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El arte de vender la historia
Adolfo Weber se ha convertido en un recolector, un rescatista de tesoros empolvados o desechados y un consejero para valorar antigüedades
GUADALAJARA, JALISCO (22/MAR/2015).- Que le digan que es un pepenador de basura no es algo que ofenda a Adolfo Weber. Para él es un orgullo y un halago saber que tiene un talento peculiar para evitar que muchas cosas sean arrojadas al olvido y carcomidas por el tiempo.
Adolfo, además de ser pintor de oficio, es un recolector de antigüedades y objetos que pueden ser considerados basura. En su infancia aprendió a ver lo viejo con otros ojos y ahora es una forma de vida en la que también encuentra un sustento económico.
Entrar a la casa de Adolfo es como ingresar a una cápsula del tiempo en donde las épocas virreinales y noventeras conviven libremente entre sillones, roperos, marcos, espejos y juguetes que tampoco se olvidan de lo moderno y lo vintage.
Se declara un obsesionado por comprar cosas viejas. Sirvan o no, Adolfo tiene la capacidad de hacer de lo inservible o pasado de moda, un artículo de lujo que puede ser vendido en el mercado con un razonable precio que se acompaña por varios ceros a la derecha.
“Me gusta todo lo que tenga una historia, no importa de quién haya sido”. Con esta idea es como echó a andar “El Garcés”, una página de Facebook en ofrecía artículos “rescatados” de trocaderos, tianguis y bazares y que después eran restaurados por su colega, Fabio Francia, un argentino especializado en hacer transformaciones a muebles para brindarles una segunda oportunidad de vida y uso.
En al árbol genealógico
Adolfo no sólo compra por comprar. Siempre busca el verdadero valor que hace de ese objeto viejo un tesoro único o escaso en su tipo: la historia y el origen. Aquí es donde también entra su otra faceta: la de asesorar y sugerir precios a vendedores —y también compradores—, al ser constantemente buscado por personas deseosas de deshacerse de legados familiares que ven como estorbo o basura.
“Para mí es importante el hecho de que las personas dejen cosas detrás. Yo no voy específicamente a la basura, pero para una persona puede ser basura una vajilla de los años cincuenta, pero eso ya es irrepetible, ya no habrá más. Quizá para el dueño ya no tiene valor, pero para mí sí”.
Advierte que él no es un coleccionista, aunque haya quien lo considere así. Asegura que los coleccionistas tienen la misión de juntar cada una de las cosas —llámese llaveros, vasos, juguetes, ropa o cualquier otro artículo— de un tema en específico. Adolfo solamente se deja cautivar por la historia y belleza que tiene cada objeto.
¿Y qué tiene de genial que Adolfo recolecte y compre cosas viejas? Lo asombroso es que también se ha hecho un experto en identificar mentiras y falsedades, en saber con una sola mirada si ese artículo que ofertan como antigüedad realmente perteneció a la prehistoria o a tal rey o formó parte de una guerra, como algunos vendedores engañan a los novatos recolectores.
“La gente piensa que tiene tesoros y no los tiene, son cosas normales. Me da risa en el trocadero, porque parece que todo el cristal de Checoslovaquia vino a parar a Guadalajara, son mentiras. También creen que tienen antigüedades pero no, son cosas más modernas y las quieren vender en miles de pesos”.
Adolfo sabe de épocas y corrientes artísticas, y platicar con él se asemeja a una clase de historia, diseño y decoración. En cuestión de segundos explica que tal baúl vale hasta tres mil pesos porque es del año 1800 y tantos y tiene cajones en su interior y los terminados son originales y un sinfín de datos que hasta generan el deseo de comprarle ese artículo en ese preciso momento.
“He aprendido que para vender algo bien o mejor, debe tener una historia, tienes que vender la historia del objeto, pero tampoco hay que inventar”.
Guadalajara vieja
Adolfo coincide en que la ciudad se ha visto sumergida por una fiebre de poner de moda lo viejo, pero no en artículos que realmente tengan más de 30, 50 o hasta 100 años de historia, sino que el estilo “vintage” y “retro” movilizan a nuevos recolectores o restauradores que ven en esta tendencia una oportunidad para generar dinero sin saber que al intervenir una pieza realmente vieja le harán perder su valor original si no se hace adecuadamente.
Adolfo tampoco critica por criticar. Su experiencia como recolector se ha forjado desde que tiene 10 años de edad, cuando adquirió su primer mueble: un buró individual de estilo art-deco que encontró en las ventas de garage de Los Ángeles.
Ahí cayó en cuenta que en Estados Unidos esta dinámica de vender-comprar lo viejo realmente tiene un mercado y compradores especializados. Pero al llegar a vivir a Guadalajara en 1987, Adolfo descubrió que la ciudad estaba inundada de antigüedades poco valoradas y mal vendidas.
“Guadalajara me fascinó porque aquí todo era antiguo y la gente suelta las cosas muy fácil”, dice al recordar sus recorridos dominicales por el famoso “Baratillo” ubicado en el Oriente de la metrópoli, y añade “era como ir a Disneylandia, y lo sigue siendo... es lo máximo”.
