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Cristo es la vida
Al parecer, la mejor solución de su angustia sería desterrar la muerte del mundo con el prodigio de la técnica
El hombre antes, ahora, siempre, se resiste a aceptar la muerte como una ruina total, como un fin definitivo. De saber que existe y un día morirá, quiera o no quiera, surge la angustia del no ser, ésta muy tratada en el teatro, en la novela, por los filósofos existencialistas de la segunda mitad del siglo XX.
Al parecer, la mejor solución de su angustia sería desterrar la muerte del mundo con el prodigio de la técnica. La experiencia enseña que la ciencia médica mucho ha avanzado; los sabios han logrado prolongar la vida, pero siempre se han manifestado impotentes, porque la vida tiene un término y éste es la muerte.
Ante la imposibilidad real de hacer desaparecer la muerte, la mente humana ha buscado explicarse el enigma de la muerte, y muchas y diversas son sus definiciones: fenómeno natural que pone fin a la existencia humana; destino fatal sin más remedio que aceptar; absurdo contra el que se rebela el hombre; puerta liberadora de un mundo o circunstancias dolorosas; crueldad del destino; misterio; enigma, hora amarga.
Mas para el cristiano, morir es llegar al encuentro del hombre --semilla de eternidad-- con Dios, origen y principio de la vida. El hombre ha sido creado para que viva siempre: que viva primero en el tiempo, y viva siempre en la eternidad.
Para librar al hombre del poder de la muerte, el Verbo de Dios tomó la forma humana y, tras padecer, morir y resucitar y seguir viviendo, venció a la muerte.
Jesús murió para dar
vida a los mortales
La muerte de Cristo en la cruz es un sacrificio perdurable. Él lo dijo: Él es el grano de trigo caído en la tierra. Hecho previsto, planeado, anunciado: seis veces anunció Cristo a sus doce apóstoles, que iba a subir a Jerusalen a morir y que resucitaría. Siempre asociaba muerte y resurrección; moriría, sí, mas luego resucitaría. Era un programa eterno, la destrucción de su muerte con la victoria de la resurrección.
Desde entonces, esa meta fatal ya no tiene el sabor amargo. Los cristianos confiesan que la vida no acaba con la muerte; que tiene sentido su aspiración a la inmortalidad; no una vaga nostalgia, sino la certeza en la promesa de Cristo: “El que cree en mí no morirá jamás”.
Santa Teresa de Jesús --llena su alma de amor a Cristo y con la mirada elevada hacia el más allá-- escribió:
“Y tan alta vida espero,
que muero porque no muero”.
Cristo manifiesta su poder
sobre la enfermedad
y sobre la muerte
En este domingo décimo tercero ordinario del año, el evangelista San Marcos narra dos milagros de Cristo: cura a una mujer que llevaba doce años padeciendo flujo de sangre, y a una niña que acababa de morir la devuelve viva a sus padres, ante la incredulidad de los que le rodeaban.
Los milagros de Cristo en los tres años de su vida pública son prueba, son señal de su divinidad. ¿Quién sino Dios puede dar o devolver la vida? Además son un presagio de su victoria definitiva sobre la muerte: “¿En dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿En dónde tu aguijón?”.
La enfermedad es mensajera de la muerte; por lo mismo también ejerce su poder sobre las enfermedades.
El cristiano, en la enfermedad y ante el temor por la muerte, busca a Cristo. Esa es la auténtica sabiduría evangélica: ir muriendo cada día al pecado; así la muerte del cristiano se convertirá --como la de Cristo-- en un triunfo. Cuando muere quien ha llevado una vida digna, virtuosa, dice la gente: “Ya Dios se lo llevó a vivir en la gloria”. Y hasta cuando termina sus días un pecador, los hombres más bien piensan que, por su infinita misericordia de Dios y Padre bondadoso, recibirá al hijo pródigo no para que pague sus errores, sino absuelto, perdonado.
“Hija, tu fe te ha curado;
vuelve en paz y queda
sana de tu enfermedad”
La mujer enferma “se le acercó a Cristo por detrás entre la gente y le tocó el manto, pensando que con sólo tocar el vestido se curaría”.
Cristo quiso poner en manifiesto la fe de aquella mujer y preguntó: “¿Quién ha tocado mi manto?”. Entonces se acercó la mujer, asustada y temblorosa. Cristo, con poder y amor, le dio la salud y la colmó de alegría: “Tu fe te ha curado”.
