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Cristo anuncia, revela y promete
Es necesario pensar en lo más noble del ser humano y no en su imagen exterior
Sexto domingo de pascua. Postrer mensaje y despedida del Maestro. En adelante ya no verán su rostro como ahora lo están viendo, ya no escucharán su voz, como ahora, pero seguirá entre ellos.
Prepara a esos valientes, que han creído en Él y han permanecido fieles; a ellos les confía su Reino y ellos han de llevar sobre sus hombros el peso, la responsabilidad de la Iglesia naciente.
Les pide amor manifestado en cumplimiento: “Si me aman, cumplirán mi palabra”.
Para ellos y para todos los seguidores de Cristo, la característica, el sello del amor, ha de ser si es amor verdadero, manifestado en fiel cumplimiento. “No amemos sólo con las palabras y con la lengua, sino con obras y de verdad” (la. Juan 3, 14).
Les pide, y pide al cristiano, amor manifestado en obras. El mismo sentido común así lo ha expresado en el refrán popular: “obras son amores y no buenas razones”.
Es buen esposo y buen padre de familia, el fiel cumplidor de sus deberes para la esposa, para con los hijos.
Es buen hijo si cumple con fidelidad sus deberes todo el año, y no sólo si el 10 de mayo le lleva “mañanitas” y un vistoso regalo a la madre.
Cristo anuncia su despedida; les revela su amor y la urgencia de ser correspondido con amor efectivo, y luego les promete su presencia invisible, cierta, eficaz y operante en ellos, si le son fieles y cumplidos. “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta la consumación de los siglos”. Así les había prometido. (Mateo 28, 10).
Presencia de Dios en el alma
En estos últimos años se ha manifestado mucho interés en educar a los niños y a los jóvenes para la vida exterior, y esto ha adquirido un desarrollo y poder fascinador, pero se ha descuidado la educación de la vida interior.
Se escuchan lamentaciones de la falta de valores en los jóvenes, y ¿cómo pueden practicar las virtudes --ni humanas, para todos; ni cristianas, para los creyentes--, si los padres y maestros los han llevado nada más hacia lo externo?
Es necesario pensar en lo más noble del ser humano y no en su imagen exterior --muy alterada por la cirugía plástica--, sino en la imagen verdadera, que cada día puede ser más bella, si la adornan las virtudes.
Al cristiano llega la promesa de Cristo, la presencia viva de Dios en su alma, en su vida: “El que me ama cumplirá mi palabra, y mi Padre lo amará...
...y haremos en él nuestra morada”
Así Dios se hace presente en su obra, y lo más alto, lo más bello de la obra de Dios es el hombre. Dios siempre se esconde en el misterio, “es una participación de la vida divina” (2a. de Pedro 1, 4).
Esta vida con Dios pide rectitud, buena conciencia y vigilancia, porque son muchas, insistentes, las llamadas hacia afuera, hacia la vida agitada de cada día, hacia el impacto de los medios de comunicación social que asedian al hombre, incluso al cristiano. Además esa palabra nueva, el confort, atrae; luego, la técnica industrializada y la frivolidad del ambiente son invitaciones constantes a vivir de manera superficial, en búsqueda de lo inmediato nada más, de lo fácil, y llevan a la sola superficie de la vida, a la actividad infecunda, sin sentido, alienante, privándole de su intimidad interior.
Para darle sentido a la vida, es preciso encontrar a Cristo.
“Esta es la vida eterna:
que te conozcan a ti
y al que envió a Jesucristo”
Para llegar al amor, primero está el conocimiento. Muchos en este siglo XXI no aman a Cristo, no pueden amarlo todavía porque no lo conocen. Pero, ¿cómo lo conocerán sin haber oído de Él? Y, ¿cómo oirán, si nadie les predica? Y, ¿cómo predicarán, si no son enviados? Según está escrito: “Cuán hermosos los pies de los que anuncian el bien”. (Romanos 10, 14, 15).
Ante la palabrería actual hacen falta heraldos de la Buena Nueva para anunciar a Cristo, para presentarlo ante las multitudes que vagan como ovejas sin pastor.
Y conocer al Hijo es conocer al Padre. La más bella y la más profunda
revelación de Dios y de los misterios de Dios es el Hijo, pues quien ve al Hijo ve al Padre, quien conoce al Hijo conoce al Padre. Ésta es la vida eterna.
Más todavía. Los discípulos no están preparados. Por eso Jesús promete enviarles al Espíritu Santo.
“Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes; pero el Consolador, el Espíritu Santo que el Padre les enviará en mi nombre...,
...les enseñará todas las cosas
y les recortará cuanto les he dicho”
Así marchará la nueva comunidad, llena de fe en Cristo y guiada por el Espíritu Santo.
