Suplementos

Cristo es nuestra paz

No podemos negar que vivimos en el mundo en una situación de guerra; y no nos referimos a la guerra que hoy por hoy se ha desatado, sangrienta y por demás injusta, en la llamada franja de Gaza

     No podemos negar que vivimos en el mundo en una situación de guerra; y no nos referimos a la guerra que hoy por hoy se ha desatado, sangrienta y por demás injusta, en la llamada franja de Gaza, entre israelitas y palestinos; ni tampoco a los continuos brotes de insurgencias en diversos países, o a los actos terroristas que se multiplican;  nos referimos a las discordias, luchas, pleitos permanentes en el convivir y en las relaciones humanas, en todos los ámbitos y ya desde hace mucho tiempo.
     Como consecuencia, se ha llegado a niveles francamente delicados y preocupantes, en los que reina la violencia personal interior y exterior, y de ahí se proyecta a los demás ámbitos: violencia en la familia, en las empresas, en la sociedad, en las naciones, en el mundo. Violencia de todo tipo: verbal, física, psicológica, armada, etc. Violencia que, como uso intolerable de la brutalidad, se hace presente, dando al traste a la tranquilidad y el sosiego de la persona y llegando a aniquilar la paz interior y en los demás ámbitos.
     La violencia se genera primeramente en el corazón humano, como resultado de su insatisfacción; de su frustración ante los fracasos en la vida; de su no aceptación a su realidad; de los rencores y odios que abriga en su corazón, particularmente el odio a la vida misma.
      Luego esta violencia personal se proyecta a la familia. Todos nacimos y crecimos en una familia, y, aunque no se viviese en su seno, siempre hay una relación, influencia; y si en el ámbito personal no se tiene paz interior ni exterior, sino por el contrario se es un agente de dificultades, de conflictos, de violencia, de guerra, esta última inevitablemente se desatará en el seno del núcleo familiar. Se llega a perder el respeto por las personas, por las costumbres, las creencias y hasta por la misma vida. Ello lleva a la destrucción de la integridad de las personas, de las relaciones y de la estabilidad emocional de las mismas y hasta de la vida de éstas, incluyendo la de los no nacidos.
      Cuando la familia es sana, justa y pacífica, la sociedad también lo es, y las posibilidades de desarrollo se extienden a los demás ámbitos de la existencia humana. Más, cuando en ella se cometen toda clase de atropellos, opresiones, injusticias, privando a sus miembros de aquello a lo que tienen derecho, son presa fácil de la miseria tanto espiritual como material, produciéndose así la irritación, el coraje, la ira, el deseo de venganza, y de todo ello surge la violencia.Y las consecuencias las estamos viviendo, primordialmente y a partir de la realidad familiar: niños, adolescentes y hasta jóvenes abandonados dentro de un mundo paupérrimo, en el que abundan el alcoholismo, la drogadicción, el sexualismo, y que está en dispersión total.
     Esto suscita una sociedad despersonalizada por el cúmulo de familias desintegradas, muchas veces violentamente, viviendo en un subdesarrollo moral y material. Y como la sociedad es la suma de sus pequeñas sociedades, es decir las familias, entonces tenemos como consecuencia sociedades, ciudades, estados, países, continentes, el planeta Tierra sin paz, en estado permanente de guerra.
     La paz, siendo un don de Dios, se construye, lo mismo que la violencia, día a día; no es un estado fortuito de la persona, la familia, la sociedad. Urge, por ello, pacificar el corazón humano, buscando esa paz profunda en el interior de su ser, en su conciencia. Urge también pacificar a la familia, asumiendo cada uno el papel y la responsabilidad que le corresponde: los padres con el ejemplo, la vida íntegra; instruyendo y corrigiendo con delicadeza y respeto a sus hijos. Los hijos en la obediencia y el amor a los padres. El Estado, valorando la familia, la vida desde su inicio, y brindándole eficazmente, con justicia y honestidad, todo el apoyo necesario.
     Se partirá, pues, desde el principio, si cada quien aquieta, pacifica, su corazón y con él su mente, todo su ser. Y el camino seguro para lograrlo para nosotros los cristianos, es tener la conciencia de la importancia de vivir bien unidos a Jesucristo, de que estamos incorporados a Él desde nuestro bautismo, pues “Cristo es nuestra Paz”. Oremos pues por el éxito del VI Encuentro Mundial de las Familias, a celebrarse durante esta semana en la ciudad de México, para que todos los participantes y todos los miembros de una familia lleguen a ser agentes de paz.

Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx

Temas

Sigue navegando