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Conociendo a san Pablo desde su vida
Cuando Pablo y Bernabé regresaron a Antioquía tenían mucho para contar a los hermanos, pero también se encontraron allí con muchas novedades...
Cuarta parte
Estancia en Antioquía
Cuando Pablo y Bernabé regresaron a Antioquía tenían mucho para contar a los hermanos, pero también se encontraron allí con muchas novedades:
--Fíjate, Pablo, que como en nuestra predicación anunciamos a Cristo Jesús, la gente ha dado en llamarnos “cristianos”.
--Es muy hermoso…podemos muy bien quedarnos con ese nombre…
--A mí también me gusta…
Pero no todo era bueno, bello y agradable, también empezaban a surgir problemas que procedían precisamente de los judíos que se consideraban más observantes de la Ley.
Cuando alguno de éstos se encontraba con otro no judío, éste le decía:
--¿Cómo es que no te has circuncidado? Acuérdate que si no te circuncidas no te vas a salvar.
--¿Y eso?, ¿qué no es la fe en Jesús lo que salva?
--Sí, pero la Ley de Moisés es importante.
Pablo y Bernabé se indignaron al saberlo; no estaban de acuerdo.¡Tantos no judíos habían creído en Jesús…!
--¿Cómo vamos a imponerles a estos hermanos las normas y costumbres de la Ley, si ni siquiera nosotros hemos podido con ellas?
Las cosas no eran tan simples y la división amenazaba a la comunidad.
Entonces decidieron:
--Que Pablo, Bernabé y algunos más vayan a Jerusalén, a consultar a los Apóstoles y a los Presbíteros, para decidir acerca de esta cuestión.
--Vamos pues.
Y ellos se fueron, atravesando los campos y admirando el paisaje en esa época exuberante y florido de Fenicia y Samaría.
El Concilio de Jerusalén
Cuando llegaron a Jerusalén fueron recibidos por los representantes de la Iglesia: los Apóstoles y Presbíteros. Entonces contaron, con todo detalle, la conversión de los gentiles y cuanto Dios había hecho, dando con ello gran alegría a todos los hermanos.
Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían abrazado la fe, se levantaron para insistir que era necesario circuncidar a los gentiles y mandarles guardar la Ley de Moisés.
Entonces se reunieron los Apóstoles y los Presbíteros para tratar este asunto.
Después de una larga discusión, en la cual parecía que nunca se pondrían de acuerdo, Pedro se levantó, tomó la palabra y les dijo:
--“Hermanos, ustedes saben que Dios me eligió para que por mi boca los gentiles oyeran la palabra de la Buena Nueva y creyeran.
“Ustedes saben que Dios nos dio el Espíritu Santo para dirigirnos.
“¿Por qué, pues, ahora contradicen a Dios al imponer a los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros podemos soportar?”.
“Tiene razón --pensaban algunos--”.
“--Nosotros creemos que nos salvamos por la gracia del Señor Jesús, igual que ellos”.
Pedro vuelve sobre el tema, emocionado:
-- “Los gentiles han recibido el Espíritu Santo con los mismos dones de los circuncidados y, al igual que ellos, profetizan. Todos fueron llenos de gozo del Espíritu Santo… y Pablo nos puede decir lo mismo”.
-- “Sí, los gentiles bautizados se vuelven hombres nuevos y el Espíritu Santo es para ellos aliento e impulso”.
-- “¿Qué es lo que has visto en ellos, Pablo”?
-- “Los frutos del Espíritu, que son la caridad, el gozo, la fidelidad, la bondad, la perseverancia, la dulzura, la fe, la modestia, la castidad”.
Toda la asamblea guardó silencio, y luego pidieron a Bernabé y a Pablo que les contaran los milagros y prodigios que Dios había realizado por su medio entre los gentiles.
Discurso de Santiago.
Cuando terminaron de hablar, tomó Santiago la palabra y dijo:
-- “Escúchenme, hermanos, todo lo que hemos oído concuerda con los oráculos de los Profetas: ‘Yo volveré y reconstruiré la casa de David y la volveré a levantar. Para que el resto de los hombres busquen al Señor, y todas las naciones sean consagradas a mi nombre’”.
