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Dios uno en tres personas distintas, centro del culto cristiano

El culto tanto a Dios Uno y Trino es el de todos y cada uno de los días

     La liturgia católica, culto oficial de la Iglesia, siempre va dirigida a adorar, alabar y dar gracias al Padre por Jesucristo en el Espíritu Santo.

La Iglesia orante es el pueblo en camino, eleva su plegaria al Padre y concluye toda oración así: “Te lo pedimos por Nuestro Señor Jesucristo, su Hijo, que contigo vive y reina en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén”.

     Todas las oraciones, el conjunto de fórmulas esparcidas en todos los países, en diversas lenguas y ritos, tienen el mismo sentido: pedir al Padre, de quien procede todo bien, toda gracia; mas al pedirle se nombra al Hijo como abogado, y al Espíritu Santo como paráclito, o sea consolador.

     Así es la plegaria dominical, y no sólo de los cincuenta y dos domingos, sino también las de todos los días, los trescientos sesenta y cinco del año.

Por tanto, el culto tanto a Dios Uno y Trino es el de todos y cada uno de los días.

     A este domingo se le ha llamado de la Santísima Trinidad, y no es fiesta, sino recordación, para avivar la fe y la devoción.

     Por voluntad del Papa Juan XXII el año 1334, fue designado el domingo siguiente a Pentecostés para avivar la fe y la devoción a Dios Uno y Trino.     

Misterio profundo e insondable al entendimiento humano

     “Es imposible alcanzar por la razón natural, el conocimiento de la Trinidad de las personas divinas”. Así, derrotado, se expresó uno de los más preclaros intelectos, Santo Tomás de Aquino. Así se declaró, después de muchos años de meditación y de largas horas de estudio de las revelaciones de Dios.

“La Trinidad es un misterio de fe en sentido estricto, uno de los misterios escondidos de Dios que no pueden ser conocidos, si no son revelados desde lo alto” (Concilio Vaticano Primero).

     Y el Hijo reveló a Dios como Padre en relación con su Hijo Único, que recíprocamente sólo es Hijo en relación a su Padre. “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mateo 11, 27). Y el Padre y el Hijo son revelados por el Espíritu Santo.

     El Espíritu Santo es enviado por el Padre y el Hijo a los apóstoles y se revela el misterio de la Santísima Trinidad.

     Esta verdad revelada ha estado en la raíz de la fe viva de la Iglesia, principalmente en el acto del bautismo.

     “El Padre es lo mismo que el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo lo mismo que el Espíritu Santo, es decir un solo Dios por naturaleza”. Esta es la confesión de fe del Concilio de Toledo del año 675.

     Sin la revelación de Jesús, la inteligencia humana no podría acercarse a este misterio. El evangelio de San Juan es fundamental en esta revelación. Empieza así: “En el principio existía el Verbo y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios... y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.

     Concluye y culmina con la despedida del Señor en la Última Cena, y se completa con el envío de sus discípulos: que vayan a todo el mundo y sean sus testigos, y prediquen y bauticen en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. 

     El Padre es revelado como fuente de amor y envía a su Hijo, no para condenar al mundo, sino para que lo salve. Y el Padre y el Hijo envían al Espíritu Santo para llevar a término la obra.

“La gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con ustedes”

     El saludo es un deseo de un bien a la persona o personas a quienes se dirige esa expresión de afecto y de buenos deseos. Por eso “negar el saludo es un mal signo, porque han quedado rotos los vínculos de afecto, de amistad”.

     San Pablo en sus cartas envía siempre saludos afectuosos a las comunidades de cristianos, a quienes por estar ausente él, les transmite las enseñanzas, el fuego de su amor a Cristo y a veces amonestaciones. Todo para bien de ellos, porque los ama en el Señor.

     A la comunidad de Corinto, puerto en el sur de Grecia, Pablo les escribió dos extensas cartas con profundas enseñanzas. Había sido el temible fariseo Saulo de Tarso, educado en la ley y los profetas, a los pies del maestro Gamaliel; mas desde el momento en que sus ojos se abrieron a la luz --su conversión en el camino de Damasco-- y encontró la Buena Nueva, Pablo dijo: “Desde que encontré a Cristo, todo lo demás lo considero basura”.   

Por eso, a partir de entonces sus palabras son fuego y sus cartas son el reflejo del hombre feliz, entregado a predicar y ser testigo de Cristo entre los gentiles.

      Cierra la segunda carta a los corintios con este saludo trinitario, que invoca la presencia de Dios Uno en tres Personas, en sus amados hijos a quienes engendró en la fe.

Creer que Jesús es hijo de Dios es creer en la Trinidad  

     Creer que Jesús es Hijo de Dios, es creer en el misterio de que el Verbo de Dios tomó carne en el seno de María Virgen y se hizo presente en medio de los hombres. Creer en Jesús es creer en el amor de Dios: “Dios ha manifestado su amor por nosotros, al enviar a su único Hijo al mundo”. (1a. Carta de San Juan 4, 9).

     Jesús vino del Padre y les anunció: “Voy al Padre y no me verán más” (Juan 16, 10).

     Creer que Jesús es Dios, es creer en el misterio del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo: tres personas distintas y un solo Dios. “El Abogado, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho” (Juan 14, 23).

“En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”

      Así nacen como hijos de Dios los afortunados regenerados no por el bautismo de Juan, sino por el bautismo con fuego y el Espíritu Santo, el de Cristo.

      Así también el creyente, al iniciar la oración, hace la señal de la cruz en la frente, en el pecho, de hombro a hombro y dice: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

También al iniciar un trabajo, un camino, hasta un partido de futbol, la señal de la cruz y esa invocación son la puerta de ingreso.

“Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo”

     A esta alabanza se le llama doxología. Doxa, gloria; logos, palabra. Es la glorificación no sólo con palabras, sino confesión de fe y aclamación de amor. Así también se invoca a Dios Uno y Trino, para tenerlo presente, cerca en las alegrías y en las penas de la vida cotidiana.

     No querer escudriñar, sino alabar. San Gregorio Nacianceno, sabio del siglo IV, escribió: “Aunque seas más perspicaz y tengas más talento que otros, serás, sin embargo, tam inferior a la verdad cuanta es la diferencia que existe entre tu esencia y la esencia de Dios”.

     El creyente espera llegar y ver; tener conocimiento perfecto de la Santa Trinidad. Mientras tanto, con la fe, que es ciega, basta decir con fervor: ¡Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo!

José R. Ramírez Mercado    

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