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¿Crisis en la Iglesia?

Hace unos días escuché en la radio la noticia de que la Iglesia se encuentra viviendo una de las peores crisis desde los tiempos de Lutero. Impactante, ¿no?

 Primera Parte


     Hace unos días escuché en la radio la noticia de que la Iglesia se encuentra viviendo una de las peores crisis desde los tiempos de Lutero. Impactante, ¿no? Sería ocioso enumerar nuevamente todo lo que ya sabemos sobre los últimos acontecimientos suscitados en el seno de la Santa Madre Iglesia Católica, que por un lado han causado escándalo y bochorno en la sociedad, mientras que por otro han servido a los detractores para afianzar su posición y ganar adeptos en su causa de ofensiva contra la sagrada institución.      
     Comenzaré por narrar una anécdota de Napoleón. Se dice que el emperador le dijo al Cardenal Consalvi: “Voy a destruir tu Iglesia”, a lo que el Cardenal respondió: “No, no podrá. Ni siquiera nosotros hemos podido hacerlo”. Además de lo doloroso de la frase, el Cardenal remarcaba una verdad incontrovertible: Cristo nunca permitirá que Su Iglesia fracase (Mt 16, 18). Repasemos un poco de historia.
     La Reforma Protestante no surgió por causas teológicas ni doctrinales, sino por aspectos morales. Martín Lutero, artífice de la Reforma, vivió un periodo en el que el ejemplo de clérigos era desastroso. En ese momento histórico el Papa, Alejandro VI, no enseñó nada contrario a la fe, pero fue simplemente un hombre desorientado. Tuvo nueve hijos de seis diferentes concubinas y llevó a cabo acciones en contra de quienes consideraba sus enemigos. Lutero visitó Roma y, escandalizado como lo estamos hoy en día, se preguntaba cómo Dios permitía que un hombre así fuese la cabeza visible de Su Iglesia.
     Al regresar a Alemania, tomó conciencia de la gran cantidad de problemas morales que aquejaban a las distintas congregaciones. Varios sacerdotes sostenían abiertamente relaciones con mujeres y reinaba un desenfreno moral entre los laicos católicos, por lo que fundó su propia Iglesia. Sus 95 tesis, publicadas y clavadas en la puerta de la Iglesia del Palacio de Wittenberg el 31 de Octubre de 1517, fueron la mecha que encendió el debate teológico que condujo a la Reforma Protestante y al nacimiento de diversas prácticas dentro del cristianismo, tales como el Luteranismo, el Presbiterianismo y el Anabaptismo. La cuestión es, ¿fue este período histórico de cisma la peor crisis de la Iglesia? Quizás no, porque en su inicio tuvo otro momento terrible: la traición de Judas.
     Antes de elegir a Sus primeros discípulos, N.S. Jesucristo “subió a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios” (Lc 6, 12), y después eligió a los doce que Él formaría como sus apóstoles, a quienes envió a predicar la Buena Nueva y les dio el poder de sanar enfermos, resucitar muertos y expulsar demonios (Cfr. Mt, 10, 7-8). No obstante, uno de ellos fue un traidor. Uno al que le lavó los pies y que lo vio caminar sobre las aguas, resucitar muertos, limpiar leprosos y perdonar pecados. San Juan (Jn 13, 27) nos relata que Él permitió que Satanás entrara en Judas, quien lo vendió por treinta monedas de plata (Mt 26, 15). Pero Jesús no lo escogió para que lo traicionara, sino para que fuera como todos los demás, de manera que Judas, como hombre libre, eligió usar su libertad para permitir que el Diablo entrara en él y traicionar a su Maestro. Así que desde los primeros que Jesús escogió uno fue un terrible traidor, por lo que un hecho que debemos asumir es que a veces los elegidos de Dios lo traicionan.
     Y si el escándalo causado por Judas hubiera sido lo único en lo que los primeros miembros de la comunidad cristiana se hubieran fijado, la Iglesia se hubiera acabado antes de empezar. En lugar de ello, la comunidad reconoció que no se juzga algo por los que no lo viven, sino por quienes sí lo viven; por tanto, en vez de centrarse en aquel que traicionó las enseñanzas de Cristo Jesús, se centraron en los otros once, aquellos a los que gracias a su predicación, milagros y ejemplo, la Iglesia ha subsistido durante más de dos mil años a pesar del inmenso número de Judas de todos los tiempos.
     Hoy podemos centrarnos en aquellos que traicionan al Señor al abusar de sus semejantes o, como la primera Iglesia, podemos enfocarnos en los demás, en aquellos que permanecen fieles a la Palabra de Dios viviendo una vida de silenciosa santidad. La elección es nuestra. Que el señor nos bendiga y nos guarde.


Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara(arroba)up.edu.mx

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