Suplementos
Conociendo a san Pablo desde su vida
Cuando llegaron los presbíteros de la Iglesia de Éfeso, se reunieron en el lugar indicado...
(20 de septiembre)
--Desde Mileto, Pablo nos ha mandado llamar… ¿Cuál será el motivo…?
-- Allá lo sabremos…
-- Vamos pues allá.
Cuando llegaron los presbíteros de la Iglesia de Éfeso, se reunieron en el lugar indicado y Pablo dijo:
-- Hermanos, tal vez no volveremos a vernos, por eso quiero saludarlos y hacerles las últimas recomendaciones.
-- Pablo, tus palabras nos llenan de tristeza, tú sabes que te queremos mucho…
-- Ustedes saben bien cuánto también yo los amo en Cristo, y que nada he escatimado por darles el Evangelio íntegro que es gracia y salvación, búsqueda de felicidad que sólo en Él encontrará satisfacción…
-- Tú eres nuestro modelo en este camino del seguimiento a Cristo Jesús…
-- Desde el primer día que entré en Asia, me comporté siempre sirviendo al Señor con toda humildad y lágrimas, sin desanimarme, a pesar de las pruebas que me vinieron por las asechanzas de los judíos…
-- Sí, lo sabemos bien, y siempre tenemos presente tu predicación y todas tus palabras; también tus recomendaciones, que en todo momento nos invitaban a ser fieles y a seguir propagando el Evangelio de Cristo Jesús.
-- Recuerden que no omití nada de lo que podía ser útil para ustedes; predicaba y enseñaba en público y por las casas, dando testimonio tanto a judíos como a griegos para que se convirtieran a Dios y creyeran en nuestro Señor Jesús.
-- Tus palabras son todo un programa de vida para nosotros.
-- Hermanos, cuando ya me haya ido y cuando pase el tiempo, cuando las cosas cambien, acuérdense de las palabras que ahora les digo: Yo sé que, después de mi partida, vendrán lobos feroces que no perdonarán al rebaño; y tal vez también que de entre los hermanos mismos, puede que se levanten hombres que intentarán arrastrarlos detrás de ellos. Por tanto, vigilen como se lo he recomendado a cada uno de ustedes, día y noche durante tres años. Ahora los encomiendo a Dios y a la Palabra de su gracia, que tiene poder para construir el edificio y darles la herencia con todos los que han sido santificados.
Las lágrimas que afloraban a los ojos humedecían el sentimiento con el que abrazaban a su maestro, pensando en Cristo mismo…
-- Ahora yo me dirijo a Jerusalén, sin saber lo que allí me sucederá; solamente sé que el Espíritu Santo me anuncia que en cada ciudad me esperan cárceles y tribulaciones. Pero yo considero que el ministerio que he recibido del Señor Jesús es más valioso que mi vida… nada me importa, con tal que lleve a término la misión y sepa dar testimonio del Evangelio…
-- ¿Por qué dices eso Pablo?
-- Porque ahora presiento que no volveremos a vernos… Por tanto, quiero asegurarles que en mi predicación no omití nada del designio de Dios, no tuve miedo en anunciarles todo…
-- Y nosotros, ¿qué podemos hacer?
-- Cuiden de toda la grey, en medio de la cual les ha puesto el Espíritu Santo como pastores vigilantes… Es la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su propio Hijo.
-- Sí Pablo, lo haremos, seguiremos tu enseñanza y tus ejemplos…
-- Ustedes saben que trabajé con mis manos para proveer a mis necesidades y a las de mis compañeros, y que de nadie codicié plata, oro o vestidos. En todo les he enseñado que es así, trabajando, como se debe socorrer a los débiles… hay que tener presentes las palabras del Señor Jesús, que dijo: “Mayor felicidad hay en dar que en recibir”.
Dicho esto se puso de rodillas y oró con todos ellos.
-- Hermanos, en nombre de Jesús cantemos hoy un himno de acción de gracias, y en memoria de su muerte y resurrección:
Cristo Jesús,
aun siendo de condición divina,
no codició el ser igual a Dios,
sino que se despojó de su grandeza,
tomó condición de esclavo.
