Suplementos
Cruz amable y redentora
Tal fue la caridad de Jesús, que dio su vida por nosotros, y “no hay mayor amor que dar la vida por la persona a la que se ama”
Jesús nos habla muy claro y preciso en el pasaje evangélico que hoy recordamos en la Eucaristía dominical: “El que no carga mi cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo”; es decir, el que no acepta los riesgos y las consecuencias que surgen por creer en Él, vivir como Él y seguirlo, no puede ser su discípulo; o lo que es lo mismo, no puede tener parte con Él, en este mundo y en la vida eterna, y Él lo desconocerá en el día final.
Cargar la cruz significa, pues, el sacrificio y la entrega de la propia vida. Siendo un memorial de la Pasión y muerte de Jesús y así como de nuestra redención, simboliza también la inmolación espiritual del cristiano, la penitencia y la unión con los padecimientos de Cristo, fundamento y raíz de la verdadera alegría.
Afirma al respecto el Papa Juan Pablo II, testigo fiel de lo que es cargar con amor y sumisión la cruz: “Símbolo de la fe, la cruz también es símbolo del sufrimiento que conduce a la gloria, de la pasión que conduce a la resurrección. ‘Por la cruz, llegar a la luz’. Este proverbio, profundamente evangélico, nos dice que, vivida en su verdadero significado, la cruz del cristiano es siempre una cruz pascual...”.
La cruz es el gran símbolo de la caridad. Tal fue la caridad de Jesús, que dio su vida por nosotros, y “no hay mayor amor que dar la vida por la persona a la que se ama”.
Así pues, el verdadero amor y la auténtica cruz, no la que inventamos, sino la que hemos de cargar por el genuino seguimiento de Cristo y el cumplimiento cabal de la voluntad de Dios, están íntimamente relacionados.
Sin embargo, son pocos cristianos los que conocen a fondo y con autenticidad esta verdad, y por ende los que la viven como el Señor lo espera de sus verdaderos discípulos.
Por un lado hay quienes tergiversan el sentido de la cruz de la que nos habla el Evangelio y que es la auténtica; y así la identifican con todas aquellas situaciones o circunstancias en su vida que implican dolor, sufrimiento, angustia, etc., que son originados por cosas naturales de la vida en el mundo. Así frecuentemente escuchamos las quejas de personas que padeciendo una de esas realidades claman: “¡Ay, mi suegra es insoportable! Pero, ¿qué puedo hacer, si es la cruz que me tocó?”. O bien: “¡Ofrécele al Señor tu enfermedad; es la cruz que Él te envió!” . O también: “¡Sí, mi jefe o patrón es un verdadero explotador, y además me trata con la punta del pie! Pero, ¿qué le vamos a hacer? ¡Es mi cruz!”. Y como ya lo insinuamos renglones atrás, la verdadera cruz de Jesús ciertamente significa renuncia, dolor, sufrimiento, desprendimiento, siempre y cuando todo esto sea consecuencia de nuestra decisión de seguir, obedecer y entregarnos a Jesús.
Por otro lado, hay quienes menosprecian o rechazan la cruz como requisito para seguir a Jesús, y viven lo que últimamente se le ha llamado un ‘cristianismo light’, es decir un cristianismo ligero, fácil, cómodo, superficial, de mucha palabra pero pocos hechos; y ello no existe. O se es o no se es; o somos calientes o somos fríos, pues a los tibios, a los mediocres, a los indecisos, a los que no son coherentes con la fe que dicen tener, Él los vomitará (Cfr. Apocalipsis 3, 15-16).
Finalmente, hay personas --y cada día, desgraciadamente aumenta el número-- que fueron bautizadas, que se ostentaron como cristianos durante varios años y que, finalmente, bajo la influencia de filosofías, religiones ajenas a nuestra cultura y corrientes de pensamiento pseudo científico --las cuales enseñan o predican que la verdadera y plena felicidad se encuentra en esta vida, dentro de la persona, y que por tanto no existe el sufrimiento y mucho menos el que viene por creer en Dios que también es Hombre, y que la cruz es una locura--, renegaron de su fe, y no sólo eso, sino que son serios detractores del auténtico cristianismo.
