Suplementos
Cristo, el gran desconocido
Con su pequeñez venció la falsa grandeza de los soberbios
Llegó el momento marcado desde la eternidad. El Verbo de Dios, Jesús de Nazaret, dejó la casa paterna. Atrás se quedaron en Nazaret el taller de carpintería, su madre María, los parientes, los amigos.
Parece absurdo, mas, así estaba en los planes divinos: treinta años de vida oculta, de aparecer ante los hombres como un ciudadano más, un hijo de vecino, un artesano. Ahora seguía la vida pública, breve, de apenas tres años.
Parece increíble que sólo había de disponer de tres años para desarrollar tan grandioso programa de predicar la Buena Nueva, proclamar la Nueva Alianza, fundar un Reino único y distinto de todos los reinos de la tierra, preparar, educar y disponer a los discípulos en quienes dejaría su obra, y concluir esa excelsa obra con su pasión, su muerte y su resurrección.
Le habría de bastar un espacio temporal tan breve, como el período de gobierno de un presidente municipal, para producir una llamarada que incendió al mundo, con la revolución más grande que ha tenido la humanidad, una revolución sociológica, psicológica y sobre todo espiritual: la revolución del amor.
La presencia del Hijo de Dios ha sido desde entonces la ley del amor, la fuerza transformadora para vencer al mal con la fuerza del bien: disipar las tinieblas con la luz divina, porque la mentira desaparece para dar lugar a la verdad que es Dios.
Con su pequeñez venció la falsa grandeza de los soberbios
En el evangelio de este domingo décimo ordinario, el evangelista Marcos narra los primeros pasos de la vida pública de Jesús. Eran tantas las multitudes atraídas por su persona, por su palabra, que “no lo dejaban ni comer”.
Muchos, extasiados, escuchaban un mensaje divino antes nunca escuchado: era el Verbo de Dios, la Palabra de Dios.
Sin embargo, los escribas, los fariseos, los maestros de la ley, veían un gran riesgo, un grave peligro, en aquel que arrastraba las multitudes: “Éste levantará tal revolución, que vendrán los romanos y acabarán con nosotros”.
Se estaba ya cumpliendo la profecía del anciano Simeón, cuando José y María llevaron al Niño al templo: “Está puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel y para blanco de contradicción”.
La Iglesia, pueblo de Dios en marcha, ha caminado veinte siglos y siempre el blanco de contradicción ha sido Cristo. Él está en la cúspide entre dos vertientes: el amor y el odio, la verdad y la mentira, la luz y las tinieblas, la vida y la muerte. Cristo ha transmitido esta misma característica a la Iglesia y sus representantes.
Cuando el Papa Benedicto XVI visitaba España, mientras una multitud juvenil aclamaba al vicario de Cristo, en esas mismas ciudades otras multitudes vomitaban odio contra aquel extranjero que provocaba problemas económicos, sociales, culturales y hasta de tráfico.
Y algo similar ocurrió en Alemania. Cristo era, a la vez, aclamado en la persona del Papa alemán, y rechazado por otros que lo consideraban un visitante molesto aunque era de su misma raza.
“Yo les aseguro que a los hombres les perdonarán todos sus pecados, así como todas sus blasfemias”
El Señor Jesús vino al mundo no a condenar, sino a salvar a todos los hombres, puesto que su misericordia es infinita. El Señor es tardo para castigar y pronto para perdonar, deja pasar las flaquezas, las tonterías. Quien quiera ser de Cristo ha de aprender la ley del perdón, de la misericordia.
“Sed misericordioso como vuestro Padre celestial es misericordioso”, dice el Señor.
Los enemigos de Cristo nunca supieron de castigo ni de venganza. Le acusaban hasta de estar poseído de un espíritu inmundo, y Él expulsaba los espíritus malos de todos los agobiados por esa desgracia. La característica singular en la vida de Cristo con sus palabras, con sus milagros, con su entrega total, entonces fue misericordia, perdón.
El hombre de este siglo XXI ha de cuidar de tener siempre un concepto exacto de la persona del Señor, y acercarse a Él porque es sólo verdad, bondad, amor.
“El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”
El evangelista Marcos cierra el capítulo tercero de su escrito con esta frase: “María la madre del Señor y algunos de sus parientes (no hermanos carnales, pues no los tenía) fueron a buscarlo. El Señor quiso dejar dos lecciones ante la noticia de que lo buscaban”.
Su presencia en el mundo fue fundar una gran familia, hacer de todos ,los hombres, por el bautismo, hijos de un solo Padre que está en el cielo: “Padre nuestro que estás en el cielo”. No una pequeña familia en orden de la sangre, sino la gran familia universal, todos hermanos, hijos del Padre por adopción y unidos al Hijo por naturaleza que es Cristo. La gran familia de Dios, ahora en el siglo XXI extendida por todo el mundo, reconoce un solo Padre, guiados por el Hijo e iluminados por el Espíritu Santo, que camina hacia la consumación eterna en el encuentro con el Padre.
