Suplementos

El fabricante de sueños

Éste es uno de esos autos que todos deberíamos conducir al menos una vez en la vida

Miércoles, 16 horas. Aún para Mario y para mí, quienes cambiamos de coche a la razón de tres por semana, como mínimo, esa no fue una tarde común. Porque en el momento en que aceleramos a fondo el Cayman S, el rugido del motor nos hace callarnos de inmediato. En menos de seis segundos, ya vamos a 100km/h y sólo entonces nuestras bocas vuelven a abrirse, aunque no para emitir sonidos, por la sonrisa que en ese momento se dibujó en nuestros rostros y sólo se quitó muchos minutos después de estacionar el auto y “volver a la vida cotidiana”. Para estos momentos, inigualables e inolvidables, están hechos los Porsche.

Se ha repetido muchas veces, incluso por el mismo fabricante, que nadie realmente necesita un Porsche, pero todos quieren uno. Es una verdad tan aplastante, que hay que repetirla siempre. Esa certeza queda aún más patente cuando conducimos uno de estos autos con los que pasamos la vida soñando. Porque nos regresa en forma de alegría, cada centavo de lo que pagamos por el coche. Aún tomando en cuenta que son necesarios muchos centavos para hacerlo.

Las formas son clásicas de Porsche y, de alguna manera, definen lo que debe ser un deportivo. Dimensiones reducidas, un bajo coeficiente aerodinámico, curvas muy sensuales y la apariencia de dinamismo eterno, incluso cuando plácidamente estacionado. Para 2010 hubo pequeños cambios en la fascia delantera y en las calaveras, que lo hacen aún más atractivo. Todo el carácter, empero, se mantiene intacto. El Cayman no es, simplemente, un Boxster con techo rígido, tiene su propia personalidad.

Por dentro, lo insinuado por fuera recibe su confirmación. Hay buen espacio, terminados impecables, materiales de extremado buen gusto y mucho equipo de serie. Pero qué mejor que cuando se tiene opcionales tan interesantes como el que tenía nuestro Cayman de prueba. Algunos deliciosamente inútiles, como la parte trasera de los asientos pintada en el color de la carrocería, una opción que cuesta 1,513 dólares. Divina.

Entre la consola y el tablero, otros juguetes magníficos. Primero, el sistema de navegación (U$ 3,665). Luego, el más excitante de todos: el paquete Sport Chrono Plus, en combinación con el PDK. ¿Para qué sirve? Para que el Cayman arranque de la mejor manera posible, siempre. ¿Cuándo lo vamos a usar? Raramente y tal vez sólo para impresionar al vecino cuando se suba para que presumamos el auto. Pero, ¿no es para esto que está hecho un Porsche?

Use este “accesorio” con precio de 1,278 dólares y en 5.7 segundos (a 1,370 metros sobre el nivel del mar) estará a 100 km/h. Pero ya hablaremos de esto.

Si a su vida deportiva le hace falta algo de practicidad, en términos de, digamos, cargar los palos de golf, hay dos cajuelas disponibles. También hay una guantera; porta-mapas en la puerta derecha; un compartimento para pequeños objetos en la consola central,  misma que abriga las entradas auxiliar, USB y de donde sale el cable que nos permitirá conectar el iPod y controlarlo desde el sistema de sonido del auto. Hay hasta un par de porta-vasos, escondidos debajo de una franja horizontal, por encima de la guantera. Parecen frágiles, es cierto, pero al menos hay donde poner una lata de agua o refresco. Y esto que es sólo un deportivo, pensado para que la alegría llegue primariamente cuando lo conducimos.

Esa alegría comienza a llegar cuando ponemos la llave en su ranura, a la izquierda del volante como todos los Porsche, y la giramos. Nos gusta que la marca no haya cedido a la tentación de poner un botón de arranque, como están haciendo casi todos. En ese momento, el motor que está ubicado justo detrás de nuestras cabezas y antes del eje trasero, comienza a rugir, preparando nuestro espíritu para lo que sigue.

Los primeros metros, el momento de romper la inercia, la sensación es de peso. Una vez en movimiento, todo cambia y el Cayman se muestra listo para la acción. Percibimos la rigidez exacta de la dirección en el volante de tamaño preciso. También nos damos cuenta de que estamos al mando de un verdadero deportivo, no un auto diseñado para ofrecer confort. La suspensión rígida nos deja en claro que la convivencia diaria con un Cayman, sería mucho más placentera si viviéramos en las perfectas calles de Sttugart. O de Miami. En Guadalajara, todas las incontables imperfecciones del piso se nos transmiten a la espalda, a las manos, a todo el cuerpo. Es parte del precio a pagar por lo que viene en seguida.

Porque cuando llegamos a la carretera y ésta se exhibe ante nuestros ojos como una amante, el Cayman responde como un caballero. Pisamos fuerte el acelerador y la primera reacción después de esto, es apagar el estéreo. Porque el ronco del motor crece en nuestros oídos paulatina y contagiosamente. Nos llena el corazón y las vísceras antes de alcanzar el cerebro. Llegar a los 200 kilómetros por hora es tan rápido, que es casi imperceptible. Los 250 km/h son también fácilmente alcanzados. A partir de ahí es sostener firme las manos en el volante, poner toda la atención de que somos capaces en el camino y percibir como el reloj chico, a la izquierda del cuadro de instrumentos, sube paulatinamente, en la justa medida en que la vida invade todo nuestro cuerpo. 255, 260, 265… el Cayman devora con sed el camino por delante. 266, 267… la recta es nuestra amiga. 268, 269, 270, 277kilómetros por hora. Con un para de alas ya estaríamos despegando para mirar la Tierra debajo de nosotros. Entonces, termina la recta, pero no la alegría. Porque el Cayman es tan amigo de las curvas, que ahí se siente en casa y nos transmite esa sensación. Baila por el camino con la gracia de la música de Vivaldi. Acelera con la determinación de una ópera de Wagner.

Relajados y felices con la descarga de adrenalina, con todas las veces en las que el coche, en su infinita bondad electrónica y mecánica, nos perdonó uno que otro error, regresamos a la ciudad. Entonces —y sólo entonces— valdrá la pena volver a prender el magnífico estéreo firmado por Bose.

La sensación posterior a una tarde como estas, es de felicidad. Estos momentos con un Cayman S en una buena carretera, son de esos que marcan la vida. El que tenga la oportunidad de vivirlos con frecuencia, entenderá que el precio que Porsche pide por un Cayman no es simplemente por un auto, sino por la posibilidad de tener experiencias como esa.

Sergio Oliveira


Temas

Sigue navegando