Suplementos
El bautismo del Señor
Su bautismo, que no necesitaba, lo toma para que se manifieste el misterio de Dios uno y trino, epifanía trinitaria gloriosa
Jesús, el Hijo de Dios, recorre el camino de la humildad penitente. Él, sin culpas, va a donde han ido a purificarse: a las riberas del río Jordán, en donde su primo Juan, el último de los profetas de Israel, predica la conversión y administra el bautismo de penitencia.
Se han de bautizar antes de iniciar su vida pública. Ha sido enviado como profeta, sacerdote y rey de la humanidad nueva.
Su misión es universal. Su camino, breve, de tres años, que culminará en la cruz y en la tumba que quedará vacía --muerte y resurrección--, está marcado con la verdad y la vida.
Su bautismo, que no necesitaba, lo toma para que se manifieste el misterio de Dios uno y trino, epifanía trinitaria gloriosa, y para consagrar su misión de purificar, de redimir, de salvar, de santificar.
Es la ley que disipa las tinieblas, y a los que lo reciben con la fe y el bautismo los regenera; es decir, los vuelve a engendrar, ahora en el orden espiritual, y los convierte en hijos de Dios.
“Él se entregó por nosotros
para redimirnos...
mediante el bautismo”
La segunda lectura de la misa de este domingo es de la carta de San Pablo a su discípulo Tito, y lo instruye a vivir con alegría su condición de redimido y por tanto de hijo de Dios, por el bautismo y por ser hijo heredero, “cuando se recibe la esperanza de la vida eterna”.
Con el bautismo de Cristo llegó a su final el bautismo ese del río Jordán. “Yo los bautizo con agua para penitencia... él los bautizará en el Espíritu Santo y en fuego”.
Viene la nueva familia de Dios, la nueva Alianza, y por lo mismo el nuevo bautismo. Este nuevo bautismo --sacramento--, llamado también “baño de regeneración y de renovación en el Espíritu Santo”, es el tema de la semana.
“Id pues, y haced discípulos
a todas las gentes, bautizándolas
en el nombre del Padre y del Hijo
y del Espíritu Santo”
Para ser cristiano, para empezar a ser cristiano, el inicio es el bautismo. Quien ha escuchado la palabra, la ha recibido con gusto, ha dado señales de conversión y ha hecho la profesión de fe; entonces, ya dispuesto, inclina la cabeza y recibe, por las plabras del ministro y el agua, que es la materia, la gracia transformadora. Ya será en adelante un hijo y podrá llamar a Dios, con toda confianza, “Padre Nuestro”.
El rito esencial del bautismo significa y realiza la muerte al pecado, y la entrada en la vida de Dios uno y trino a través de la configuración con el misterio pascual de Cristo --muerte y resurrección--. Se puede realizar el bautismo sumergiendo al bautizando tres veces en el agua bautismal, o derramando tres veces el agua sobre la cabeza del adulto o del niño.
Necesidad del Bautismo
El mismo Cristo ha vinculado la salvación al sacramento del bautismo. Él lo dijo: “El que crea y se bautice, se salvará. Con el bautismo, pero además creer y con una fe acompañada de obras, las obras inspiradas por el amor, la caridad.
Pero como es bien sabida y aceptada la revelación de que Cristo murió por todos, quienes han buscado la verdad y hacen la voluntad de Dios según como la conocen, pueden salvarse.
Y luego la respuesta: Desarrollar la gracia recibida en el sacramento, con una actitud de fe, la fe recibida gratuitamente; mas esa fe compromete a vivir conforme a la nueva condición de hijos de Dios.
Cuando en el año 1525 llegaron a las arenas de Veracruz los doce apóstoles, los misioneros franciscanos, uno de ellos, Fray Toribio de Benavente --apodado “Motolinía” por los naturales, por su pobreza--, él con su propia mano bautizó a más de cuatrocientos mil naturales. Y eso no era lo difícil, porque la tarea ardua fue para él hacerles vivir una vida nueva, apartados de sus idolatrías y de sus hábitos y costumbres de paganos.
