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Conociendo a san Pablo desde su vida

Apenas instalado en Cesarea, Festo recibió la visita del rey Agripa; iba acompañado de Berenice, su esposa...

Octubre 4


Pablo ante el rey Agripa

     Apenas instalado en Cesarea, Festo recibió la visita del rey Agripa; iba acompañado de Berenice, su esposa.
     Aprovechando la ocasión, Festo expuso al rey el caso de Pablo:
     -- Hay aquí un hombre que Félix dejó prisionero. Los judíos, piden contra él sentencia  de muerte.
     -- ¿Y tú qué hiciste?
     -- Yo les respondí que antes hay que darle la posibilidad de defenderse.
     -- Pero ellos no aceptaron tu propuesta…
     -- Sí, ellos vinieron aquí, pero no presentaron ninguna acusación, solamente tenían contra él unas discusiones sobre su religión y sobre un tal Jesús, ya muerto, de quien Pablo afirma que vive.
     -- Sin duda se trata de Jesús el Nazareno que murió hace algunos años, aunque hay todavía muchos que siguen su camino.
     -- Yo estaba perplejo, no sabía qué hacer, pero Pablo apeló al César.
     Agripa se quedó unos momentos pensativo y dijo a Festo:
     -- ¿Sabes, Festo? Yo quisiera oír a ese hombre.
     -- No se diga más, mañana le oirás.
     Al día siguiente se reunieron Festo,Agripa y Berenice en la sala de audiencias, junto con los tribunos y los personajes de más categoría de la ciudad.
     Festo ordenó que  trajeran a Pablo. Éste entró serenamente, sin prisas, y se puso de pie en medio de la asamblea. Las cadenas que ataban sus manos eran sencillas, pero caían hasta el suelo.
     Entonces Festo se puso de pie y dijo:
     -- Rey Agripa y todos los aquí presentes: Este es el hombre a quien acusan los judíos y contra quien toda la multitud grita que debe morir. Yo comprendí que no era digno de muerte; pero él ha apelado al César y yo he decidido enviarle a Roma.
     Agripa, muy conmovido, se dirigió a Pablo y le dijo:
     -- Puedes hablar en tu favor…

     Entonces Pablo alzó la vista y, muy seguro de sí mismo, empezó su defensa:
     -- Rey Agripa, me considero feliz al defenderme hoy ante ti de las acusaciones que se me hacen, principalmente porque tú conoces bien todas las costumbres y cuestiones de los judíos. Por eso te pido que me escuches con paciencia.
     -- Habla, Pablo, te escucho…
     -- Todos están enterados de mi vida desde mi juventud, desde cuando estuve en Jerusalén. Todos me conocen desde hace mucho tiempo y son  testigos de que he vivido rectamente como fariseo, en la secta más estricta de nuestra religión.
     -- Eso nadie lo duda…
     -- Ahora estoy aquí, procesado por la esperanza en la promesa hecha por Dios a nuestros padres, cuyo cumplimiento esperan las doce tribus de nuestro pueblo. Noche y día rinden culto a Dios pidiendo que se cumpla su Palabra. Por esta esperanza, oh rey, soy acusado por los judíos. ¿Por qué entonces dudan que Dios resucite a los muertos?
     -- ¿A qué te refieres Pablo? Dilo claramente.
     -- A Jesús, el Nazareno.
     -- ¿El que fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato?
     -- El mismo. Tú sabes cómo su mensaje se regó por todas partes… Hubo un tiempo en que yo me sentí obligado a combatir con todos los medios hasta su nombre.. Pensaba que era mi deber y así lo hice, primero en Jerusalén, donde los sumos sacerdotes me dieron poderes para arrestar a muchos y meterlos en las cárceles; y cuando les condenaban, yo daba mi aprobación.
     -- Eras el gran comandante…
     -- Así me sentía… por mi cuenta recorría las sinagogas, y a fuerza de castigos obligaba a los seguidores de Jesús a renegar de su fe, y en mi furor contra ellos los perseguía hasta en el extranjero.

El gran encuentro

     --Y ¿cómo fue que cambiaste de idea y te transformaste en uno de los cristianos más fervorosos?
     -- Es que cuando iba de camino hacia Damasco, con poder y autorización,  al medio día vi, oh rey, una luz en el cielo, más resplandeciente que el sol, que me envolvió a mí y a mis compañeros en su resplandor. Caímos todos por tierra y yo oí una voz que me decía en  hebreo:
     -- Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues? Te es duro dar coces contra el aguijón.
     Yo, asustado respondí inmediatamente:
     -- ¿Quién eres tú, Señor?'
     Y me dijo el Señor:
     --Yo soy Jesús, a quien tú persigues.
     -- Señor, ¿qué quieres que haga?
     -- Levántate, ponte en pie, pues quiero elegirte mi servidor y testigo de que me has visto y de todo lo que voy a manifestarte.
     -- ¿Y cómo le viste, Pablo?
     -- Glorioso y resplandeciente…
     -- ¿Y qué más te dijo?
     -- Nada temas, yo estaré contigo para protegerte y librarte de todas las acechanzas, ya sea que vengan de tu pueblo o de los gentiles, a los cuales yo te envío, para que les abras los ojos; para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y al poder de Dios; y para que reciban el perdón de los pecados y para que tengan parte en la herencia de los santos, mediante la fe.
     -- ¿Nada más eso?
     -- También habló de que tendría que sufrir y padecer mucho a causa de la misión que me encomendaba…
     -- ¿Y tú…?
     -- Ya ves, rey Agripa, tuve que obedecer a la visión celestial, y prediqué, primero a los habitantes de Damasco, después a los de Jerusalén y luego por todo el país de Judea… y también en otras naciones he anunciado el Evangelio a los gentiles, para que se conviertan y que se vuelvan a Dios haciendo obras dignas de bendición.
     -- No entiendo cuál sea el delito…
     -- Por esto los judíos me prendieron en el Templo, y hasta intentaban darme muerte. Con el auxilio de Dios, hasta el presente me he mantenido firme dando testimonio de la resurrección de Jesús, afirmando todo lo que los profetas y el mismo Moisés predijeron que había de suceder: que el Cristo había de padecer y que, después de resucitar de entre los muertos, anunciaría la luz al pueblo y a los gentiles.

Las reacciones en el auditorio.

     Mientras Pablo decía esto,  Festo le interrumpió:
     -- Estás loco, Pablo; tanta sabiduría y tanto estudio te han hecho perder el juicio..
     Pablo, sin inmutarse, contestó:
     -- No estoy loco, excelentísimo Festo. Mis palabras son verdaderas y sensatas. Pregúntale al rey, él está bien enterado de estas cosas, él sabe que no miento, y mira que le hablo con valentía; no le oculto nada, pues todo sucedió públicamente…
     Y luego, después de un silencio que parecía nadie quería romper, Pablo habló:
     --¿Rey Agripa, tú crees en los profetas?
     Y sin esperar respuesta agregó:
     -- Yo sé que sí crees.
     Agripa contestó a Pablo:
     -- Por poco me convences de hacerme cristiano.
     Y Pablo expresó su satisfacción diciendo complacido:
     -- Quiera Dios que tú y todos los que me escuchan, llegaran a  como yo,  excepto por estas cadenas.
     El rey, el procurador, Berenice y los que estaban con ellos sentados se levantaron, y mientras se retiraban iban diciendo:
     -- Este hombre no merece la muerte, y ni siquiera la prisión.
     Agripa dijo a Festo:
    -- Este hombre podría quedar en libertad,  si no hubiera apelado al César.
(Continuará)

María Belén Sánchez Bustos fsp

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