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Conociendo a san Pablo desde su vida
Un día Festo, el gobernador de Cesarea donde Pablo estaba preso, lo mandó llamar para decirle...
Un día Festo, el gobernador de Cesarea donde Pablo estaba preso, lo mandó llamar para decirle:
– Ha llegado por fin el momento en que se cumplirá tu deseo por tanto tiempo esperado…
– ¿Qué dices?
– Pablo, irás a Roma.
– ¿Podrán ir conmigo Lucas y Aristarco?
– Si así lo quieres, sea. Sé que Lucas es romano como tú, ¿pero Aristarco?
– Es macedonio de Tesalónica. Me ha ayudado mucho y me será de gran ayuda.
Festo había dado instrucciones al centurión:
–Julio, llevarás a tu cargo a algunos prisioneros que deben llegar a Roma, pero sobre todo quiero recomendarte a Pablo; es una gran persona que bien podría ya estar libre desde hace tiempo, pero él quiere ser juzgado por el César.
– A lo mejor lo que quiere es ir a Roma...
– Sea lo que sea, te lo encargo mucho, como mi amigo.
– Así se hará.
Navegando con mal viento
Unos días después emprendieron el viaje; el buque navegaba lentamente porque el viento era contrario y no les favorecía; mientras tanto, Pablo y sus compañeros contemplaban el horizonte.
– Mira Lucas, allá se ve la isla de Chipre, la patria de Bernabé…
– Sí, y mañana llegaremos a Sidón…
–Luego atravesaremos mares de Cilicia y Panfilia, para llegar luego a Mira de Licia…
– Pablo, el centurión Julio se porta muy amable contigo.
– Ciertamente, Dios lo recompense por su bondad.
Así con dificultades y sin poder tocar tierra en algunos puertos que hubiesen deseado, fueron a dar hasta un lugar llamado Buenos Puertos, cerca de Lasea.
– Con lo que hubiese gustado llegar a Creta, por el puerto de Salmonem, decía Lucas.
– Será para la próxima, le respondía Aristarco.
Mal pronóstico
El recorrido desde Cesarea hasta aquí ha sido demasiado lento, soplaban ya vientos difíciles.
Pablo dijo al Centurión:
– Este tiempo es demasiado peligroso para proseguir el viaje. Podríamos perder la carga y la nave y hasta la vida.
Pero el piloto y el capitán no pensaban lo mismo y decían:
– ¡Qué sabe Pablo más que nosotros, que andamos siempre en esto…!
– Fíjate, el viento que sopla es ligero todavía, bien podemos llegar hasta Fénica, el puerto de Creta que está al sureste de la isla. Allí podremos pasar el invierno antes de proseguir.
– Será mejor, porque aquí está muy feo.
– Mejor lo feo que lo peligroso.
Y sin hacer caso a las advertencias de Pablo, levaron anclas y se encaminaron hacia Creta.
Unos días después, ya por la tarde, empezó a soplar el viento como una fuerte ráfaga y ya por la noche se había vuelto un huracán.
Los pilotos no podían controlar la nave, que por momentos era arrastrada sin rumbo hacia altamar.
La tormenta
El temporal arreciaba y las dificultades aumentaban. Durante muchos días y noches no aparecieron ni el sol ni las estrellas.
El temor de chocar contra los escollos era cada vez mayor. Los marineros empezaron a aligerar la nave echando al mar cuanto podían, aunque la esperanza de salvarse iba poco a poco desapareciendo.
En medio de aquella confusión, nadie sabía ya qué pensar. Entonces, al amanecer, Pablo se puso de pie en medio de la tripulación, alzó la voz y dijo:
– Amigos, más hubiera valido quedarnos en Creta. Pero ahora les recomiendo que tengan buen ánimo; ninguna vida se perderá, solamente la nave.
– ¿Te has vuelto loco, Pablo?
– Esta noche he visto un ángel de Dios y me ha dicho: “No temas, Pablo; tú tienes que comparecer ante el César; Dios te ha concede la vida de todos los que navegan contigo”. Por tanto, amigos, ¡ánimo! Yo tengo fe en Dios en llegaremos a alguna isla…
–Y ¿qué tenemos que hacer?
– Entonces Pablo, con voz fuerte pero tranquila, les dijo:
– Hace muchos días que ninguno de ustedes ha comido, es conveniente que tomen alimento, ya que todos salvarán la vida.
Luego él mismo tomó pan, dio gracias a Dios y, en presencia de todos, se puso a comer.
