Suplementos
Conociendo a san Pablo desde su vida
La Ciudad Santa rebosante de historia, de luchas y reconstrucciones sucesivas, cifra su orgullo en ser, desde tiempo inmemorial
1. Jerusalén
Jerusalén se eleva en sus colinas blancas, como queriendo alcanzar el cielo. La Ciudad Santa rebosante de historia, de luchas y reconstrucciones sucesivas, cifra su orgullo en ser, desde tiempo inmemorial, la “Ciudad de David”, escabel del Dios Altísimo que se digna bajar desde el cielo y poner su morada en la tierra.
De todas partes acuden judíos y prosélitos para gozar de los beneficios espirituales de un pueblo bendecido por Dios y elegido para ser luz de las naciones. Allí deambulan por sus calles o se reúnen en torno a los más sabios rabinos, para beber la añeja sabiduría contenida en los libros de la Ley de Moisés, que es la que da fuerza y cohesión al pueblo de Israel.
Gamaliel es uno de los maestros más afamados por sus conocimientos y por su forma ecuánime de interpretar la ley.
Saulo
Hasta allí llega un joven inquieto, desbordante de juventud y lleno de ansias de aprender.
Inmediatamente y en presencia de los otros alumnos se entabla el diálogo entre el Rabino y el recién llegado.
–¿Cómo te llamas?
–Saulo
–¿De dónde procedes?
–Nací en Tarso de Cilicia, pero mis padres son judíos de la tribu de Benjamín y fariseos.
–Romano, además.
–Sí, por privilegio imperial, ya que en la guerra los de mi ciudad apoyaron al César y como premio concedió la ciudadanía romana a todos los habitantes y a cuantos en el futuro nacieran en Tarso.
–Puedes venir a las clases, pero debes conocer las reglas: Puntualidad, respeto al Dios Altísimo, amor a la Ley, y fidelidad a tu pueblo.
Muy en serio tomó Saulo las recomendaciones de Gamaliel y desde entonces fue el discípulo más asiduo, atento y dedicado.
Cada día crecía su celo por la Ley, y aprendía de memoria todo lo referente a su religión.
Así transcurrieron los primeros años de su iniciación, y cuando llegó a graduarse regresó a su patria, lleno de fervor judío y, como buen fariseo, lleno de proyectos que miraban un futuro muy próximo.
Pero no duró mucho su entusiasmo. Cuando la familia se desmoronaba, Jerusalén seguía siendo una fascinante atracción para sus ímpetus juveniles. Soñaba de noche y añoraba de día el tiempo pasado, recordando sus calles, sus rincones y las personas amigas que allá se habían quedado.
Saulo no podía apartar a Jerusalén de su pensamiento y de su corazón. Y un día regresó.
Pero la sorpresa abría surco a la desilusión. La Jerusalén ferviente de sus años jóvenes, llena de fervor y de celo judío, se encontraba sufriendo una de sus más grandes crisis.
Una inquietud inexplicable rondaba por todo el ambiente y Saulo veía crujir la inmensa mole del judaísmo que era la gloria y el orgullo de Israel.
Pablo
–Saulo, ¿qué tienes?
–No lo sé, unos cuantos años de ausencia y Jerusalén ya no es la misma.
–Tienes razón, desde que Jesús pasó por ella, todo cambió…
–Jesús ¿a qué te refieres? ¿de quién hablas?
–Ah, no sabes nada… Jesús se presentó como un profeta, traía olas de cambios radicales para todos, pero atentaba contra nuestra cultura religiosa secular…
–¿Y qué pasó?
–Lo aprehendieron, lo crucificaron sin juzgarlo en la víspera de Pascua, pero desde entonces no ha vuelto la paz. Parece que hubieran podado un árbol seco y que nuevas y abundantes ramas brotaran de su tronco. La división nos fragmenta a todos los niveles. Los seguidores de Jesús son la causa
–¿Tanto para eso? Lo más fácil es acabar con ellos.
–Eso es lo que te digo de sus seguidores… cuanto más se les persigue, más fuerza adquieren y cuando se les mata, parece que retoñan con mayor fuerza.
–No, no puede ser…
–Y sin embargo lo es.
–Habrá que tomar medidas más serias, drásticas, si es necesario…
–Como siempre iluso y explosivo, Saulo.
–¿Sabías que también me llamo Pablo?
–¿Por qué?
–Porque soy romano.
–¿Y eso qué?
–El más pequeño puede ser el más fuerte… recuérdalo.
