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DE VIAJES…y aventuras
“La Odisea de Don Tomás”
Don Tomás es un personaje como sacado de una novela de esas de la cristiada o algo así. De esa gente que pareciendo de las de antes, es muy de ahora pronto. Siendo puro corazón el hombre, es firme como todo buen líder, y es cabeza de equipo por que tiene tanto cabeza como corazón; así lo sentimos los que tenemos la suerte de estar cerca de el.
Pedro Garfias un día dijo “qué blando con las espigas… y qué duro con las espuelas”, y concluía con un rotundo “… capitán de la cabeza a los pies” mientras describía al Capitán Ximeno; y así es, ni más ni menos mi amigo Tomás Zertuche.
Grande. Voluminoso. Ventrudo. Barbicerrado. Cejijunto. Nariz ganchuda. Bigote espeso (cual debe). Hablar pausado (espaciado y con notorio acento norteño). Dicharachero. Agudo en sus decires y reflexivo en sus aseveraciones. Nada serio (por fortuna). Siempre amable y alegre (por lo que muchas veces se toman sus pensamientos a la ligera). Amigo como pocos.
De impresionante mirada extraña que celosa se asoma entre sus pequeños ojos enrojecidos (que debe ser, creo, para que no se le salgan las gratas memorias de los ángeles que tantos años tuvieron delante de ellos).
De sus hombros parecieran surgir el par de tirantes que tanto retienen como enmarcan el gran bule de felicidad que su cinturón se empeña en contener.
El sombrero de ala ancha de los que usan los meros machos de por allá de Guachinango viene a completar la imagen del personaje al que tuve el gusto de invitar a hacer una caminata por las barrancas del Río Verde, allá por los rumbos de Acatic en Los Altos de Jalisco.
La barranca estaba francamente espléndida. El yerbajal, ahora con el tiempo de aguas, había crecido rebolludo a más no poder. El agua escurría por cuanta quebrada se hacía entre cerros y barrancones. Zenzontles y jilgueros con sus cantos misteriosos que repiqueteaban entre los enormes paredones, hacían de aquello un pequeño paraíso.
Los nubarrones que hablaban de las aguas que ya habían caído, nos hacían saber del resbaloso lodo que se había formado en las veredas.
Una media hora de caminata suave es lo que se necesita para bajar hasta la huerta de mangos que está a la vera del río- nos dijo el despistado biólogo que era nuestro guía.
La “media hora” se convirtió (como siempre) en dos y media; y como la lluvia, lo verde, las vistas, la plática y lo bonito del lugar, nuestro amigo bajó hasta abajo.
Hasta mero abajo donde, entre mangos y hojarasca, el río embravecido, la lluvia y la noche que se veía venir… no tuvimos mas que darle una mordida a la torta apachurrada que traíamos en la mochila maromeada y enlodada y… emprender el camino de regreso.
Y como la física nunca falla y… “todo lo que baja tiene que subir” comprendimos que contra lo que había que luchar era contra la gravedad.
Unos cargábamos botas, mochila, catalejos, cámaras, ropa empapada, el tequila y las cervezas que no habíamos podido consumir y… nuestro amigo Don Tomás, además de cargar con todo eso… tendría que llevar hasta arriba y venciendo a las leyes de la física, el voluminoso cargamento que su cinturón y los tirantes no le dejaban deshacerse de el.
-Paso a paso, le dijimos, prisa no hay -se lo repetíamos a cada instante.
-No voltees pa`rriba –le decíamos mientras mirábamos el inmenso paredón que nos amenazaba.
Para no hacer el cuento largo… la “media hora” de Miguel Cházaro nuestro amigo biólogo, se convirtió en cuatro horas y media de bufidos, resoplidos y mentadas (como la del gobernador) en donde, al jalón de uno y empujón de pompas del que iba atrás, logramos llegar a salvo y con Don Tomás entero y rozagante, hasta donde ya se veía el parejo.
Un par de “roncos” (ron con coca) en la troca donde Miguel Losa de ahí de Acatic nos esperaba, nos hicieron olvidar todas las penurias por las que pasamos en el ascenso. La hermosa familia de Luis y Luisa, que viven a la orilla de la barranca con sus cuatro hijitos que parecen sacados del mismo molde, fueron los que completaron la dicha de ver aquel atardecer sobre la barranca sanos y salvos, recargados en una cerca de piedra y muertos de la risa al oír a nuestro amigo relatar sus cuitas con la gracia y el saber vivir que siempre le pone a su vida a pesar de toda circunstancia.