Confianza plena fue la fe de aquella mujer. La fe va siempre más allá del simple conocimiento. La fe es una aceptación amorosa, más que el mucho saber. No se tiene fe por el solo hecho de saber mucha religión, de ser unos eruditos hasta en Teología. Muchos teólogos han perdido la fe y hasta la moral. No basta hablar bien y admirar a Cristo, a su doctrina; no basta elegir el camino de la Iglesia. La fe es seguimiento, es docilidad a la voluntad divina. Es cristiano quien se esfuerza en conformar su propia vida a las luces del Evangelio. Debe ser un seguimiento hasta las últimas consecuencias.
En esta semana la Iglesia recordó con veneración a dos testigos de Cristo, dos mártires: el cardenal Juan Fisher y el gran canciller Tomás Moro. Éste era la figura más bella del Renacimiento católico, porque era la de un hombre de acción y pensamiento. Enrique VIII los condenó a la guillotina. Rodaron sus cabezas, corrió su sangre, pero creían: “Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en nosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará también vida a nuestros cuerpos mortales, en virtud de su Espíritu que habita en nosotros” (Rom. 8, 11). Así creyeron, así esperaron.
“No temas, basta que creas”
“Uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, se arrojó a los pies de Jesús suplicándole con insistencia: ‘Mi hija está por morir, ven a imponerle las manos’”.
Iban ya de camino cuando llegaron unas personas y le dijeron a Jairo: “Tu hija acaba de morir, ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?”.
Jesús animó a Jairo: “No temas, basta que creas”, y acompañado de Pedro, de Juan y de Santiago fue a la casa del jefe de la sinagoga, y entre el alboroto y los llantos de la gente Cristo dijo: “La niña no está muerta, sino que duerme”. Y se burlaban de él. La tomó de la mano y le dijo: “Talitá, kum”, que significa:
“Niña, yo te lo ordeno: levántate”
La niña se levantó y comenzó a caminar...
Muchos comentaristas de este momento de la vida de Cristo dicen que allí la palabra del Señor la resucitó, pero que ese mismo mandato se dirige continuamente a los que están caídos.
Que el cristiano se levante y camine; ni muertos, ni adormecidos. Cristo es vida, y vivir el evangelio es caminar cada día en seguimiento de Cristo.
Hace años alguien escribió un libro: “Mi Iglesia duerme”, con la angustia de ver que la tibieza, la poca o nula creatividad, se manifestaban, y el signo de la fe auténtica se ha de manifestar en vida, en acción.
A los apóstoles el Maestro les ordenó: “Vayan por todo el mundo, prediquen, bauticen”.
Porque Jairo y la mujer enferma tuvieron fe, recibieron cada cual el regalo de merecer y recibir el milagro. Tener fe y levantarse es la consigna.
Pbro. José R. Ramírez
Al parecer, la mejor solución de su angustia sería desterrar la muerte del mundo con el prodigio de la técnica. La experiencia enseña que la ciencia médica mucho ha avanzado; los sabios han logrado prolongar la vida, pero siempre se han manifestado impotentes, porque la vida tiene un término y éste es la muerte.
Ante la imposibilidad real de hacer desaparecer la muerte, la mente humana ha buscado explicarse el enigma de la muerte, y muchas y diversas son sus definiciones: fenómeno natural que pone fin a la existencia humana; destino fatal sin más remedio que aceptar; absurdo contra el que se rebela el hombre; puerta liberadora de un mundo o circunstancias dolorosas; crueldad del destino; misterio; enigma, hora amarga.
Mas para el cristiano, morir es llegar al encuentro del hombre --semilla de eternidad-- con Dios, origen y principio de la vida. El hombre ha sido creado para que viva siempre: que viva primero en el tiempo, y viva siempre en la eternidad.
Para librar al hombre del poder de la muerte, el Verbo de Dios tomó la forma humana y, tras padecer, morir y resucitar y seguir viviendo, venció a la muerte.
Jesús murió para dar
vida a los mortales
La muerte de Cristo en la cruz es un sacrificio perdurable. Él lo dijo: Él es el grano de trigo caído en la tierra. Hecho previsto, planeado, anunciado: seis veces anunció Cristo a sus doce apóstoles, que iba a subir a Jerusalen a morir y que resucitaría. Siempre asociaba muerte y resurrección; moriría, sí, mas luego resucitaría. Era un programa eterno, la destrucción de su muerte con la victoria de la resurrección.
Desde entonces, esa meta fatal ya no tiene el sabor amargo. Los cristianos confiesan que la vida no acaba con la muerte; que tiene sentido su aspiración a la inmortalidad; no una vaga nostalgia, sino la certeza en la promesa de Cristo: “El que cree en mí no morirá jamás”.
Santa Teresa de Jesús --llena su alma de amor a Cristo y con la mirada elevada hacia el más allá-- escribió:
“Y tan alta vida espero,
que muero porque no muero”.