Entonces todos los demás se llenaron de esperanza y también tomaron alimento.
Una noche los marineros intentaron escapar en un bote, pero Pablo dijo al Centurión:
– Si éstos no se quedan, no podremos hacer nada, sólo con ellos nos podremos salvar...
Los soldados impidieron la fuga, cortaron las amarras del bote y lo echaron al mar.
Naufragio
Al amanecer los marineros divisaron una playa, pero no podían reconocer el lugar; no obstante, resolvieron acercarse lo más posible, pero la nave encalló y quedó allí clavada.
Los soldados propusieron al Centurión Julio que debían matar a los prisioneros para que no escaparan, pero él, pensando en Pablo, se opuso.
Más bien dio la orden de que los que supieran nadar ganasen la orilla, y que los demás aprovecharan tablones o algún otro despojo de la nave.
Así, prendidos a una tabla, flotando sobre el agua… sumergidos a ratos, sin saber si era un sueño, sopor o pesadilla…si era el principio de un pasar a la otra orilla o a la otra vida… de esta forma llegaron a tierra sanos y salvos los doscientos setenta y seis pasajeros.
Pescadores a la vista
– Los nativos de la isla se dieron cuenta del naufragio y acudieron en su ayuda.
– ¿Cómo se llama este lugar?
– Es la isla de Malta
Como hacía frío y los náufragos estaban todos empapados, los habitantes de la isla encendieron una hoguera para que pudieran calentarse...
Pablo se dispuso a ayudar a recoger ramas secas cuando de pronto, de entre las ramas salió una víbora y le mordió la mano… Los nativos se decían:
– Mal presagio, aquí acabó…
– Ves que trae cadenas, es un prisionero, a lo mejor un criminal…
– Morirá en poco rato por el veneno…
– Escapó del mar, pero la justicia divina lo castiga.
Pero Pablo, tranquilamente, se sacudió el animal sobre el fuego y no sufrió daño alguno.
Cuando aquellos hombres crédulos y supersticiosos vieron que no le pasaba nada anormal, cambiaron de parecer:
– Fíjate que ya pasó buen rato y no ha caído muerto…
–Ni siquiera se ha hinchado…
– Oye, ¿no será un dios?
Enseguida hubo quien fue corriendo a contarle todo esto al jefe principal de la isla, y éste vino inmediatamente a ver lo sucedido.
Cuando vio a toda aquella gente, dio órdenes de que los acomodaran en algún lugar de sus propiedades, pero a Pablo y a sus compañeros, junto con el Centurión y el capitán, los llevó a su casa.
Pablo le interrogó:
– ¿Cómo te llamas?
– Publio –respondió secamente-.
– ¿Te acontece algo? te veo preocupado…
–Tienes razón, mi padre está muy enfermo…
– Llévame a verlo…
En un primer momento Publio dudaba, pero fue más fuerte la preocupación por su padre… un tenue hilo de esperanza se prendió en aquella palabra que tan espontáneamente se le daba, y en su corazón se reavivó el deseo de verlo sanar.
Pablo entró hasta donde estaba el enfermo, lo miró detenidamente, luego hizo oración, le impuso las manos y lo curó.
Publio no sabía cómo expresar su agradecimiento y se deshacía en toda suerte de atenciones.
Después de este acontecimiento, la noticia se esparció por toda la isla y le llevaban a los otros enfermos que había en ella; todos los que sufrían algún mal acudían a Pablo... y en nombre de Jesús, eran curados.
Por este motivo los habitantes de Malta tuvieron para con los náufragos toda clase de atenciones.
Hasta las gentes más pobres les llevaban frutas y otros regalos.
La despedida de Malta
Cuando llegó el momento en que partieron los náufragos, les proveyeron de todo lo necesario.
–Ya se van los náufragos…
– Llevan tres meses en la isla…
– Nos habíamos acostumbrado ya a su presencia…
– Vamos al puerto a despedirlos…
– Les llevaremos unos panes…
– Los vamos a echar de menos…
En cambio, los náufragos decían:
– ¿Nos iremos en esta nave?
– Sí, es un buque de Alejandría que se quedó aquí a pasar el invierno.
Los doscientos setenta y seis pasajeros abordaron el barco y partieron rumbo a Siracusa.
– Adiós amigos…
– Adiós, y gracias por todo…
– Vuelvan algún día…
Después de una escala de tres días en Siracusa, se dirigieron hacia Pozzuoli.
