Suplementos

Dios da en abundancia y pide sin condiciones

Hoy nos toca sentarnos a reflexionar seriamente acerca de lo que nos han dejado estas fiestas

     Después de haber echado al vuelo las campanas y lanzado vivas al por mayor, quemando cohetes y luces de colores, hoy nos toca sentarnos a reflexionar seriamente acerca de lo que nos han dejado estas fiestas, y qué es lo que de verdad queremos lograr en nuestra vida.

     Es verdad que muchas cosas pedimos a Dios y alzamos las manos al cielo, y no siempre logramos aquello que pedimos ni conseguimos todo lo que deseamos.

     Pero nunca llegamos a fondo a darnos cuenta del porqué. No llegamos a tocar realidades que están muy en frente a nuestros ojos... tendríamos que sentarnos a meditar la página del Evangelio que hoy se pone a nuestra consideración.

     Pero como siempre, lo que hacemos es aplicársela a otros. Cierto, las palabras de Jesús son fuertes, pero “no son para mí”, decimos. “Yo no soy tan rico como aquel hombre que comía opíparamente todos los días, ni tengo a mi puerta un mendigo que me pide aunque sean migajas”.

     “Esta página es para los ricos”, seguimos afirmando. Y por eso nos hacemos a un lado...

     Y fíjate que no. Esta página es también para los que tienen poco y no saben compartir, para los que regatean y escatiman el amor a su familia, para los que no saben dar un poco de lo mucho que Dios les da y de lo que ha puesto en su corazón.

     No se trata de hacer comparaciones: si otro tiene más que yo, tanto en bienes o en dones personales, ya sea físicos, intelectuales o espirituales... Lo importante es saber compartir, y como decía la Madre Teresa, “dar hasta que duela”.

     Aprender a compartir, aprender a dar, es aprender la gran lección de Cristo Jesús, que primero nos puso el ejemplo dando todo lo que sabía, lo que tenía, y al final completó dando su propia vida...

    Es triste ver padres que no dan a sus hijos el tiempo y el cariño que merecen, porque no tienen tiempo, porque tienen cosas importantes qué hacer, porque con sus amigos gastan y malgastan tiempo y dinero que en resumidas cuentas están robando al hogar.

     Saber compartir es algo que tenemos que aprender, porque desafortunadamente no nos lo enseñan de niños, ni en la casa ni en la escuela; no tenemos modelos a la vista, no sabemos cómo hacerlo... Y cuando viene Jesús y nos pone un ejemplo como caso extremo, olímpicamente afirmamos: “eso no es para mí, eso es para los otros”...

     Sin embargo, mientras vamos por este mundo todos tenemos necesidades, todos esperamos a los otros, y a todos nos toca compartir y dar sin condiciones, sin decir: “es que a mí me ha costado, yo me lo he ganado, aquel no se ha esforzado suficientemente, ha malgastado lo que le ha caído a las manos”.

     Todo eso no nos toca juzgarlo; la parte del otro tendrá que llevarla en sus manos y presentarse con ella ante Dios. Si todos pensáramos igual, ninguno tendría el compromiso y la obligación de compartir.

     Pero si todos actuáramos como el Señor Jesús nos pide, nuestro mundo sería una antesala del cielo, porque al dar sin condiciones, nos pondríamos en la situación privilegiada de recibir con abundancia los dones divinnos que se nos ofrecen en diferentes formas.

     Este es el camino que el Señor Jesús nos ha enseñado, para llegar a disfrutar de los bienes eternos en un futuro y de los que están a nuestro alcance mientras caminamos por este mundo.

María Belén Sánchez fsp

Temas

Sigue navegando