Esteban
Esteban, uno de los diáconos, repartía a manos llenas lo que había en ellas y hacía cosas extraordinarias que llenaban a todos de asombro.
–¿Qué haces, Esteban?
–Lo que nos mandó el Señor Jesús…
–Pero eres imprudente, no te cuidas de nada ni de nadie… das sin fijarte a quien, haces prodigios sin más ni más.
–Así como Jesús dijo: “gratis den lo que gratis recibieron…”.
–Pero no te das cuenta de que todo eso indigna más a los enemigos de Jesús y que van a perseguirnos con mayor saña…
–Puede ser que sí, pero también Jesús dijo: “No se asusten por los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma…”.
–Eres imposible… ¿qué harás si te toca a ti?
–También Jesús dijo: “cuando los lleven a los tribunales no se preocupen por lo que van a decir, que el Espíritu Santo les pondrá en los labios las palabras adecuadas y oportunas para ese momento”.
Condena y lapidación de Esteban
–¿A dónde vas Saulo?
–Voy a…
–Espera… ¿sabes quién está en el Sanedrín? Esteban. Lo acaban de llevar, acusado de sabe cuántas cosas…
–¿Y quien es ese Esteban?
–Es uno de los siete diáconos que discípulos de Jesús de Nazaret han nombrado para servir las mesas, porque los seguidores se están multiplicando extraordinariamente...
–¿Y qué de ese Esteban?
–Es uno de los más entusiastas, realiza prodigios y habla con elocuencia convenciendo a muchos del pueblo…
–Pues vamos allá…
Estaban llegando al Sanedrín, o sea al lugar donde juzgaban al acusado, cuando unos hombres les salieron al encuentro.
–¿Quieren servir de testigos?
–¿Testigos de qué?
–Pueden afirmar que ustedes mismos han oído a ese Esteban pronunciar blasfemias contra Moisés y contra Dios…
–Pero eso es mentira…
–Si ustedes no quieren, otros lo harán.
Apenas entraron al lugar oyeron a Esteban discutiendo con algunos hombres de Alejandría y de Asia, pero no podían enfrentar su sabiduría.
Entonces uno de los presentes alzó la voz diciendo:
–Este hombre no para de hablar en contra del Lugar santo y de la Ley; yo lo he oído.
–Además dice que Jesús, el Nazareno, destruiría este Lugar y cambiaría las costumbres que Moisés nos transmitió.
El rostro de Esteban resplandecía como el de un ángel, cuando el Sumo Sacerdote le preguntó:
–¿Qué dices tú?
–Entonces Esteban empezó a explicar las Escrituras desde Abraham hasta Moisés, David, Salomón y los Profetas… y haciendo ver cómo Jesús era el Mesías prometido.
“¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! ¡Ustedes siempre resisten al Espíritu Santo! ¡igual que sus padres! ¿A qué profeta no persiguieron sus padres?
“Ellos mataron a los que anunciaban la venida del Justo, de aquel a quien ahora han traicionado y asesinado; ustedes que recibieron la Ley, y no la han observado”.
Mientras oían estas cosas, sus corazones se consumían de rabia y rechinaban sus dientes contra él.
Saulo estaba desconcertado; pero entonces sucedió lo inesperado: Esteban alzó los ojos al cielo y dijo con fuerte voz:
“Estoy viendo los cielos abiertos y Jesús de pie a la derecha de Dios…”.
Entonces se alzó una gritería tan fuerte, que nadie entendía nada.
De pronto alguien alzó la voz gritando fuertemente
– ¡Vamos, vamos, ¿qué esperamos? merece morir…!
–Será lapidado
–Sí, sí, a pedradas, como un traidor…
Y todos a una se abalanzaron sobre él; le arrastraron fuera de la ciudad y empezaron a apedrearle.
Los testigos tenían prioridad para arrojar las piedras, por tanto, pusieron sus mantos a los pies del joven Saulo.
–Saulo, cuídame mi manto…
–Y también el mío…
Mientras le apedreaban, Esteban hacía esta invocación:
–“Señor Jesús, recibe mi espíritu”.
Después dobló las rodillas y dijo con fuerte voz: “¡Señor, no les tengas en cuenta este pecado!”.
Y diciendo esto, expiró. Unos hombres piadosos recogieron su cuerpo, hicieron duelo por él y lo enterraron.
Saulo perseguidor
Saulo aprobó la muerte de Esteban. Y como desde aquel día se desató una gran persecución contra la Iglesia de Jerusalén, todos, menos los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaría.
Entretanto Saulo hacía estragos en la Iglesia; entraba por las casas, se llevaba por la fuerza hombres y mujeres, y los metía en la cárcel.