Sus palabras resonaban en el recinto sin, que nadie se atreviera casi ni a respirar. Después de breves momentos continuó:
-- “Por eso, opino yo que no se debe molestar a los que se convierten a Dios, sino escribirles que tan sólo cumplan los diez mandamientos, que se abstengan de lo que ha sido contaminado por los ídolos, de la impureza, de los animales estrangulados y de la sangre”.
La carta apostólica
-- “¿Qué haremos entonces?”.
Pedro, como el más autorizado, dijo:
-- “Vamos a escribirles una carta donde les explicaremos todo lo que aquí hemos decidido”.
-- “¿Por qué no enviar a algunos más, aparte de Pablo y Bernabé, para que expliquen todo esto a los hermanos de Antioquía?”.
-- “¿Quiénes les parece bien que vayan?”.
-- “Podría ser Judas, el Barsabás…”.
-- “Y también Silas, que es un buen dirigente”.
-- “De acuerdo, vamos de inmediato a redactar la carta”.
-- “Es bueno empezar con un saludo…”.
“Los Apóstoles y los Presbíteros hermanos de Jerusalén, saludan a todos los hermanos venidos de la gentilidad que están en Antioquía, en Siria y en Cilicia.
“Nos hemos enterado de que algunos de entre nosotros, sin nuestra autorización los han inquietado con sus palabras; por lo tanto hemos decidido, de común acuerdo, no imponerles más cargas que las indispensables: abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la impureza. Harán bien en evitar estas cosas. Adiós”.
Los delegados en Antioquía
Ellos, se despidieron, y partieron hacia Antioquía. Allí reunieron a la asamblea y entregaron la carta.
Los que la leyeron y escucharon se llenaron de gozo al recibir aquellas palabras tan alentadoras.
Judas y Silas predicaban largamente ilustrando a los hermanos, les explicaban todo lo referente a Jesús y ellos quedaban muy confortados.
Después de algún tiempo, se despidieron de los hermanos para volver de nuevo a Jerusalén.
Pablo y Bernabé se quedaron en Antioquía enseñando y anunciando la Palabra del Señor.
Pedro visita la Iglesia de Antioquía.
Algún tiempo después Pedro, acompañado de Silas, fue a visitar a los hermanos de Antioquía.
La visita del Apóstol es un gran acontecimiento, lo reciben con respeto y lo escuchan con atención.
Cuando se reúne la comunidad para celebrar la Fracción del Pan, los hermanos continúan la conversación hasta muy tarde, comunicando sus experiencias y dando testimonio de las maravillas que Dios está repartiendo en todo el mundo.
Pedro relata lo que le sucedió en casa de Cornelio, y Pablo y Bernabé comentan lo que vieron y vivieron en Asia.
Los días transcurrían serenamente y todos se sentían felices. Pedro compartía con ellos, oraban juntos y comía con todos los convertidos: les trataba como a hermanos, sin hacer distinción ninguna.
Pero como siempre hay quienes quieren meterse en todo, aplicar sus normas y tratar de imponer su voluntad, muy pronto llegaron algunos desde Jerusalén para indagar lo que allí sucedía…
Éstos eran precisamente los que habían quedado descontentos con la decisión del Concilio, y seguían con la absurda pretensión de mantener bajo el yugo de la Ley a los no judíos convertidos.
Declarando que iban en nombre de Santiago, sin más ni más se presentaron en Antioquía, investigándolo todo y opinando aún sin que se les preguntara…
En un primer momento Pedro se alarmó, y para no turbar a los hermanos de Jerusalén, se alejó de los gentiles convertidos.
Pablo, entonces, considerando desfavorable la actitud de Pedro para la unidad de los hermanos lo enfrentó diciéndole:
-- “¿Qué pasa, Pedro? Si tú te comportas así, ¿qué podemos esperar? La unidad de la Iglesia la ciframos en ti, que eres la cabeza”.
-- “Pero es que yo…”.
-- “Tú fuiste designado por el Señor Jesús para ser el Hermano mayor, el Obispo, el Pastor”.
-- “Tienes razón, Pablo; yo quería evitar discusiones inútiles, pero es mejor poner las cosas claras desde el principio”.
-- “Recuerda, Pedro, todos nos apoyamos en ti y esperamos que nos confirmes en la fe”.
La unión de Pedro y de Pablo quedó firmemente consolidada, al tiempo que desarmó a los hermanos que habían venido de Jerusalén hasta Antioquía.