Como hacía buen viento y el mar estaba tranquilo, llegaron en dos días.
María Belén Sánchez Bustos fsp
– Ha llegado por fin el momento en que se cumplirá tu deseo por tanto tiempo esperado…
– ¿Qué dices?
– Pablo, irás a Roma.
– ¿Podrán ir conmigo Lucas y Aristarco?
– Si así lo quieres, sea. Sé que Lucas es romano como tú, ¿pero Aristarco?
– Es macedonio de Tesalónica. Me ha ayudado mucho y me será de gran ayuda.
Festo había dado instrucciones al centurión:
–Julio, llevarás a tu cargo a algunos prisioneros que deben llegar a Roma, pero sobre todo quiero recomendarte a Pablo; es una gran persona que bien podría ya estar libre desde hace tiempo, pero él quiere ser juzgado por el César.
– A lo mejor lo que quiere es ir a Roma...
– Sea lo que sea, te lo encargo mucho, como mi amigo.
– Así se hará.
Navegando con mal viento
Unos días después emprendieron el viaje; el buque navegaba lentamente porque el viento era contrario y no les favorecía; mientras tanto, Pablo y sus compañeros contemplaban el horizonte.
– Mira Lucas, allá se ve la isla de Chipre, la patria de Bernabé…
– Sí, y mañana llegaremos a Sidón…
–Luego atravesaremos mares de Cilicia y Panfilia, para llegar luego a Mira de Licia…
– Pablo, el centurión Julio se porta muy amable contigo.
– Ciertamente, Dios lo recompense por su bondad.
Así con dificultades y sin poder tocar tierra en algunos puertos que hubiesen deseado, fueron a dar hasta un lugar llamado Buenos Puertos, cerca de Lasea.
– Con lo que hubiese gustado llegar a Creta, por el puerto de Salmonem, decía Lucas.
– Será para la próxima, le respondía Aristarco.
Mal pronóstico
El recorrido desde Cesarea hasta aquí ha sido demasiado lento, soplaban ya vientos difíciles.
Pablo dijo al Centurión:
– Este tiempo es demasiado peligroso para proseguir el viaje. Podríamos perder la carga y la nave y hasta la vida.
Pero el piloto y el capitán no pensaban lo mismo y decían:
– ¡Qué sabe Pablo más que nosotros, que andamos siempre en esto…!
– Fíjate, el viento que sopla es ligero todavía, bien podemos llegar hasta Fénica, el puerto de Creta que está al sureste de la isla. Allí podremos pasar el invierno antes de proseguir.
– Será mejor, porque aquí está muy feo.
– Mejor lo feo que lo peligroso.
Y sin hacer caso a las advertencias de Pablo, levaron anclas y se encaminaron hacia Creta.
Unos días después, ya por la tarde, empezó a soplar el viento como una fuerte ráfaga y ya por la noche se había vuelto un huracán.
Los pilotos no podían controlar la nave, que por momentos era arrastrada sin rumbo hacia altamar.
La tormenta
El temporal arreciaba y las dificultades aumentaban. Durante muchos días y noches no aparecieron ni el sol ni las estrellas.
El temor de chocar contra los escollos era cada vez mayor. Los marineros empezaron a aligerar la nave echando al mar cuanto podían, aunque la esperanza de salvarse iba poco a poco desapareciendo.
En medio de aquella confusión, nadie sabía ya qué pensar. Entonces, al amanecer, Pablo se puso de pie en medio de la tripulación, alzó la voz y dijo:
– Amigos, más hubiera valido quedarnos en Creta. Pero ahora les recomiendo que tengan buen ánimo; ninguna vida se perderá, solamente la nave.
– ¿Te has vuelto loco, Pablo?
– Esta noche he visto un ángel de Dios y me ha dicho: “No temas, Pablo; tú tienes que comparecer ante el César; Dios te ha concede la vida de todos los que navegan contigo”. Por tanto, amigos, ¡ánimo! Yo tengo fe en Dios en llegaremos a alguna isla…
–Y ¿qué tenemos que hacer?
– Entonces Pablo, con voz fuerte pero tranquila, les dijo:
– Hace muchos días que ninguno de ustedes ha comido, es conveniente que tomen alimento, ya que todos salvarán la vida.
Luego él mismo tomó pan, dio gracias a Dios y, en presencia de todos, se puso a comer.
Entonces todos los demás se llenaron de esperanza y también tomaron alimento.