En su mente siempre está presente la palabra “panteísmo”, que significa darle vida a los objetos y argumenta: “No es que yo les quiera dar vida, pero para mí cuentan una historia y eso es como si tuvieran una vida propia”. Así es como ha rescatado libros que datan de 1800, muebles de 1900, baúles de 1870 y máquinas de coser de 1930, por ejemplo.
Aunque su bazar digital “El Garcés” está en pausa ante el desarrollo de otros proyectos, cuando los ojos de Adolfo se activan como radares para encontrar y reutilizar objetos, suele darles un toque pop para que además de recobrar sus funciones, los artículos luzcan impecables como parte de la decoración del entorno.
Así como también se ha dado a la tarea de asesorar en creación y renovación de conceptos mediante el uso y transformación de muebles. Por ejemplo, hacer que el ropero que era del tatarabuelo se convierta en un librero, centro de entretenimiento y hasta forme parte de la cocina si es que las proporciones y la resistencia de las maderas lo permiten. “Todo eso se puede lograr con cosas bien chidas, con historia, barato, como de revista”.
¡Perdónenlos, no saben lo que hacen!
Una tina de porcelana estaba destinada a la basura. Adolfo Weber corrió en auxilio de ese artículo que sería cambiado por uno más moderno, con materiales menos lujosos y sin historia. Le llamaron para que llevara esa tina que también tenía sus llaves originales y este recolector pronuncia alarmado:
“Me sorprende, porque esas cosas sí son muy caras. A veces no tienen (los dueños) noción de lo que pueden hacer con eso, de lo que vale y significa. He ido a casas de gente muy rica, de los años 50, y se quieren deshacer de todo, hasta de una loza con decoración en oro de 22 quilates”.
De caer en manos equivocadas, esos artículos despojados de la modernidad pueden alcanzar precios ridículamente costosos o cifras que no representan la historia, legado y sentencia. Ahí es donde entra la estafa y desconocimiento del precio que tiene la historia.
“En los anticuarios el precio que se da es con la idea de ‘según el sapo es la pedrada’. En los bazares nunca tienen precio porque hay que negociar. Hay quien compra para restaurar, se comenzó a comprar lo descompuesto. Aunque al sillón le falten las dos patas, te lo ofrecen en 600 pesos y claro que se vende y hay quien lo compra, pero lo restauran y ya cuesta hasta 10 mil pesos”.
Para que la gente no sea engañada y sepa vender, Adolfo piensa en crear una aplicación móvil para avisar en dónde, qué artículos y a qué precio se pueden encontrar determinados objetos que valen la pena rescatar. Mientras tanto, también alista la inauguración de su hostal “Jacinta mi amor”, un centro de huéspedes en donde sus tesoros formarán parte de la decoración y personalidad “del lugar que estará lleno de cosas con historia”.
Adolfo, además de ser pintor de oficio, es un recolector de antigüedades y objetos que pueden ser considerados basura. En su infancia aprendió a ver lo viejo con otros ojos y ahora es una forma de vida en la que también encuentra un sustento económico.
Entrar a la casa de Adolfo es como ingresar a una cápsula del tiempo en donde las épocas virreinales y noventeras conviven libremente entre sillones, roperos, marcos, espejos y juguetes que tampoco se olvidan de lo moderno y lo vintage.
Se declara un obsesionado por comprar cosas viejas. Sirvan o no, Adolfo tiene la capacidad de hacer de lo inservible o pasado de moda, un artículo de lujo que puede ser vendido en el mercado con un razonable precio que se acompaña por varios ceros a la derecha.
“Me gusta todo lo que tenga una historia, no importa de quién haya sido”. Con esta idea es como echó a andar “El Garcés”, una página de Facebook en ofrecía artículos “rescatados” de trocaderos, tianguis y bazares y que después eran restaurados por su colega, Fabio Francia, un argentino especializado en hacer transformaciones a muebles para brindarles una segunda oportunidad de vida y uso.
En al árbol genealógico
Adolfo no sólo compra por comprar. Siempre busca el verdadero valor que hace de ese objeto viejo un tesoro único o escaso en su tipo: la historia y el origen. Aquí es donde también entra su otra faceta: la de asesorar y sugerir precios a vendedores —y también compradores—, al ser constantemente buscado por personas deseosas de deshacerse de legados familiares que ven como estorbo o basura.
“Para mí es importante el hecho de que las personas dejen cosas detrás. Yo no voy específicamente a la basura, pero para una persona puede ser basura una vajilla de los años cincuenta, pero eso ya es irrepetible, ya no habrá más. Quizá para el dueño ya no tiene valor, pero para mí sí”.
Advierte que él no es un coleccionista, aunque haya quien lo considere así. Asegura que los coleccionistas tienen la misión de juntar cada una de las cosas —llámese llaveros, vasos, juguetes, ropa o cualquier otro artículo— de un tema en específico. Adolfo solamente se deja cautivar por la historia y belleza que tiene cada objeto.
