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¿Cuánto vale tu palabra?
El segundo mandamiento de la Ley de Dios dice que no hay que jurar en el nombre de Dios en vano
El segundo mandamiento de la Ley de Dios dice que no hay que jurar en el nombre de Dios en vano, o sea para sostener o afirmar mentiras.
Pero Jesús dice: No hay que jurar nunca, ni por el nombre de Dios, ni por el cielo, ni por el templo, ni por nada.
Esto va a relacionarse con el otro mandamiento que prohíbe la mentira en todas sus formas. Mentir siempre es malo, y perjudica primeramente a quien miente.
Antiguamente se consideraba persona de calidad, a quienes sabían sostener y cumplir su palabra aún en contra de vientos y mareas... En la actualidad este valor se ha deteriorado, al punto de que cualquiera es capaz de hacer promesas y juramentos que ni en sueños tiene la intención de cumplir.
Verdad de Dios
Es una frase que algunos dicen para jurar, y mientras por el hecho mismo de mencionar el nombre de Dios para apoyar nuestras palabras, es ya una falta de respeto a su grandeza, si se le llama falsamente la cosa empeora.
Bien podríamos escuchar la voz de nuestro Padre Dios que desde el cielo nos dijera como antiguamente decían los chicos del pueblo, cuando uno de sus compañeros le llamaba para apoyarlo:
-- ¿Verdá tú?
Y el otro respondía muy digno:
-- Yo no soy testi de menti...
Por ésta, que es cierto
Esta es otra afirmación que equivale al juramento, cuando al besar la cruz que forma con sus dedos dice: “Por esta...”.
Y lo cierto es que tampoco nuestro Señor Jesucristo quiere andar por allí haciéndole el juego a los que no confían en su propia palabra, o que de plano ni siquiera saben qué valor tiene una verdad dicha o una promesa hecha.
Existe en la historia un relato del Cid Campeador, quien pidió un préstamo a unos judíos dándoles como garantía unos cofres llenos de arena. Cuando regresó de la guerra mandó a que se pagara dicha deuda diciendo que “aunque lo que guardan es arena, quedó en ellos enterado el oro de mi verdad...”.
Verdades y mentiras en familia
Este es otro asunto muy delicado que tiene mucho que ver con lo que estamos tratando. Si los padres mienten a sus hijos, aunque éstos sean pequeños, se dan cuenta y los papás van perdiendo credibilidad.
Y viene luego el asunto de las promesas que nunca llegan a cumplirse.
Y si se amenaza con castigos y no se mantiene, también se deteriora la palabra de los mayores.
-- Si repruebas, no habrá vacaciones.
Y al final... ¡Vámonos pues a la playa!
Cuidado con los castigos
Por otra parte, es muy delicado lanzar amenazas de castigo en momentos de ira, o amedrentar con algo desproporcionado a faltas pequeñas, o imponer castigos exagerados a aquello que no lo amerita.
Si el chico o la chica llegan tarde más allá del horario permitido, y los padres se hacen de la vista gorda y no aplican el castigo, a la próxima ya no se lo van a creer.
En fin, que si a fuerza de hablar y no cumplir las palabras se han devaluado, nuestra dignidad de persona amerita que se rescate el valor de la palabra dada.
El respeto a Dios
El hecho de usar bien las palabras en momentos apropiados y adecuados es también una manifestación de respeto a Dios, que es quien nos ha dado el don de la palabra para que nos comuniquemos, para que podamos orar y para que le hablemos respetuosamente como Padre que es.
En resumen, que el respeto a la palabra que empeñamos es también respeto a Dios, a quien no podemos mencionar superficialmente ni en vano.
María Belén Sánchez fsp
Pero Jesús dice: No hay que jurar nunca, ni por el nombre de Dios, ni por el cielo, ni por el templo, ni por nada.
Esto va a relacionarse con el otro mandamiento que prohíbe la mentira en todas sus formas. Mentir siempre es malo, y perjudica primeramente a quien miente.
Antiguamente se consideraba persona de calidad, a quienes sabían sostener y cumplir su palabra aún en contra de vientos y mareas... En la actualidad este valor se ha deteriorado, al punto de que cualquiera es capaz de hacer promesas y juramentos que ni en sueños tiene la intención de cumplir.
Verdad de Dios
Es una frase que algunos dicen para jurar, y mientras por el hecho mismo de mencionar el nombre de Dios para apoyar nuestras palabras, es ya una falta de respeto a su grandeza, si se le llama falsamente la cosa empeora.
Bien podríamos escuchar la voz de nuestro Padre Dios que desde el cielo nos dijera como antiguamente decían los chicos del pueblo, cuando uno de sus compañeros le llamaba para apoyarlo:
-- ¿Verdá tú?
Y el otro respondía muy digno:
-- Yo no soy testi de menti...
Por ésta, que es cierto
Esta es otra afirmación que equivale al juramento, cuando al besar la cruz que forma con sus dedos dice: “Por esta...”.
Y lo cierto es que tampoco nuestro Señor Jesucristo quiere andar por allí haciéndole el juego a los que no confían en su propia palabra, o que de plano ni siquiera saben qué valor tiene una verdad dicha o una promesa hecha.
Existe en la historia un relato del Cid Campeador, quien pidió un préstamo a unos judíos dándoles como garantía unos cofres llenos de arena. Cuando regresó de la guerra mandó a que se pagara dicha deuda diciendo que “aunque lo que guardan es arena, quedó en ellos enterado el oro de mi verdad...”.
Verdades y mentiras en familia
Este es otro asunto muy delicado que tiene mucho que ver con lo que estamos tratando. Si los padres mienten a sus hijos, aunque éstos sean pequeños, se dan cuenta y los papás van perdiendo credibilidad.
Y viene luego el asunto de las promesas que nunca llegan a cumplirse.
Y si se amenaza con castigos y no se mantiene, también se deteriora la palabra de los mayores.
-- Si repruebas, no habrá vacaciones.
Y al final... ¡Vámonos pues a la playa!
Cuidado con los castigos
Por otra parte, es muy delicado lanzar amenazas de castigo en momentos de ira, o amedrentar con algo desproporcionado a faltas pequeñas, o imponer castigos exagerados a aquello que no lo amerita.
Si el chico o la chica llegan tarde más allá del horario permitido, y los padres se hacen de la vista gorda y no aplican el castigo, a la próxima ya no se lo van a creer.
En fin, que si a fuerza de hablar y no cumplir las palabras se han devaluado, nuestra dignidad de persona amerita que se rescate el valor de la palabra dada.
El respeto a Dios
El hecho de usar bien las palabras en momentos apropiados y adecuados es también una manifestación de respeto a Dios, que es quien nos ha dado el don de la palabra para que nos comuniquemos, para que podamos orar y para que le hablemos respetuosamente como Padre que es.
En resumen, que el respeto a la palabra que empeñamos es también respeto a Dios, a quien no podemos mencionar superficialmente ni en vano.
María Belén Sánchez fsp