(Continuará).
María Belén Sánchez Bustos fsp
Estancia en Antioquía
Cuando Pablo y Bernabé regresaron a Antioquía tenían mucho para contar a los hermanos, pero también se encontraron allí con muchas novedades:
--Fíjate, Pablo, que como en nuestra predicación anunciamos a Cristo Jesús, la gente ha dado en llamarnos “cristianos”.
--Es muy hermoso…podemos muy bien quedarnos con ese nombre…
--A mí también me gusta…
Pero no todo era bueno, bello y agradable, también empezaban a surgir problemas que procedían precisamente de los judíos que se consideraban más observantes de la Ley.
Cuando alguno de éstos se encontraba con otro no judío, éste le decía:
--¿Cómo es que no te has circuncidado? Acuérdate que si no te circuncidas no te vas a salvar.
--¿Y eso?, ¿qué no es la fe en Jesús lo que salva?
--Sí, pero la Ley de Moisés es importante.
Pablo y Bernabé se indignaron al saberlo; no estaban de acuerdo.¡Tantos no judíos habían creído en Jesús…!
--¿Cómo vamos a imponerles a estos hermanos las normas y costumbres de la Ley, si ni siquiera nosotros hemos podido con ellas?
Las cosas no eran tan simples y la división amenazaba a la comunidad.
Entonces decidieron:
--Que Pablo, Bernabé y algunos más vayan a Jerusalén, a consultar a los Apóstoles y a los Presbíteros, para decidir acerca de esta cuestión.
--Vamos pues.
Y ellos se fueron, atravesando los campos y admirando el paisaje en esa época exuberante y florido de Fenicia y Samaría.
El Concilio de Jerusalén
Cuando llegaron a Jerusalén fueron recibidos por los representantes de la Iglesia: los Apóstoles y Presbíteros. Entonces contaron, con todo detalle, la conversión de los gentiles y cuanto Dios había hecho, dando con ello gran alegría a todos los hermanos.
Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían abrazado la fe, se levantaron para insistir que era necesario circuncidar a los gentiles y mandarles guardar la Ley de Moisés.
Entonces se reunieron los Apóstoles y los Presbíteros para tratar este asunto.
Después de una larga discusión, en la cual parecía que nunca se pondrían de acuerdo, Pedro se levantó, tomó la palabra y les dijo:
--“Hermanos, ustedes saben que Dios me eligió para que por mi boca los gentiles oyeran la palabra de la Buena Nueva y creyeran.
“Ustedes saben que Dios nos dio el Espíritu Santo para dirigirnos.
“¿Por qué, pues, ahora contradicen a Dios al imponer a los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros podemos soportar?”.
“Tiene razón --pensaban algunos--”.
“--Nosotros creemos que nos salvamos por la gracia del Señor Jesús, igual que ellos”.
Pedro vuelve sobre el tema, emocionado:
-- “Los gentiles han recibido el Espíritu Santo con los mismos dones de los circuncidados y, al igual que ellos, profetizan. Todos fueron llenos de gozo del Espíritu Santo… y Pablo nos puede decir lo mismo”.
-- “Sí, los gentiles bautizados se vuelven hombres nuevos y el Espíritu Santo es para ellos aliento e impulso”.
-- “¿Qué es lo que has visto en ellos, Pablo”?
-- “Los frutos del Espíritu, que son la caridad, el gozo, la fidelidad, la bondad, la perseverancia, la dulzura, la fe, la modestia, la castidad”.
Toda la asamblea guardó silencio, y luego pidieron a Bernabé y a Pablo que les contaran los milagros y prodigios que Dios había realizado por su medio entre los gentiles.
Discurso de Santiago.
Cuando terminaron de hablar, tomó Santiago la palabra y dijo:
-- “Escúchenme, hermanos, todo lo que hemos oído concuerda con los oráculos de los Profetas: ‘Yo volveré y reconstruiré la casa de David y la volveré a levantar. Para que el resto de los hombres busquen al Señor, y todas las naciones sean consagradas a mi nombre’”.
Sus palabras resonaban en el recinto sin, que nadie se atreviera casi ni a respirar. Después de breves momentos continuó:
-- “Por eso, opino yo que no se debe molestar a los que se convierten a Dios, sino escribirles que tan sólo cumplan los diez mandamientos, que se abstengan de lo que ha sido contaminado por los ídolos, de la impureza, de los animales estrangulados y de la sangre”.
