Suplementos
Dignidad y trascendencia humanas
poco se aborda en muchos ámbitos, las raíces profundas que nos revela la antropología cristiana
Hoy en día se habla mucho de la violencia, de los crímenes, de las injusticias, de los abusos, de la corrupción; así mismo, de sus actores: delincuentes, organizados o no; personas que por sus vicios cometen actos contra la ley; instituciones incapaces de dar una solución adecuada y total a esta problemática; leyes insuficientes o anacrónicas en la aplicación de la ley y la justicia, etc.
Se habla también y se discute mucho acerca de las causas de todo esto, desde diferentes puntos de vista, desde distintas disciplinas, ciencias, etc.
Sin embargo, poco se aborda en muchos ámbitos, las raíces profundas que nos revela la antropología cristiana, de todos estos males, de todas las actitudes y acciones inhumanas que se cometen, de toda esa deshumanización que prevalece en nuestra sociedad; dichas raíces que son el desconocimiento, la ignorancia o la minimización de la inmensa dignidad y la sublime ignorancia del ser humano. Y así, la mayoría de ellos no las toman en cuenta en su conducta cotidiana y cometen acciones ilegales que, dependiendo de su conocimiento o ignorancia y de otros factores, van desde un sencillo acto de corrupción, hasta los más desalmados crímenes. Por lo tanto, todo análisis que omita esta visión está incompleto, máxime si a propósito, y muchas veces anticipadamente, se le desacredita y descalifica.
El Evangelio de este quinto domingo de Cuaresma, nos motivó a hacer una breve reflexión acerca de ello.
Comenzamos recordando aquella conocida frase “conócete a ti mismo”, y su complemento: “y sé lo que eres”; ésta sintetiza toda una antropología y una ética fundada en una visión realista y objetiva. El hombre posee una naturaleza que por haberle sido dada, debe reconocer, respetar y realizar: es un ser dotado de inteligencia y voluntad y un ser libre. En razón de su inteligencia está llamado a conocer la verdad, y en razón de su voluntad está llamado a amar el bien. Existe un impulso natural en el hombre, que le mueve a todo aquello que le perfecciona. El destino y la dignidad del hombre radican en la vida virtuosa, único medio para lograr una adecuada “apropiación” de la condición humana. Prudencia, justicia, fortaleza y templanza; he aquí las virtudes a cultivar en cada uno de nosotros. En el campo de lo social: especialmente la justicia y la solidaridad.
Por su parte, el cristianismo ha completado muchos valores humanos y culturales con la revelación de que el hombre es imagen y semejanza de Dios. En esto, en última instancia, radica la autética y más profunda dignidad del hombre: en vivir de conformidad con su carácter de “imagen y semejanza de Dios”. Contamos para ello con un ejemplo y guía de lo que es realizar tal imagen y semejanza; ese ejemplo es Jesucristo. Imitar a Cristo significa vivir según la caridad, lo cual conlleva vivir en el amor, llegando hasta la propia negación de sí mismo en pos de los demás, por amor a Dios.
Éste es el desafío a que nos enfrenta la vida: o pretender realizarnos humanamente, pero al margen de Dios, o forjar un nuevo humanismo a imitación de Cristo: el nuevo hombre en Cristo resucitado.
En la concepción bíblica, la dignidad del hombre tiene el triple fundamento en su origen divino, en su calidad de imagen y semejanza a Dios y en su finalidad en el Creador mismo.
Así pues, se ignora o se banaliza esta dignidad tanto como la trascendencia que ésta conlleva; es decir, la realidad, la verdad de que el hombre trasciende esta vida humana, material, y después de la muerte tiene que enfrentar el juicio de Dios para, conforme a éste, vivir una vida de eterna felicidad en la presencia de Él, o bien una vida de eterna infelicidad y sufrimiento, lejos de Él y de su amor.
Al desconocer esta gran verdad, o bien al no creer en ella, se piensa que todo termina aquí, que la vida acaba con la muerte fisica, que no hay nada después de ésta, y por lo tanto hay que gozarla en grande a costa de todo.