Las mismas enseñanzas de San Pablo a Tito, con distintas palabras quizá, las decía Fray Toribio a aquellos sencillos neófitos: “La gracia de Dios, fuente de salvación para todos los hombtres, ha alboreado sobre el mundo. Ella nos enseña a renunciar a la impiedad y a las concupiscencias mundanas”.
Las mismas enseñanzas son para el hombre del siglo XXI, muchas veces ignorante u olvidado de la dignidad de ser cristiano, y las exigencias de vivir conforme a esa dignidad.
Alegría por haber
recibido el bautismo
Aquí es San Pablo: “Por nosotros mismos estábamos, igual que los demás, sometidos al tremendo juicio de Dios. Pero Dios, rico en misericordia, quiso mostrarnos su gran amor, y así, aunque estábamos muertos a causa de nuestros pecados, nos condujo a la vida junto con Cristo. Habéis sido salvados por su gracia. Por Cristo nos resucitó y nos concedió un lugar en los cielos” (Efesios 2, 1-9).
En estas pocas líneas expresa el apóstol, el gran convertido, su alegría por haber encontrado a Cristo, y, ya bautizado, quiere contagiar a otros muchos -- y lo logra-- del privilegio de ser de Cristo, de estar bautizados.
En la vida de algunos santos, se cuenta que más que recordar y celebrar el día del nacimiento, celebraban el día de su bautismo.
San Agustín renació a los treinta y tres años después de su nacimiento en Tagarte, cuando en Milán el obispo Ambrosio derramó el agua bautismal sobre esa cabeza inquieta, llena de filosofías y ensueños.
El bautizado es un elegido, un predestinado. Así lo expresan los misioneros al interpretar en los rostros de sus neófitos, al verlos irradiar el gozo. “No estás bajo la ley, sino bajo la gracia”, dice San Pablo a los cristianos de Roma. La gracia es el principio de una vida nueva. La gracia es presencia cercana de Dios; es fuerza impulsora, la fuerza que ha sostenido a los creyentes en la firmea de sus convicciones en los días de tranquilidad, y más, mucho más, en las tribulaciones, en las penas y hasta en las persecuciones y la hora cumbre del martirio. ¿Qué podré darle yo al Señor a cambio de lo que Él me ha concedido” Salmo 1 15). Es la gracia siempre actuante y operante en el alma del creyente.
Bautizados en Cristo,
revestidos de Cristo
En el rito del Bautismo hay una ceremonia significativa, como todos los ritos del sacramento: la vestidura blanca. Por ser de ese color, lleva el pensamiento a fijarse en la pureza, en la limpieza del alma purificada con el agua; pero no, la vestidura blanca es algo más.
El sacerdote, o quien administra el sacramento, le dice al recién bautizado: “Has sido transformado en una nueva creatura y te has revestido de Cristo. Que esta vestidura blanca sea el símbolo de tu nueva dignidad de cristiano. Consérvala sin mancha hasta la vida eterna. Amén”.
El bautizado empieza con el bautismo a ser hijo de Dios, es semejanza de Cristo. En un sentido plenamente filial, se puede decir que en ese momento ha nacido de Dios.
San Pablo les dice a los cristianos de Galaxia: “Y, puesto que sois hijos, envió Dios a nuestros corazones el espíritu de su Hijo, que grita ¡Abbá! ¡Padre! De manera que no eres siervo, sino Hijo, y si eres hijo, también heredero por medio de Dios” (Gálatas 4, 6).
Vivir conforme a ese nuevo ser
Los cristianos, unidos por una misma cabeza, que es Cristo, forman una sola familia. La salvación no es un acto individual, sino que todos están unidos, sometidos a una ley de solidaridad, “hemos sido bautizados para constituir un solo cuerpo y en un solo Espíritu hemos bebido del mismo Espíritu” (Corintios 12, 13).
El bautizado, incorporado con los demás bautizados en una misma unidad de fe y de amor, se ha de manifestar singularmente por su espíritu de servicio. Es seguir así el ejemplo del Maestro; es la alegría de salir de sí mismo y contemplar el rostro de Cristo en el rostro y los rostros de los prójimos. Así, con una actitud abierta y comprensiva, ni conocerá el tedio ni se albergará el aburrimiento en su corazón, ni podrá lamentarse de aislamiento ni de la terrible soledad, porque siempre estará rodeado de otros muchos seres a quienes amar y a quienes servir. Eso es vivir conforme a la gracia del Bautismo.
