la agenda de los candidatos
GUADALAJARA, JALISCO (18/MAY/2014).- El Partido Acción Nacional (PAN) está en crisis. Tras 12 años en el poder, y más de dos décadas donde se constituyó como la primera oposición y por ende con alta eficacia para fijar agenda, el PAN se mira en un espejo y no se reconoce. No se reconoce como el “partido democrático”, símbolo de fortaleza institucional; tampoco se encuentra en aquella definición “demócrata cristiana”, que tanto apego tuvo con las clases medias urbanas del país, y se percibe más avergonzado de su historia, que orgulloso de su legado al México del siglo XXI. El PAN se encuentra en su crisis más profunda desde finales de los ochentas, no sólo en términos cuantitativos, con pocas gubernaturas, pérdida de peso en regiones y de capacidad de moldear la agenda desde el Congreso, sino que se debate más desde la mirada táctica y estratégica, que desde el juicio ideológico y programático. Salidas coyunturales, aunque difícil durables.
Los panistas acuden a las urnas por primera vez a elegir directamente a su presidente nacional. Sin una narrativa sobre las causas de la derrota y sin entender lo que sucedió en la elección de 2012, el debate entre Ernesto Cordero y Gustavo Madero, ha estado lejos de delinear dos opciones políticas alternativas de conducción del partido. La discusión se ha centrado en la forma de ejercer la oposición, quién colabora más con el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y que réditos se obtienen de esa negociación. Más que un periodo donde se debata la estructura del partido, su operación en los estados, sus definiciones ideológicos y sus ejes programáticos, el proceso electoral se ha centrado en la posición táctica del PAN y su cooperación con el Gobierno. Ernesto Cordero acusa a Gustavo Madero de “colaborar demasiado” y Madero defiende los éxitos del Pacto por México, así como la victoria en Baja California. Parece más un plebiscito sobre la estrategia de recuperación del PAN como oposición y la reedición de la “oposición responsable” o las llamadas “concertacesiones”, que la reflexión sobre el futuro del partido político más viejo del país. El PAN se construye a la sombra de Peña Nieto, sin reivindicar lo propio, sólo definiéndose en relación al Presidente y a Los Pinos.
Las campañas internas suelen empujar el centro del debate hacia los extremos. No es un caso sólo mexicano, lo vemos en las primarias en Estados Unidos o en las elecciones internas de los partidos europeos. La exaltación del extremismo suele ser apreciado por la militancia. Sobre ese terreno de juego se mueve el PAN. El antipriismo blanquiazul, que suele ser más marcado que en los partidos de la izquierda mexicana, es susceptible de exaltación. El debate entre los dos candidatos giró sobre ese eje: quién desconocía y criticaba con mayor vehemencia a la administración de Enrique Peña Nieto; quién ejerce de forma más pura el panismo tradicional y quién se identifica con esa militancia panista, que aunque suele entender la cooperación interpartidista, castiga el exceso de acercamiento sobre todo cuando enfrente se encuentra el tricolor. Cordero, como retador y promotor del cambio, se ha colocado en la senda de construir al PAN como una oposición más crítica y auténtica del Gobierno de Peña Nieto. Madero, por el contrario, ha insistido en su modelo de las tres “C”: competencia, cooperación y crítica.
Sin embargo, la reflexión sobre la situación actual del PAN ha desaparecido. Ni en el bando corderista existe una autocrítica sobre lo que hizo mal durante su sexenio Felipe Calderón ni tampoco en el cuartel maderista sobre el pragmatismo exacerbado que no es una medicina eficaz para la recuperación de la brújula partidista. El PAN salió de Los Pinos por múltiples razones que no son abordadas en los debates internos: la corrupción que diluyó de tajo su “bono democrático”; la adopción de prácticas políticas similares al PRI; su faccionalización constante, tanto en los estados como a nivel federal; el fortalecimiento de los grupos políticos más radicales que acercan al PAN en los estados, y a nivel nacional, a una agenda de ultraderecha; el desvanecimiento casi por completo (aunque Cordero podría ser uno) de esa tendencia “liberal”, que alguna vez estuvo bien representada por personajes como Efraín González Morfín o el propio Alonso Lujambio, e incluso su alejamiento de la agenda liberal durante el sexenio de Calderón (Caso Cassez, violación de derechos humanos); y como olvidar la “traición” a sus valores más profundos haciendo acuerdos clientelares y corporativos con sindicatos como el Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE).