En el pasaje evangélico de hoy, precisamente, Jesús nos habla de la resurrección que experimentará todo ser humano, al decir: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás”. Con estas palabras, Jesús corrobora la dignidad y la trascendencia de las que hoy hemos reflexionado.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx
Se habla también y se discute mucho acerca de las causas de todo esto, desde diferentes puntos de vista, desde distintas disciplinas, ciencias, etc.
Sin embargo, poco se aborda en muchos ámbitos, las raíces profundas que nos revela la antropología cristiana, de todos estos males, de todas las actitudes y acciones inhumanas que se cometen, de toda esa deshumanización que prevalece en nuestra sociedad; dichas raíces que son el desconocimiento, la ignorancia o la minimización de la inmensa dignidad y la sublime ignorancia del ser humano. Y así, la mayoría de ellos no las toman en cuenta en su conducta cotidiana y cometen acciones ilegales que, dependiendo de su conocimiento o ignorancia y de otros factores, van desde un sencillo acto de corrupción, hasta los más desalmados crímenes. Por lo tanto, todo análisis que omita esta visión está incompleto, máxime si a propósito, y muchas veces anticipadamente, se le desacredita y descalifica.
El Evangelio de este quinto domingo de Cuaresma, nos motivó a hacer una breve reflexión acerca de ello.
Comenzamos recordando aquella conocida frase “conócete a ti mismo”, y su complemento: “y sé lo que eres”; ésta sintetiza toda una antropología y una ética fundada en una visión realista y objetiva. El hombre posee una naturaleza que por haberle sido dada, debe reconocer, respetar y realizar: es un ser dotado de inteligencia y voluntad y un ser libre. En razón de su inteligencia está llamado a conocer la verdad, y en razón de su voluntad está llamado a amar el bien. Existe un impulso natural en el hombre, que le mueve a todo aquello que le perfecciona. El destino y la dignidad del hombre radican en la vida virtuosa, único medio para lograr una adecuada “apropiación” de la condición humana. Prudencia, justicia, fortaleza y templanza; he aquí las virtudes a cultivar en cada uno de nosotros. En el campo de lo social: especialmente la justicia y la solidaridad.
Por su parte, el cristianismo ha completado muchos valores humanos y culturales con la revelación de que el hombre es imagen y semejanza de Dios. En esto, en última instancia, radica la autética y más profunda dignidad del hombre: en vivir de conformidad con su carácter de “imagen y semejanza de Dios”. Contamos para ello con un ejemplo y guía de lo que es realizar tal imagen y semejanza; ese ejemplo es Jesucristo. Imitar a Cristo significa vivir según la caridad, lo cual conlleva vivir en el amor, llegando hasta la propia negación de sí mismo en pos de los demás, por amor a Dios.
Éste es el desafío a que nos enfrenta la vida: o pretender realizarnos humanamente, pero al margen de Dios, o forjar un nuevo humanismo a imitación de Cristo: el nuevo hombre en Cristo resucitado.
En la concepción bíblica, la dignidad del hombre tiene el triple fundamento en su origen divino, en su calidad de imagen y semejanza a Dios y en su finalidad en el Creador mismo.
Así pues, se ignora o se banaliza esta dignidad tanto como la trascendencia que ésta conlleva; es decir, la realidad, la verdad de que el hombre trasciende esta vida humana, material, y después de la muerte tiene que enfrentar el juicio de Dios para, conforme a éste, vivir una vida de eterna felicidad en la presencia de Él, o bien una vida de eterna infelicidad y sufrimiento, lejos de Él y de su amor.
Al desconocer esta gran verdad, o bien al no creer en ella, se piensa que todo termina aquí, que la vida acaba con la muerte fisica, que no hay nada después de ésta, y por lo tanto hay que gozarla en grande a costa de todo.
En el pasaje evangélico de hoy, precisamente, Jesús nos habla de la resurrección que experimentará todo ser humano, al decir: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás”. Con estas palabras, Jesús corrobora la dignidad y la trascendencia de las que hoy hemos reflexionado.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx