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Crash
Extremar precauciones al momento de conducir no está de más
GUADALAJARA, JALISCO (28/DIC/2014).- He visto a las mejores mentes de mi generación chocar sus automóviles. No sólo eso, sino estrellarlos en época de posadas y fiestas decembrinas, a veces por su culpa directa y las más por bestialidad de otros. Pero el caso es que estos son días de guardar: de guardarse de los coches y sus conductores.
Mi recuerdo más espectacular al respecto está protagonizado por mi propia familia. La víspera de Año Nuevo de 1987, mi madre esquivó a un peatón tarado que se cruzó a la carrera (levantando las manos y cerrando los ojos) la lateral de López Mateos, a la altura de Plaza del Ángel, y acabó incrustando su brasilia, con todos nosotros dentro, debajo de un autobús del transporte público cuyo chofer se frenó de improviso a media cuadra para ver si alcanzaba a comprar unos birotes en la panadería cercana. Milagro, pues, que no nos matáramos, aunque la pobre brasilia quedó para el chatarrero.
Recuerdo al chofer del autobús mirándonos a través de nuestro parabrisas roto y al peatón infame que provocó el desastre alejarse nerviosamente hacia el interior de la plaza. Espero que su destino le haya deparado algo justo, como ser devorado por una manada de chacales. Entre que aparecían los ajustadores del seguro (en aquella época todo era aún más lento que hoy y el tipo estaba, al parecer, de vacaciones en Zapotlanejo y sin ninguna gana de venir a ver qué se ofrecía) llegó una ambulancia. La estacionaron tan mal que el primer automóvil que quiso librar el atasco del choque se le estampó en un costado.
Como en caricatura del Coyote y el Correcaminos, se fueron sumando autos al percance: un curioso rodó demasiado lento, no vio que el vehículo delante de él estaba embarrado en la ambulancia y le pegó en la defensa, etcétera. Hubo necesidad de que los agentes de tránsito cerraran la lateral y se armó una escandalera (la gente de Plaza del Ángel salió en masa para ver si había heridos; un camión de bomberos apareció para ver si se necesitaban sus servicios…).
Una mujer nos trajo pan dulce a los afectados; otra nos acercó ponche. No llegamos a pasar las campanadas en aquella malhadada lateral pero faltó poco. Al final, cuando las grúas se llevaron todo y se despejó el lugar, nos despedimos los afectados y los metiches con abrazo y todo, como si fuera el final de un capítulo de Saturday Night Live. Mi madre tardó veinte años en volver a poseer un auto.
Otro choque famoso lo interpretó, en Noche Buena, la amiga de una chica con la que salía circa 1995. Ella fue mucho más radical: a mitad del túnel de Hidalgo decidió que necesitaba regresar y metió los frenos. Se le estrellaron tres camionetas, una detrás de otra, y ella se rompió los dientes contra el volante. Me enteré de los hechos por la llamada de un amigo (¿recuerdan aquellos celulares enormes, pesados y con antena, como radios militares de la Segunda Guerra?) mientras estaba en la fila de las cajas del supermercado, esperando pagar dos botellas de sidra y una bandeja de cuernitos de pan que iba a llevar a la cena a la que estaba invitado.
Como no soy médico ni rescatista, esperé mi turno durante hora y media, pagué y sólo entonces me puse en movimiento. Fui el último de los amigos en llegar a urgencias y tardé tanto que me perdí la espera angustiosa que se produjo antes de que saliera una enfermera a decir que, fuera del asunto dental, no había peligro alguno y la chica se recuperaría. Claro: yo quedé como insensible por llegar tarde y con sidra y cuernitos.
Mi recuerdo más espectacular al respecto está protagonizado por mi propia familia. La víspera de Año Nuevo de 1987, mi madre esquivó a un peatón tarado que se cruzó a la carrera (levantando las manos y cerrando los ojos) la lateral de López Mateos, a la altura de Plaza del Ángel, y acabó incrustando su brasilia, con todos nosotros dentro, debajo de un autobús del transporte público cuyo chofer se frenó de improviso a media cuadra para ver si alcanzaba a comprar unos birotes en la panadería cercana. Milagro, pues, que no nos matáramos, aunque la pobre brasilia quedó para el chatarrero.
Recuerdo al chofer del autobús mirándonos a través de nuestro parabrisas roto y al peatón infame que provocó el desastre alejarse nerviosamente hacia el interior de la plaza. Espero que su destino le haya deparado algo justo, como ser devorado por una manada de chacales. Entre que aparecían los ajustadores del seguro (en aquella época todo era aún más lento que hoy y el tipo estaba, al parecer, de vacaciones en Zapotlanejo y sin ninguna gana de venir a ver qué se ofrecía) llegó una ambulancia. La estacionaron tan mal que el primer automóvil que quiso librar el atasco del choque se le estampó en un costado.
Como en caricatura del Coyote y el Correcaminos, se fueron sumando autos al percance: un curioso rodó demasiado lento, no vio que el vehículo delante de él estaba embarrado en la ambulancia y le pegó en la defensa, etcétera. Hubo necesidad de que los agentes de tránsito cerraran la lateral y se armó una escandalera (la gente de Plaza del Ángel salió en masa para ver si había heridos; un camión de bomberos apareció para ver si se necesitaban sus servicios…).
Una mujer nos trajo pan dulce a los afectados; otra nos acercó ponche. No llegamos a pasar las campanadas en aquella malhadada lateral pero faltó poco. Al final, cuando las grúas se llevaron todo y se despejó el lugar, nos despedimos los afectados y los metiches con abrazo y todo, como si fuera el final de un capítulo de Saturday Night Live. Mi madre tardó veinte años en volver a poseer un auto.
Otro choque famoso lo interpretó, en Noche Buena, la amiga de una chica con la que salía circa 1995. Ella fue mucho más radical: a mitad del túnel de Hidalgo decidió que necesitaba regresar y metió los frenos. Se le estrellaron tres camionetas, una detrás de otra, y ella se rompió los dientes contra el volante. Me enteré de los hechos por la llamada de un amigo (¿recuerdan aquellos celulares enormes, pesados y con antena, como radios militares de la Segunda Guerra?) mientras estaba en la fila de las cajas del supermercado, esperando pagar dos botellas de sidra y una bandeja de cuernitos de pan que iba a llevar a la cena a la que estaba invitado.
Como no soy médico ni rescatista, esperé mi turno durante hora y media, pagué y sólo entonces me puse en movimiento. Fui el último de los amigos en llegar a urgencias y tardé tanto que me perdí la espera angustiosa que se produjo antes de que saliera una enfermera a decir que, fuera del asunto dental, no había peligro alguno y la chica se recuperaría. Claro: yo quedé como insensible por llegar tarde y con sidra y cuernitos.