La carta apostólica
-- “¿Qué haremos entonces?”.
Pedro, como el más autorizado, dijo:
-- “Vamos a escribirles una carta donde les explicaremos todo lo que aquí hemos decidido”.
-- “¿Por qué no enviar a algunos más, aparte de Pablo y Bernabé, para que expliquen todo esto a los hermanos de Antioquía?”.
-- “¿Quiénes les parece bien que vayan?”.
-- “Podría ser Judas, el Barsabás…”.
-- “Y también Silas, que es un buen dirigente”.
-- “De acuerdo, vamos de inmediato a redactar la carta”.
-- “Es bueno empezar con un saludo…”.
“Los Apóstoles y los Presbíteros hermanos de Jerusalén, saludan a todos los hermanos venidos de la gentilidad que están en Antioquía, en Siria y en Cilicia.
“Nos hemos enterado de que algunos de entre nosotros, sin nuestra autorización los han inquietado con sus palabras; por lo tanto hemos decidido, de común acuerdo, no imponerles más cargas que las indispensables: abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la impureza. Harán bien en evitar estas cosas. Adiós”.
Los delegados en Antioquía
Ellos, se despidieron, y partieron hacia Antioquía. Allí reunieron a la asamblea y entregaron la carta.
Los que la leyeron y escucharon se llenaron de gozo al recibir aquellas palabras tan alentadoras.
Judas y Silas predicaban largamente ilustrando a los hermanos, les explicaban todo lo referente a Jesús y ellos quedaban muy confortados.
Después de algún tiempo, se despidieron de los hermanos para volver de nuevo a Jerusalén.
Pablo y Bernabé se quedaron en Antioquía enseñando y anunciando la Palabra del Señor.
Pedro visita la Iglesia de Antioquía.
Algún tiempo después Pedro, acompañado de Silas, fue a visitar a los hermanos de Antioquía.
La visita del Apóstol es un gran acontecimiento, lo reciben con respeto y lo escuchan con atención.
Cuando se reúne la comunidad para celebrar la Fracción del Pan, los hermanos continúan la conversación hasta muy tarde, comunicando sus experiencias y dando testimonio de las maravillas que Dios está repartiendo en todo el mundo.
Pedro relata lo que le sucedió en casa de Cornelio, y Pablo y Bernabé comentan lo que vieron y vivieron en Asia.
Los días transcurrían serenamente y todos se sentían felices. Pedro compartía con ellos, oraban juntos y comía con todos los convertidos: les trataba como a hermanos, sin hacer distinción ninguna.
Pero como siempre hay quienes quieren meterse en todo, aplicar sus normas y tratar de imponer su voluntad, muy pronto llegaron algunos desde Jerusalén para indagar lo que allí sucedía…
Éstos eran precisamente los que habían quedado descontentos con la decisión del Concilio, y seguían con la absurda pretensión de mantener bajo el yugo de la Ley a los no judíos convertidos.
Declarando que iban en nombre de Santiago, sin más ni más se presentaron en Antioquía, investigándolo todo y opinando aún sin que se les preguntara…
En un primer momento Pedro se alarmó, y para no turbar a los hermanos de Jerusalén, se alejó de los gentiles convertidos.
Pablo, entonces, considerando desfavorable la actitud de Pedro para la unidad de los hermanos lo enfrentó diciéndole:
-- “¿Qué pasa, Pedro? Si tú te comportas así, ¿qué podemos esperar? La unidad de la Iglesia la ciframos en ti, que eres la cabeza”.
-- “Pero es que yo…”.
-- “Tú fuiste designado por el Señor Jesús para ser el Hermano mayor, el Obispo, el Pastor”.
-- “Tienes razón, Pablo; yo quería evitar discusiones inútiles, pero es mejor poner las cosas claras desde el principio”.
-- “Recuerda, Pedro, todos nos apoyamos en ti y esperamos que nos confirmes en la fe”.
La unión de Pedro y de Pablo quedó firmemente consolidada, al tiempo que desarmó a los hermanos que habían venido de Jerusalén hasta Antioquía.
(Continuará).
María Belén Sánchez Bustos fsp