Suplementos
El Pan de cada día
Hay otros aspectos del pan diario que necesitamos para vivir que no siempre recibimos y no siempre sabemos repartir y compartir
El Pan que Dios nos da para vivir plenamente, está en nuestras manos, está en manos de todos. Y hay suficiente para todos lo importante es saber repartirlo bien, equitativamente y con justicia.
Lo malo está en acaparar, en acumular, en no saber compartir.
Es sumamente elocuente aquello que relataba la Madre Teresa: cuando se enteró de una familia que estaba en extrema necesidad y no tenían comida. Ella misma les llevó una cazuela llena de arroz. La mujer que la recibió con mucha alegría y agradecimiento, tomó una vasija y apartó la mitad de aquel arroz y la otra mitad la repartió entre su familia.
Extrañada la Madre Teresa le preguntó por qué había apartado aquella ración tan sustanciosa y la mujer le respondió que la familia vecina estaba en la misma situación, y que les iba a compartir de lo que había recibido.
Sin duda esto deja sin palabras.
Pero también hay otros aspectos del pan diario que necesitamos para vivir que no siempre recibimos y no siempre sabemos repartir y compartir.
Muy a menudo pretendemos de los demás lo que nosotros mismos no damos: queremos que nos respeten, que nos tomen en cuenta, que nos valoren por lo que somos y lo que hacemos, y desde luego, también necesitamos que tengan en cuenta nuestra dignidad…
Bien podemos preguntarnos si en la misma forma que deseamos respeto, sabemos respetar a los demás, si valoramos a quienes nos rodean como nosotros mismos lo deseamos; y si los tomamos en cuenta en sus momentos importantes, que lo son para ellos y que a veces a nos nosotros nos parecen insignificantes y que nos pasan desapercibidos.
Estos aspectos que hemos mencionado, son también parte del pan espiritual de cada día que Dios quiere que cada uno reciba para alimentar su vida, para hacer crecer la propia persona y para que podamos decir con fuerte voz, que la vida es bella, que Dios nos ama porque lo sentimos cercano en el amor que recibimos de las personas que conviven con nosotros e incluso con las que pasan eventualmente a nuestro lado por el camino de la vida.
El Pan que Dios nos da, es un alimento integral para el cuerpo y para el espíritu. Alimento inmaterial, pero muy real para la mente y para el corazón.
Lo interesante es que nunca nos lo va a dar directamente, y así como el alimento cotidiano físico y material es preciso cultivarlo, elaborarlo, cocinarlo, repartirlo y compartirlo; de la misma manera el alimento espiritual hay que elaborarlo cada día, en cada momento para poder comunicarlo entre aquellos que conviven con nosotros.
Porque es un hecho: todo lo que recibimos de Dios se nos da en las manos hermanas; manos de otros que viven, como cada uno de nosotros, las mismas necesidades, las mismas carencias, y acaso el mismo desamparo, hambre y sed de cariño, de reconocimiento, de un poco de tiempo para escuchar lo que necesitamos compartir.
Y después de todo esto, cuando las necesidades primordiales han sido satisfechas, cuando ya hemos llorado todas nuestras lágrimas, podemos volver los ojos al cielo y decir a Dios nuestro Padre un sonoro Gracias, porque en una forma o en otra se ha hecho presente en nuestra vida, porque no nos ha dejado morir de soledad, de hastío y de desconsuelo.
Gracias Señor porque sostienes nuestra vida a todos los niveles. Gracias porque nuestra vida humana tiene una meta, porque nuestros esfuerzos nos son vanos.
María Belén Sánchez, fsp
Lo malo está en acaparar, en acumular, en no saber compartir.
Es sumamente elocuente aquello que relataba la Madre Teresa: cuando se enteró de una familia que estaba en extrema necesidad y no tenían comida. Ella misma les llevó una cazuela llena de arroz. La mujer que la recibió con mucha alegría y agradecimiento, tomó una vasija y apartó la mitad de aquel arroz y la otra mitad la repartió entre su familia.
Extrañada la Madre Teresa le preguntó por qué había apartado aquella ración tan sustanciosa y la mujer le respondió que la familia vecina estaba en la misma situación, y que les iba a compartir de lo que había recibido.
Sin duda esto deja sin palabras.
Pero también hay otros aspectos del pan diario que necesitamos para vivir que no siempre recibimos y no siempre sabemos repartir y compartir.
Muy a menudo pretendemos de los demás lo que nosotros mismos no damos: queremos que nos respeten, que nos tomen en cuenta, que nos valoren por lo que somos y lo que hacemos, y desde luego, también necesitamos que tengan en cuenta nuestra dignidad…
Bien podemos preguntarnos si en la misma forma que deseamos respeto, sabemos respetar a los demás, si valoramos a quienes nos rodean como nosotros mismos lo deseamos; y si los tomamos en cuenta en sus momentos importantes, que lo son para ellos y que a veces a nos nosotros nos parecen insignificantes y que nos pasan desapercibidos.
Estos aspectos que hemos mencionado, son también parte del pan espiritual de cada día que Dios quiere que cada uno reciba para alimentar su vida, para hacer crecer la propia persona y para que podamos decir con fuerte voz, que la vida es bella, que Dios nos ama porque lo sentimos cercano en el amor que recibimos de las personas que conviven con nosotros e incluso con las que pasan eventualmente a nuestro lado por el camino de la vida.
El Pan que Dios nos da, es un alimento integral para el cuerpo y para el espíritu. Alimento inmaterial, pero muy real para la mente y para el corazón.
Lo interesante es que nunca nos lo va a dar directamente, y así como el alimento cotidiano físico y material es preciso cultivarlo, elaborarlo, cocinarlo, repartirlo y compartirlo; de la misma manera el alimento espiritual hay que elaborarlo cada día, en cada momento para poder comunicarlo entre aquellos que conviven con nosotros.
Porque es un hecho: todo lo que recibimos de Dios se nos da en las manos hermanas; manos de otros que viven, como cada uno de nosotros, las mismas necesidades, las mismas carencias, y acaso el mismo desamparo, hambre y sed de cariño, de reconocimiento, de un poco de tiempo para escuchar lo que necesitamos compartir.
Y después de todo esto, cuando las necesidades primordiales han sido satisfechas, cuando ya hemos llorado todas nuestras lágrimas, podemos volver los ojos al cielo y decir a Dios nuestro Padre un sonoro Gracias, porque en una forma o en otra se ha hecho presente en nuestra vida, porque no nos ha dejado morir de soledad, de hastío y de desconsuelo.
Gracias Señor porque sostienes nuestra vida a todos los niveles. Gracias porque nuestra vida humana tiene una meta, porque nuestros esfuerzos nos son vanos.
María Belén Sánchez, fsp