El famoso Eiffel... en Baja California
Bien sabemos, y nos consta, que en la península existen y suceden cosas extraordinarias
GUADALAJARA, JALISCO (18/DIC/2016).- Bien sabemos, y nos consta, que en la península de Baja California existen -y suceden- cosas extraordinarias… Pero nunca nos imaginamos encontrar una obra del genial Gustave Eiffel, aquel francés-alemán que, con motivo de la Exposición Universal de París en 1889, haciendo alarde de técnica y de ingeniería, diseñó y construyó la extraordinaria y elegante torre que actualmente lleva su nombre, y que -por criticada que haya sido (como siempre) en sus tiempos- desde ese entonces pasó a ser el símbolo indiscutible de la Ciudad de París: la Torre Eiffel.
Ahora, en estos días… viajando por los sureños territorios de la Baja California, cuando la angosta y peligrosa carretera N°1 que recorre de Norte a Sur la península -cruzando las impresionantes montañas rodeadas de bellos desiertos áridos y espinosos- nos acercó hasta las aguas límpidas, azules y luminosas del soberbio golfo al que el célebre marino, submarino y estudioso Jacques-Yves Cousteau le llamó el Acuario del Mundo… en un pequeño pueblo minero llamado Santa Rosalía, nos encontramos con la bonita estructura metálica de una iglesia que había sido diseñada y construida en metal y con ciertos tintes góticos, por el genial Eiffel.
A este hecho, debemos de agregarle la singular y anecdótica historia de que, toda su enorme estructura había sido traída desde Europa, desarmada y en un pequeño velero llamado San Juan, hasta este pequeño, naciente y caluroso pueblo minero bajacaliforniano, después de haber rodeado América del Sur, sorteando las tempestuosas aguas del Cabo de Hornos en la punta más austral del continente. Les platicaré…
Por el año de 1868, llegó al puerto de Guaymas, un cargamento de un mineral procedente del poblado de Santa Rosalía (tan solo cruzando el golfo) que nunca fue reclamado por su destinatario, un tal Villavicencio. Este hecho llamó la atención de los señores Blumhardt y Muller, quienes notaron que por el alto contenido de cobre de aquella extraña tierra, valía la pena hacer la investigación que los llevó a deducir la lógica existencia de un importante yacimiento de minerales en el despoblado lugar; por lo que de inmediato (1873) acudieron con la familia Rothschild para solicitar financiamiento para la explotación (sin éxito en este caso) de las vetas que imaginaban.
Años después de esta decepción, Porfirio Díaz decidió otorgar la concesión -con grandes beneficios y exenciones- a otra compañía, ahora francesa, quien dio inicio a sus operaciones en el año del 1885 bajo la denominación de la “Compagnie du Boleo”, un nombre inspirado en las redondas bolas compactas en que se presentaba el atractivo mineral al que le llamaron “Boleíta”: unos pequeños cubitos (‘hábito cúbico’ en geología) de sólido material de aproximadamente dos centímetros por lado, de intenso color azul profundo, que en ocasiones puede ser ‘mena’ de la valiosa plata, y que igualmente puede ser usada -con gran éxito- en la joyería. Actualmente, la Minera el Boleo que ahora se ocupa de explotar la mina, conservando su nombre, se dedica solamente a la extracción -y proceso- del cobre, cobalto, zinc y manganeso.
En aquellos tiempos -fines del 1800- los colonos, principalmente mineros, de Santa Rosalía, le pidieron a M. Charles Laforgue, dueño de la mina en ese entonces, que necesitaban un lugar para el culto católico de la población. Tomando en cuenta Laforgue tales peticiones, mientras viajaba por Bruselas con su mujer, encontró desarmada y empacada, una iglesia completa que supuestamente había sido diseñada y construida por Gustave Eiffel para algún lugar en África; y que habiendo sido expuesta y premiada junto con la famosa torre en París, nadie la había reclamado.
Siendo así y habiéndola adquirido, ordenó su traslado en el velero San Juan, propiedad de la misma compañía, hasta el pueblo de Santa Rosalía, en donde fue armada nuevamente y, salvo las adiciones hechas posteriormente a los lados para aumentar el cupo de feligreses, con el nombre de Santa Bárbara permanece intacta en el lugar. Dignas son de hacer notar las placas de acero planchado (troquelado) que integran la bóveda y las paredes de la singular capilla. Extraordinario es, tanto el diseño y la tecnología empleada para su construcción, armado y desarmado, como la epopeya de su hallazgo y traslado.
Actualmente la extraña y férrea Santa Bárbara, sigue siendo la venerada patrona de los mineros de Santa Rosalía.
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