María Belén Sánchez Bustos fsp
Jerusalén se eleva en sus colinas blancas, como queriendo alcanzar el cielo. La Ciudad Santa rebosante de historia, de luchas y reconstrucciones sucesivas, cifra su orgullo en ser, desde tiempo inmemorial, la “Ciudad de David”, escabel del Dios Altísimo que se digna bajar desde el cielo y poner su morada en la tierra.
De todas partes acuden judíos y prosélitos para gozar de los beneficios espirituales de un pueblo bendecido por Dios y elegido para ser luz de las naciones. Allí deambulan por sus calles o se reúnen en torno a los más sabios rabinos, para beber la añeja sabiduría contenida en los libros de la Ley de Moisés, que es la que da fuerza y cohesión al pueblo de Israel.
Gamaliel es uno de los maestros más afamados por sus conocimientos y por su forma ecuánime de interpretar la ley.
Saulo
Hasta allí llega un joven inquieto, desbordante de juventud y lleno de ansias de aprender.
Inmediatamente y en presencia de los otros alumnos se entabla el diálogo entre el Rabino y el recién llegado.
–¿Cómo te llamas?
–Saulo
–¿De dónde procedes?
–Nací en Tarso de Cilicia, pero mis padres son judíos de la tribu de Benjamín y fariseos.
–Romano, además.
–Sí, por privilegio imperial, ya que en la guerra los de mi ciudad apoyaron al César y como premio concedió la ciudadanía romana a todos los habitantes y a cuantos en el futuro nacieran en Tarso.
–Puedes venir a las clases, pero debes conocer las reglas: Puntualidad, respeto al Dios Altísimo, amor a la Ley, y fidelidad a tu pueblo.
Muy en serio tomó Saulo las recomendaciones de Gamaliel y desde entonces fue el discípulo más asiduo, atento y dedicado.
Cada día crecía su celo por la Ley, y aprendía de memoria todo lo referente a su religión.
Así transcurrieron los primeros años de su iniciación, y cuando llegó a graduarse regresó a su patria, lleno de fervor judío y, como buen fariseo, lleno de proyectos que miraban un futuro muy próximo.
Pero no duró mucho su entusiasmo. Cuando la familia se desmoronaba, Jerusalén seguía siendo una fascinante atracción para sus ímpetus juveniles. Soñaba de noche y añoraba de día el tiempo pasado, recordando sus calles, sus rincones y las personas amigas que allá se habían quedado.
Saulo no podía apartar a Jerusalén de su pensamiento y de su corazón. Y un día regresó.
Pero la sorpresa abría surco a la desilusión. La Jerusalén ferviente de sus años jóvenes, llena de fervor y de celo judío, se encontraba sufriendo una de sus más grandes crisis.
Una inquietud inexplicable rondaba por todo el ambiente y Saulo veía crujir la inmensa mole del judaísmo que era la gloria y el orgullo de Israel.
Pablo
–Saulo, ¿qué tienes?
–No lo sé, unos cuantos años de ausencia y Jerusalén ya no es la misma.
–Tienes razón, desde que Jesús pasó por ella, todo cambió…
–Jesús ¿a qué te refieres? ¿de quién hablas?
–Ah, no sabes nada… Jesús se presentó como un profeta, traía olas de cambios radicales para todos, pero atentaba contra nuestra cultura religiosa secular…
–¿Y qué pasó?
–Lo aprehendieron, lo crucificaron sin juzgarlo en la víspera de Pascua, pero desde entonces no ha vuelto la paz. Parece que hubieran podado un árbol seco y que nuevas y abundantes ramas brotaran de su tronco. La división nos fragmenta a todos los niveles. Los seguidores de Jesús son la causa
–¿Tanto para eso? Lo más fácil es acabar con ellos.
–Eso es lo que te digo de sus seguidores… cuanto más se les persigue, más fuerza adquieren y cuando se les mata, parece que retoñan con mayor fuerza.
–No, no puede ser…
–Y sin embargo lo es.
–Habrá que tomar medidas más serias, drásticas, si es necesario…
–Como siempre iluso y explosivo, Saulo.
–¿Sabías que también me llamo Pablo?
–¿Por qué?
–Porque soy romano.
–¿Y eso qué?
–El más pequeño puede ser el más fuerte… recuérdalo.
Esteban
Esteban, uno de los diáconos, repartía a manos llenas lo que había en ellas y hacía cosas extraordinarias que llenaban a todos de asombro.