Se hizo semejante a los hombres
y, en su condición de hombre,
se humilló a sí mismo,
haciéndose obediente hasta la muerte
y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó
y le dio el Nombre
que está sobre todo nombre,
para que al nombre de Jesús
se doble toda rodilla
en los cielos, en la tierra y en los abismos,
y toda lengua proclame
que Cristo Jesús es el Señor
para gloria de Dios Padre…
Cuando terminaron de cantar, todos se pusieron a llorar y, abrazando de Pablo, le besaban, afligidos sobre todo por lo que había dicho: que ya no le volverían a ver...
Mientras tanto, Pablo continuaba sus exhortaciones:
-- Celebren la Fracción del Pan como lo hemos hecho siempre, y cumplan todo como les he enseñado, según mi Evangelio.
-- Así lo haremos, Pablo, seguiremos fielmente tus enseñanzas.
-- Sigan más bien el camino del Señor Jesús; imítenme a mí, en que yo lo sigo a Él…
Entonces fueron acompañándole hasta la nave que iba por Tiro a Cesarea.
Camino a Jerusalén
El barco navegaba por los mares, meciéndose suave o bruscamente al según el vaivén de las olas.
Lucas sube a cubierta, donde se encuentra a Pablo contemplando fijamente el agua y la estela que va trazando la nave al avanzar…
-- ¿En qué piensas, Pablo?
-- En la misión tan grande que el Señor nos ha confiado… mira cuántos pueblos hemos avistado en el camino: pasamos cerca de Cos, allá se divisa Rodas y muy pronto llegaremos a Pátara.
-- Cierto, allí trasbordaremos a otra nave que va rumbo a Fenicia y en el puerto de Tiro se detendrá para dejar su cargamento…
-- Todas estas escalas alargan el viaje, Lucas, yo que ya quisiera llegar a Jerusalén…
-- Yo más bien quisiera que no llegáramos allá…
-- Todo se hará como Dios lo disponga…
Después de siete días pasados en Tiro pasaron por Tolemaida, donde pudieron compartir con un grupo de hermanos, antes de embarcarse nuevamente hacia Cesarea.
Lucas estaba contentísimo, porque allí tendría la oportunidad de encontrarse con Felipe y con sus hijas, que eran profetisas, y con una nutrida y fervorosa comunidad.
Mientras estaban allí, después de la oración, el profeta Agabo se adelantó, tomó el cinturón de Pablo y delante de todos ató sus manos y sus pies con él.
Todos los presentes le miraban extrañados hasta que uno le dijo:
-- ¿Qué es lo que haces?
Entonces Agabo profetizó:
-- Así atarán los judíos en Jerusalén al dueño de este cinturón y le entregarán en manos de los gentiles...
Entonces Lucas y los demás rogaban a Pablo que no llegara a Jerusalén.
Pablo respondió:
-- ¿Por qué tanto llanto? ¿Quieren destrozarme el corazón? Saben bien que yo estoy dispuesto a todo, y hasta a dar la vida por el Señor Jesús, si es necesario...
Como no hubo forma de convencerlo, dijeron:
-- Sea lo que Dios quiera… que se haga su voluntad…
-- En la vida y en la muerte, yo soy de Cristo. Soy su apóstol…
-- ¿Y quién lo duda?
-- Hay muchos que no quieren reconocerlo, pero aunque yo soy el último de los apóstoles: indigno del nombre de Apóstol, por haber perseguido a la iglesia de Dios; yo también puedo presumir de lo que otros presumen… Aunque sea una locura… ¿Que son hebreos? También yo lo soy. ¿Que son israelitas? ¡También yo! ¿Son descendencia de Abrahán? ¡También yo! ¿Ministros de Cristo? -digo una locura- ¡Yo más que ellos!
Y luego en voz baja, como si hablara consigo mismo, añadía:
-- Por la gracia de Dios, soy lo que soy.
-- ¿Qué dices Pablo?
-- Que la gracia de Dios no ha sido estéril en mí; antes bien, he trabajado más que todos.
-- Eso nadie lo duda, es lo evidente…
Más en trabajos; más en cárceles; muchísimo más en azotes; en peligros de muerte, muchas veces. Cinco veces recibí de los judíos los cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui azotado con varas; una vez lapidado; tres veces naufragué; un día y una noche pasé en alta mar.