Una gran excursión y un gran amigo fue lo que encontramos allá abajo cerca del Río Verde.
deviajesyaventuras@informador.com.mx
Pedro Garfias un día dijo “qué blando con las espigas… y qué duro con las espuelas”, y concluía con un rotundo “… capitán de la cabeza a los pies” mientras describía al Capitán Ximeno; y así es, ni más ni menos mi amigo Tomás Zertuche.
Grande. Voluminoso. Ventrudo. Barbicerrado. Cejijunto. Nariz ganchuda. Bigote espeso (cual debe). Hablar pausado (espaciado y con notorio acento norteño). Dicharachero. Agudo en sus decires y reflexivo en sus aseveraciones. Nada serio (por fortuna). Siempre amable y alegre (por lo que muchas veces se toman sus pensamientos a la ligera). Amigo como pocos.
De impresionante mirada extraña que celosa se asoma entre sus pequeños ojos enrojecidos (que debe ser, creo, para que no se le salgan las gratas memorias de los ángeles que tantos años tuvieron delante de ellos).
De sus hombros parecieran surgir el par de tirantes que tanto retienen como enmarcan el gran bule de felicidad que su cinturón se empeña en contener.
El sombrero de ala ancha de los que usan los meros machos de por allá de Guachinango viene a completar la imagen del personaje al que tuve el gusto de invitar a hacer una caminata por las barrancas del Río Verde, allá por los rumbos de Acatic en Los Altos de Jalisco.
La barranca estaba francamente espléndida. El yerbajal, ahora con el tiempo de aguas, había crecido rebolludo a más no poder. El agua escurría por cuanta quebrada se hacía entre cerros y barrancones. Zenzontles y jilgueros con sus cantos misteriosos que repiqueteaban entre los enormes paredones, hacían de aquello un pequeño paraíso.
Los nubarrones que hablaban de las aguas que ya habían caído, nos hacían saber del resbaloso lodo que se había formado en las veredas.
Una media hora de caminata suave es lo que se necesita para bajar hasta la huerta de mangos que está a la vera del río- nos dijo el despistado biólogo que era nuestro guía.
La “media hora” se convirtió (como siempre) en dos y media; y como la lluvia, lo verde, las vistas, la plática y lo bonito del lugar, nuestro amigo bajó hasta abajo.
Hasta mero abajo donde, entre mangos y hojarasca, el río embravecido, la lluvia y la noche que se veía venir… no tuvimos mas que darle una mordida a la torta apachurrada que traíamos en la mochila maromeada y enlodada y… emprender el camino de regreso.
Y como la física nunca falla y… “todo lo que baja tiene que subir” comprendimos que contra lo que había que luchar era contra la gravedad.
Unos cargábamos botas, mochila, catalejos, cámaras, ropa empapada, el tequila y las cervezas que no habíamos podido consumir y… nuestro amigo Don Tomás, además de cargar con todo eso… tendría que llevar hasta arriba y venciendo a las leyes de la física, el voluminoso cargamento que su cinturón y los tirantes no le dejaban deshacerse de el.
-Paso a paso, le dijimos, prisa no hay -se lo repetíamos a cada instante.
-No voltees pa`rriba –le decíamos mientras mirábamos el inmenso paredón que nos amenazaba.
Para no hacer el cuento largo… la “media hora” de Miguel Cházaro nuestro amigo biólogo, se convirtió en cuatro horas y media de bufidos, resoplidos y mentadas (como la del gobernador) en donde, al jalón de uno y empujón de pompas del que iba atrás, logramos llegar a salvo y con Don Tomás entero y rozagante, hasta donde ya se veía el parejo.
Un par de “roncos” (ron con coca) en la troca donde Miguel Losa de ahí de Acatic nos esperaba, nos hicieron olvidar todas las penurias por las que pasamos en el ascenso. La hermosa familia de Luis y Luisa, que viven a la orilla de la barranca con sus cuatro hijitos que parecen sacados del mismo molde, fueron los que completaron la dicha de ver aquel atardecer sobre la barranca sanos y salvos, recargados en una cerca de piedra y muertos de la risa al oír a nuestro amigo relatar sus cuitas con la gracia y el saber vivir que siempre le pone a su vida a pesar de toda circunstancia.
Una gran excursión y un gran amigo fue lo que encontramos allá abajo cerca del Río Verde.
deviajesyaventuras@informador.com.mx