Una noche los marineros intentaron escapar en un bote, pero Pablo dijo al Centurión:
– Si éstos no se quedan, no podremos hacer nada, sólo con ellos nos podremos salvar...
Los soldados impidieron la fuga, cortaron las amarras del bote y lo echaron al mar.
Naufragio
Al amanecer los marineros divisaron una playa, pero no podían reconocer el lugar; no obstante, resolvieron acercarse lo más posible, pero la nave encalló y quedó allí clavada.
Los soldados propusieron al Centurión Julio que debían matar a los prisioneros para que no escaparan, pero él, pensando en Pablo, se opuso.
Más bien dio la orden de que los que supieran nadar ganasen la orilla, y que los demás aprovecharan tablones o algún otro despojo de la nave.
Así, prendidos a una tabla, flotando sobre el agua… sumergidos a ratos, sin saber si era un sueño, sopor o pesadilla…si era el principio de un pasar a la otra orilla o a la otra vida… de esta forma llegaron a tierra sanos y salvos los doscientos setenta y seis pasajeros.
Pescadores a la vista
– Los nativos de la isla se dieron cuenta del naufragio y acudieron en su ayuda.
– ¿Cómo se llama este lugar?
– Es la isla de Malta
Como hacía frío y los náufragos estaban todos empapados, los habitantes de la isla encendieron una hoguera para que pudieran calentarse...
Pablo se dispuso a ayudar a recoger ramas secas cuando de pronto, de entre las ramas salió una víbora y le mordió la mano… Los nativos se decían:
– Mal presagio, aquí acabó…
– Ves que trae cadenas, es un prisionero, a lo mejor un criminal…
– Morirá en poco rato por el veneno…
– Escapó del mar, pero la justicia divina lo castiga.
Pero Pablo, tranquilamente, se sacudió el animal sobre el fuego y no sufrió daño alguno.
Cuando aquellos hombres crédulos y supersticiosos vieron que no le pasaba nada anormal, cambiaron de parecer:
– Fíjate que ya pasó buen rato y no ha caído muerto…
–Ni siquiera se ha hinchado…
– Oye, ¿no será un dios?
Enseguida hubo quien fue corriendo a contarle todo esto al jefe principal de la isla, y éste vino inmediatamente a ver lo sucedido.
Cuando vio a toda aquella gente, dio órdenes de que los acomodaran en algún lugar de sus propiedades, pero a Pablo y a sus compañeros, junto con el Centurión y el capitán, los llevó a su casa.
Pablo le interrogó:
– ¿Cómo te llamas?
– Publio –respondió secamente-.
– ¿Te acontece algo? te veo preocupado…
–Tienes razón, mi padre está muy enfermo…
– Llévame a verlo…
En un primer momento Publio dudaba, pero fue más fuerte la preocupación por su padre… un tenue hilo de esperanza se prendió en aquella palabra que tan espontáneamente se le daba, y en su corazón se reavivó el deseo de verlo sanar.
Pablo entró hasta donde estaba el enfermo, lo miró detenidamente, luego hizo oración, le impuso las manos y lo curó.
Publio no sabía cómo expresar su agradecimiento y se deshacía en toda suerte de atenciones.
Después de este acontecimiento, la noticia se esparció por toda la isla y le llevaban a los otros enfermos que había en ella; todos los que sufrían algún mal acudían a Pablo... y en nombre de Jesús, eran curados.
Por este motivo los habitantes de Malta tuvieron para con los náufragos toda clase de atenciones.
Hasta las gentes más pobres les llevaban frutas y otros regalos.
La despedida de Malta
Cuando llegó el momento en que partieron los náufragos, les proveyeron de todo lo necesario.
–Ya se van los náufragos…
– Llevan tres meses en la isla…
– Nos habíamos acostumbrado ya a su presencia…
– Vamos al puerto a despedirlos…
– Les llevaremos unos panes…
– Los vamos a echar de menos…
En cambio, los náufragos decían:
– ¿Nos iremos en esta nave?
– Sí, es un buque de Alejandría que se quedó aquí a pasar el invierno.
Los doscientos setenta y seis pasajeros abordaron el barco y partieron rumbo a Siracusa.
– Adiós amigos…
– Adiós, y gracias por todo…
– Vuelvan algún día…
Después de una escala de tres días en Siracusa, se dirigieron hacia Pozzuoli.
Como hacía buen viento y el mar estaba tranquilo, llegaron en dos días.
María Belén Sánchez Bustos fsp