Ante esta somera panorámica de la realidad actual de la fe cristiana resuena y seguirá resonando la sentencia de Jesucristo: “El que no carga mi cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo”. Y así como esta sentencia es firme, contundente y sin ambages, lo es también en la libertad que Él siempre respeta.
Tú, hermano(a): haciendo uso de tu libertad, ¿qué decides?
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx
Cargar la cruz significa, pues, el sacrificio y la entrega de la propia vida. Siendo un memorial de la Pasión y muerte de Jesús y así como de nuestra redención, simboliza también la inmolación espiritual del cristiano, la penitencia y la unión con los padecimientos de Cristo, fundamento y raíz de la verdadera alegría.
Afirma al respecto el Papa Juan Pablo II, testigo fiel de lo que es cargar con amor y sumisión la cruz: “Símbolo de la fe, la cruz también es símbolo del sufrimiento que conduce a la gloria, de la pasión que conduce a la resurrección. ‘Por la cruz, llegar a la luz’. Este proverbio, profundamente evangélico, nos dice que, vivida en su verdadero significado, la cruz del cristiano es siempre una cruz pascual...”.
La cruz es el gran símbolo de la caridad. Tal fue la caridad de Jesús, que dio su vida por nosotros, y “no hay mayor amor que dar la vida por la persona a la que se ama”.
Así pues, el verdadero amor y la auténtica cruz, no la que inventamos, sino la que hemos de cargar por el genuino seguimiento de Cristo y el cumplimiento cabal de la voluntad de Dios, están íntimamente relacionados.
Sin embargo, son pocos cristianos los que conocen a fondo y con autenticidad esta verdad, y por ende los que la viven como el Señor lo espera de sus verdaderos discípulos.
Por un lado hay quienes tergiversan el sentido de la cruz de la que nos habla el Evangelio y que es la auténtica; y así la identifican con todas aquellas situaciones o circunstancias en su vida que implican dolor, sufrimiento, angustia, etc., que son originados por cosas naturales de la vida en el mundo. Así frecuentemente escuchamos las quejas de personas que padeciendo una de esas realidades claman: “¡Ay, mi suegra es insoportable! Pero, ¿qué puedo hacer, si es la cruz que me tocó?”. O bien: “¡Ofrécele al Señor tu enfermedad; es la cruz que Él te envió!” . O también: “¡Sí, mi jefe o patrón es un verdadero explotador, y además me trata con la punta del pie! Pero, ¿qué le vamos a hacer? ¡Es mi cruz!”. Y como ya lo insinuamos renglones atrás, la verdadera cruz de Jesús ciertamente significa renuncia, dolor, sufrimiento, desprendimiento, siempre y cuando todo esto sea consecuencia de nuestra decisión de seguir, obedecer y entregarnos a Jesús.
Por otro lado, hay quienes menosprecian o rechazan la cruz como requisito para seguir a Jesús, y viven lo que últimamente se le ha llamado un ‘cristianismo light’, es decir un cristianismo ligero, fácil, cómodo, superficial, de mucha palabra pero pocos hechos; y ello no existe. O se es o no se es; o somos calientes o somos fríos, pues a los tibios, a los mediocres, a los indecisos, a los que no son coherentes con la fe que dicen tener, Él los vomitará (Cfr. Apocalipsis 3, 15-16).
Finalmente, hay personas --y cada día, desgraciadamente aumenta el número-- que fueron bautizadas, que se ostentaron como cristianos durante varios años y que, finalmente, bajo la influencia de filosofías, religiones ajenas a nuestra cultura y corrientes de pensamiento pseudo científico --las cuales enseñan o predican que la verdadera y plena felicidad se encuentra en esta vida, dentro de la persona, y que por tanto no existe el sufrimiento y mucho menos el que viene por creer en Dios que también es Hombre, y que la cruz es una locura--, renegaron de su fe, y no sólo eso, sino que son serios detractores del auténtico cristianismo.
Ante esta somera panorámica de la realidad actual de la fe cristiana resuena y seguirá resonando la sentencia de Jesucristo: “El que no carga mi cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo”. Y así como esta sentencia es firme, contundente y sin ambages, lo es también en la libertad que Él siempre respeta.
Tú, hermano(a): haciendo uso de tu libertad, ¿qué decides?
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx