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Domingo 26 de tiempo ordinario

“La aceptación a la que nos invita Jesús contradice nuestra natural tendencia egoísta e intolerante”

¿QUIÉN ESTÁ EN CONTRA Y QUIÉN A FAVOR?

La opción de seguimiento a Jesús y su enseñanza no es cuestión de números y votos, no se trata de saber quien tiene más para determinar quién es el ganador, la opción radica en el compromiso y estilo de vida que sea coherente entre lo que se escucha y recibe de Jesús y lo que hacemos, no se gana por números, sino con obras.

LA ACEPTACIÓN

El coraje y celo de Josué, en la primera lectura, junto con el reclamo también celoso de Juan en el evangelio, se resumen en una sola y simple respuesta: Aceptación, ya que el Espíritu de Dios se posa donde él quiere y a nosotros débiles creaturas nos toca reconocer y aceptar la obra magnifica y perfecta de Dios.

La respuesta de Moisés a este hecho, sigue siendo magnifica y convincente: “Ojala todo el pueblo de Dios fuera profeta y descendiera sobre todos ellos el espíritu del Señor”. Para que como dice Jesús, reconociéramos desde la aceptación, que el que no está contra nosotros está a favor nuestro.

La aceptación a la que nos invita Jesús contradice nuestra natural tendencia egoísta e intolerante a lo que los demás hacen, sobre todo si no nos vemos involucrados o consultados. La tolerancia y el ecumenismo de Jesús constituyen unas premisas para liberar a la primera comunidad del sectarismo mezquino e introvertido, remontándonos así a lo escuchado el domingo pasado, el que quiera es el primero que se haga el servidor de todos, y no el protagónico y juez de todos.

EL CONOCIMIENTO

De la aceptación se desprende un profundo conocimiento, y éste a la vez fortalece una genuina y madura aceptación, como bien lo dice Jesús en respuesta a la queja de Juan: “No se lo prohíban, refiriéndose a la predica que realizaban algunos ajenos al grupo de los doce, porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre, que luego sea capaz de hablar mal de mí”.

Con esto, Jesús nos refiere, que no es posible que alguien haga las obras de Dios sin conocerle, ya que quien le conoce le proclama y actúa en su nombre, y al conocerle, jamás hablará en contra o mal de aquel por quien ha actuado.

El espíritu sectario, exclusivista se caracteriza por la mezquindad, por la intolerancia, por el sectarismo, por la agresividad. La respuesta a esta realidad debe llevarnos a la acogida, que no será  posible sin el conocimiento. Debemos entender que no se trata de acoger, por acoger, o de incorporarlo necesariamente a nuestro grupo, sino de aceptarlo en su diversidad, en los valores de los que es portador.

Se trata de aceptar que el Espíritu siembra gérmenes de bien, bondad, verdad, justicia, fidelidad, también fuera de nuestro campo.

EL COMPROMISO


La centralidad del compromiso, de manera especial el compromiso para con Cristo, está en la radicalidad, una radicalidad que se centra en la aceptación y conocimiento de Jesús, no será  posible una radicalidad evangélica, sin la aceptación y conocimiento.

El compromiso, ordinariamente, es algo que evadimos y procuramos de una u otra manera dar una respuesta más ligera, o conforme al lenguaje de nuestros tiempos: light. El compromiso como obligación contraída, palabra dada, es darnos a nosotros mismo, en razón de esto es que se entiende la radicalidad con la que Jesús se expresa en el texto del evangelio al decir: “Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela; pues más te vale entrar manco en el la vida eterna, que ir con tus dos manos al lugar de castigo, al fuego que no se apaga”.

Esta radicalidad en la que sustenta el compromiso Jesús, se desprende de algo tan fundamental como es el escándalo a los más pequeños, pero también con toda propiedad debiéramos decir, que si hemos de evitar todo escándalo, pero no quedarnos sólo en eso, no sólo no dar escándalo por no dar escándalo, sino llegar al compromiso, o parafraseando el evangelio, que bueno fuera que diéramos escándalo, ante la aletargada sociedad acostumbrada a lo light, y comenzáramos a dar un escándalo positivo, si el lenguaje no lo permite, por llamarlo de algún modo, con un radical testimonio de vida cristiana, que presentara a los hombres y mujeres de nuestro tiempo la alegría de hacer vida las palabras de Jesús, y que se cumpliera lo que ya Moisés en respuesta a Josué decía: “Ojalá todo el pueblo de Dios fuera profeta y descendiera sobre todos ellos el espíritu del Señor”.

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