Además, la perfección no está sólo en creer “quién es mi verdadero hermano, sino el que cumple la voluntad de mi Padre”. Así desde los inicios de la vida pública ya invitaba Cristo a vivir la fe en el cumplimiento fiel.
José R. Rodríguez Mercado
Parece absurdo, mas, así estaba en los planes divinos: treinta años de vida oculta, de aparecer ante los hombres como un ciudadano más, un hijo de vecino, un artesano. Ahora seguía la vida pública, breve, de apenas tres años.
Parece increíble que sólo había de disponer de tres años para desarrollar tan grandioso programa de predicar la Buena Nueva, proclamar la Nueva Alianza, fundar un Reino único y distinto de todos los reinos de la tierra, preparar, educar y disponer a los discípulos en quienes dejaría su obra, y concluir esa excelsa obra con su pasión, su muerte y su resurrección.
Le habría de bastar un espacio temporal tan breve, como el período de gobierno de un presidente municipal, para producir una llamarada que incendió al mundo, con la revolución más grande que ha tenido la humanidad, una revolución sociológica, psicológica y sobre todo espiritual: la revolución del amor.
La presencia del Hijo de Dios ha sido desde entonces la ley del amor, la fuerza transformadora para vencer al mal con la fuerza del bien: disipar las tinieblas con la luz divina, porque la mentira desaparece para dar lugar a la verdad que es Dios.
Con su pequeñez venció la falsa grandeza de los soberbios
En el evangelio de este domingo décimo ordinario, el evangelista Marcos narra los primeros pasos de la vida pública de Jesús. Eran tantas las multitudes atraídas por su persona, por su palabra, que “no lo dejaban ni comer”.
Muchos, extasiados, escuchaban un mensaje divino antes nunca escuchado: era el Verbo de Dios, la Palabra de Dios.
Sin embargo, los escribas, los fariseos, los maestros de la ley, veían un gran riesgo, un grave peligro, en aquel que arrastraba las multitudes: “Éste levantará tal revolución, que vendrán los romanos y acabarán con nosotros”.
Se estaba ya cumpliendo la profecía del anciano Simeón, cuando José y María llevaron al Niño al templo: “Está puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel y para blanco de contradicción”.
La Iglesia, pueblo de Dios en marcha, ha caminado veinte siglos y siempre el blanco de contradicción ha sido Cristo. Él está en la cúspide entre dos vertientes: el amor y el odio, la verdad y la mentira, la luz y las tinieblas, la vida y la muerte. Cristo ha transmitido esta misma característica a la Iglesia y sus representantes.
Cuando el Papa Benedicto XVI visitaba España, mientras una multitud juvenil aclamaba al vicario de Cristo, en esas mismas ciudades otras multitudes vomitaban odio contra aquel extranjero que provocaba problemas económicos, sociales, culturales y hasta de tráfico.
Y algo similar ocurrió en Alemania. Cristo era, a la vez, aclamado en la persona del Papa alemán, y rechazado por otros que lo consideraban un visitante molesto aunque era de su misma raza.
“Yo les aseguro que a los hombres les perdonarán todos sus pecados, así como todas sus blasfemias”
El Señor Jesús vino al mundo no a condenar, sino a salvar a todos los hombres, puesto que su misericordia es infinita. El Señor es tardo para castigar y pronto para perdonar, deja pasar las flaquezas, las tonterías. Quien quiera ser de Cristo ha de aprender la ley del perdón, de la misericordia.
“Sed misericordioso como vuestro Padre celestial es misericordioso”, dice el Señor.
Los enemigos de Cristo nunca supieron de castigo ni de venganza. Le acusaban hasta de estar poseído de un espíritu inmundo, y Él expulsaba los espíritus malos de todos los agobiados por esa desgracia. La característica singular en la vida de Cristo con sus palabras, con sus milagros, con su entrega total, entonces fue misericordia, perdón.
El hombre de este siglo XXI ha de cuidar de tener siempre un concepto exacto de la persona del Señor, y acercarse a Él porque es sólo verdad, bondad, amor.
“El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”
El evangelista Marcos cierra el capítulo tercero de su escrito con esta frase: “María la madre del Señor y algunos de sus parientes (no hermanos carnales, pues no los tenía) fueron a buscarlo. El Señor quiso dejar dos lecciones ante la noticia de que lo buscaban”.
Su presencia en el mundo fue fundar una gran familia, hacer de todos ,los hombres, por el bautismo, hijos de un solo Padre que está en el cielo: “Padre nuestro que estás en el cielo”. No una pequeña familia en orden de la sangre, sino la gran familia universal, todos hermanos, hijos del Padre por adopción y unidos al Hijo por naturaleza que es Cristo. La gran familia de Dios, ahora en el siglo XXI extendida por todo el mundo, reconoce un solo Padre, guiados por el Hijo e iluminados por el Espíritu Santo, que camina hacia la consumación eterna en el encuentro con el Padre.
Además, la perfección no está sólo en creer “quién es mi verdadero hermano, sino el que cumple la voluntad de mi Padre”. Así desde los inicios de la vida pública ya invitaba Cristo a vivir la fe en el cumplimiento fiel.
José R. Rodríguez Mercado