Suplementos
Cristo dignificó la comunidad familiar
La familia de José, con su esposa María y su hijo Jesús, fueron al templo como lo hacían cada año. Jesús, a los doce años de edad, ya era “Hijo de la Ley” con el deber de saber y de cumplir
Dentro del ambiente navideño, la Iglesia lleva este día a sus fieles devotos a contemplar a Cristo, ya no sobre las pajas del pesebre, ya no el niño envuelto en pañales, sino el muchacho de doce años sentado en el templo de Jerusalén, rodeado por los sabios, los doctores, los doctos intérpretes de la Ley y los Profetas.
Les pregunta y le responden; le preguntan y quedan admirados de la sabiduría, no aprendida como la de ellos, en los rollos que pasan y repasan con sus ojos y sus mentes.
Tres veces al año los fieles judíos iban en peregrinación a Jerusalén, en Pentecostés y en la tercera fiesta de los Tabernáculos.
La familia de José, con su esposa María y su hijo Jesús, fueron al templo como lo hacían cada año. Jesús, a los doce años de edad, ya era “Hijo de la Ley” con el deber de saber y de cumplir.
Jesús va al templo él solo; busca una ocasión precisa y preciosa para él. Encamina sus pasos hacia la casa de su Padre. Él siempre es Maestro, y así enseña desde entonces a buscar a Dios.
“Buscad al Señor mientras puedan encontrarlo”
El hombre es un constante buscador. El minero busca en las entrañas de la tierra los ricos metales; el sabio y el filósofo buscan con pasión en otras vetas, encontrar el gozo del descubrimiento, de la profundización; los apegados a los bienes de la tierra gozan de tesoros materiales buscados y adquiridos; otros muchos buscan el descanso, las comodidades y hasta los placeres.
Pero el buscar a Dios tiene la gran recompensa de que quien lo encuentra, sacia para siempre su ansiedad. Allí está el testimonio de los grandes, como San Pablo y San Agustín, quienes vieron que era basura lo que antes buscaban.
Buscar a Dios es tener clara idea de la propia pequeñez, y encontrar en su sabiduría y misericordia la luz y la fuerza para el diario bregar. Buscarlo, singularmente en los días oscuros, cuando parecen cerradas todas las puertas, ha sido el camino de muchos en el camino de la Iglesia, a quienes con toda propiedad se les ha de llamar sabios, porque en Dios han encontrado siempre la fuente: “Estoy lleno de consuelo, reboso de alegría en toda tribulación”.
Nazaret, escuela de santidad
Todo en la vida de Cristo es sabiduría divina y todo es enseñanza. No es Maestro solamente en su breve espacio de tres años de la vida pública; enseña, y mucho, en el apartado rincón en esa aldea donde los tres miembros de la pequeña y santa familia dan lecciones de grandes virtudes. Al contemplar esa familia con la admiración, con la devoción, llega también el anhelo de querer vivir las virtudes en ellos manifiestas. Allí hay mucho, y de alta calidad: enseñanzas, lecciones de vida espiritual.
En la historia de todos los pueblos, siempre están los que enseñan y los que, interesados en aprender, en crecer, buscan y atienden, pendientes de las palabras de los sabios.
Célebres han sido les escuelas de la Grecia clásica; Platón en el jardín de Academo; Aristóteles y los peripatéticos; la famosa escuela de Alejandría, en la desembocadura del río Nilo.Y después incontables escuelas para enriquecer el intelecto humano en la filosofía, en las ciencias y en las artes.
Mas la escuela de Nazaret enseña la más alta sabiduría, la de entender el sentido de la vida, que al mismo tiempo toca el entendimiento y la voluntad para escalar hasta la más alta cumbre de la santidad.
La lección de humildad
“Vida oculta” es llamada, porque ocultaron su grandeza a los ojos de los hombres. Isaías escribió: “Verdaderamente tú eres el Dios escondido”. Escondido el Verbo de Dios en Galilea, una aldea de una provincia de Asia Menor. Así, el Mesías esperado no sería un poderoso como lo esperaban los judíos, sino --con un título despreciable: “será llamado nazareno” (Mateo 2, 23)-- de Nazaret, el pueblo más insignificante de Galilea.
