Suplementos
Darle gloria, dando frutos
De acuerdo al diccionario de términos bíblicos, por gloria se entiende como la manifestación de las perfecciones de alguien
“La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos” (Jn 15, 8). Esto afirmó Jesús ante sus discípulos en el contexto de la revelación que Él hace del nuevo mandamiento, el del amor al prójimo.
Ahora bien, de acuerdo al diccionario de términos bíblicos, por gloria se entiende como la manifestación de las perfecciones de alguien, y por tanto, la de Dios es la Gloria por excelencia, la mayor y más resplandeciente en el cielo. Para nosotros significa fama, renombre, celebridad.
Sin embargo, en sus raíces originales, este término tiene un significado más profundo. En hebreo, gloria corresponde a nuestra palabra peso: es el valor bien pesado y evaluado, la importancia; por tanto, aun en donde no hay celebridad, puede haber gran gloria.
Por lo que toca a la gloria de Dios, se puede afirmar que es el mismo Dios, o su manifestación a los hombres, su poder salvador, por lo que para los hombres, el hecho de glorificarlo implica reconocer y alabar su valor con palabras y con hechos, y por ende honrarlo y adorarlo.
De ahí la inmensa trascendencia de esa sentencia de Jesús que hemos transcrito al principio de este artículo.
Trascendencia, porque se trata de la gloria nada menos que de Dios Todopoderoso y omnisciente; de nuestro Creador, nuestro Redentor; nuestro Padre amoroso y misericordioso; es decir de su peso, su valor, su importancia.
Sin embargo, Él no necesita de nuestra glorificación; mas, por su infinita sabiduría, bondad, amor y en sus inescrutables designios, ha querido que nosotros, sus “hijos en el Hijo”, podamos glorificarlo, pues ello es para el bien de nosotros, y no sólo un bien pasajero, sino nuestro bien trascendente, espiritual, nuestra salvación y felicidad eterna, ¡nuestra glorificación!
Por ello, el hecho de que nosotros lo glorifiquemos no aumenta su Gloria; por lo mismo, si dejamos de hacerlo, no la disminuye. Ello, por tanto, redunda en nuestro propio beneficio o perjuicio.
De ahí que dicha glorificación está en función de que nosotros, como sus hijos, discípulos de Jesús y misioneros de su Palabra en su Iglesia, seamos en nuestra vida como bautizados, como cristianos-católicos --como se dice en el argot empresarial laboral--, eficientes y eficaces: que demos frutos, y frutos abundantes. Y no sólo eso, sino también frutos buenos, de excelencia, finos, exquisitos, porque se corre el riesgo de dar muchos, pero quizá agrestes, amargos, descompuestos o hasta podridos.
Nadie que haya recibido el sacramento del Bautismo por el cual recibimos el Espíritu Santo, y con Él la gracia divina --es decir la amistad con Dios que nos capacita para que, como lo afirmó Cristo, “creyendo en Él, hacer también las obras que Él hacía, y aun mayores (Cfr Jn 14 12)--, está exento de producir
copiosos frutos.
En dicho sacramento nos es sembrada la semilla perfecta, la cual hemos de cuidar, cultivar y hacer crecer, para que en su momento fructifique. Y como el fruto que nos pide el Señor es un fruto de amor, la semilla se cuida, se cultiva y se hace fructificar, amando: a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas, y a nuestro prójimo como Jesús nos amó.
Hoy, el Evangelio que nos presenta la Iglesia en la liturgia dominical, nos habla de cómo Jesús el Sembrador sale a sembrar la semilla en diferentes tipos de tierra, y cómo, dependiendo de éstos, es la productividad de las mismas desde cero, o nula, hasta el ciento por uno, pasando por el 30 y el 60 por uno.
Estamos, pues, destinados a dar gloria a Dios, y si lo glorificamos dando cuantiosos frutos de amor --a Él, reconociéndolo como nuestro único Dios y Señor, honrándolo y adorándolo, y desde luego obedeciéndolo y dependiendo de Él, y a la par, respetando, comprendiendo, tolerando, perdonando, siendo solidarios y caritativos con nuestros hermanos, especialmente los más necesitados--, Él nos glorificará. Es decir, nos reconocerá ante sí mismo, ante la corte celestial y ante la Iglesia triunfante, purgante y militante, y nos dará
el premio eterno que conocemos como su Gloria; que, más que un lugar, es un estado de dicha, de .plenitud, de gracia y amistad sobrenatural, pues se trata, precisamente, de estar unidos íntima y estrechamente a Él, sin nada que distraiga, que obstaculice, que impida el amor mutuo pleno entre Padre e hijo.