-- Y luego tus viajes, siempre en camino…
Es cierto… Viajes frecuentes llenos de incontables peligros: peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en la ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos hermanos; trabajos y fatigas; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez…
-- Y aparte de otras cosas, toda la responsabilidad y tu preocupación por todas las Iglesias que has fundado.
-- Ciertamente… ¿Quién desfallece sin que desfallezca yo? ¿Quién sufre escándalo sin que yo me abrase?
-- Pero todo eso es tu gloria, Pablo…
-- ¿Qué gloria? Si hay que gloriarse, me gloriaré en mi debilidad, en mi incapacidad, en mi falta de fuerza.
-- Pablo, exageras…
-- El Dios, Padre de Cristo Jesús, sabe que no miento. ¡Bendito sea Él por todos los siglos! Gloriarse no trae ninguna utilidad.
-- Pero sí has tenido revelaciones, visiones…
-- Es lo menos importante… tan sólo les hablaré de un hombre que hace unos catorce años, que si en el cuerpo o fuera del cuerpo, sólo Dios sabe, fue llevado hasta el tercer cielo y allí oyó palabras inefables que el hombre no puede pronunciar. De ese sí me gloriaré; pero en cuanto a mí, sólo me gloriaré en mis flaquezas, aunque si pretendiera gloriarme, tan sólo diría la verdad; pero mejor me callo, para que nadie se forme una idea superior a lo que en mí ve, o a lo que oye de mí.
-- Pablo eso es hermosísimo…
-- Ni te creas. Para que no me enorgullezca con la sublimidad de esas revelaciones, tengo una espina clavada en mi carne… tres veces rogué al Señor que me librase, pero él me dijo: “Mi gracia te basta”. Por eso me complazco en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; porque cuando soy débil, es cuando soy más fuerte.
-- Tú siempre has sido valiente…
-- Ni te creas. En Damasco, un ministro del rey Aretas puso guardias en la ciudad con el fin de prenderme… en una canasta fui descolgado muro abajo. Así escapé de sus manos…
(Continuará)
María Belén Sánchez Bustos fsp
--Desde Mileto, Pablo nos ha mandado llamar… ¿Cuál será el motivo…?
-- Allá lo sabremos…
-- Vamos pues allá.
Cuando llegaron los presbíteros de la Iglesia de Éfeso, se reunieron en el lugar indicado y Pablo dijo:
-- Hermanos, tal vez no volveremos a vernos, por eso quiero saludarlos y hacerles las últimas recomendaciones.
-- Pablo, tus palabras nos llenan de tristeza, tú sabes que te queremos mucho…
-- Ustedes saben bien cuánto también yo los amo en Cristo, y que nada he escatimado por darles el Evangelio íntegro que es gracia y salvación, búsqueda de felicidad que sólo en Él encontrará satisfacción…
-- Tú eres nuestro modelo en este camino del seguimiento a Cristo Jesús…
-- Desde el primer día que entré en Asia, me comporté siempre sirviendo al Señor con toda humildad y lágrimas, sin desanimarme, a pesar de las pruebas que me vinieron por las asechanzas de los judíos…
-- Sí, lo sabemos bien, y siempre tenemos presente tu predicación y todas tus palabras; también tus recomendaciones, que en todo momento nos invitaban a ser fieles y a seguir propagando el Evangelio de Cristo Jesús.
-- Recuerden que no omití nada de lo que podía ser útil para ustedes; predicaba y enseñaba en público y por las casas, dando testimonio tanto a judíos como a griegos para que se convirtieran a Dios y creyeran en nuestro Señor Jesús.
-- Tus palabras son todo un programa de vida para nosotros.
-- Hermanos, cuando ya me haya ido y cuando pase el tiempo, cuando las cosas cambien, acuérdense de las palabras que ahora les digo: Yo sé que, después de mi partida, vendrán lobos feroces que no perdonarán al rebaño; y tal vez también que de entre los hermanos mismos, puede que se levanten hombres que intentarán arrastrarlos detrás de ellos. Por tanto, vigilen como se lo he recomendado a cada uno de ustedes, día y noche durante tres años. Ahora los encomiendo a Dios y a la Palabra de su gracia, que tiene poder para construir el edificio y darles la herencia con todos los que han sido santificados.