Jesús nació entre los humildes; vivió entre los judíos que no lo aceptaban porque era común decir que nada bueno podía salir de Nazaret, y hasta la misma hora suprema el título escrito en una tabla colocada en la cruz es “Jesús nazareno rey de los judíos”.
Jesús nació entre los humildes; vivió entre gente oscura y nada hizo para brillar, ni para buscar estima o reconocimiento. María y José llevan el mismo camino de humildad. Nadie reconoce las grandezas de Dios en esas sencillas personas.
Nazaret del gran silencio
En sus años de vida oculta, el Verbo de Dios guardó silencio. Así es Maestro de silencio con silencio. De María, la Madre del Señor el evangelio ha guardado muy pocas palabras; de San José, ninguna, sólo silencio. El silencio es un gran valor; no es callar por callar; el silencio no es su propio fin, sino un valioso instrumento para la sabiduría, para la santidad. “Es preciso que el hombre calle para que hable Dios”.
Sabios han sido quienes han buscado el silencio en la montaña o en el desierto; pero más sabios aún, cuando han librado el propio interior de su alma de todo ruido turbador. El silencio interior es libertad, es sabiduría.
El poeta Fray Asinello siente y ahora vive el silencio, y así lo expresó:
Al enjambre magnífico del idioma sonoro,
cuya música grata da deleite al sentido,
yo prefiero el idioma del silencio dormido
que circunda las almas con su clima de oro
El silencio es la puerta del país del Decoro;
allí no nace el llanto ni crece el alarido,
y en la verde penumbra de un jardín escondido
la verdad nos ofrece su divino tesoro
La plenitud se vive sólo cuando callamos:
tácitamente cuajan sus vides los racimos,
en silencio, la tierra sus policromos ramos
Y al final de la vida nosotros descubrimos
que la canción más bella fue la que no cantamos,
y el poema más puro el que nunca dijimos.
La familia de Nazaret es escuela de silencio; de ese silencio donde se alojan otras virtudes como son la humildad, la discreción, la prudencia.
Muchos males se originan en el mal uso de la lengua; muchas vergüenzas y remordimientos por haber dicho, en un momento de ira o de irreflexión, lo que nunca debería haberse dicho.
Por hablar han padecido penas; por no hablar, por callar, sólo cosechan paz, tranquilidad. Saber guardar todo en lo íntimo del corazón, es no el deber hablar: es sabiduría, es virtud.
En Nazaret el trabajo es santo
Cuando Jesús abría sus labios y las multitudes escuchaban extasiadas la sabiduría, algunas personas preguntaban: ¿De dónde le viene toda esa sabiduría? ¿Qué no es éste el hijo del artesano? Así lo conocían como el hijo del carpintero José.
Porque el Verbo de Dios, “nacido bajo la ley, nacido de mujer”, se integró en la historia de la humanidad en una familia cuya situación económica era ganarse el pan de cada día con el trabajo de sus manos: mientras que la madre se afanaba en las labores domésticas, José y el aprendiz Jesús, operario después, trabajaban en el taller.
Así quedó santificado el trabajo. Desde entonces, si bien se medita, el trabajo dejó de ser una maldición.
Es una bendición trabajar, así sea el trabajo intelectual del pensador, del filósofo, del maestro, de una variedad incontable en este siglo, de trabajar como una forma de propio desarrollo y para adquirir los medios de sustento.
Santa ley del trabajo, dulcemente enseñada por Jesús, por María, por José.
Quien tenga trabajo, que le dé gracias a Dios. El cristiano, en su diaria oración, debe darle gracias a Dios por su regalo, porque tiene trabajo, y debe pedir por los que no lo han encontrado; y pedir por los desocupados que son dignos de compasión, es una obra de caridad.
La familia de Nazaret es modelo de oración en familia
Se vive de prisa ahora: negocios urgentes, vida social, siempre mirando el reloj, ese aparato que nos empuja a correr. El asceta que vive en el desierto dijo a los habitantes de la ciudad: ustedes tienen el reloj, yo tengo el tiempo.
Y luego ese aparato de cara humilde que es la televisión, bueno para impedir la reflexión, el diálogo de intimidad familiar y la oración. Desde que entró la televisión a los hogares, ha disminuido la oración en familia.
Familia que hace oración es familia unida. La oración en familia es la corriente eléctrica de padre y madre a los hijos y de éstos a los padres. Juntos alaban a Dios, juntos piden y juntos se enriquecen con regalos de Dios.