Convendría revisar nuestra vida para ser conscientes de cuántos y qué tipos de frutos estamos dando, para, si es necesario, enmendar nuestro camino... ¿no creen?
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx
Ahora bien, de acuerdo al diccionario de términos bíblicos, por gloria se entiende como la manifestación de las perfecciones de alguien, y por tanto, la de Dios es la Gloria por excelencia, la mayor y más resplandeciente en el cielo. Para nosotros significa fama, renombre, celebridad.
Sin embargo, en sus raíces originales, este término tiene un significado más profundo. En hebreo, gloria corresponde a nuestra palabra peso: es el valor bien pesado y evaluado, la importancia; por tanto, aun en donde no hay celebridad, puede haber gran gloria.
Por lo que toca a la gloria de Dios, se puede afirmar que es el mismo Dios, o su manifestación a los hombres, su poder salvador, por lo que para los hombres, el hecho de glorificarlo implica reconocer y alabar su valor con palabras y con hechos, y por ende honrarlo y adorarlo.
De ahí la inmensa trascendencia de esa sentencia de Jesús que hemos transcrito al principio de este artículo.
Trascendencia, porque se trata de la gloria nada menos que de Dios Todopoderoso y omnisciente; de nuestro Creador, nuestro Redentor; nuestro Padre amoroso y misericordioso; es decir de su peso, su valor, su importancia.
Sin embargo, Él no necesita de nuestra glorificación; mas, por su infinita sabiduría, bondad, amor y en sus inescrutables designios, ha querido que nosotros, sus “hijos en el Hijo”, podamos glorificarlo, pues ello es para el bien de nosotros, y no sólo un bien pasajero, sino nuestro bien trascendente, espiritual, nuestra salvación y felicidad eterna, ¡nuestra glorificación!
Por ello, el hecho de que nosotros lo glorifiquemos no aumenta su Gloria; por lo mismo, si dejamos de hacerlo, no la disminuye. Ello, por tanto, redunda en nuestro propio beneficio o perjuicio.
De ahí que dicha glorificación está en función de que nosotros, como sus hijos, discípulos de Jesús y misioneros de su Palabra en su Iglesia, seamos en nuestra vida como bautizados, como cristianos-católicos --como se dice en el argot empresarial laboral--, eficientes y eficaces: que demos frutos, y frutos abundantes. Y no sólo eso, sino también frutos buenos, de excelencia, finos, exquisitos, porque se corre el riesgo de dar muchos, pero quizá agrestes, amargos, descompuestos o hasta podridos.
Nadie que haya recibido el sacramento del Bautismo por el cual recibimos el Espíritu Santo, y con Él la gracia divina --es decir la amistad con Dios que nos capacita para que, como lo afirmó Cristo, “creyendo en Él, hacer también las obras que Él hacía, y aun mayores (Cfr Jn 14 12)--, está exento de producir
copiosos frutos.
En dicho sacramento nos es sembrada la semilla perfecta, la cual hemos de cuidar, cultivar y hacer crecer, para que en su momento fructifique. Y como el fruto que nos pide el Señor es un fruto de amor, la semilla se cuida, se cultiva y se hace fructificar, amando: a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas, y a nuestro prójimo como Jesús nos amó.
Hoy, el Evangelio que nos presenta la Iglesia en la liturgia dominical, nos habla de cómo Jesús el Sembrador sale a sembrar la semilla en diferentes tipos de tierra, y cómo, dependiendo de éstos, es la productividad de las mismas desde cero, o nula, hasta el ciento por uno, pasando por el 30 y el 60 por uno.
Estamos, pues, destinados a dar gloria a Dios, y si lo glorificamos dando cuantiosos frutos de amor --a Él, reconociéndolo como nuestro único Dios y Señor, honrándolo y adorándolo, y desde luego obedeciéndolo y dependiendo de Él, y a la par, respetando, comprendiendo, tolerando, perdonando, siendo solidarios y caritativos con nuestros hermanos, especialmente los más necesitados--, Él nos glorificará. Es decir, nos reconocerá ante sí mismo, ante la corte celestial y ante la Iglesia triunfante, purgante y militante, y nos dará
el premio eterno que conocemos como su Gloria; que, más que un lugar, es un estado de dicha, de .plenitud, de gracia y amistad sobrenatural, pues se trata, precisamente, de estar unidos íntima y estrechamente a Él, sin nada que distraiga, que obstaculice, que impida el amor mutuo pleno entre Padre e hijo.
Convendría revisar nuestra vida para ser conscientes de cuántos y qué tipos de frutos estamos dando, para, si es necesario, enmendar nuestro camino... ¿no creen?
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx