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Domingo 15 de Febrero de 2009, 6o. Domingo Ordinario ciclo B
El evangelista San Marcos nos dice que un leproso se acercó a Jesús, se puso de rodillas y le suplicó...
La Palabra del Domingo
“Si Tú quieres, puedes curarme”
El evangelista San Marcos nos dice que un leproso se acercó a Jesús, se puso de rodillas y le suplicó: “Si Tú quieres, puedes curarme”. Jesús se compadeció de él, lo tocó y le dijo: “Sí quiero. ¡Sana!”. Inmediatamente desapareció la lepra y quedó limpio.
La lepra, infecciosa y deformante, es una de las enfermedades más antiguas. Era muy común y repudiada en los tiempos bíblicos. En el pueblo de Israel, la cuestión era más bien religiosa que médica. La ley de los judíos consideraba la lepra como castigo de Dios. Los leprosos quedaban “impuros” y eran excluidos de la comunidad. Se les obligaba a vivir aislados, en tristes condiciones de miseria y rechazo. Estaba prohibido tocarlos, y ellos tenían que anunciarse sonando una campana o gritando “¡Estoy contaminado! ¡Soy impuro!”.
Jesús curó aquel leproso, que así pudo volver a su hogar y a su pueblo. Jesús se nos presenta como Salvador y Redentor del hombre integral, en todas sus facetas y en todos los niveles. Jesús nos enseña, nos pide, nos manda, que ayudemos siempre al necesitado, en la medida que sea posible.
En la actualidad la lepra ha reducido considerablemente su incidencia y gravedad. Otras enfermedades van o vienen, son nuevas o reaparecen. El tiempo sigue su marcha. Estamos viviendo otros problemas, físicos, intelectuales y morales, que nos conducen por caminos inesperados, rectos o chuecos. La crisis financiera que hoy acusa a todo mundo, exige soluciones radicales que esperamos sean inspiradas en la justicia y la paz, la fraternidad y principalmente en el amor a Dios y al prójimo.
Sin embargo, hay otro padecimiento que hoy, más que nunca, aqueja a nuestro mundo. Es la miseria extrema, es el hambre que tortura y mata a miles y miles de seres humanos. Morir de hambre ha sido y es producto de la injusticia, de ambiciones y egoísmos de individuos y naciones que dominan, se enriquecen, no les importan el dolor y el hambre de los pobres, y son causa de numerosos conflictos sociales.
Ante esta situación inhumana clamamos al cielo. Nos urge a todos, individuos y naciones, realizar acciones inmediatas a favor de los que tienen hambre en todo el orbe; aportación económica o lo que sea necesario, pero pronto, porque el hambre no admite treguas. Los cristianos debemos unirnos a los esfuerzos de todos los hombres de buena voluntad, para desterrar las causas de estas situaciones de hambre y miseria. En nuestra comunidad hay mucho que hacer y todos podemos participar en algo. Si tu influencia es de alto nivel político, económico o social, haz lo que en conciencia debes hacer.
Amiga, amigo: Animados de fe, esperanza y caridad, acudamos a Jesús en la Eucaristía. El Señor conoce nuestras llagas, nuestra lepra especial, esa que nos deforma internamente y nos aparta de nuestros hermanos. Vamos a suplicarle humildemente: “Señor Jesús, si Tú quieres, puedes sanarme”.
“Si Tú quieres, puedes curarme”
El evangelista San Marcos nos dice que un leproso se acercó a Jesús, se puso de rodillas y le suplicó: “Si Tú quieres, puedes curarme”. Jesús se compadeció de él, lo tocó y le dijo: “Sí quiero. ¡Sana!”. Inmediatamente desapareció la lepra y quedó limpio.
La lepra, infecciosa y deformante, es una de las enfermedades más antiguas. Era muy común y repudiada en los tiempos bíblicos. En el pueblo de Israel, la cuestión era más bien religiosa que médica. La ley de los judíos consideraba la lepra como castigo de Dios. Los leprosos quedaban “impuros” y eran excluidos de la comunidad. Se les obligaba a vivir aislados, en tristes condiciones de miseria y rechazo. Estaba prohibido tocarlos, y ellos tenían que anunciarse sonando una campana o gritando “¡Estoy contaminado! ¡Soy impuro!”.
Jesús curó aquel leproso, que así pudo volver a su hogar y a su pueblo. Jesús se nos presenta como Salvador y Redentor del hombre integral, en todas sus facetas y en todos los niveles. Jesús nos enseña, nos pide, nos manda, que ayudemos siempre al necesitado, en la medida que sea posible.
En la actualidad la lepra ha reducido considerablemente su incidencia y gravedad. Otras enfermedades van o vienen, son nuevas o reaparecen. El tiempo sigue su marcha. Estamos viviendo otros problemas, físicos, intelectuales y morales, que nos conducen por caminos inesperados, rectos o chuecos. La crisis financiera que hoy acusa a todo mundo, exige soluciones radicales que esperamos sean inspiradas en la justicia y la paz, la fraternidad y principalmente en el amor a Dios y al prójimo.
Sin embargo, hay otro padecimiento que hoy, más que nunca, aqueja a nuestro mundo. Es la miseria extrema, es el hambre que tortura y mata a miles y miles de seres humanos. Morir de hambre ha sido y es producto de la injusticia, de ambiciones y egoísmos de individuos y naciones que dominan, se enriquecen, no les importan el dolor y el hambre de los pobres, y son causa de numerosos conflictos sociales.
Ante esta situación inhumana clamamos al cielo. Nos urge a todos, individuos y naciones, realizar acciones inmediatas a favor de los que tienen hambre en todo el orbe; aportación económica o lo que sea necesario, pero pronto, porque el hambre no admite treguas. Los cristianos debemos unirnos a los esfuerzos de todos los hombres de buena voluntad, para desterrar las causas de estas situaciones de hambre y miseria. En nuestra comunidad hay mucho que hacer y todos podemos participar en algo. Si tu influencia es de alto nivel político, económico o social, haz lo que en conciencia debes hacer.
Amiga, amigo: Animados de fe, esperanza y caridad, acudamos a Jesús en la Eucaristía. El Señor conoce nuestras llagas, nuestra lepra especial, esa que nos deforma internamente y nos aparta de nuestros hermanos. Vamos a suplicarle humildemente: “Señor Jesús, si Tú quieres, puedes sanarme”.