La Iglesia, a través de dos mil años, ha tenido muchas tempestades, muchos problemas, porque está configurada de seres humanos, todos frágiles, unos buenos, otros regulares, otros pecadores, y han ocasionado disenciones, divisiones y escándalos. Mas siempre la Iglesia ha salido adelante por la presencia de Cristo y la inspiración del Espíritu Santo.
Sin duda el Papa Benedicto XVI en estos días siente muy pesada la cruz de su pontificado, pero no está solo; siente, porque es el vicario, el representante del Maestro; siente la presencia de Cristo cada día, desde el amanecer cuando se postra en su oradción cotidiana, y está cierto, está seguro de que el Espíritu Santo pondrá las palabras oportunas en su boca. El Consolador le ha de consolar, el Inspirador le ha de inspirar sabiduría; y con él la Iglesia orante, porque el Paráclito --el abogado-- habla por todos y por todos aboga.
No es hora de desaliento. La Iglesia ha sido el árbol corpulento, suficientemente fuerte para soportar vientos huracanados, tempestades. Sus raíces son fuertes porque no son naturales. sino que están muy adentro en el plan de Dios.
“No pierdan la paz,
no se acobarden”
La vida de la Iglesia ha sido una bella aventura a campo abierto. La Iglesia no se sienta a llorar, no se lamenta. Todos los creyentes y cada uno en particular, no han de pensar en levantar muros ni echar cerrojos para defenderse de los ataques, ni en perder su identidad. No, la Iglesia no es estática, es un pueblo en marcha, con optimismo, con dinamismo de amor y vida.
Si en la Iglesia está Cristo vivo, resucitado, entonces no hay razón para perder la paz. Si Él está en medio de su pueblo, hay motivo para ser optimistas y dejar que al Espíritu Santo derrame sus indispensables dones. Ser cristiano es dejarse querer por el Espíritu y descubrir y vivir cada día la novedad de Dios.
No es el momento de replegarse, de encerrarse, de mirar hacia atrás.
“La paz les dejo,
mi paz les doy”
La paz de Cristo es regalo y es tarea. Es una actitud de perdón divino y disposición para el perdón fraterno. Es un compromiso para vivir en el amor y la justicia. Así tendrá paz el alma, y la tendrá en abundancia.
San Agustín dice: “La paz del alma racional es el acuerdo ordenado entre el pensamiento y la acción”. Pero añade: “La paz del hombre mortal con Dios es la obediencia bien ordenada según la fe, bajo la ley eterna”. O como propone San Ignacio de Loyola: “Sujetar las pasiones a la razón, y la razón a Dios”.
Esa es la paz: regalo de Cristo a los apóstoles, a la Iglesia, a la humanidad.
Pbro. José R. Ramírez
Prepara a esos valientes, que han creído en Él y han permanecido fieles; a ellos les confía su Reino y ellos han de llevar sobre sus hombros el peso, la responsabilidad de la Iglesia naciente.
Les pide amor manifestado en cumplimiento: “Si me aman, cumplirán mi palabra”.
Para ellos y para todos los seguidores de Cristo, la característica, el sello del amor, ha de ser si es amor verdadero, manifestado en fiel cumplimiento. “No amemos sólo con las palabras y con la lengua, sino con obras y de verdad” (la. Juan 3, 14).
Les pide, y pide al cristiano, amor manifestado en obras. El mismo sentido común así lo ha expresado en el refrán popular: “obras son amores y no buenas razones”.
Es buen esposo y buen padre de familia, el fiel cumplidor de sus deberes para la esposa, para con los hijos.
Es buen hijo si cumple con fidelidad sus deberes todo el año, y no sólo si el 10 de mayo le lleva “mañanitas” y un vistoso regalo a la madre.
Cristo anuncia su despedida; les revela su amor y la urgencia de ser correspondido con amor efectivo, y luego les promete su presencia invisible, cierta, eficaz y operante en ellos, si le son fieles y cumplidos. “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta la consumación de los siglos”. Así les había prometido. (Mateo 28, 10).
Presencia de Dios en el alma
En estos últimos años se ha manifestado mucho interés en educar a los niños y a los jóvenes para la vida exterior, y esto ha adquirido un desarrollo y poder fascinador, pero se ha descuidado la educación de la vida interior.
Se escuchan lamentaciones de la falta de valores en los jóvenes, y ¿cómo pueden practicar las virtudes --ni humanas, para todos; ni cristianas, para los creyentes--, si los padres y maestros los han llevado nada más hacia lo externo?
Es necesario pensar en lo más noble del ser humano y no en su imagen exterior --muy alterada por la cirugía plástica--, sino en la imagen verdadera, que cada día puede ser más bella, si la adornan las virtudes.
Al cristiano llega la promesa de Cristo, la presencia viva de Dios en su alma, en su vida: “El que me ama cumplirá mi palabra, y mi Padre lo amará...