Las lágrimas que afloraban a los ojos humedecían el sentimiento con el que abrazaban a su maestro, pensando en Cristo mismo…
-- Ahora yo me dirijo a Jerusalén, sin saber lo que allí me sucederá; solamente sé que el Espíritu Santo me anuncia que en cada ciudad me esperan cárceles y tribulaciones. Pero yo considero que el ministerio que he recibido del Señor Jesús es más valioso que mi vida… nada me importa, con tal que lleve a término la misión y sepa dar testimonio del Evangelio…
-- ¿Por qué dices eso Pablo?
-- Porque ahora presiento que no volveremos a vernos… Por tanto, quiero asegurarles que en mi predicación no omití nada del designio de Dios, no tuve miedo en anunciarles todo…
-- Y nosotros, ¿qué podemos hacer?
-- Cuiden de toda la grey, en medio de la cual les ha puesto el Espíritu Santo como pastores vigilantes… Es la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su propio Hijo.
-- Sí Pablo, lo haremos, seguiremos tu enseñanza y tus ejemplos…
-- Ustedes saben que trabajé con mis manos para proveer a mis necesidades y a las de mis compañeros, y que de nadie codicié plata, oro o vestidos. En todo les he enseñado que es así, trabajando, como se debe socorrer a los débiles… hay que tener presentes las palabras del Señor Jesús, que dijo: “Mayor felicidad hay en dar que en recibir”.
Dicho esto se puso de rodillas y oró con todos ellos.
-- Hermanos, en nombre de Jesús cantemos hoy un himno de acción de gracias, y en memoria de su muerte y resurrección:
Cristo Jesús,
aun siendo de condición divina,
no codició el ser igual a Dios,
sino que se despojó de su grandeza,
tomó condición de esclavo.
Se hizo semejante a los hombres
y, en su condición de hombre,
se humilló a sí mismo,
haciéndose obediente hasta la muerte
y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó
y le dio el Nombre
que está sobre todo nombre,
para que al nombre de Jesús
se doble toda rodilla
en los cielos, en la tierra y en los abismos,
y toda lengua proclame
que Cristo Jesús es el Señor
para gloria de Dios Padre…
Cuando terminaron de cantar, todos se pusieron a llorar y, abrazando de Pablo, le besaban, afligidos sobre todo por lo que había dicho: que ya no le volverían a ver...
Mientras tanto, Pablo continuaba sus exhortaciones:
-- Celebren la Fracción del Pan como lo hemos hecho siempre, y cumplan todo como les he enseñado, según mi Evangelio.
-- Así lo haremos, Pablo, seguiremos fielmente tus enseñanzas.
-- Sigan más bien el camino del Señor Jesús; imítenme a mí, en que yo lo sigo a Él…
Entonces fueron acompañándole hasta la nave que iba por Tiro a Cesarea.
Camino a Jerusalén
El barco navegaba por los mares, meciéndose suave o bruscamente al según el vaivén de las olas.
Lucas sube a cubierta, donde se encuentra a Pablo contemplando fijamente el agua y la estela que va trazando la nave al avanzar…
-- ¿En qué piensas, Pablo?
-- En la misión tan grande que el Señor nos ha confiado… mira cuántos pueblos hemos avistado en el camino: pasamos cerca de Cos, allá se divisa Rodas y muy pronto llegaremos a Pátara.
-- Cierto, allí trasbordaremos a otra nave que va rumbo a Fenicia y en el puerto de Tiro se detendrá para dejar su cargamento…
-- Todas estas escalas alargan el viaje, Lucas, yo que ya quisiera llegar a Jerusalén…
-- Yo más bien quisiera que no llegáramos allá…
-- Todo se hará como Dios lo disponga…
Después de siete días pasados en Tiro pasaron por Tolemaida, donde pudieron compartir con un grupo de hermanos, antes de embarcarse nuevamente hacia Cesarea.
Lucas estaba contentísimo, porque allí tendría la oportunidad de encontrarse con Felipe y con sus hijas, que eran profetisas, y con una nutrida y fervorosa comunidad.