Y es que la crisis que vive el partido se refleja claramente en la operación electoral. Hace muchos años, el PAN dejó de ser ese partido político “romántico” de “cuadros” y no de masas, que escogía cuidadosamente a sus militantes y que renunciaba a adhesiones masivas. Se sacrificaba una militancia amplia, movilización, clientelismo y corporativismo, por coherencia y consistencia ideológicas y de principios. Ahora, y lo vemos con más claridad en Jalisco, el PAN se ha convertido en un partido de amplia militancia, afiliaciones masivas y técnicas de acarreo que no formaban parte de su genética. Tan es así que la elección de hoy no la ganará quien articule el mejor mensaje y convenza a una militancia libre, sino quien logre movilizar a más afiliados para que voten a lo largo y ancho del país. La “guerra sucia” y acusaciones que escuchamos desde que inició la campaña son sólo el complemento de una estrategia de acarreo de votantes que decidirá los comicios. Plazas condicionadas, amenazas y prebendas son el paisaje político que domina la relación entre la cúpula panista y la militancia.
En este campo, todo indica que Gustavo Madero tiene ventaja. Madero no sólo controla la estructura del partido a nivel nacional, también tiene acuerdo de “supervivencia” con la mayoría de los dirigentes locales. Más de una veintena de institutos locales jugarán la elección con Madero, lo que representa una estructura de movilización sin comparación. A esos acuerdos, hay que añadirle sus pactos con Rafael Moreno Valle, el gobernador panista con más presupuesto; con el Yunque, la ultraderecha panista, a través de Cecilia Romero; con parte del panismo jalisciense a través de Eduardo Rosales, ex presidente del partido, y por supuesto, su acceso a Los Pinos, desde donde entienden la importancia para Enrique Peña Nieto de que sea reelecto Madero.
Cordero, por su parte, ha buscado en el mensaje lo que no tiene en la calle. En el aire lo que no tiene en tierra. Su discurso ha sido más agresivo y denunciante. Los acuerdos más fuertes de Cordero están con el ex gobernador de Guanajuato, Juan Manuel Oliva, y con el gobernador de Baja California Sur, Marcos Alberto Covarrubias. También tiene peso en el Senado, donde están la mayoría de los calderonistas, y tiene acuerdo con ex gobernadores, pero muchos de ellos ya no tienen el peso político del pasado. Su relación con el Yunque la lleva Oliva, aunque la ultraderecha panista decidió dividirse y apoyar a los dos candidatos (prueba manifiesta de que el debate ideológico está fuera).
Los sondeos tienen de todo, encuestas a favor de Madero y otras que ponen arriba a Cordero. Con una militancia de 217 mil 416 militantes, según la página oficial del partido, y con posibilidad de que voten entre 130 y 150 mil electores, la victoria se alcanza con unos 75-80 mil votos totales. Sin embargo, la mitad de los posibles electores se encuentran en siete entidades: Jalisco (20 mil); Veracruz (16 mil); Estado de México (15 mil); Puebla (13 mil); Nuevo León (11 mil); Guanajuato (10 mil) y Sinaloa (9 mil). Jalisco, el estado con mayor militancia panista, decidirá en buena parte quién queda en la dirección nacional. El porcentaje de participación tendrá mucho que ver en el resultado: una participación que supere 80% puede meter en competencia real a Ernesto Cordero, ya que se diluye el poder de calle que tiene a su favor Madero.