Cristo manifiesta su poder
sobre la enfermedad
y sobre la muerte
En este domingo décimo tercero ordinario del año, el evangelista San Marcos narra dos milagros de Cristo: cura a una mujer que llevaba doce años padeciendo flujo de sangre, y a una niña que acababa de morir la devuelve viva a sus padres, ante la incredulidad de los que le rodeaban.
Los milagros de Cristo en los tres años de su vida pública son prueba, son señal de su divinidad. ¿Quién sino Dios puede dar o devolver la vida? Además son un presagio de su victoria definitiva sobre la muerte: “¿En dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿En dónde tu aguijón?”.
La enfermedad es mensajera de la muerte; por lo mismo también ejerce su poder sobre las enfermedades.
El cristiano, en la enfermedad y ante el temor por la muerte, busca a Cristo. Esa es la auténtica sabiduría evangélica: ir muriendo cada día al pecado; así la muerte del cristiano se convertirá --como la de Cristo-- en un triunfo. Cuando muere quien ha llevado una vida digna, virtuosa, dice la gente: “Ya Dios se lo llevó a vivir en la gloria”. Y hasta cuando termina sus días un pecador, los hombres más bien piensan que, por su infinita misericordia de Dios y Padre bondadoso, recibirá al hijo pródigo no para que pague sus errores, sino absuelto, perdonado.
“Hija, tu fe te ha curado;
vuelve en paz y queda
sana de tu enfermedad”
La mujer enferma “se le acercó a Cristo por detrás entre la gente y le tocó el manto, pensando que con sólo tocar el vestido se curaría”.
Cristo quiso poner en manifiesto la fe de aquella mujer y preguntó: “¿Quién ha tocado mi manto?”. Entonces se acercó la mujer, asustada y temblorosa. Cristo, con poder y amor, le dio la salud y la colmó de alegría: “Tu fe te ha curado”.
Confianza plena fue la fe de aquella mujer. La fe va siempre más allá del simple conocimiento. La fe es una aceptación amorosa, más que el mucho saber. No se tiene fe por el solo hecho de saber mucha religión, de ser unos eruditos hasta en Teología. Muchos teólogos han perdido la fe y hasta la moral. No basta hablar bien y admirar a Cristo, a su doctrina; no basta elegir el camino de la Iglesia. La fe es seguimiento, es docilidad a la voluntad divina. Es cristiano quien se esfuerza en conformar su propia vida a las luces del Evangelio. Debe ser un seguimiento hasta las últimas consecuencias.
En esta semana la Iglesia recordó con veneración a dos testigos de Cristo, dos mártires: el cardenal Juan Fisher y el gran canciller Tomás Moro. Éste era la figura más bella del Renacimiento católico, porque era la de un hombre de acción y pensamiento. Enrique VIII los condenó a la guillotina. Rodaron sus cabezas, corrió su sangre, pero creían: “Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en nosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará también vida a nuestros cuerpos mortales, en virtud de su Espíritu que habita en nosotros” (Rom. 8, 11). Así creyeron, así esperaron.
“No temas, basta que creas”
“Uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, se arrojó a los pies de Jesús suplicándole con insistencia: ‘Mi hija está por morir, ven a imponerle las manos’”.
Iban ya de camino cuando llegaron unas personas y le dijeron a Jairo: “Tu hija acaba de morir, ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?”.
Jesús animó a Jairo: “No temas, basta que creas”, y acompañado de Pedro, de Juan y de Santiago fue a la casa del jefe de la sinagoga, y entre el alboroto y los llantos de la gente Cristo dijo: “La niña no está muerta, sino que duerme”. Y se burlaban de él. La tomó de la mano y le dijo: “Talitá, kum”, que significa:
“Niña, yo te lo ordeno: levántate”
La niña se levantó y comenzó a caminar...
Muchos comentaristas de este momento de la vida de Cristo dicen que allí la palabra del Señor la resucitó, pero que ese mismo mandato se dirige continuamente a los que están caídos.
Que el cristiano se levante y camine; ni muertos, ni adormecidos. Cristo es vida, y vivir el evangelio es caminar cada día en seguimiento de Cristo.
Hace años alguien escribió un libro: “Mi Iglesia duerme”, con la angustia de ver que la tibieza, la poca o nula creatividad, se manifestaban, y el signo de la fe auténtica se ha de manifestar en vida, en acción.
A los apóstoles el Maestro les ordenó: “Vayan por todo el mundo, prediquen, bauticen”.
Porque Jairo y la mujer enferma tuvieron fe, recibieron cada cual el regalo de merecer y recibir el milagro. Tener fe y levantarse es la consigna.
Pbro. José R. Ramírez