Cuando la familia ora, llena la casa de provisiones espirituales, de amor, de fortaleza y paciencia en las adversidades y de alegría en los días de gozo. En Nazaret está el modelo.
Pbro. José R. Ramírez
Les pregunta y le responden; le preguntan y quedan admirados de la sabiduría, no aprendida como la de ellos, en los rollos que pasan y repasan con sus ojos y sus mentes.
Tres veces al año los fieles judíos iban en peregrinación a Jerusalén, en Pentecostés y en la tercera fiesta de los Tabernáculos.
La familia de José, con su esposa María y su hijo Jesús, fueron al templo como lo hacían cada año. Jesús, a los doce años de edad, ya era “Hijo de la Ley” con el deber de saber y de cumplir.
Jesús va al templo él solo; busca una ocasión precisa y preciosa para él. Encamina sus pasos hacia la casa de su Padre. Él siempre es Maestro, y así enseña desde entonces a buscar a Dios.
“Buscad al Señor mientras puedan encontrarlo”
El hombre es un constante buscador. El minero busca en las entrañas de la tierra los ricos metales; el sabio y el filósofo buscan con pasión en otras vetas, encontrar el gozo del descubrimiento, de la profundización; los apegados a los bienes de la tierra gozan de tesoros materiales buscados y adquiridos; otros muchos buscan el descanso, las comodidades y hasta los placeres.
Pero el buscar a Dios tiene la gran recompensa de que quien lo encuentra, sacia para siempre su ansiedad. Allí está el testimonio de los grandes, como San Pablo y San Agustín, quienes vieron que era basura lo que antes buscaban.
Buscar a Dios es tener clara idea de la propia pequeñez, y encontrar en su sabiduría y misericordia la luz y la fuerza para el diario bregar. Buscarlo, singularmente en los días oscuros, cuando parecen cerradas todas las puertas, ha sido el camino de muchos en el camino de la Iglesia, a quienes con toda propiedad se les ha de llamar sabios, porque en Dios han encontrado siempre la fuente: “Estoy lleno de consuelo, reboso de alegría en toda tribulación”.
Nazaret, escuela de santidad
Todo en la vida de Cristo es sabiduría divina y todo es enseñanza. No es Maestro solamente en su breve espacio de tres años de la vida pública; enseña, y mucho, en el apartado rincón en esa aldea donde los tres miembros de la pequeña y santa familia dan lecciones de grandes virtudes. Al contemplar esa familia con la admiración, con la devoción, llega también el anhelo de querer vivir las virtudes en ellos manifiestas. Allí hay mucho, y de alta calidad: enseñanzas, lecciones de vida espiritual.
En la historia de todos los pueblos, siempre están los que enseñan y los que, interesados en aprender, en crecer, buscan y atienden, pendientes de las palabras de los sabios.
Célebres han sido les escuelas de la Grecia clásica; Platón en el jardín de Academo; Aristóteles y los peripatéticos; la famosa escuela de Alejandría, en la desembocadura del río Nilo.Y después incontables escuelas para enriquecer el intelecto humano en la filosofía, en las ciencias y en las artes.
Mas la escuela de Nazaret enseña la más alta sabiduría, la de entender el sentido de la vida, que al mismo tiempo toca el entendimiento y la voluntad para escalar hasta la más alta cumbre de la santidad.
La lección de humildad
“Vida oculta” es llamada, porque ocultaron su grandeza a los ojos de los hombres. Isaías escribió: “Verdaderamente tú eres el Dios escondido”. Escondido el Verbo de Dios en Galilea, una aldea de una provincia de Asia Menor. Así, el Mesías esperado no sería un poderoso como lo esperaban los judíos, sino --con un título despreciable: “será llamado nazareno” (Mateo 2, 23)-- de Nazaret, el pueblo más insignificante de Galilea.
Jesús nació entre los humildes; vivió entre los judíos que no lo aceptaban porque era común decir que nada bueno podía salir de Nazaret, y hasta la misma hora suprema el título escrito en una tabla colocada en la cruz es “Jesús nazareno rey de los judíos”.
Jesús nació entre los humildes; vivió entre gente oscura y nada hizo para brillar, ni para buscar estima o reconocimiento. María y José llevan el mismo camino de humildad. Nadie reconoce las grandezas de Dios en esas sencillas personas.