El PAN define a su presidente nacional para las elecciones del siguiente año. Solamente durará al mando hasta los comicios intermedios de 2015, es un periodo corto (18 meses). La votación de la militancia será vista como un mensaje concreto, un plebiscito contundente, sobre la posición estratégica del partido y su relación con el Gobierno. Es más una elección coyuntural, qué decide un debate táctico al interior del partido, pero que posterga las definiciones ideológicas y programáticas más profundas. Así, confundido y con los principios extraviados, el PAN elige con acarreos, movilización y condicionamiento de plazas, entre dos proyectos que no resuelven el fondo de la crisis que vive el PAN.
Los panistas acuden a las urnas por primera vez a elegir directamente a su presidente nacional. Sin una narrativa sobre las causas de la derrota y sin entender lo que sucedió en la elección de 2012, el debate entre Ernesto Cordero y Gustavo Madero, ha estado lejos de delinear dos opciones políticas alternativas de conducción del partido. La discusión se ha centrado en la forma de ejercer la oposición, quién colabora más con el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y que réditos se obtienen de esa negociación. Más que un periodo donde se debata la estructura del partido, su operación en los estados, sus definiciones ideológicos y sus ejes programáticos, el proceso electoral se ha centrado en la posición táctica del PAN y su cooperación con el Gobierno. Ernesto Cordero acusa a Gustavo Madero de “colaborar demasiado” y Madero defiende los éxitos del Pacto por México, así como la victoria en Baja California. Parece más un plebiscito sobre la estrategia de recuperación del PAN como oposición y la reedición de la “oposición responsable” o las llamadas “concertacesiones”, que la reflexión sobre el futuro del partido político más viejo del país. El PAN se construye a la sombra de Peña Nieto, sin reivindicar lo propio, sólo definiéndose en relación al Presidente y a Los Pinos.
Las campañas internas suelen empujar el centro del debate hacia los extremos. No es un caso sólo mexicano, lo vemos en las primarias en Estados Unidos o en las elecciones internas de los partidos europeos. La exaltación del extremismo suele ser apreciado por la militancia. Sobre ese terreno de juego se mueve el PAN. El antipriismo blanquiazul, que suele ser más marcado que en los partidos de la izquierda mexicana, es susceptible de exaltación. El debate entre los dos candidatos giró sobre ese eje: quién desconocía y criticaba con mayor vehemencia a la administración de Enrique Peña Nieto; quién ejerce de forma más pura el panismo tradicional y quién se identifica con esa militancia panista, que aunque suele entender la cooperación interpartidista, castiga el exceso de acercamiento sobre todo cuando enfrente se encuentra el tricolor. Cordero, como retador y promotor del cambio, se ha colocado en la senda de construir al PAN como una oposición más crítica y auténtica del Gobierno de Peña Nieto. Madero, por el contrario, ha insistido en su modelo de las tres “C”: competencia, cooperación y crítica.
Sin embargo, la reflexión sobre la situación actual del PAN ha desaparecido. Ni en el bando corderista existe una autocrítica sobre lo que hizo mal durante su sexenio Felipe Calderón ni tampoco en el cuartel maderista sobre el pragmatismo exacerbado que no es una medicina eficaz para la recuperación de la brújula partidista. El PAN salió de Los Pinos por múltiples razones que no son abordadas en los debates internos: la corrupción que diluyó de tajo su “bono democrático”; la adopción de prácticas políticas similares al PRI; su faccionalización constante, tanto en los estados como a nivel federal; el fortalecimiento de los grupos políticos más radicales que acercan al PAN en los estados, y a nivel nacional, a una agenda de ultraderecha; el desvanecimiento casi por completo (aunque Cordero podría ser uno) de esa tendencia “liberal”, que alguna vez estuvo bien representada por personajes como Efraín González Morfín o el propio Alonso Lujambio, e incluso su alejamiento de la agenda liberal durante el sexenio de Calderón (Caso Cassez, violación de derechos humanos); y como olvidar la “traición” a sus valores más profundos haciendo acuerdos clientelares y corporativos con sindicatos como el Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE).