Mientras estaban allí, después de la oración, el profeta Agabo se adelantó, tomó el cinturón de Pablo y delante de todos ató sus manos y sus pies con él.
Todos los presentes le miraban extrañados hasta que uno le dijo:
-- ¿Qué es lo que haces?
Entonces Agabo profetizó:
-- Así atarán los judíos en Jerusalén al dueño de este cinturón y le entregarán en manos de los gentiles...
Entonces Lucas y los demás rogaban a Pablo que no llegara a Jerusalén.
Pablo respondió:
-- ¿Por qué tanto llanto? ¿Quieren destrozarme el corazón? Saben bien que yo estoy dispuesto a todo, y hasta a dar la vida por el Señor Jesús, si es necesario...
Como no hubo forma de convencerlo, dijeron:
-- Sea lo que Dios quiera… que se haga su voluntad…
-- En la vida y en la muerte, yo soy de Cristo. Soy su apóstol…
-- ¿Y quién lo duda?
-- Hay muchos que no quieren reconocerlo, pero aunque yo soy el último de los apóstoles: indigno del nombre de Apóstol, por haber perseguido a la iglesia de Dios; yo también puedo presumir de lo que otros presumen… Aunque sea una locura… ¿Que son hebreos? También yo lo soy. ¿Que son israelitas? ¡También yo! ¿Son descendencia de Abrahán? ¡También yo! ¿Ministros de Cristo? -digo una locura- ¡Yo más que ellos!
Y luego en voz baja, como si hablara consigo mismo, añadía:
-- Por la gracia de Dios, soy lo que soy.
-- ¿Qué dices Pablo?
-- Que la gracia de Dios no ha sido estéril en mí; antes bien, he trabajado más que todos.
-- Eso nadie lo duda, es lo evidente…
Más en trabajos; más en cárceles; muchísimo más en azotes; en peligros de muerte, muchas veces. Cinco veces recibí de los judíos los cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui azotado con varas; una vez lapidado; tres veces naufragué; un día y una noche pasé en alta mar.
-- Y luego tus viajes, siempre en camino…
Es cierto… Viajes frecuentes llenos de incontables peligros: peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en la ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos hermanos; trabajos y fatigas; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez…
-- Y aparte de otras cosas, toda la responsabilidad y tu preocupación por todas las Iglesias que has fundado.
-- Ciertamente… ¿Quién desfallece sin que desfallezca yo? ¿Quién sufre escándalo sin que yo me abrase?
-- Pero todo eso es tu gloria, Pablo…
-- ¿Qué gloria? Si hay que gloriarse, me gloriaré en mi debilidad, en mi incapacidad, en mi falta de fuerza.
-- Pablo, exageras…
-- El Dios, Padre de Cristo Jesús, sabe que no miento. ¡Bendito sea Él por todos los siglos! Gloriarse no trae ninguna utilidad.
-- Pero sí has tenido revelaciones, visiones…
-- Es lo menos importante… tan sólo les hablaré de un hombre que hace unos catorce años, que si en el cuerpo o fuera del cuerpo, sólo Dios sabe, fue llevado hasta el tercer cielo y allí oyó palabras inefables que el hombre no puede pronunciar. De ese sí me gloriaré; pero en cuanto a mí, sólo me gloriaré en mis flaquezas, aunque si pretendiera gloriarme, tan sólo diría la verdad; pero mejor me callo, para que nadie se forme una idea superior a lo que en mí ve, o a lo que oye de mí.
-- Pablo eso es hermosísimo…
-- Ni te creas. Para que no me enorgullezca con la sublimidad de esas revelaciones, tengo una espina clavada en mi carne… tres veces rogué al Señor que me librase, pero él me dijo: “Mi gracia te basta”. Por eso me complazco en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; porque cuando soy débil, es cuando soy más fuerte.
-- Tú siempre has sido valiente…
-- Ni te creas. En Damasco, un ministro del rey Aretas puso guardias en la ciudad con el fin de prenderme… en una canasta fui descolgado muro abajo. Así escapé de sus manos…
(Continuará)
María Belén Sánchez Bustos fsp