Pbro. José R. Ramírez
Se han de bautizar antes de iniciar su vida pública. Ha sido enviado como profeta, sacerdote y rey de la humanidad nueva.
Su misión es universal. Su camino, breve, de tres años, que culminará en la cruz y en la tumba que quedará vacía --muerte y resurrección--, está marcado con la verdad y la vida.
Su bautismo, que no necesitaba, lo toma para que se manifieste el misterio de Dios uno y trino, epifanía trinitaria gloriosa, y para consagrar su misión de purificar, de redimir, de salvar, de santificar.
Es la ley que disipa las tinieblas, y a los que lo reciben con la fe y el bautismo los regenera; es decir, los vuelve a engendrar, ahora en el orden espiritual, y los convierte en hijos de Dios.
“Él se entregó por nosotros
para redimirnos...
mediante el bautismo”
La segunda lectura de la misa de este domingo es de la carta de San Pablo a su discípulo Tito, y lo instruye a vivir con alegría su condición de redimido y por tanto de hijo de Dios, por el bautismo y por ser hijo heredero, “cuando se recibe la esperanza de la vida eterna”.
Con el bautismo de Cristo llegó a su final el bautismo ese del río Jordán. “Yo los bautizo con agua para penitencia... él los bautizará en el Espíritu Santo y en fuego”.
Viene la nueva familia de Dios, la nueva Alianza, y por lo mismo el nuevo bautismo. Este nuevo bautismo --sacramento--, llamado también “baño de regeneración y de renovación en el Espíritu Santo”, es el tema de la semana.
“Id pues, y haced discípulos
a todas las gentes, bautizándolas
en el nombre del Padre y del Hijo
y del Espíritu Santo”
Para ser cristiano, para empezar a ser cristiano, el inicio es el bautismo. Quien ha escuchado la palabra, la ha recibido con gusto, ha dado señales de conversión y ha hecho la profesión de fe; entonces, ya dispuesto, inclina la cabeza y recibe, por las plabras del ministro y el agua, que es la materia, la gracia transformadora. Ya será en adelante un hijo y podrá llamar a Dios, con toda confianza, “Padre Nuestro”.
El rito esencial del bautismo significa y realiza la muerte al pecado, y la entrada en la vida de Dios uno y trino a través de la configuración con el misterio pascual de Cristo --muerte y resurrección--. Se puede realizar el bautismo sumergiendo al bautizando tres veces en el agua bautismal, o derramando tres veces el agua sobre la cabeza del adulto o del niño.
Necesidad del Bautismo
El mismo Cristo ha vinculado la salvación al sacramento del bautismo. Él lo dijo: “El que crea y se bautice, se salvará. Con el bautismo, pero además creer y con una fe acompañada de obras, las obras inspiradas por el amor, la caridad.
Pero como es bien sabida y aceptada la revelación de que Cristo murió por todos, quienes han buscado la verdad y hacen la voluntad de Dios según como la conocen, pueden salvarse.
Y luego la respuesta: Desarrollar la gracia recibida en el sacramento, con una actitud de fe, la fe recibida gratuitamente; mas esa fe compromete a vivir conforme a la nueva condición de hijos de Dios.
Cuando en el año 1525 llegaron a las arenas de Veracruz los doce apóstoles, los misioneros franciscanos, uno de ellos, Fray Toribio de Benavente --apodado “Motolinía” por los naturales, por su pobreza--, él con su propia mano bautizó a más de cuatrocientos mil naturales. Y eso no era lo difícil, porque la tarea ardua fue para él hacerles vivir una vida nueva, apartados de sus idolatrías y de sus hábitos y costumbres de paganos.
Las mismas enseñanzas de San Pablo a Tito, con distintas palabras quizá, las decía Fray Toribio a aquellos sencillos neófitos: “La gracia de Dios, fuente de salvación para todos los hombtres, ha alboreado sobre el mundo. Ella nos enseña a renunciar a la impiedad y a las concupiscencias mundanas”.