Nazaret del gran silencio
En sus años de vida oculta, el Verbo de Dios guardó silencio. Así es Maestro de silencio con silencio. De María, la Madre del Señor el evangelio ha guardado muy pocas palabras; de San José, ninguna, sólo silencio. El silencio es un gran valor; no es callar por callar; el silencio no es su propio fin, sino un valioso instrumento para la sabiduría, para la santidad. “Es preciso que el hombre calle para que hable Dios”.
Sabios han sido quienes han buscado el silencio en la montaña o en el desierto; pero más sabios aún, cuando han librado el propio interior de su alma de todo ruido turbador. El silencio interior es libertad, es sabiduría.
El poeta Fray Asinello siente y ahora vive el silencio, y así lo expresó:
Al enjambre magnífico del idioma sonoro,
cuya música grata da deleite al sentido,
yo prefiero el idioma del silencio dormido
que circunda las almas con su clima de oro
El silencio es la puerta del país del Decoro;
allí no nace el llanto ni crece el alarido,
y en la verde penumbra de un jardín escondido
la verdad nos ofrece su divino tesoro
La plenitud se vive sólo cuando callamos:
tácitamente cuajan sus vides los racimos,
en silencio, la tierra sus policromos ramos
Y al final de la vida nosotros descubrimos
que la canción más bella fue la que no cantamos,
y el poema más puro el que nunca dijimos.
La familia de Nazaret es escuela de silencio; de ese silencio donde se alojan otras virtudes como son la humildad, la discreción, la prudencia.
Muchos males se originan en el mal uso de la lengua; muchas vergüenzas y remordimientos por haber dicho, en un momento de ira o de irreflexión, lo que nunca debería haberse dicho.
Por hablar han padecido penas; por no hablar, por callar, sólo cosechan paz, tranquilidad. Saber guardar todo en lo íntimo del corazón, es no el deber hablar: es sabiduría, es virtud.
En Nazaret el trabajo es santo
Cuando Jesús abría sus labios y las multitudes escuchaban extasiadas la sabiduría, algunas personas preguntaban: ¿De dónde le viene toda esa sabiduría? ¿Qué no es éste el hijo del artesano? Así lo conocían como el hijo del carpintero José.
Porque el Verbo de Dios, “nacido bajo la ley, nacido de mujer”, se integró en la historia de la humanidad en una familia cuya situación económica era ganarse el pan de cada día con el trabajo de sus manos: mientras que la madre se afanaba en las labores domésticas, José y el aprendiz Jesús, operario después, trabajaban en el taller.
Así quedó santificado el trabajo. Desde entonces, si bien se medita, el trabajo dejó de ser una maldición.
Es una bendición trabajar, así sea el trabajo intelectual del pensador, del filósofo, del maestro, de una variedad incontable en este siglo, de trabajar como una forma de propio desarrollo y para adquirir los medios de sustento.
Santa ley del trabajo, dulcemente enseñada por Jesús, por María, por José.
Quien tenga trabajo, que le dé gracias a Dios. El cristiano, en su diaria oración, debe darle gracias a Dios por su regalo, porque tiene trabajo, y debe pedir por los que no lo han encontrado; y pedir por los desocupados que son dignos de compasión, es una obra de caridad.
La familia de Nazaret es modelo de oración en familia
Se vive de prisa ahora: negocios urgentes, vida social, siempre mirando el reloj, ese aparato que nos empuja a correr. El asceta que vive en el desierto dijo a los habitantes de la ciudad: ustedes tienen el reloj, yo tengo el tiempo.
Y luego ese aparato de cara humilde que es la televisión, bueno para impedir la reflexión, el diálogo de intimidad familiar y la oración. Desde que entró la televisión a los hogares, ha disminuido la oración en familia.
Familia que hace oración es familia unida. La oración en familia es la corriente eléctrica de padre y madre a los hijos y de éstos a los padres. Juntos alaban a Dios, juntos piden y juntos se enriquecen con regalos de Dios.
Cuando la familia ora, llena la casa de provisiones espirituales, de amor, de fortaleza y paciencia en las adversidades y de alegría en los días de gozo. En Nazaret está el modelo.
Pbro. José R. Ramírez