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El Maestro perfecto

Muchas personas tienen el privilegio de ser llamados “maestros” en esta tierra, debido al hecho de que han cursado una carrera que les ha capacitado para enseñar a otros

    Muchas personas tienen el privilegio de ser llamados “maestros” en esta tierra, debido al hecho de que han cursado una carrera que les ha capacitado para enseñar a otros. También tenemos el caso de aquellos que aunque nunca hicieron estudios formales, a base de practicar delante de otros se han ganado el derecho a ser llamados “maestros”. Con todo, hay alguien a quien se le llama “el Maestro”, y nadie jamás se ha atrevido a cuestionar la razón de que se le llame así; esa persona es Jesús de Nazaret.
    El evangelista Marcos nos cuenta en el capítulo 1, que Jesús llegó con sus discípulos a la ciudad de Capernaúm, y se presentó en la sinagoga el sábado. Aquí comienza lo interesante: nadie llegaba a una sinagoga en sábado y esperaba que se le diera la palabra para enseñar; enseñar en una sinagoga era un privilegio que correspondía al principal de la misma, y en contadas ocasiones se le permitía a otro varón que fuera ampliamente conocido y recomendado en su lugar, por tratarse de un hombre justo y sabio.
         Es evidente entonces que un humilde carpintero de la aldea de Nazaret, no era precisamente un buen candidato para enseñar a la gente de Capernaúm. Aún así, algo sucedió en esa sinagoga que hizo que le dieran a Jesús el lugar de honor para enseñar de acuerdo a las Escrituras que ese día se debían leer.
          Jesús leyó el pasaje que correspondía a ese día específico, y luego comenzó a interpretar y enseñar sobre ese pasaje. Es evidente que ese pasaje era bien conocido por los judíos que asistían cada sábado a la sinagoga, porque inmediatamente surgió entre ellos un comentario: “este no enseña como los escribas, sino que enseña con autoridad”. Es decir, que ya habían escuchado muchas veces las explicaciones del pasaje, pero por primera vez estaban escuchando una enseñanza viva, una enseñanza llena de sabiduría y pasión, respaldada por el poder de Dios.
         Pero el asunto no quedó ahí, porque dio la casualidad de que en ese día se encontraba en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo. Posiblemente ese demonio no se había inquietado a pesar de haber estado muchas veces en la sinagoga, pero no pudo soportar unos minutos en la presencia del Maestro, por lo que empezó a gritar y a testificar acerca de quién era Jesús.
         Esta situación se daba con frecuencia en los tiempos de Jesús, pero lamentablemente nadie sabía cómo manejarla con eficacia; en cambio el Maestro simplemente le dio la orden “¡Cállate y sal de él!”, y como era de esperarse, el demonio obedeció. Esto hizo que la gente se sorprendiera todavía más, porque estaban frente a un Maestro que no solo enseñaba con autoridad, sino que también actuaba con autoridad. Pronto la fama de Jesús como Maestro se extendió por todas partes, y miles le siguieron para escuchar sus enseñanzas. Unos oían sus palabras, las atesoraban y las obedecían; otros lo escuchaban fascinados, pero al paso del tiempo se olvidaban de sus palabras y su ejemplo, y seguían su vida como si nunca lo hubieran escuchado.
         El día de hoy el Maestro sigue hablando a través de su Palabra, la Biblia. ¿Es usted de los que escuchan y obedecen, o de los que escuchan y olvidan?

Angel Flores Rivero
iglefamiliar@hotmail.com

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