...y haremos en él nuestra morada”
Así Dios se hace presente en su obra, y lo más alto, lo más bello de la obra de Dios es el hombre. Dios siempre se esconde en el misterio, “es una participación de la vida divina” (2a. de Pedro 1, 4).
Esta vida con Dios pide rectitud, buena conciencia y vigilancia, porque son muchas, insistentes, las llamadas hacia afuera, hacia la vida agitada de cada día, hacia el impacto de los medios de comunicación social que asedian al hombre, incluso al cristiano. Además esa palabra nueva, el confort, atrae; luego, la técnica industrializada y la frivolidad del ambiente son invitaciones constantes a vivir de manera superficial, en búsqueda de lo inmediato nada más, de lo fácil, y llevan a la sola superficie de la vida, a la actividad infecunda, sin sentido, alienante, privándole de su intimidad interior.
Para darle sentido a la vida, es preciso encontrar a Cristo.
“Esta es la vida eterna:
que te conozcan a ti
y al que envió a Jesucristo”
Para llegar al amor, primero está el conocimiento. Muchos en este siglo XXI no aman a Cristo, no pueden amarlo todavía porque no lo conocen. Pero, ¿cómo lo conocerán sin haber oído de Él? Y, ¿cómo oirán, si nadie les predica? Y, ¿cómo predicarán, si no son enviados? Según está escrito: “Cuán hermosos los pies de los que anuncian el bien”. (Romanos 10, 14, 15).
Ante la palabrería actual hacen falta heraldos de la Buena Nueva para anunciar a Cristo, para presentarlo ante las multitudes que vagan como ovejas sin pastor.
Y conocer al Hijo es conocer al Padre. La más bella y la más profunda
revelación de Dios y de los misterios de Dios es el Hijo, pues quien ve al Hijo ve al Padre, quien conoce al Hijo conoce al Padre. Ésta es la vida eterna.
Más todavía. Los discípulos no están preparados. Por eso Jesús promete enviarles al Espíritu Santo.
“Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes; pero el Consolador, el Espíritu Santo que el Padre les enviará en mi nombre...,
...les enseñará todas las cosas
y les recortará cuanto les he dicho”
Así marchará la nueva comunidad, llena de fe en Cristo y guiada por el Espíritu Santo.
La Iglesia, a través de dos mil años, ha tenido muchas tempestades, muchos problemas, porque está configurada de seres humanos, todos frágiles, unos buenos, otros regulares, otros pecadores, y han ocasionado disenciones, divisiones y escándalos. Mas siempre la Iglesia ha salido adelante por la presencia de Cristo y la inspiración del Espíritu Santo.
Sin duda el Papa Benedicto XVI en estos días siente muy pesada la cruz de su pontificado, pero no está solo; siente, porque es el vicario, el representante del Maestro; siente la presencia de Cristo cada día, desde el amanecer cuando se postra en su oradción cotidiana, y está cierto, está seguro de que el Espíritu Santo pondrá las palabras oportunas en su boca. El Consolador le ha de consolar, el Inspirador le ha de inspirar sabiduría; y con él la Iglesia orante, porque el Paráclito --el abogado-- habla por todos y por todos aboga.
No es hora de desaliento. La Iglesia ha sido el árbol corpulento, suficientemente fuerte para soportar vientos huracanados, tempestades. Sus raíces son fuertes porque no son naturales. sino que están muy adentro en el plan de Dios.
“No pierdan la paz,
no se acobarden”
La vida de la Iglesia ha sido una bella aventura a campo abierto. La Iglesia no se sienta a llorar, no se lamenta. Todos los creyentes y cada uno en particular, no han de pensar en levantar muros ni echar cerrojos para defenderse de los ataques, ni en perder su identidad. No, la Iglesia no es estática, es un pueblo en marcha, con optimismo, con dinamismo de amor y vida.
Si en la Iglesia está Cristo vivo, resucitado, entonces no hay razón para perder la paz. Si Él está en medio de su pueblo, hay motivo para ser optimistas y dejar que al Espíritu Santo derrame sus indispensables dones. Ser cristiano es dejarse querer por el Espíritu y descubrir y vivir cada día la novedad de Dios.
No es el momento de replegarse, de encerrarse, de mirar hacia atrás.
“La paz les dejo,
mi paz les doy”
La paz de Cristo es regalo y es tarea. Es una actitud de perdón divino y disposición para el perdón fraterno. Es un compromiso para vivir en el amor y la justicia. Así tendrá paz el alma, y la tendrá en abundancia.
San Agustín dice: “La paz del alma racional es el acuerdo ordenado entre el pensamiento y la acción”. Pero añade: “La paz del hombre mortal con Dios es la obediencia bien ordenada según la fe, bajo la ley eterna”. O como propone San Ignacio de Loyola: “Sujetar las pasiones a la razón, y la razón a Dios”.
Esa es la paz: regalo de Cristo a los apóstoles, a la Iglesia, a la humanidad.
Pbro. José R. Ramírez