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Destino con alma rural

Tlayacapan forma parte del programa de los Pueblos Mágicos

GUADALAJARA, JALISCO (20/MAR/2016).- Muchas veces antes de viajar nos preguntamos qué es lo que haremos en el destino al que vamos. ¿Recorrer sus calles y sumergirte en su historia? ¿Escuchar su música y empaparte de su cultura? ¿Explorar su gastronomía y disfrutar de sus sabores? La tentación siempre será hacer un poco de todo, y en este caso, Tlayacapan (Morelos), un es pueblo perfecto para ponerlo en práctica, un espacio donde el tiempo parece que se detuvo.

Comencemos con lo de cajón: El nombre de Tlayacapan proviene de náhuatl tlal-li, “tierra”; yaka-tl, “nariz” o “punta” y pan que es un locativo, por lo que más o menos de forma literal significa “La nariz de la tierra”. Se encuentra a 10 minutos de Oaxtepec y aunque forma parte del programa de los Pueblos Mágicos, en realidad jamás ha hecho falta esa etiqueta para sentir que tiene un encanto muy particular.

Ahora vamos con lo que no viene en los libros y vale mucho la pena disfrutar en vivo. El clima siempre cálido, como si la primavera se hubiera anclado aquí de forma caprichosa. Su gente es trabajadora y laboriosa. Las manos de sus artesanos eran famosas en la época prehispánica por su agilidad, un atributo que no han perdido en el México actual. Observa sus artesanías y verás el porqué de estas palabras.

Encantos arquitectónicos

Al llegar a Tlayacapan, la recomendación de siempre va a ser visitar el Ex Convento de San Juan Bautista (que de hecho forma parte de la Ruta de Conventos de la región). Fue construido en 1534 por los frailes agustinos que llegaron a la región durante la conquista de México y desde 1996 es considerado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Sus murales son fastuosos, y a eso agrega que tiene ¡momias! De acuerdo a Visitmexico.com, “se dice que pertenecen principalmente a niños y adolescentes de familias colonizadoras pudientes, por lo que gozaron del privilegio de ser enterrados ‘más cerca de Dios’”.

El primer cuadro de la ciudad tiene una sorpresa más, pues su hermoso Palacio Municipal es el más antiguo de México -fue construido en el siglo XVI-. También vale la pena que te des una vuelta por el Centro Cultural la Cerería, construido también en el siglo XVI. El nombre viene al caso porque era una fábrica de velas, que adquirían los viajeros que venían del Sur de nuestro país con rumbo a Tenochtitlán. En alguna época hasta fue cuartel de Emiliano Zapata, aunque ahora es un centro cultural donde se expone la historia y costumbres de la ciudad.

Recuerdos para llevar y saborear

Ir a un Pueblo Mágico y no comprar artesanía es como no haber ido. Aquí puedes adquirir las tradicionales velas de escamas o alfarería en barro (ya sea vidriado, bruñido o pintado). También son muy buenas y lindas las cazuelas u ollas (en siglos pasados los viajeros apreciaban mucho esta mercancía en particular).

Los sábados y domingos se ponen tianguis de alfareros en el Centro, una tradición que se remonta muy atrás en el tiempo.

Pero no todo son ollas y velas. Si te ataca el hambre, aquí encontrarás bastantes platillos típicos para saciar tu apetito. El mixiote de carnero es una delicia bárbara, pero no se digan su cecina, huaraches y quesadillas rellenas de “chales” (gorditos de chicharrón fritos). El café de la región también es una delicia, y no se diga sus frutas al horno.

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