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Contra el pecado: la virtud

Permite a la persona no sólo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma… la persona virtuosa tiende hacia el bien

    Jascha Heifetz es considerado uno de los más grandes violinistas de todos los tiempos. Cuando se habla de virtuosismo, este gran artista es una referencia obligada. ¿Qué es lo que lo convirtió en un virtuoso? Una pequeña dosis de talento y una enorme cantidad de práctica, pues se dice lo hacía hasta 18 horas diarias. Esa perseverancia lo convirtió en un virtuoso.
     La virtud se entiende como un buen hábito que habilita a la persona para actuar de acuerdo con la recta razón. Proviene del latín virtus, que significa fuerza de carácter. El Catecismo de la Iglesia Católica (1803) aclara que la “virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien. Permite a la persona no sólo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma… la persona virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y lo elige a través de acciones concretas”. Ha de entenderse, entonces, que como “disposición habitual”, las virtudes no por conocerse se adquieren; al ser reconocidas como hábitos, hemos de recordar que éstos sólo se alcanzan por la práctica constante. Una virtud se practica, se vive y, a través de ello, se hace parte de la forma de ser de las personas.
     En el Catecismo leemos adelante (1804) que las virtudes humanas “regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la razón y la fe. Proporcionan facilidad, dominio y gozo para llevar una vida moralmente buena. El hombre virtuoso es el que practica libremente el bien”. Aquí encontramos los elementos por los que la virtud es el arma con la que se combate el pecado. Al haber recorrido la gama de vicios capitales, encontramos que el común denominador entre ellos es el desorden de las pasiones humanas. Además lo contario a virtud, el mal hábito, se denomina vicio. Así, la virtud se contrapone al vicio, para ordenar las pasiones y dirigir nuestras acciones de acuerdo con la razón.
     Esto significa que los vicios nunca son razonables, pues ¿cómo puede ser razonable beber hasta perder la conciencia, actuar con arrogancia hasta denigrar a un congénere, envidiar hasta llegar a la difamación, considerar misóginamente a la mujer (o al hombre, según sea el caso) como un simple objeto de placer, etc. etc.? Todo ello se alcanza por la práctica de un mal hábito que se cristaliza en un vicio capital.
     El otro elemento de la virtud es la elección libre. Una persona virtuosa ha elegido libremente actuar de acuerdo con la recta razón, aunque también una persona viciosa ha elegido ese camino libremente. Por su parte, las virtudes adquiridas no dependen de la fe, sino del esfuerzo por ser mejor y superar todo aquello que daña al cuerpo y al espíritu. Esto significa, abundando en la ya dicho, que las virtudes se adquieren por repetición de actos buenos, puesto que son acciones que nacen del corazón y están orientadas a un bien, siempre elegido libremente. De acuerdo con Aristóteles, la virtud es también una cualidad que depende de la voluntad y nos asegura, además, que el hombre virtuoso es verdaderamente sabio, lo que se complementa con la frase de MarcoTulio Cicerón: “Cuanto más virtuoso es el hombre, menos acusa de vicios a los demás”. Aristóteles afirmó también que “la virtud como el arte, se consagra constantemente a lo que es difícil de hacer, y cuanto más dura es la tarea, más brillante es el éxito”.
     La práctica de las virtudes se opone a los vicios capitales y es el camino seguro hacia la santidad, como se anuncia en el Catecismo (1803): “El objetivo de una vida virtuosa consiste en llegar a ser semejante a Dios”. Pero como en el caso del violinista Heifetz y de acuerdo con Aristóteles, vivir la virtud no es cosa fácil. El camino del vicio y el pecado es cómodo, y como dice N. S. Jesucristo: “Entren por la puerta angosta. Porque la puerta y el camino que llevan a la perdición son anchos y espaciosos, y muchos entran por ellos; pero la puerta y el camino que llevan a la vida son angostos y difíciles, y pocos los encuentran”. (Mt 7, 13-14). Ciertamente la práctica de las virtudes es el camino angosto, pero al final, la recompensa es proporcional al esfuerzo y siempre nos conducirá a la felicidad y la plenitud que es el Reino de Dios aquí y ahora. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.


Antonio Lara Barragán Gómez (OFS)
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara(arroba)up.edu.mx

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