Y es que la crisis que vive el partido se refleja claramente en la operación electoral. Hace muchos años, el PAN dejó de ser ese partido político “romántico” de “cuadros” y no de masas, que escogía cuidadosamente a sus militantes y que renunciaba a adhesiones masivas. Se sacrificaba una militancia amplia, movilización, clientelismo y corporativismo, por coherencia y consistencia ideológicas y de principios. Ahora, y lo vemos con más claridad en Jalisco, el PAN se ha convertido en un partido de amplia militancia, afiliaciones masivas y técnicas de acarreo que no formaban parte de su genética. Tan es así que la elección de hoy no la ganará quien articule el mejor mensaje y convenza a una militancia libre, sino quien logre movilizar a más afiliados para que voten a lo largo y ancho del país. La “guerra sucia” y acusaciones que escuchamos desde que inició la campaña son sólo el complemento de una estrategia de acarreo de votantes que decidirá los comicios. Plazas condicionadas, amenazas y prebendas son el paisaje político que domina la relación entre la cúpula panista y la militancia.
En este campo, todo indica que Gustavo Madero tiene ventaja. Madero no sólo controla la estructura del partido a nivel nacional, también tiene acuerdo de “supervivencia” con la mayoría de los dirigentes locales. Más de una veintena de institutos locales jugarán la elección con Madero, lo que representa una estructura de movilización sin comparación. A esos acuerdos, hay que añadirle sus pactos con Rafael Moreno Valle, el gobernador panista con más presupuesto; con el Yunque, la ultraderecha panista, a través de Cecilia Romero; con parte del panismo jalisciense a través de Eduardo Rosales, ex presidente del partido, y por supuesto, su acceso a Los Pinos, desde donde entienden la importancia para Enrique Peña Nieto de que sea reelecto Madero.
Cordero, por su parte, ha buscado en el mensaje lo que no tiene en la calle. En el aire lo que no tiene en tierra. Su discurso ha sido más agresivo y denunciante. Los acuerdos más fuertes de Cordero están con el ex gobernador de Guanajuato, Juan Manuel Oliva, y con el gobernador de Baja California Sur, Marcos Alberto Covarrubias. También tiene peso en el Senado, donde están la mayoría de los calderonistas, y tiene acuerdo con ex gobernadores, pero muchos de ellos ya no tienen el peso político del pasado. Su relación con el Yunque la lleva Oliva, aunque la ultraderecha panista decidió dividirse y apoyar a los dos candidatos (prueba manifiesta de que el debate ideológico está fuera).
Los sondeos tienen de todo, encuestas a favor de Madero y otras que ponen arriba a Cordero. Con una militancia de 217 mil 416 militantes, según la página oficial del partido, y con posibilidad de que voten entre 130 y 150 mil electores, la victoria se alcanza con unos 75-80 mil votos totales. Sin embargo, la mitad de los posibles electores se encuentran en siete entidades: Jalisco (20 mil); Veracruz (16 mil); Estado de México (15 mil); Puebla (13 mil); Nuevo León (11 mil); Guanajuato (10 mil) y Sinaloa (9 mil). Jalisco, el estado con mayor militancia panista, decidirá en buena parte quién queda en la dirección nacional. El porcentaje de participación tendrá mucho que ver en el resultado: una participación que supere 80% puede meter en competencia real a Ernesto Cordero, ya que se diluye el poder de calle que tiene a su favor Madero.
El PAN define a su presidente nacional para las elecciones del siguiente año. Solamente durará al mando hasta los comicios intermedios de 2015, es un periodo corto (18 meses). La votación de la militancia será vista como un mensaje concreto, un plebiscito contundente, sobre la posición estratégica del partido y su relación con el Gobierno. Es más una elección coyuntural, qué decide un debate táctico al interior del partido, pero que posterga las definiciones ideológicas y programáticas más profundas. Así, confundido y con los principios extraviados, el PAN elige con acarreos, movilización y condicionamiento de plazas, entre dos proyectos que no resuelven el fondo de la crisis que vive el PAN.