Las mismas enseñanzas son para el hombre del siglo XXI, muchas veces ignorante u olvidado de la dignidad de ser cristiano, y las exigencias de vivir conforme a esa dignidad.
Alegría por haber
recibido el bautismo
Aquí es San Pablo: “Por nosotros mismos estábamos, igual que los demás, sometidos al tremendo juicio de Dios. Pero Dios, rico en misericordia, quiso mostrarnos su gran amor, y así, aunque estábamos muertos a causa de nuestros pecados, nos condujo a la vida junto con Cristo. Habéis sido salvados por su gracia. Por Cristo nos resucitó y nos concedió un lugar en los cielos” (Efesios 2, 1-9).
En estas pocas líneas expresa el apóstol, el gran convertido, su alegría por haber encontrado a Cristo, y, ya bautizado, quiere contagiar a otros muchos -- y lo logra-- del privilegio de ser de Cristo, de estar bautizados.
En la vida de algunos santos, se cuenta que más que recordar y celebrar el día del nacimiento, celebraban el día de su bautismo.
San Agustín renació a los treinta y tres años después de su nacimiento en Tagarte, cuando en Milán el obispo Ambrosio derramó el agua bautismal sobre esa cabeza inquieta, llena de filosofías y ensueños.
El bautizado es un elegido, un predestinado. Así lo expresan los misioneros al interpretar en los rostros de sus neófitos, al verlos irradiar el gozo. “No estás bajo la ley, sino bajo la gracia”, dice San Pablo a los cristianos de Roma. La gracia es el principio de una vida nueva. La gracia es presencia cercana de Dios; es fuerza impulsora, la fuerza que ha sostenido a los creyentes en la firmea de sus convicciones en los días de tranquilidad, y más, mucho más, en las tribulaciones, en las penas y hasta en las persecuciones y la hora cumbre del martirio. ¿Qué podré darle yo al Señor a cambio de lo que Él me ha concedido” Salmo 1 15). Es la gracia siempre actuante y operante en el alma del creyente.
Bautizados en Cristo,
revestidos de Cristo
En el rito del Bautismo hay una ceremonia significativa, como todos los ritos del sacramento: la vestidura blanca. Por ser de ese color, lleva el pensamiento a fijarse en la pureza, en la limpieza del alma purificada con el agua; pero no, la vestidura blanca es algo más.
El sacerdote, o quien administra el sacramento, le dice al recién bautizado: “Has sido transformado en una nueva creatura y te has revestido de Cristo. Que esta vestidura blanca sea el símbolo de tu nueva dignidad de cristiano. Consérvala sin mancha hasta la vida eterna. Amén”.
El bautizado empieza con el bautismo a ser hijo de Dios, es semejanza de Cristo. En un sentido plenamente filial, se puede decir que en ese momento ha nacido de Dios.
San Pablo les dice a los cristianos de Galaxia: “Y, puesto que sois hijos, envió Dios a nuestros corazones el espíritu de su Hijo, que grita ¡Abbá! ¡Padre! De manera que no eres siervo, sino Hijo, y si eres hijo, también heredero por medio de Dios” (Gálatas 4, 6).
Vivir conforme a ese nuevo ser
Los cristianos, unidos por una misma cabeza, que es Cristo, forman una sola familia. La salvación no es un acto individual, sino que todos están unidos, sometidos a una ley de solidaridad, “hemos sido bautizados para constituir un solo cuerpo y en un solo Espíritu hemos bebido del mismo Espíritu” (Corintios 12, 13).
El bautizado, incorporado con los demás bautizados en una misma unidad de fe y de amor, se ha de manifestar singularmente por su espíritu de servicio. Es seguir así el ejemplo del Maestro; es la alegría de salir de sí mismo y contemplar el rostro de Cristo en el rostro y los rostros de los prójimos. Así, con una actitud abierta y comprensiva, ni conocerá el tedio ni se albergará el aburrimiento en su corazón, ni podrá lamentarse de aislamiento ni de la terrible soledad, porque siempre estará rodeado de otros muchos seres a quienes amar y a quienes servir. Eso es vivir conforme a la gracia del Bautismo.
Pbro. José R. Ramírez