¿Y qué tiene de genial que Adolfo recolecte y compre cosas viejas? Lo asombroso es que también se ha hecho un experto en identificar mentiras y falsedades, en saber con una sola mirada si ese artículo que ofertan como antigüedad realmente perteneció a la prehistoria o a tal rey o formó parte de una guerra, como algunos vendedores engañan a los novatos recolectores.
“La gente piensa que tiene tesoros y no los tiene, son cosas normales. Me da risa en el trocadero, porque parece que todo el cristal de Checoslovaquia vino a parar a Guadalajara, son mentiras. También creen que tienen antigüedades pero no, son cosas más modernas y las quieren vender en miles de pesos”.
Adolfo sabe de épocas y corrientes artísticas, y platicar con él se asemeja a una clase de historia, diseño y decoración. En cuestión de segundos explica que tal baúl vale hasta tres mil pesos porque es del año 1800 y tantos y tiene cajones en su interior y los terminados son originales y un sinfín de datos que hasta generan el deseo de comprarle ese artículo en ese preciso momento.
“He aprendido que para vender algo bien o mejor, debe tener una historia, tienes que vender la historia del objeto, pero tampoco hay que inventar”.
Guadalajara vieja
Adolfo coincide en que la ciudad se ha visto sumergida por una fiebre de poner de moda lo viejo, pero no en artículos que realmente tengan más de 30, 50 o hasta 100 años de historia, sino que el estilo “vintage” y “retro” movilizan a nuevos recolectores o restauradores que ven en esta tendencia una oportunidad para generar dinero sin saber que al intervenir una pieza realmente vieja le harán perder su valor original si no se hace adecuadamente.
Adolfo tampoco critica por criticar. Su experiencia como recolector se ha forjado desde que tiene 10 años de edad, cuando adquirió su primer mueble: un buró individual de estilo art-deco que encontró en las ventas de garage de Los Ángeles.
Ahí cayó en cuenta que en Estados Unidos esta dinámica de vender-comprar lo viejo realmente tiene un mercado y compradores especializados. Pero al llegar a vivir a Guadalajara en 1987, Adolfo descubrió que la ciudad estaba inundada de antigüedades poco valoradas y mal vendidas.
“Guadalajara me fascinó porque aquí todo era antiguo y la gente suelta las cosas muy fácil”, dice al recordar sus recorridos dominicales por el famoso “Baratillo” ubicado en el Oriente de la metrópoli, y añade “era como ir a Disneylandia, y lo sigue siendo... es lo máximo”.
En su mente siempre está presente la palabra “panteísmo”, que significa darle vida a los objetos y argumenta: “No es que yo les quiera dar vida, pero para mí cuentan una historia y eso es como si tuvieran una vida propia”. Así es como ha rescatado libros que datan de 1800, muebles de 1900, baúles de 1870 y máquinas de coser de 1930, por ejemplo.
Aunque su bazar digital “El Garcés” está en pausa ante el desarrollo de otros proyectos, cuando los ojos de Adolfo se activan como radares para encontrar y reutilizar objetos, suele darles un toque pop para que además de recobrar sus funciones, los artículos luzcan impecables como parte de la decoración del entorno.
Así como también se ha dado a la tarea de asesorar en creación y renovación de conceptos mediante el uso y transformación de muebles. Por ejemplo, hacer que el ropero que era del tatarabuelo se convierta en un librero, centro de entretenimiento y hasta forme parte de la cocina si es que las proporciones y la resistencia de las maderas lo permiten. “Todo eso se puede lograr con cosas bien chidas, con historia, barato, como de revista”.
¡Perdónenlos, no saben lo que hacen!
Una tina de porcelana estaba destinada a la basura. Adolfo Weber corrió en auxilio de ese artículo que sería cambiado por uno más moderno, con materiales menos lujosos y sin historia. Le llamaron para que llevara esa tina que también tenía sus llaves originales y este recolector pronuncia alarmado:
“Me sorprende, porque esas cosas sí son muy caras. A veces no tienen (los dueños) noción de lo que pueden hacer con eso, de lo que vale y significa. He ido a casas de gente muy rica, de los años 50, y se quieren deshacer de todo, hasta de una loza con decoración en oro de 22 quilates”.
De caer en manos equivocadas, esos artículos despojados de la modernidad pueden alcanzar precios ridículamente costosos o cifras que no representan la historia, legado y sentencia. Ahí es donde entra la estafa y desconocimiento del precio que tiene la historia.
“En los anticuarios el precio que se da es con la idea de ‘según el sapo es la pedrada’. En los bazares nunca tienen precio porque hay que negociar. Hay quien compra para restaurar, se comenzó a comprar lo descompuesto. Aunque al sillón le falten las dos patas, te lo ofrecen en 600 pesos y claro que se vende y hay quien lo compra, pero lo restauran y ya cuesta hasta 10 mil pesos”.
Para que la gente no sea engañada y sepa vender, Adolfo piensa en crear una aplicación móvil para avisar en dónde, qué artículos y a qué precio se pueden encontrar determinados objetos que valen la pena rescatar. Mientras tanto, también alista la inauguración de su hostal “Jacinta mi amor”, un centro de huéspedes en donde sus tesoros formarán parte de la decoración y personalidad “del lugar que estará lleno de cosas con historia”.