–¿Qué haces, Esteban?
–Lo que nos mandó el Señor Jesús…
–Pero eres imprudente, no te cuidas de nada ni de nadie… das sin fijarte a quien, haces prodigios sin más ni más.
–Así como Jesús dijo: “gratis den lo que gratis recibieron…”.
–Pero no te das cuenta de que todo eso indigna más a los enemigos de Jesús y que van a perseguirnos con mayor saña…
–Puede ser que sí, pero también Jesús dijo: “No se asusten por los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma…”.
–Eres imposible… ¿qué harás si te toca a ti?
–También Jesús dijo: “cuando los lleven a los tribunales no se preocupen por lo que van a decir, que el Espíritu Santo les pondrá en los labios las palabras adecuadas y oportunas para ese momento”.
Condena y lapidación de Esteban
–¿A dónde vas Saulo?
–Voy a…
–Espera… ¿sabes quién está en el Sanedrín? Esteban. Lo acaban de llevar, acusado de sabe cuántas cosas…
–¿Y quien es ese Esteban?
–Es uno de los siete diáconos que discípulos de Jesús de Nazaret han nombrado para servir las mesas, porque los seguidores se están multiplicando extraordinariamente...
–¿Y qué de ese Esteban?
–Es uno de los más entusiastas, realiza prodigios y habla con elocuencia convenciendo a muchos del pueblo…
–Pues vamos allá…
Estaban llegando al Sanedrín, o sea al lugar donde juzgaban al acusado, cuando unos hombres les salieron al encuentro.
–¿Quieren servir de testigos?
–¿Testigos de qué?
–Pueden afirmar que ustedes mismos han oído a ese Esteban pronunciar blasfemias contra Moisés y contra Dios…
–Pero eso es mentira…
–Si ustedes no quieren, otros lo harán.
Apenas entraron al lugar oyeron a Esteban discutiendo con algunos hombres de Alejandría y de Asia, pero no podían enfrentar su sabiduría.
Entonces uno de los presentes alzó la voz diciendo:
–Este hombre no para de hablar en contra del Lugar santo y de la Ley; yo lo he oído.
–Además dice que Jesús, el Nazareno, destruiría este Lugar y cambiaría las costumbres que Moisés nos transmitió.
El rostro de Esteban resplandecía como el de un ángel, cuando el Sumo Sacerdote le preguntó:
–¿Qué dices tú?
–Entonces Esteban empezó a explicar las Escrituras desde Abraham hasta Moisés, David, Salomón y los Profetas… y haciendo ver cómo Jesús era el Mesías prometido.
“¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! ¡Ustedes siempre resisten al Espíritu Santo! ¡igual que sus padres! ¿A qué profeta no persiguieron sus padres?
“Ellos mataron a los que anunciaban la venida del Justo, de aquel a quien ahora han traicionado y asesinado; ustedes que recibieron la Ley, y no la han observado”.
Mientras oían estas cosas, sus corazones se consumían de rabia y rechinaban sus dientes contra él.
Saulo estaba desconcertado; pero entonces sucedió lo inesperado: Esteban alzó los ojos al cielo y dijo con fuerte voz:
“Estoy viendo los cielos abiertos y Jesús de pie a la derecha de Dios…”.
Entonces se alzó una gritería tan fuerte, que nadie entendía nada.
De pronto alguien alzó la voz gritando fuertemente
– ¡Vamos, vamos, ¿qué esperamos? merece morir…!
–Será lapidado
–Sí, sí, a pedradas, como un traidor…
Y todos a una se abalanzaron sobre él; le arrastraron fuera de la ciudad y empezaron a apedrearle.
Los testigos tenían prioridad para arrojar las piedras, por tanto, pusieron sus mantos a los pies del joven Saulo.
–Saulo, cuídame mi manto…
–Y también el mío…
Mientras le apedreaban, Esteban hacía esta invocación:
–“Señor Jesús, recibe mi espíritu”.
Después dobló las rodillas y dijo con fuerte voz: “¡Señor, no les tengas en cuenta este pecado!”.
Y diciendo esto, expiró. Unos hombres piadosos recogieron su cuerpo, hicieron duelo por él y lo enterraron.
Saulo perseguidor
Saulo aprobó la muerte de Esteban. Y como desde aquel día se desató una gran persecución contra la Iglesia de Jerusalén, todos, menos los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaría.
Entretanto Saulo hacía estragos en la Iglesia; entraba por las casas, se llevaba por la fuerza hombres y mujeres, y los metía en la cárcel.
María Belén Sánchez Bustos fsp